Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
II Domingo de Adviento [A]
Isaías 11, 1-10; Romanos 15, 4-9; Mateo 3, 1-12
Una voz en el desierto
En el Evangelio del segundo domingo de Adviento no nos habla
directamente Jesús, sino su precursor, Juan el Bautista. El corazón
de la predicación del Bautista se contiene en esa frase de Isaías que
repite a sus contemporáneos con gran fuerza: «Voz del que grita en el
desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas».
Isaías, a decir verdad, expresaba: «Una voz clama: en el desierto
abrid camino al Señor» (Is 40, 3). No es por lo tanto una voz en el
desierto, sino un camino en el desierto. Los evangelistas, aplicando
el texto al Bautista que predicaba en el desierto de Judea, han
modificado la puntuación, pero sin cambiar el sentido del mensaje.
Jerusalén era una ciudad rodeada por el desierto: a Oriente los
caminos de acceso, en cuanto se trazaban, fácilmente desaparecían por
la arena que mueve el viento, mientras que a Occidente se perdían
entre las asperezas del terreno hacia el mar. Cuando una comitiva o
un personaje importante debía llegar a la ciudad, era necesario salir
y caminar por el desierto para abrir una vía menos provisional; se
cortaban las zarzas, se colmaban las hondonadas, se allanaban los
obstáculos, se reparaba un puente o un paso. Así se hacía, por
ejemplo, con ocasión de la Pascua para acoger a los peregrinos que
llegaban de la Diáspora. En este dato de hecho se inspira Juan el
Bautista. Está a punto de llegar, clama, uno que está por encima de
todos, «el que debe venir», el que esperan las gentes: es necesario
trazar una senda en el desierto para que pueda llegar.
Pero he aquí el salto de la metáfora a la realidad: este sendero no
se traza sobre el terreno, sino en el corazón de cada hombre; no se
traza en el desierto, sino en la propia vida. Para hacerlo, no es
necesario ponerse materialmente al trabajo, sino
convertirse: «Enderezad las sendas del Señor»: este mandato presupone
una amarga realidad: el hombre es como una ciudad invadida por el
desierto; está cerrado en sí mismo, en su egoísmo; es como un
castillo con un foso alrededor y los puentes alzados. Peor: el hombre
ha complicado sus sendas con el pecado y ahí se ha quedado, seducido,
como en un laberinto. Isaías y Juan el Bautista hablan
metafóricamente de precipicios, de montes, de pasos tortuosos, de
lugares impracticables. Basta con llamar estas cosas por sus
verdaderos nombres, que son orgullo, acidia, vejaciones, violencias,
codicias, mentiras, hipocresía, impudicias, superficialidades,
ebriedades de todo tipo (se puede estar ebrio no sólo de vino o de
drogas, sino también de la propia belleza, de la propia inteligencia,
o de uno mismo ¡que es la peor ebriedad!). Entonces se percibe
inmediatamente que el discurso también es para nosotros; es para cada
hombre que en esta situación desea y espera la salvación de Dios.
Enderezar un sendero para el Señor tiene por lo tanto un significado
concretísimo: significa emprender la reforma de nuestra vida,
convertirse. En sentido moral lo que hay que allanar y los obstáculos
que hay que retirar son el orgullo -que lleva a ser despiadado, sin
amor hacia los demás--, la injusticia -que engaña al prójimo, tal vez
aduciendo pretextos de resarcimiento y de compensación para acallar
la conciencia--, por no hablar de rencores, venganzas, traiciones en
el amor. Son hondonadas a colmar la pereza, la acidia, la incapacidad
de imponerse un mínimo esfuerzo, todo pecado de omisión.
La palabra de Dios jamás nos aplasta bajo una mole de deberes sin
darnos al mismo tiempo la seguridad de que Él nos brinda lo que nos
manda hacer. Dios, dice [el profeta] Baruc, «ha ordenado que sean
rebajados todo monte elevado y los collados eternos, y colmados los
valles hasta allanar la tierra, para que Israel marche en seguro bajo
la gloria de Dios» [Ba 5, 7. Ndr]. Dios allana, Dios colma, Dios
traza la senda; es tarea nuestra secundar su acción, recordando
que «quien nos ha creado sin nosotros, no nos salva sin nosotros».