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Predicador del Papa: La revolución social de la humildad   Lista de mensajes  
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Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo

ROMA, viernes, 31 agosto 2007 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario
del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap., predicador de la Casa
Pontificia, a la liturgia del próximo domingo, XXII del tiempo
ordinario.

Eclesiástico 3, 19-21.30-31; Hebreos 12, 18-19.22-24a; Lucas 14, 1.7-
14

En lo que hagas, ¡sé modesto!


El inicio del Evangelio de este domingo nos ayuda a corregir un
prejuicio sumamente difundido. «Un sábado, Jesús entró a comer en
casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban
atentamente». Al leer el Evangelio desde un cierto punto de vista, se
ha acabado haciendo de los fariseos el modelo de todos los vicios:
hipocresía, doblez, falsedad; los enemigos por antonomasia de Jesús.
Con estos significados negativos, el término «fariseo» ha pasado a
formar parte del diccionario de nuestra lengua y de otras muchas.

Semejante idea de los fariseos no es correcta. Entre ellos había
ciertamente muchos elementos que respondían a esta imagen y Cristo se
enfrenta duramente con ellos. Pero no todos eran así. Nicodemo, que
va a ver a Jesús de noche y que después le defiende ante el Sanedrín,
era un fariseo (Cf. Juan 3,1; 7, 50 y siguientes). También era
fariseo Saulo, antes de la conversión, y era ciertamente una persona
sincera y celosa, aunque todavía no estaba bien iluminado. Fariseo
era Gamaliel, quien defendió a los apóstoles ante el Sanedrín (Cf.
Hechos 5, 34 y siguientes).

Las relaciones de Jesús con los fariseos no fueron sólo conflictivas.
Compartían muchas veces las mismas convicciones, como la fe en la
resurrección de los muertos, en el amor de Dios y el compromiso como
primer y más importante mandamiento de la ley. Algunos, como en
nuestro caso, incluso le invitan a comer en su casa. Hoy se considera
que más que los fariseos, quienes quisieron la condena de Jesús
fueron los saduceos, a quienes pertenecía la casta sacerdotal de
Jerusalén.

Por todos estos motivos, sería sumamente deseable dejar de utilizar
el término «fariseo» en sentido despreciativo. Ayudaría al diálogo
con los judíos que recuerdan con gran honor el papel desempeñado por
la corriente de los fariseos en su historia, especialmente tras la
destrucción de Jerusalén.

Durante la comida, aquel sábado, Jesús ofreció dos enseñanzas
importantes: una dirigida a los «invitados» y otra al «anfitrión». Al
dueño de casa, Jesús le dijo (quizá cara a cara o en presencia sólo
de sus discípulos): «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a
tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos
ricos…». Es lo que hizo el mismo Jesús, cuando invitó al gran
banquete del Reino a los pobres, a los afligidos, a los humildes, a
los hambrientos, a los perseguidos (las categorías de personas
mencionadas en las Bienaventuranzas).

Pero en esta ocasión quisiera detenerme a meditar en lo que Jesús
dice a los «invitados». «Si te invitan a un banquete de bodas, no te
coloques en el primer lugar…». Jesús no quiere dar consejos de buena
educación. Ni siquiera pretende alentar el sutil cálculo de quien se
pone en última fila, con la escondida esperanza de que el dueño le
pida que se acerque. La parábola en esto puede dar pie a equívoco, si
no se tiene en cuenta el banquete y el dueño de los que Jesús está
hablando. El banquete es el universal del Reino y el dueño es Dios.

En la vida, quiere decir Jesús, escoge el último lugar, trata de
contentar a los demás más que a ti mismo; sé modesto a la hora de
evaluar tus méritos, deja que sean los demás quienes los reconozcan y
no tú («nadie es buen juez en su casa»), y ya desde esta vida Dios te
exaltará. Te exaltará con su gracia, te hará subir en la jerarquía de
sus amigos y de los verdaderos discípulos de su Hijo, que es lo que
realmente cuenta.

Te exaltará también en la estima de los demás. Es un hecho
sorprendente, pero verdadero. No sólo Dios «se inclina ante el
humilde y rechaza al soberbio» (Cf. Salmo 107,6); también el hombre
hace lo mismo, independientemente del hecho de ser creyente o no. La
modestia, cuando es sincera, no artificial, conquista, hace que la
persona sea amada, que su compañía sea deseada, que su opinión sea
deseada. La verdadera gloria huye de quien la persigue y persigue a
quien la huye.

Vivimos en una sociedad que tiene suma necesidad de volver a escuchar
este mensaje evangélico sobre la humildad. Correr a ocupar los
primeros lugares, quizá pisoteando, sin escrúpulos, la cabeza de los
demás, son característica despreciadas por todos y, por desgracia,
seguidas por todos. El Evangelio tiene un impacto social, incluso
cuando habla de humildad y modestia.






Sáb, 1 de Sep, 2007 2:18 pm

pilisonse
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pilisonse
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1 de Sep, 2007
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