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Predicador del Papa: Quien busca a Jesús sin la cruz, encontrará l   Lista de mensajes  
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Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo

ROMA, viernes, 7 septiembre 2007 (ZENIT.org).-Publicamos el
comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap., predicador de la
Casa Pontificia, a la liturgia del próximo domingo, XXIII del tiempo
ordinario.



Sabiduría 9, 13-18b; Filemón 9b-10.12-17; Lucas 14, 25-33
Si uno me sigue...


El pasaje del Evangelio de este domingo es uno de esos que dan la
tentación de ser dulcificados por parecer demasiado duro para los
oídos: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre…».
Ante todo hay algo que aclarar: ciertamente el Evangelio es en
ocasiones provocante, pero nunca contradictorio. Poco después, en el
mismo Evangelio de Lucas, Jesús recuerda con fuerza el deber de
honrar al padre y a la madre (Cf. Lucas 18 20) y a propósito del
marido y la mujer, dice que tienen que ser una sola carne y que el
hombre no tiene derecho de separar lo que Dios ha unido. Entonces,
¿cómo puede decirnos ahora que hay que odiar al padre y a la madre, a
la mujer, a los hijos y a los hermanos?

Hay que tener en cuenta un hecho. En hebreo no hay comparativo de
superioridad o de inferioridad (amar a alguien más o menos que a otra
persona); simplifica y reduce todo a «amar» u «odiar». La frase «si
alguno viene donde mí y no odia a su padre y a su madre» debe
entenderse, por tanto, en este sentido: «si alguno viene donde mí sin
preferirme a su padre y a su madre». Para darse cuenta de esto basta
leer el mismo pasaje del Evangelio de Mateo donde dice: «El que ama a
su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí» (Mateo 10, 37).

Sería totalmente equivocado pensar que este amor por Cristo está en
competencia con los diferentes amores humanos: por los padres, el
cónyuge, los hijos, los hermanos. Cristo no es un «rival en el amor»
de nadie y no tiene celos de nadie.

En la obra «El zapato de raso» de Paul Claudel, la protagonista,
cristiana fervorosa pero al mismo tiempo locamente enamorada de
Rodrigo, exclama interiormente, como si le costara creerse a sí
misma: «Por tanto, ¿está permitido este amor por las criaturas?
¿Verdaderamente Dios no tiene celos?». Y su ángel de la guarda le
responde: «¿Cómo podría ser celoso de lo que ha hecho él mismo?»
(acto III, escena 8).

El amor por Cristo no excluye los demás amores sino que los ordena.
Es más, en él todo amor genuino encuentra su fundamento, su apoyo y
la gracia necesaria para ser vivido hasta el final. Este es el
sentido de la «gracia de estado» que confiere el sacramento del
matrimonio a los cónyuges cristianos. Asegura que, en su amor, serán
apoyados y guiados por el amor que Cristo tuvo por su esposa, la
Iglesia.

Jesús no hace ilusiones a nadie, pero tampoco desilusiona a nadie;
pide todo porque quiere darlo todo; es más, lo ha dado todo. Uno
podría preguntarse: ¿pero cómo puede este hombre, que vivió hace
veinte siglos en un rincón perdido del planeta, pedirnos a todos este
amor absoluto? La respuesta, sin necesidad de remontarnos muy lejos,
se encuentra en su vida terrena que conocemos por la historia: él fue
el primero en darlo todo por el hombre: «Cristo nos amó y se entregó
por nosotros» (Cf. Efesios 5, 2).

En este mismo pasaje del Evangelio, Jesús nos recuerda también cuál
es el test y la prueba del verdadero amor por él: «cargar con la
propia cruz». Cargar con la propia cruz no significa buscar
sufrimientos. Cristo tampoco se puso a buscar su cruz; en obediencia
a la voluntad del Padre la cargó sobre sí cuando los hombres se la
pusieron a espaldas, transformándola con su amor obediente de
instrumento de suplicio en signo de redención y de gloria. Jesús no
vino a aumentar las cruces humanas, sino más bien a darles un
sentido. Con razón, se ha dicho que «quien busca a Jesús sin la cruz,
encontrará la cruz sin Jesús», es decir, de todos modos encontrará la
cruz, pero sin la fuerza para cargar con ella




Sáb, 8 de Sep, 2007 3:01 pm

pilisonse
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Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo ROMA, viernes, 7 septiembre 2007 (ZENIT.org).-Publicamos el comentario del padre Raniero...
pilisonse
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8 de Sep, 2007
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