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Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
XXIV Domingo del tiempo ordinario [C]
Exodo 32, 7-11.13-14; I Timoteo 1, 12-17; Lucas 15, 1-32
El padre corrió a su encuentro
En la liturgia de este domingo se lee íntegramente el capítulo
decimoquinto del Evangelio de Lucas, que contiene las tres parábolas
llamadas «de la misericordia»: la oveja perdida, la dracma perdida y
el hijo pródigo. «Un padre tenía dos hijos...». Basta con oír estas
palabras para que quien tenga una mínima familiaridad con el
Evangelio exclame enseguida: ¡la parábola del hijo pródigo! En otras
ocasiones he subrayado el significado espiritual de parábola: esta
vez desearía subrayar en ella un aspecto poco desarrollado, pero
extremadamente actual y cercano a la vida. En su fondo la parábola no
es sino la historia de una reconciliación entre padre e hijo, y todos
sabemos qué vital es una reconciliación así para la felicidad tanto
de padres como de hijos.
Quién sabe por qué la literatura, el arte, el espectáculo, la
publicidad, se aprovechan de una sola relación humana: la de
trasfondo erótico entre el hombre y la mujer, entre esposo y esposa.
Publicidad y espectáculo no hacen más que cocinar este plato de mil
maneras. Dejamos en cambio sin explorar otra relación humana
igualmente universal y vital, otra de las grandes fuentes de alegría
de la vida: la relación padre-hijo, el gozo de la paternidad. En
literatura la única obra que trata de verdad este tema es la «Carta
al padre», de F. Kafka (la famosa novela «Padres e hijos» de Turgenev
no trata en realidad de la relación entre padres e hijos, sino entre
generaciones distintas).
Si en cambio se ahonda con serenidad y objetividad en el corazón del
hombre se descubre que, en la mayoría de los casos, una relación
conseguida, intensa y serena con los hijos es, para un hombre adulto
y maduro, no menos importante y satisfactoria que la relación hombre-
mujer. Sabemos cuán importante es esta relación también para el hijo
o la hija y el tremendo vacío que deja su ruptura.
Igual que el cáncer ataca, habitualmente, los órganos más delicados
del hombre y de la mujer, la potencia destructora del pecado y del
mal ataca los núcleos vitales de la existencia humana. No hay nada
que se someta al abuso, a la explotación y a la violencia como la
relación hombre-mujer, y no hay nada que esté tan expuesto a la
deformación como la relación padre-hijo: autoritarismo, paternalismo,
rebelión, rechazo, incomunicación.
No hay que generalizar. Existen casos de relaciones bellísimas entre
padre e hijo y yo mismo he conocido varias de ellas. Pero sabemos que
hay también, y más numerosos, casos negativos de relaciones difíciles
entre padres e hijos. En el profeta Isaías se lee esta exclamación de
Dios: «Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí»
(Is 1, 2). Creo que muchos padres hoy en día saben, por experiencia,
qué quieren decir estas palabras.
El sufrimiento es recíproco; no es como en la parábola, donde la
culpa es única y exclusivamente del hijo... Hay padres cuyo
sufrimiento más profundo en la vida es ser rechazados o hasta
despreciados por los hijos. Y hay hijos cuyo sufrimiento más profundo
e inconfesado es sentirse incomprendidos, no estimados o incluso
rechazados por el padre.
He insistido en el aspecto humano y existencial de la parábola del
hijo pródigo. Pero no se trata sólo de esto, o sea, de mejorar la
calidad de vida en este mundo. Entra en el esfuerzo de una nueva
evangelización la iniciativa de una gran reconciliación entre padres
e hijos y la necesidad de una sanación profunda de su relación. Se
sabe lo mucho que la relación con el padre terreno puede influir,
positiva o negativamente, en la propia relación con el Padre
celestial y por lo tanto la misma vida cristiana. Cuando nació el
precursor Juan Bautista el ángel dijo que una de sus tareas sería la
de «hacer volver los corazones de los padres a los hijos y los
corazones de los hijos hacia los padres» [Cf. Lc 1,17. Ndr], una
misión más actual que nunca.
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Do, 16 de Sep, 2007 7:31 am
"pilisonse" <pilisonse@...>
pilisonse
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