Nuestra Señora del Buen Consejo. Nuestra Señora de la Cabeza.
Santos: Isidoro, obispo de Sevilla y doctor; Anacleto (Cleto), Marcelino, papas;
Pascasio, Clarencio, Lucidio, obispos; Pedro, Basileo, obispos y mártires;
Ricardo, monje; Exuperancio (Esperanza), Guillermo, Peregrino, confesores;
Rafael Arnaiz Barón, monje trapense, beato.
BEATO RAFAEL ARNAIZ
Bautizado en la iglesia de Santa Gadea el 21 del mismo mes, fue el primer hijo
de los cuatro que tuvieron Rafael Arnáiz y Mercedes Barón. Don Rafael, que
estudió Derecho, ejercía como ingeniero de Montes. Doña Mercedes era cronista en
algunos periódicos y revistas, escribiendo en las páginas de sociedad con cierta
frecuencia. Rafael hizo su primera comunión en la iglesia de la Visitación del
Monasterio de las Salesas, en Burgos, el 25 de octubre de 1919. Un año después
entró en el colegio que los jesuitas tenían en Burgos. En el colegio fue miembro
de la Congregación de María Inmaculada y recibió premios por su aplicación en el
estudio y buena conducta. Sin embargo, pasó casi todo su primer año en él
enfermo, primero de unas fiebres coli-bacilares y nada más sanar de éstas, de
una pleuresía que había tenido latente. Cuando por fin se restableció
completamente su padre le llevó al Pilar de Zaragoza para dar gracias a la
Virgen por su curación, y en octubre de 1921 Rafael reanudó los estudios.
Al año siguiente se trasladó con su familia a Oviedo, e ingresó como externo en
el colegio San Ignacio de Loyola de la Compañía de Jesús. En el año 1926
comienza a recibir clases de dibujo y pintura, a petición suya, del pintor
Eugenio Tamayo. El año 1929 terminó el bachillerato con la intención de estudiar
Arquitectura, carrera en la que mezclaría su pasión por el arte con la ciencia.
Con 18 años recién cumplidos, Rafael se fue a pasar el verano a Ávila con sus
tíos, los Duques de Maqueda, a los que siempre estuvo muy unido.
Su etapa en la universidad [editar]Aprobadas las primeras asignaturas de la
preparación para Arquitectura, Rafael hizo una excursión por Castilla,
deteniéndose principalmente en Salamanca para admirar las obras arquitectónicas
de la ciudad. Después, de vuelta en Ávila, pintó unas vidrieras para la capilla
de sus tíos. Sufrió entonces unas fiebres palúdicas no muy graves, de las cuales
se repuso en cuanto volvió a su hogar en Oviedo. En octubre de 1930 Rafael
visita el Monasterio de San Isidro de Dueñas (también conocido como La Trapa)
por primera vez, y la visita sembrará en él la semilla de la vocación monástica.
Sus años en el monasterio de Palencia [editar]El joven Rafael Arnaiz ingresó
en el Monasterio de San Isidro de Dueñas, en Palencia, el 16 de enero de 1934.
Su muerte y su proceso de beatificación. [editar]El Hermano Rafael Arnaiz
Barón murió en el Monasterio Trapense de San Isidro de Dueñas, en Palencia, el
26 de abril de 1938, a la edad de 27 años a causa de su diabetes.
Su proceso de beatificación empezó en 1965 y culminó en abril de 1967, fue
beatificado por el Papa Juan Pablo II, el 27 de septiembre de 1992, hoy en día,
se estudia su pronta canonización en Roma.
La Santa Sede anunció que este sábado 21 de febrero de 2009, en la Sala
Clementina del Palacio Apostólico Vaticano se celebrará un consistorio ordinario
público para la canonización del P. Damián de Veuster, sacerdote belga conocido
como el "Apóstol de los leprosos", el joven monje español Rafael Arnáiz Barón y
8 beatos más, considerado uno de los grandes místicos del siglo XX y puesto como
patrón en la Jornada Mundial de la Juventud en Compostela. [1]
Santos: Marcos evangelista, patrono de los ganaderos; Erminio, Esteban, obispos;
Filón, Agatópode, diáconos; Hermógenes, Calixta, Evodio, mártires; Aniano,
confesor; Uña, viuda; Teresa Ansúrez, abadesa.
S. MARCOS
Patrón de los abogados, notarios, artistas de vitrales, cautivos, de Egipto,
Venecia, contra la impenitencia y las picadas de insectos.
San Marcos es judío de Jerusalén, acompañó a San Pablo y a Bernabé, su primo, a
Antioquia en el primer viaje misionero de estos (Hechos 12, 25); también
acompañó a Pablo a Roma. Se separó de ellos en Perga y regresó a su casa.
(Hechos 13,13). No sabemos las razones de esa separación pero si sabemos que
causó una separación posterior entre San Pablo y Bernabé, cuando San Pablo
rehusó aceptar a San Marcos. Bernabé se enojó tanto que rompió su asociación
misionera con San Pablo y se fue a Chipre con Marcos (Hechos 15,36-39). Años mas
tarde San Pablo y San Marcos volvieron a unirse en un viaje misionero.
Fue discípulo de san Pedro e intérprete del mismo en su Evangelio, el segundo
Evangelio canónico (el primero en escribirse). San Marcos escribió en griego con
palabras sencillas y fuertes. Por su terminología se entiende que su audiencia
era cristiana. Su Evangelio contiene historia y teología. Se debate la fecha en
que lo escribió, quizás fue en la década 60-70 AD.
Juntos con Pedro fue a Roma. San Pedro por su parte se refería a San Marcos como
"mi hijo" (1P 5,13).
A veces el Nuevo Testamento lo llama Juan Marcos (Hechos 12,12).
Evangelizó y estableció a la Iglesia en Alejandría, fundando allí su famosa
escuela cristiana.
Murió mártir aprox. el 25 de abril del 68 AD en Alejandría y sus reliquias están
en la famosa catedral de Venecia.
Su símbolo es el león alado.
Santos: Jorge, mártir; Gerardo, Márolo, Ibar, obispos; Adalberto, obispo y
mártir; Félix, Terino, Fortunato, Aquiles, mártires; Etelredo, rey.
23 de Abril
San Jorge, mártir (c. 270-303)
Fue un militar nacido en Capadocia alrededor del año 270 y murió mártir en
Nicomedia en el 303.
Muy pronto se le dio culto: ya en el siglo IV fue objeto de veneración en
Dióspolis (Palestina), donde existía una iglesia construida en su honor.
Santos: Fidel de Sigmaringa, presbítero y mártir; María Eufrasia Pelletier,
fundadora; Sabas, Alejandro, Eusebio, Leóncio, Longinos, mártires; Melito,
Gregorio, Honorio, obispos; Egberto, presbítero; Diosdado, abad; Bova y Dova
abadesas; beato Benito Menni, fundador.
24 de Abril
San Fidel de Sigmaringa, presbítero y mártir (1578-1622)
Se llamaba Marcos Roy y nació en Sigmaringa (Alemania) el año 1578.
Después de ejercer el Derecho, se ordenó sacerdote y entró en la Orden de los
Capuchinos.
Llevó una vida de gran penitencia. Distinguido como excelente y celoso
predicador, fue encargado de fortalecer la recta doctrina en Suiza.
Sufrió el martirio a mano de los clvinistas el año 1622 en Seewis (Suiza).
Santa María Virgen, Madre de la Compañía de Jesús.
Santos: Miles, Acepsimas, Bicor, León, obispos; Sotero, Cayo, papas; Aitala,
Parmenio, Elimenas, Crisótelo, presbíteros; Daniel, Alejandro, Leónides,
mártires; Apeles, Lucas, Mucio, Teodoro, Rufino, Julián, confesores; Raúl, abad;
Senorina, abadesa.
22 de abril
Sotero, papa († 175)
Pocas cosas se conocen con certeza sobre su vida lejanísima en el tiempo. Las
fuentes que nos hablan de él son el Liber Pontificalis y la Historia
Eclesiástica de Eusebio. Sabemos que ejerció su pontificado entre los años 166 y
175, entre los papas Aniceto y Eleuterio, y siendo emperador Marco Aurelio. Fue
una época de relativa paz y tranquilidad, aunque no faltaron chispazos de
persecución como los que quitaron la vida al apologeta san Justino, a los
mártires de Lyon, a los de Vienne, al obispo san Potino, a los diáconos Santo y
Atalo, a la esclava Blandina, al niño Pontico y a otros más, y muy probablemente
al mismo papa Sotero. También conocemos que era originario de Fondi, en la
Campania y que su padre se llamaba Concordio.
Un dato del que tenemos constancia por el Liber Pontificalis es que llegó a
prohibir a las mujeres tocar los sagrados corporales y quemar incienso durante
las celebraciones litúrgicas. Bien pueden ser calificadas estas dos
disposiciones de anacrónicas o de simplemente de anecdóticas en un primer golpe
de vista. Pero lo que refiere el Liber Pontificalis nos pone en la pista de algo
que tuvo que encauzar como Sumo Pontífice en el gobierno de la Iglesia y
ciertamente el asunto era importante.
Había aparecido en Frigia, ahora parte de Turquía, un sujeto llamado Montano.
Afirmaba haber tenido una visión y se aplicó a proclamarla; vamos, que se dedicó
a hacer de profeta. Predecía el fin del mundo inminente, urgía utópicamente la
necesidad de una vida perfecta, prohibía el matrimonio y mandaba adoptar la más
rigurosa y estricta penitencia. Se afanó en predicar el rigorismo más extremo a
la búsqueda de una vida pura y sin pecados. Advertía que los culpables de
pecados graves no podrían obtener el perdón por no disponer la Iglesia de ese
poder. Fue capaz de trasmitir esta doctrina equivocada gracias al apoyo que le
prestaron las mujeres, por lo general más dóciles y emotivas, principalmente
Maxila y Pricila en las que encontraba ayuda. A ellas les concedió un
intervencionismo desmesurado en las celebraciones cultuales totalmente
desconocido e inusual en su tiempo. Ya se ve que tal enseñanza y práctica
-además de ser inhumana- se oponía diametralmente a la fe de la Iglesia que
siempre creyó en la misericordia infinita de Dios, enseñó la santidad del
matrimonio y administró el total perdón de los pecados; como, además, sembraba
entre los fieles desconcierto, confusión, amargura y pesimismo, tuvo que
intervenir la jerarquía contra el disparate teórico-práctico que llegó a
llamarse por su origen montanismo. Y al papa Sotero le tocó ser el primero en
afrontar esta herejía desde todos los ángulos, defendiendo las verdades
evangélicas. Con respecto a la intervención en el culto por parte de las
mujeres, se limitó a recordar a las señoras la praxis vigente en el momento.
Sabemos también que Sotero ordenó a un buen número de diáconos, presbíteros y
once obispos para la atención pastoral de diversos territorios.
Otra nota característica suya es la práctica exquisita de la caridad. Su desvelo
por los pobres y los necesitados, fácilmente presumible en cualquier papa, debió
ser excepcionalmente notorio. Se conserva un fragmento de la carta que escribe
Dionisio, el obispo de Corinto, a la iglesia de Roma, alabando el hábito que se
da entre esos fieles con respecto a la comunicación de bienes y en ella se
afirma que "vuestro obispo Sotero no sólo conservó esta costumbre, sino que aún
la mejoró, suministrando abundantes limosnas, así como consolando a los
infelices hermanos con santas palabras y tratándolos como un padre trata a sus
hijos".
Se desconocen detalles de su martirio y hoy no existen datos por los que pueda
demostrarse históricamente; pero los martirologios más antiguos incluyen su
nombre entre los mártires y en el día veintidós de abril.
Pocos son los datos; pero parecen suficientes a la hora de tener devoción a un
sucesor de Pedro que supo cumplir su encargo manteniendo el rumbo de la Barca
hacia el Puerto.
El Papa señala la codicia como clave de la actual crisis económica
Siguiendo la vida y obra de Ambrosio Autperto, monje del siglo VIII
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 22 de abril de 2009 (ZENIT.org).- El Papa explicó
este miércoles, durante la audiencia general con los peregrinos reunidos en la
plaza de San Pedro, que la actual crisis económica mundial "ha nacido de la raíz
de la codicia".
El Papa quiso mostrar así la actualidad del mensaje del monje y escritor
cristiano Ambrosio Autperto, que vivió en el siglo VIII y que escribió un
tratado sobre la codicia, en el que muestra que ésta está a la base de todos los
vicios que combaten en el alma humana.
A la codicia, Autperto "oponía el desprecio del mundo", que "no es un desprecio
de la creación, de la belleza y de la bondad de la creación y del Creador, sino
un desprecio de la falsa visión del mundo presentada e insinuada por la
codicia", explicó el Papa a los presentes.
"Ésta insinúa que el tener sería el sumo valor de nuestro ser, de nuestro vivir
en el mundo pareciendo importantes. Y así falsifica la creación del mundo y
destruye el mundo", añadió.
El pontífice advirtió que estas palabras, "a la luz de la presente crisis
económica mundial, revelan toda su actualidad. Vemos que precisamente desde esta
raíz de la codicia ha nacido esta crisis".
"También para el hombre de este mundo, también para el rico vale el deber de
combatir contra la codicia, contra el deseo de poseer, de aparecer, contra el
falso concepto de libertad como facultad de disponer de todo según el propio
arbitrio. También el rico debe encontrar el auténtico camino de la verdad, del
amor y así de la vida recta", añadió el Papa, resumiendo el mensaje de este
monje medieval.
El rostro de la Iglesia
Siguiendo con su largo ciclo de catequesis sobre escritores cristianos del
primer milenio de la historia de la Iglesia, el Papa se detuvo hoy en este poco
conocido monje de origen provenzal, de quien afirmó que supo descubrir el
"verdadero rostro de la Iglesia".
"La Iglesia vive en las personas, y quien quiere conocer a la Iglesia,
comprender su misterio, debe considerar a las personas que han vivido y viven su
mensaje, su misterio. Por ello hablo desde hace tanto tiempo en las catequesis
del miércoles de personas de las que podemos aprender qué es la Iglesia",
explicó.
El Papa explicó brevemente la vida de este monje, que vivió como seglar en la
corte carolingia como preceptor de Carlomagno, y que ingresó en el monasterio
benedictino de San Vicente de Volturno (cerca de Nápoles).
Autperto fue un escritor prolífico, cuyas obras se han atribuido a otros grandes
escritores, entre ellos san Ambrosio de Milán o san Ildefonso.
Las intrigas de su tiempo y los partidos políticos en que se dividía la propia
comunidad monacal fueron la causa de su salida y seguramente de su muerte
repentina, probablemente asesinado, mientras acudía a Roma llamado por el Papa
para actuar como testigo en un proceso contra el abad de la comunidad, el
longobardo Poton.
"Ambrosio Autperto fue monje y abad en una época marcada por fuertes tensiones
políticas, que repercutían también en la vida interna de los monasterios",
explicó el Papa. Sin embargo, supo descubrir el "misterio de la Iglesia",
reflejado en la Virgen María.
Basándose en su obra principal, el comentario al Apocalipsis, "primer comentario
amplio en el mundo latino al último libro de la Sagrada Escritura", Benedicto
XVI explicó que Ambrosio Autperto "no se interesa tanto por la segunda venida de
Cristo al final de los tiempos, sino a las consecuencias que se derivan de su
primera venida para la Iglesia del presente, la encarnación en el seno de la
Virgen María".
"En el contexto de la dimensión mística que pertenece a todo cristiano, él mira
a María como modelo de la Iglesia, modelo para todos nosotros, porque también en
nosotros y entre nosotros debe nacer Cristo".
"Su gran veneración y su profundo amor por la Madre de Dios le inspiran a veces
formulaciones que de alguna forma anticipan las de san Bernardo y de la mística
franciscana, sin desviarse sin embargo a formas discutibles de sentimentalismo,
porque él no separa nunca a María del misterio de la Iglesia", añadió el Papa,
calificando a Ambrosio Autperto como "el primer gran mariólogo de Occcidente".
Benedicto XVI concluyó su catequesis proponiendo el ejemplo de este monje, que
vivió "en un tiempo de fuerte instrumentalización política de la Iglesia, en la
que el nacionalismo y el tribalismo habían desfigurado el rostro de la Iglesia".
A pesar de ello, "él, en medio de todas estas dificultades que conocemos también
nosotros, supo descubrir el verdadero rostro de la Iglesia en María, en los
Santos. Y supo así entender qué quiere decir ser católico, ser cristiano, vivir
de la Palabra de Dios, entrar en este abismo y así vivir el misterio de la Madre
de Dios: dar de nuevo vida a la Palabra de Dios, ofrecer a la Palabra de Dios la
propia carne en el tiempo presente", añadió.
Benedicto XVI presenta al buscador de Dios, san Anselmo
Carta al cardenal Biffi con motivo del IX centenario de la muerte del "Doctor
magnífico"
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 22 abril 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación el texto íntegro de la carta del Papa al cardenal Giacomo Biffi, a
quien ha enviado como Legado suyo a la ciudad italiana de Aosta, para las
celebraciones del IX centenario de la muerte de san Anselmo.
* * *
Al señor cardenal Giacomo Biffi
Enviado especial a las celebraciones del IX Centenario
de la muerte de san Anselmo
En vista de las celebraciones en las que usted, venerado hermano, tomará parte
como mi Legado en la ilustre ciudad de Aosta para el IX centenario de la muerte
de san Anselmo, que tuvo lugar en Canterbury el 21 de abril de 1109, me es grato
confiarle mi especial mensaje en el que deseo subrayar los aspectos destacados
de este gran monje, teólogo y pastor de almas, cuya obra ha dejado una huella
profunda en la historia de la Iglesia. La fecha constituye de hecho una
oportunidad que no hay que perder para renovar la memoria de una de las figuras
más luminosas de la tradición de la Iglesia y en la propia historia del
pensamiento occidental europeo. La ejemplar experiencia monástica de Anselmo, su
método original al meditar sobre el misterio cristiano, su sutil doctrina
teológica y filosófica, su enseñanza sobre el valor inviolable de la conciencia
y sobre la libertad como adhesión responsable a la verdad y al bien, su
apasionada obra de pastor de almas, dedicado con todas las fuerzas a la
promoción de la "libertad de la Iglesia", no han dejado nunca de suscitar en el
pasado el más vivo interés, que el recuerdo de su muerte está felizmente
volviendo a encender y favoreciendo de diversos modos y en diversos lugares.
En esta memoria del "Doctor magnífico" -como es llamado san Anselmo- no puede no
distinguirse de modo particular la Iglesia de Aosta, en la que nació, y que
justamente se complace en considerarlo su hijo más ilustre. Aun cuando dejó
Aosta en el tiempo de su juventud, él siguió llevando en la memoria y en el
corazón un conjunto de recuerdos que nunca dejaron de resurgir en su conciencia
en los momentos más importantes de su vida. Entre estos recuerdos, tenía un
lugar particular ciertamente la imagen dulcísima de su madre, y la majestuosa de
los montes de su Valle, con sus cimas altísimas y perennemente cubiertas de
nieve, en las que él veía prefigurada, como un símbolo emocionante y sugestivo,
la sublimidad de Dios. A Anselmo -"un muchacho crecido entre las montañas", como
lo define su biógrafo Eadmero (Vita Sancti Anselmi, i, 2) - Dios aparece como
aquello respecto a lo que no es posible pensar en algo más grande: quizás en
esta intuición suya no era extraña la mirada dirigida desde su infancia a
aquellas cumbres inaccesibles. Ya desde niño creía que para encontrar a Dios era
necesario "subir a la cumbre d ella montaña"(ibid.). De hecho, cada vez se iba
dando más cuenta de que Dios se encuentra a una altura inaccesible, situada más
allá de los objetivos que el hombre puede alcanzar, desde el momento en que Dios
está más allá de lo pensable. Por esto el viaje en busca de Dios, al menos en
esta tierra, no terminará nunca, sino que será siempre pensamiento y anhelo,
riguroso procedimiento del intelecto y petición implorante del corazón.
La intensa ansia de saber y la innata propensión a la claridad y al rigor lógico
empujaron a Anselmo a las scholae de su tiempo. Se dirigió al monasterio de Le
Bec, donde vio satisfecha su inclinación por la dialéctica, y sobre todo se
encenderá en él la vocación claustral. Detenerse en los años de la vida
monástica de san Anselmo significa encontrar a un religioso fiel,
"constantemente ocupado solo en Dios y en las disciplinas celestes" -como
escribe su biógrafo- hasta el punto de alcanzar "una altura tal en la
especulación divina, de ser capaz, por el camino abierto por Dios, de penetrar
y, una vez penetrados, de explicar los problemas más oscuros, y anteriormente
insolubles, sobre la divinidad de Dios y nuestra fe, y de probar con razones
claras que cuanto afirmaba pertenecía a la segura doctrina católica" (Vita
Sancti Anselmi, i, 7). Con estas palabras su biógrafo explica el método
teológico de san Anselmo, cuyo pensamiento se encendía e iluminaba en la
oración. Él mismo confesó, en una de sus famosas obras, que la inteligencia de
la fe es un acercarse a la visión, a la que todos anhelamos, y de la que
esperamos gozar al final de nuestra peregrinación terrena: "Quoniam inter fidem
et speciem intellectum quem in hac vita capimus esse medium intelligo: quanto
aliquis ad illum proficit, tanto eum propinquare speciei, ad quam omnes
anhelamus, existimo" (Cur Deus homo, Commendatio). El Santo miraba a alcanzar la
visión de los nexos lógicos intrínsecos al misterio, a percibir la "claridad de
la verdad", y por ello a notar la evidencia de las "razones necesarias",
íntimamente subyacentes al misterio. Un intento ciertamente audaz, sobre cuyo
éxito se detienen aún hoy los expertos de Anselmo. En realidad, su búsqueda del
"intelecto (intellectus)" dispuesto entre la "fe (fides)" y la "visión
(species)" proviene, como fuente, de la misma fe y está sostenida por la
confianza en la razón, mediante la cual la fe en cierta medida se ilumina. El
intento de Anselmo es claro: "elevar la mente a la contemplación de Dios"
(Proslogion, Proemium). Permanecen, en todo caso, programáticas para toda
investigación teológica sus palabras: "No intento, Señor, penetrar tu
profundidad, porque de ninguna manera puedo comparar con ella mi inteligencia;
pero deseo comprender tu verdad, aunque sea imperfectamente, esa verdad que mi
corazón cree y ama. Porque no busco comprender para creer, sino que creo para
llegar a comprender (Non quaero intelligere ut credam, sed credo ut intelligam)"
(Proslogion, 1).
En Anselmo, prior y abad de Le Bec, descubrimos algunas características que
definen ulteriormente su perfil personal. Impacta ante todo, en él, el carisma
de experto maestro de vida espiritual, que conoce e ilustra sabiamente las vías
de la perfección monástica. Al mismo tiempo, uno se queda fascinado por su
genialidad educativa, que se expresa en ese método del discernimiento - él lo
llamaba via discretionis (Ep. 61) - que es el estilo un poco de toda su vida, un
estilo en que se aúnan la misericordia y la firmeza. Es peculiar, finalmente, la
capacidad que demuestra al iniciar a los discípulos a la experiencia de la
auténtica oración: en particular, sus Orationes sive Meditationes, ávidamente
solicitadas y muy usadas, que han contribuido a hacer de tantas personas de su
tiempo "almas orantes", así como el resto de sus obras, que se han revelado como
un precioso coeficiente para hacer de la Edad Media una época "pensante" y,
podemos añadir, "concienciada". Se diría que el Anselmo más auténtico se
encuentra en Le Bec, donde vivió treinta y tres años y donde fue muy querido.
Gracias a la maduración adquirida en semejante ambiente de reflexión y de
oración, el pudo también en medio de las sucesivas tribulaciones episcopales
declarar: "No conservaré en el corazón rencor alguno contra nadie" (Ep. 321).
La nostalgia del monasterio lo acompañará durante el resto de su vida. Lo
confesó él mismo cuando se vio obligado, con su vivísimo dolor y el de sus
monjes, a dejar el monasterio para asumir el ministerio episcopal al que no se
veía adecuado: "Es notorio a muchos -escribió al Papa Urbano II - qué violencia
se me ha hecho, y cuánto he sido reacio y contrario, cuando fui nombrado como
arzobispo en Inglaterra, y cómo expuse las razones de naturaleza, edad,
debilidad e ignorancia, que se oponían a este encargo y que rechazan y detestan
absolutamente las tareas seculares, que no puedo llevar a cabo sin poner en
peligro la salvación de mi alma" (Ep. 206). Con sus monjes se confió en estos
términos: "He vivido durante treinta y tres años como monje -tres años sin
cargos, quince como prior y otros tantos como abad- de manera que todos los
buenos que me ha conocido me querían, ciertamente no por mis méritos sino por la
gracia de Dios, y más me querían los que me conocían mas íntimamente y con mayor
familiaridad" (Ep. 156). Y añadía: "Habéis venido muchos a Bec... a muchos de
vosotros os tenía un afecto tan tierno y suave que cada uno podía tener la
impresión de que a nadie amaba en mayor medida" (ibid.).
Nombrado arzobispo de Cantebury y comenzado así su camino más atribulado,
aparecerán en toda su luz su "amor por la verdad" (Ep. 327), su rectitud, su
rigurosa fidelidad a la conciencia, su "libertad episcopal" (Ep. 206), su
"honradez episcopal" (Ep. 314), su trabajo incansable por la liberación de la
Iglesia de los condicionantes temporales y de las servitudes a cálculos no
compatibles con su naturaleza espiritual. Son ejemplares, al respecto, sus
palabras al rey Enrique: "Respondo que ni en el bautismo ni en ninguna otra
ordenación mía he prometido observar la ley o la costumbre de vuestro padre o
del arzobispo Lanfranco, sino la ley de Dios y todos los órdenes recibidos" (Ep.
319). Para Anselmo primado de la Iglesia de Inglaterra vale el principio: "Soy
cristiano, soy monje, soy obispo: quiero por tanto ser fiel a todos, según la
deuda que tengo con cada uno" (Ep. 314). Desde este punto de vista no duda en
afirmar: "Prefiero estar en desacuerdo con los hombres que, de acuerdo con
ellos, estar en desacuerdo con Dios" (Ep. 314). Precisamente por esto se siente
dispuesto también al sacrificio supremo: "No tengo miedo de derramar mi sangre,
no temo ninguna herida en el cuerpo ni la pérdida de los bienes" (Ep. 311).
Se comprende cómo, por todas estas razones, Anselmo conserve aún una gran
actualidad y una fuerte fascinación, y cuán provechoso es revisar y republicar
sus escritos, y además volver a meditar sobre su vida. He sabido por tanto con
alegría que Aosta, con motivo del IIX centenario de la muerte del santo, se está
distinguiendo por un conjunto de oportunas e inteligentes iniciativas
-especialmente con la cuidadosa edición de sus obras- intentando hacer conocer y
amar las enseñanzas y los ejemplos de este ilustre hijo suyo. Le confío a Usted,
venerado hermano, la tarea de llevar a los fieles de esta antigua y querida
ciudad de Aosta la exhortación a mirar con admiración y afecto a este gran
conciudadano suyo, cuya luz sigue brillando en toda la Iglesia, sobre todo allí
donde se han cultivado el amor por la verdad de la fe y el gusto por su
profundización a través de la razón. Y de hecho, la fe y la razón - fides et
ratio - se encuentran en Anselmo admirablemente unidas. Con estos sentimientos
envío de corazón a través suyo, venerado hermano, al obispo, monseñor Giuseppe
Anfossi, al clero, a los religiosos y a los fieles de Aosta y a cuantos tomen
parte en las celebraciones en honor del "Doctor magnífico" una especial
Bendición Apostólica propiciadora de copiosas efusiones de favores celestiales.
En el Vaticano, 15 de abril de 2009
BENEDICTUS PP. XVI
Benedicto XVI: La Resurrección, puente entre el mundo y la vida eterna
Palabras antes del "Regina Coeli" del 13 de abril
CASTEL GANDOLFO, domingo, 19 abril 2009 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras
que pronunció Benedicto XVI antes de rezar el "Regina coeli" el lunes de la
octava de Pascua, 13 de abril, en el palacio pontificio de Castel Gandolfo.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
En estos días pascuales oiremos resonar a menudo las palabras de Jesús: "He
resucitado y estoy siempre contigo". La Iglesia, haciéndose eco de este anuncio,
proclama con júbilo: "Era verdad, ha resucitado el Señor, aleluya. A él la
gloria y el poder por toda la eternidad". Toda la Iglesia en fiesta manifiesta
sus sentimientos cantando: "Este es el día en que actuó el Señor". En efecto,
al resucitar de entre los muertos, Jesús inauguró su día eterno y también abrió
la puerta de nuestra alegría. "No he de morir -dice-, viviré". El Hijo del
hombre crucificado, piedra desechada por los arquitectos, es ahora el sólido
cimiento del nuevo edificio espiritual, que es la Iglesia, su Cuerpo místico. El
pueblo de Dios, cuya Cabeza invisible es Cristo, está destinado a crecer a lo
largo de los siglos, hasta el pleno cumplimiento del plan de la salvación.
Entonces toda la humanidad se incorporará a él y toda realidad existente
participará en su victoria definitiva. Entonces -escribe san Pablo-, él será "la
plenitud de todas las cosas" (Ef 1, 23) y "Dios será todo en todos" (1 Co 15,
28). 
Por tanto, la comunidad cristiana se alegra porque la resurrección
del Señor nos garantiza que el plan divino de la salvación se cumplirá con
seguridad, no obstante toda la oscuridad de la historia. Precisamente por eso su
Pascua es en verdad nuestra esperanza. Y nosotros, resucitados con Cristo
mediante el Bautismo, debemos seguirlo ahora fielmente con una vida santa,
caminando hacia la Pascua eterna, sostenidos por la certeza de que las
dificultades, las luchas, las pruebas y los sufrimientos de nuestra existencia,
incluida la muerte, ya no podrán separarnos de él y de su amor. Su resurrección
ha creado un puente entre el mundo y la vida eterna, por el que todo hombre y
toda mujer pueden pasar para llegar a la verdadera meta de nuestra peregrinación
terrena. 
"He resucitado y estoy siempre contigo". Esta afirmación de
Jesús se realiza sobre todo en la Eucaristía; en toda celebración eucarística la
Iglesia, y cada uno de sus miembros, experimentan su presencia viva y se
benefician de toda la riqueza de su amor. En el sacramento de la Eucaristía está
presente el Señor resucitado y, lleno de misericordia, nos purifica de nuestras
culpas; nos alimenta espiritualmente y nos infunde vigor para afrontar las duras
pruebas de la existencia y para luchar contra el pecado y el mal. Él es el apoyo
seguro de nuestra peregrinación hacia la morada eterna del cielo. 
La
Virgen María, que vivió junto a su divino Hijo cada fase de su misión en la
tierra, nos ayude a acoger con fe el don de la Pascua y nos convierta en
testigos felices, fieles y gozosos del Señor resucitado. 


[Después de la plegaria mariana, Su Santidad saludó a los fieles en varios
idiomas. En español dijo:]


En este particular tiempo de Pascua, invito a todos a imitar a
los discípulos y discípulas que, yendo de sorpresa en sorpresa, tuvieron el gozo
de encontrar a Cristo resucitado, vivo para siempre entre nosotros. Muchas
gracias.
Benedicto XVI a la familia franciscana: "seguid reparando la casa del Señor"
Audiencia a los religiosos franciscanos
CIUDAD DEL VATICANO, lunes 20 de abril de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación el discurso del Papa a los miembros de la familia franciscana,
durante la audiencia concedida el pasado sábado en Castel Gandolfo, con motivo
del "Capítulo de las Esteras", con el que la Orden ha celebrado el octavo
centenario de la aprobación pontificia de su Regla.
* * *
Queridos hermanos y hermanas de la familia franciscana:
Con gran alegría os doy la bienvenida a todos vosotros, en esta feliz e
histórica fecha que os ha reunido: el octavo centenario de la aprobación de la
"protorregla" de san Francisco por parte del Papa Inocencio III. Han pasado
ochocientos años, y esa docena de frailes se ha convertido en una multitud,
diseminada en todas partes del mundo, y hoy dignamente representada, aquí, por
vosotros. En los días anteriores os habéis dado cita en Asís en lo que habéis
querido llamar el "Capítulo de las Esteras", para evocar vuestros orígenes. Y al
término de esta extraordinaria experiencia habéis venido junto al "Señor Papa",
como diría vuestro seráfico fundador. Os saludo a todos con afecto: los frailes
menores de las res obediencias, guiados por los respectivos ministros generales,
entre los cuales agradezco al padre José Rodríguez Carballo por sus corteses
palabras; a los miembros de la tercera orden, con su ministro general; a las
religiosas franciscanas y a los miembros de los institutos seculares
franciscanos; y, sabiéndolas espiritualmente presentes, a las hermanas clarisas,
que constituyen la "segunda orden". Estoy contento de acoger a algunos obispos
franciscanos; y en particular al obispo de Asís, el arzobispo Domenico
Sorrentino, que representa a la Iglesia local, patria de Francisco y de Clara y,
espiritualmente, de todos los franciscanos. Sabemos qué importante fue para
Francisco el lazo con el obispo de Asís de entonces, Guido, quien reconoció su
carisma y lo apoyó. Fue Guido quien presentó a Francisco al cardenal Juan de San
Pablo, el cual después lo presentó al Papa favoreciendo la aprobación de la
Regla. Carisma e institución son siempre complementarios para la edificación de
la Iglesia.
¿Qué deciros, queridos amigos? Ante todo deseo unirme a vosotros en la acción de
gracias a Dios por todo el camino que os ha hecho realizar, colmándoos de sus
beneficios. Y como pastor de toda la Iglesia, quiero darle gracias por el
precioso don que vosotros mismos sois para todo el pueblo cristiano. Desde el
pequeño arroyo manado a los pies del monte Subasio, se ha formado un gran río,
que ha dado una contribución notable a la difusión universal del Evangelio. Todo
tuvo inicio desde la conversión de Francisco, el cual, a ejemplo de Jesús, "se
despojó a sí mismo" (cfr Fil 2,7) y, desposando a la Señora Pobreza, se
convirtió en testigo y heraldo del Padre que está en los cielos. Al Pobrecillo
se pueden aplicar literalmente algunas expresiones que el apóstol Pablo refiere
a sí mismo y que me gusta recordar en este Año Paulino: "He sido crucificado con
Cristo, y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al
presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó
a sí mismo por mí" (Gal 2,19-20). Y aún: "En adelante nadie me moleste, pues
llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús" (Gal 6,17). Francisco recalca
perfectamente estas huellas de Pablo, y en verdad puede decir con él: "Para mí
la vida es Cristo" (Fil 1,21). Ha experimentado el poder de la gracia divina y
está como muerto y resucitado. Todas las riquezas precedentes, todo motivo de
orgullo y seguridad, todo se convierte en una "pérdida" desde el momento del
encuentro con Jesús crucificado y resucitado (cfr Fil 3,7-11). Dejarlo todo se
convierte en algo casi necesario para expresar la sobreabundancia del don
recibido. Éste es tan grande, que requiere un despojamiento total, que aún así
no es suficiente; merece una vida entera vivida "según la forma del santo
Evangelio" (2 Test., 14: Fuentes Franciscanas, 116).
Y aquí llegamos al punto que se coloca en el centro de nuestro encuentro. Lo
resumiré así: el Evangelio como regla de vida. "La Regla y vida de los frailes
menores es ésta, es decir, observar el santo Evangelio de nuestro Señor
Jesucristo": así escribió Francisco al principio de la Regla sellada (Rb I, 1:
FF, 75). Él se comprendió totalmente a sí mismo a la luz del Evangelio. Esto es
lo que fascina de él. Ésta es su perenne actualidad. Tomás de Celano refiere que
el Pobrecillo "llevaba siempre a Jesús en el corazón, a Jesús en los labios, a
Jesús en los oídos, a Jesús en los ojos, a Jesús en las manos, a Jesús en el
resto de los miembros... Es más, encontrándose muchas veces de viaje y meditando
o cantando a Jesús, se olvidaba de que estaba de viaje y se detenía para invitar
a todas las criaturas a alabar a Jesús" (1 Cel., II, 9, 115: FF, 115). Así el
Pobrecillo se convirtió en un Evangelio viviente, capaz de atraer a Cristo a los
hombres y mujeres de todo tiempo, especialmente a los jóvenes, que prefieren la
radicalidad a las medias tintas. El obispo de Asís, Guido, y después el Papa
Inocencio III reconocieron en el propósito de Francisco y de sus compañeros la
autenticidad evangélica, y supieron animar su empeño en vista también del bien
de la Iglesia.
Surge espontáneamente aquí una reflexión. Francisco habría podido no ir a ver al
Papa. Muchos grupos y movimientos religiosos se estaban formando en aquella
época, y algunos de ellos se contraponían a la Iglesia como institución, o por
lo menos no buscaban su aprobación. Seguramente una postura polémica hacia la
Jerarquía habría procurado a Francisco no pocos seguidores. En cambio, él pensó
en seguida en poner su camino y el de sus compañeros en las manos del obispo de
Roma, el sucesor de Pedro. Este hecho revela su auténtico espíritu eclesial. El
pequeño "nosotros" que había empezado con sus primeros frailes lo concibió desde
el inicio dentro del gran "nosotros" de la Iglesia una y universal. Y el Papa
reconoció esto y lo apreció. También el Papa, de hecho, por su parte, habría
podido no aprobar el proyecto de vida de Francisco. Es más, podemos imaginar que
entre los colaboradores de Inocencio III alguno debió aconsejarle en este
sentido, quizás precisamente temiendo que aquel grupito de frailes se pareciera
a otras agregaciones heréticas y pauperistas del tiempo. En cambio, el romano
pontífice, bien informado por el obispo de Asís y por el cardenal Juan de San
Pablo, supo discernir la iniciativa del Espíritu Santo y acogió, bendijo y animó
a la naciente comunidad de los "frailes menores".
Queridos hermanos y hermanas, han pasado ocho siglos y hoy habéis querido
renovar el gesto de vuestro fundador. Todos vosotros sois hijos y herederos de
esos orígenes. De aquella "buena semilla" que fue Francisco, conformado a su vez
con el "grano de trigo" que es el Señor Jesús, muerto y resucitado para dar
mucho fruto (cfr Jn 12,24). Los santos vuelven a proponer la fecundidad de
Cristo. Como Francisco y Clara de Asís, también vosotros empeñaos en seguir
siempre esta misma lógica: perder la propia vida a causa de Jesús y del
Evangelio, para salvarla y hacerla fecunda en frutos abundantes. Mientras
alabáis y agradecéis al Señor, que os ha llamado a formar parte de una tan
grande y bella "familia", permaneced en la escucha de lo que el Espíritu le dice
hoy a ésta, a cada uno de sus componentes, para seguir anunciando con pasión el
Reino de Dios, tras las huellas del padre seráfico. Que todo hermano y toda
hermana custodie siempre un alma contemplativa, sencilla y alegre: volved a
partir siempre de Cristo, como Francisco partió de la mirada del Crucificado de
San Damián y del encuentro con el leproso, para ver el rostro de Cristo en los
hermanos que sufren y llevar a todos su paz. Sed testigos de la "belleza" de
Dios, que Francisco supo cantar contemplando las maravillas de la creación, y
que le hizo exclamar dirigiéndose al Altísimo: "¡Tú eres belleza!" (Alabanza de
Dios altísimo, 4.6: FF, 261).
Queridísimos, la última palabra que quiero dejaros es la misma que Jesús
resucitado entregó a sus discípulos: "¡Id!" (cfr Mt 28,19; Mc 16,15). Id y
seguid "reparando la casa" del Señor Jesucristo, su Iglesia. En los días
pasados, el terremoto que de los Abruzos dañó gravemente muchas iglesias, y
vosotros de Asís sabéis muy bien lo que esto significa. Pero hay otra "ruina"
que es mucho más grave: ¡la de las personas y las comunidades! Como Francisco,
empezad siempre por vosotros mismos. Seamos nosotros en primer lugar la casa que
Dios quiere restaurar. Si sois siempre capaces de renovaros en el espíritu del
Evangelio, seguiréis ayudando a los pastores de la Iglesia a hacer cada vez más
hermoso su rostro de esposa de Cristo. Esto es lo que el Papa, hoy como en los
orígenes, espera de vosotros. ¡Gracias por haber venido! Ahora id y llevad a
todos la paz y el amor de Cristo Salvador. Que María Inmaculada, "Virgen hecha
Iglesia" (cf. Saludo a la Beata Virgen María, 1: FF, 259), os acompañe siempre.
Y os sostenga también la bendición apostólica, que imparto de corazón a todos
vosotros aquí presentes y a toda la familia franciscana.
[Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en tres idiomas. En
español dijo:]
Saludo con afecto a los queridos Hermanos y Hermanas de la Familia Franciscana,
provenientes de los países de lengua española. En esta significativa
conmemoración, os animo a enamoraros cada vez más de Cristo para que, siguiendo
el ejemplo de Francisco de Asís, conforméis vuestra vida al Evangelio del Señor
y deis ante el mundo un testimonio generoso de caridad, pobreza y humildad. Que
Dios os bendiga.
Santos: Anselmo de Cantorbery, obispo y doctor; Anastasio, Simeón, Abdécalas,
Ananías, Apolo, Alejandra (Sandra), Arador, Fortunato, Félix, Silvio, Vidal,
Apolo, Isacio, mártires; Conrado Parzha, confesor
21 de abril
Martirologio Romano: San Anselmo, obispo y doctor de la Iglesia, que, nacido en
Aosta, fue monje y abad del monasterio de Bec, en Normandía, enseñando a los
hermanos a caminar por la vía de la perfección y a buscar a Dios por la
comprensión de la fe. Promovido a la insigne sede de Canterbury, en Inglaterra,
trabajó denodadamente por la libertad de la Iglesia, sufriendo por ello
dificultades y destierros (1109).
Etimológicamente: Anselmo = Aquel que tiene la protección divina, es de origen
germánico.
San Anselmo nació en Aosta (Italia) en 1033 de noble familia. Desde muy niño se
sintió inclinado hacia la vida contemplativa. Pero su padre, Gandulfo, se opuso:
no podía ver a su primogénito hecho un monje; anhelaba que siguiera sus huellas.
A causa de esto, Anselmo sufrió tanto que se enfermó gravemente, pero el padre
no se conmovió. Al recuperar la salud, el joven pareció consentir al deseo
paterno. Se adaptó a la vida mundana, y hasta pareció bien dispuesto a las
fáciles ocasiones de placeres que le proporcionaba su rango; pero en su corazón
seguía intacta la antigua llamada de Dios.
En efecto, pronto abandonó la casa paterna, pasó a Francia y luego a Bec, en
Normandía, en cuya famosa abadía enseñaba el célebre maestro de teología, el
monje Lanfranco.
Anselmo se dedicó de lleno al estudio, siguiendo fielmente las huellas del
maestro, de quien fue sucesor como abad, siendo aún muy joven. Se convirtió
entonces en un eminente profesor, elocuente predicador y gran reformador de la
vida monástica. Sobre todo llegó a ser un gran teólogo.
Su austeridad ascética le suscitó fuertes oposiciones, pero su amabilidad
terminaba ganándose el amor y la estima hasta de los menos entusiastas. Era un
genio metafísico que, con corazón e inteligencia, se acercó a los más profundos
misterios cristianos: "Haz, te lo ruego, Señor—escribía—, que yo sienta con el
corazón lo que toco con la inteligencia".
Sus dos obras más conocidas son el Monologio, o modo de meditar sobre las
razones de la fe, y el Proslogio, o la fe que busca la inteligencia. Es
necesario, decía él, impregnar cada vez más nuestra fe de inteligencia, en
espera de la visión beatífica. Sus obras filosóficas, como sus meditaciones
sobre la Redención, provienen del vivo impulso del corazón y de la inteligencia.
En esto, el padre de la Escolástica se asemejaba mucho a San Agustín.
Fue elevado a la dignidad de arzobispo primado de Inglaterra, con sede en
Canterbury, y allí el humilde monje de Bec tuvo que luchar contra la hostilidad
de Guillermo el Rojo y Enrique I. Los contrastes, al principio velados, se
convirtieron en abierta lucha más tarde, a tal punto que sufrió dos destierros.
Fue a Roma no sólo para pedir que se reconocieran sus derechos, sino también
para pedir que se mitigaran las sanciones decretadas contra sus adversarios,
alejando así el peligro de un cisma. Esta muestra de virtud suya terminó
desarmando a sus opositores. Murió en Canterbury el 21 de abril de 1109. En 1720
el Papa Clemente XI lo declaró doctor de la Iglesia.
Santos: Teótimo, Sulpicio, confesores; Vicente, Domnino, Marcelino, Teodoro,
Serviliano, Víctor, Zótico, Zenón, Cesáreo, Acindina, Severiano, Cristóforo,
mártires; Marciano, monje; Inés de Montepulciano, virgen; Zaqueo el publicano.
20 de abril
Inés de Montepulciano, virgen (c. a. 1270-1317)
Nació alrededor del año 1270. Hija de la toscana familia Segni, propietarios
acomodados de Graciano, cerca de Orvieto.
Cuanto solo tiene nueve años, consigue el permiso familiar para vestir el
escapulario de "saco" de las monjas de un convento de Montepulciano que recibían
este nombre precisamente por el pobre estilo de su ropa. Seis años más tarde
funda un monasterio con Margarita, su maestra de convento, en Proceno, a más de
cien kilómetros de Montepulciano. Mucha madurez debió ver en ella el obispo del
lugar cuando con poco más de quince años la nombra abadesa. Dieciséis años
desempeñó el cargo y en el transcurso de ese tiempo hizo dos visitas a Roma; una
fue por motivos de caridad, muy breve; la otra tuvo como fin poner los medios
ante la Santa Sede para evitar que el monasterio que acababa de fundar fuera un
día presa de ambiciones y usurpaciones ilegítimas. Se ve que en ese tiempo podía
pasar cualquier cosa no sólo en los bienes eclesiásticos que detentaban los
varones, sino también con los que administraban las mujeres.
Apreciando los vecinos de Montepulciano el bien espiritual que reportaba el
monasterio de Proceno puertas afuera, ruegan, suplican y empujan a Inés para que
funde otro en su ciudad pensando en la transformación espiritual de la juventud.
Descubierta la voluntad de Dios en la oración, decide fundar. Será en el monte
que está sembrado de casas de lenocinio, "un lugar de pecadoras", y se levantará
gracias a la ayuda económica de los familiares, amigos y convecinos. Ha tenido
una visión en la que tres barcos con sus patronos están dispuestos a recibirla a
bordo; Agustín, Domingo y Francisco la invitan a subir, pero es Domingo quien
decide la cuestión: "Subirá a mi nave, pues así lo ha dispuesto Dios". Su
fundación seguirá el espíritu y las huellas de santo Domingo y tendrá a los
dominicos como ayuda espiritual para ella y sus monjas.
Con maltrecha salud, sus monjas intentan procurarle remedio con los baños
termales cercanos; pero fallece en el año 1317.
Raimundo de Capua, el mayor difusor de la vida y obras de santa Inés, escribe en
Legenda no sólo datos biográficos, sino un chorro de hechos sobrenaturales
acaecidos en vida de la santa y, según él, confirmados ante notario, firmados
por testigos oculares fidedignos y testimoniados por las monjas vivas a las que
tenía acceso por razones de su ministerio. Piensa que relatando prolijamente los
hechos sobrenaturales -éxtasis, visiones y milagros-, contribuye a resaltar su
santa vida con el aval inconfundible del milagro. Por ello habló del maná que
solía cubrir el manto de Inés al salir de la oración, el que cubrió en interior
de la catedral cuando hizo su profesión religiosa, o la luz radiante que aún
después de medio siglo de la muerte le ha deslumbrado en Montepulciano; no menos
asombro causaba oírle exponer cómo nacían rosas donde Inés se arrodillaba y el
momento glorioso en que la Virgen puso en sus brazos al niño Jesús (antes de
devolverlo a su Madre, tuvo Inés el acierto de quitarle la cruz que llevaba al
cuello y guardarla después como el más preciado tesoro). Cariño, poesía y
encanto.
Santa Catalina de Siena, nacida unos años después y dominica como ella, será la
santa que, profundamente impresionada por sus virtudes, hablará de lo de dentro
de su alma. Llegó a afirmar que, aparte de la acción del Espíritu Santo, fueron
la vida y virtudes ejemplares vividas heroicamente por santa Inés las que le
empujaron a su entrega personal y a amar al Señor. Resalta en carta escrita a
las monjas hijas de Inés de Montepulciano -una santa que habla de otra santa- la
humildad, el amor a la Cruz, y la fidelidad al cumplimiento de la voluntad de
Dios. Pero el mayor elogio que puede decirse de Inés lo dejó escrito en su
Diálogo, poniéndolo en boca de Jesucristo: "La dulce virgen santa Inés, que
desde la niñez hasta el fin de su vida me sirvió con humildad y firme esperanza
sin preocuparse de sí misma".
Santa Inés de Montepulciano
Religiosa
(1317)
.
Historia
Nació en Montepulciano, (Italia) en 1268 y fue una de las figuras más brillantes
de la Orden de Santo Domingo.
A los 9 años obtuvo que sus padres (que eran de una de las principales familias
de la ciudad) la dejaran irse a vivir a un convento de religiosas. Allí su
seriedad y su comportamiento tan inteligente le atrajeron de tal manera la
confianza de las superioras que cuando apenas tenía catorce años la encargaron
ya de la portería del convento y de recibir las visitas.
Cuando ella tenía 15 años, la superiora de aquella comunidad fue trasladada a
fundar un convento en otra ciudad, y pidió que le dejaran llevar como principal
colaboradora a Inés, porque era una joven de una extraordinaria responsabilidad
en todo lo que hacía.
Y sucedió por aquellos tiempos que las gentes de Montepulciano dispusieron crear
unas casas para religiosas. Pidieron que les fuera enviada como superiora del
nuevo convento la joven Inés, cuya santidad ya era notoria en todos los
alrededores. Ella siendo tan joven, aceptó el cargo porque confiaba en que Dios
le iba a ayudar de maneras sorprendentes. Y así sucedió.
Estaba Inés pensando a qué comunidad religiosa debia ella confiar a las monjitas
de su nuevo convento, cuando una noche en una visión se le aparecieron en el mar
muchas barcas con distintos patronos, invitándola a navegar en ellas. Pero una
barca tenía por piloto a Santo Domingo de Guzmán y este santo le decía: "Es
voluntad de Dios que tú viajes en la barca de la Comunidad Dominicana". Desde
entonces se propuso afiliar a sus religiosas a la Comunidad de padres Dominicos.
Y así ella llegará a ser una de las glorias de esta comunidad, y lo mismo lo
será su gran devota, Santa Catalina de Siena.
Desde muy joven ayunaba casi todos los días y dormía en el duro suelo y tenía
por almohada una piedra. Después la salud se le resintió y por orden del médico
tuvo que suavizar esas mortificaciones. San Raimundo cuenta que Dios le permitía
visiones celestiales, que un día logró ver cómo era Jesús cuando era Niño. Otra
vez estando la despensa del convento desprovista y no habiendo alimentos para
las monjas, ella rezó con fe y la despensa apareció llena de comestibles. La
veían levantada por los aires mientras le llegaban los éxtasis de la oración. Un
ángel se le apareció ofreciéndole un cáliz de amargura y le dijo: "Como Jesús,
en esta tierra tendrás que beber el cáliz de la amargura, pero para la eternidad
te espera la corona de gloria que nunca se marchita".
Santa Catalina de Siena que fue a Montepulciano a visitar el cadáver de Santa
Inés, el cual después de 30 años, todavía se encontraba incorrupto, profesaba
una gran veneración a esta santa y en una carta que escribió a las religiosas de
esa comunidad les dice: "Les recomiendo que sigan las enseñanzas de la hermana
Inés y traten de imitar su santa vida, porque dio verdaderos ejemplos de caridad
y humildad. Ella tenía en su corazón un gran fuego de caridad, regalado por el
mismo Dios, y este fuego le producía un inmenso deseo de salvar almas y de
santificarse por conseguir la salvación de muchos. Y después de la caridad lo
que más admiraba en ella era su profunda humildad. Siempre oraba y se esforzaba
por conservar y aumentar estas dos virtudes. Y lo que le ayudaba mucho a crecer
en santidad era que se había despojado de todo deseo de poseer bienes materiales
o de darle gusto a sus inclinaciones sensuales, y el dominar continuamente su
amor propio. Su corazón estaba totalmente lleno de amor a Cristo Crucificado, y
este amor echaba fuera los amores mundanos y los apegos indebidos a lo que es
terrenal. Ella ofrecía en sacrificio a Dios su propia sensualidad. Para esta
buena religiosa el mejor tesoro era Cristo crucificado, en quien meditaba
siempre y a quien tanto amaba". Hermoso relato redactado por una gran santa,
acerca de otra santa también muy admirable.
San Raimundo cuenta que muchos testigos le declararon haber presenciado hechos
milagrosos en la vida de Santa Inés.
Cuando estaba moribunda, oyó que sus religiosas lloraban y les dijo emocionada:
"Si en verdad me aman, alégrense de que voy al Padre Dios a recibir su herencia
eterna. No se afanen que desde la eternidad las encomendaré siempre".
Murió en el mes de abril del año 1317 a la edad de 49 años, y en su sepulcro se
han obrado muchos milagros
San Francisco Solano
Misionero
(año 1610)
Francisco Solano, llamado "el Taumaturgo del nuevo mundo", por la cantidad de
prodigios y milagros que obtuvo en Sudamérica, nació en 1549, en Montilla,
Andalucía, España.
Su padre era alcalde de la ciudad, y el jovencito desde muy pequeño se
caracterizó por su habilidad en poner paz entre los que se peleaban. Cuando
había algún duelo a espada, bastaba que Francisco corriera a donde los
combatientes a suplicarles que no se pelearan más, para que hicieran las paces.
Estudió con los Jesuitas, pero entró a la comunidad Franciscana porque le
atraían mucho la pobreza y la vida tan sacrificada de los religiosos de San
Francisco. Los primero años de sacerdocio los dedicó a predicar con gran
provecho en el sur de España. Sus sermones no tenían nada de rebuscado ni de
elegante, pero llegaban hasta el fondo del corazón de los pecadores y conseguían
grandes conversiones. Es que rezaba mucho antes de cada predicación.
Primer contagio. Llegó a Andalucía la peste del tifo negro y Francisco y su
compañero Fray Buenaventura se dedicaron a atender a los enfermos más
abandonados. Buenaventura se contagió y murió (y ahora es santo también) luego
se contagió también Francisco y creyó que ya le había llegado la hora de partir
para la eternidad, pero luego, de la manera más inesperada, quedó curado. Con
eso se dio cuenta de que Dios lo tenía para obras apostólicas todavía más
difíciles.
Pidió a sus superiores que lo enviaran de misionero al Africa, y no le fue
aceptada su petición. Pero poco después el rey Felipe II pidió a los
franciscanos que enviaran misioneros a Sudamérica y entonces sí fue enviado
Francisco a extender la religión por estas tierras. Fue una gran alegría para su
corazón.
Y sucedió que una terrible tempestad lanzó el barco contra unas rocas frente a
Panamá y se partió en dos. No había sino una embarcación para volver a tierra
firme, y el misionero prefirió aguardar allá en esos escollos con los esclavos
negros que él había venido instruyendo durante el viaje y acompañarlos hasta que
llegara otra barca a salvarlos. Y aprovechó esos tres días de terror y peligro,
para acabar de instruirlos y bautizarlos allí mismo. Varios de ellos perecieron
luego entre aquellas olas pero ya habían sido bautizados.
La pequeña embarcación los llevó a unas costas inhospitalarias y allá pasaron
días terribles de hambre y peligros. Cuando los marineros se desesperaban lo
único que podía calmarlos era la intervención del Padre Francisco. Cuando había
peleas, al único que le hacían caso para dejar de pelear, era el Padre Solano.
Al fin lograron que un barco los recogiera y los llevara a la ciudad de Lima.
Fray Francisco Solano recorrió el continente americano durante 20 años
predicando, especialmente a los indios. Pero su viaje más largo fue el que tuvo
que hacer a pie, con incontables peligros y sufrimientos, desde Lima hasta
Tucumán (Argentina) y hasta las pampas y el Chaco Paraguayo. Más de 3,000
kilómetros y sin ninguna comodidad. Sólo confiando en Dios y movido por el deseo
de salvar almas.
Y le sucedió en aquel gran viaje misionero, que lograba aprender con
extraordinaria facilidad los dialectos de aquellos indios a las dos semanas de
estar con ellos. Y le entendían todos admirablemente sus sermones. Sus
compañeros misioneros se admiraban grandemente de este prodigio y lo
consideraban un verdadero milagro de Dios. Pero lo más admirable es que las
tribus de indios, aun las más belicosas, y opuestas a los blancos, recibían los
sermones del santo con una docilidad y un provecho que parecían increíbles. Dios
le había concedido la eficacia de la palabra y la gracia de conseguir la
simpatía y buena voluntad de sus oyentes.
Fray Francisco llegaba a las tribus más guerreras e indómitas y aunque al
principio lo recibían al son de batalla, después de predicarles por unos minutos
con un crucifijo en la mano, conseguía que todos empezaran a escucharle con un
corazón dócil y que se hicieran bautizar por centenares y miles.
Un Jueves Santo estando el santo predicando en La Rioja (Argentina) llegó la voz
de que se acercaban millares de indios salvajes a atacar la población. El
peligro era sumamente grande, todos se dispusieron a la defensa, pero Fray
Francisco salió con su crucifijo en la mano y se colocó frente a los guerreros
atacantes y de tal manera les habló (logrando que lo entendieran muy bien en su
propio idioma) que los indígenas desistieron del ataque y poco después aceptaron
ser evangelizados y bautizados en la religión católica.
El Padre Solano tenía una hermosa voz y sabía tocar muy bien el violín y la
guitarra. Y en los sitios que visitaba divertía muy alegremente a sus oyentes
con sus alegres canciones. Un día llegó a un convento donde los religiosos eran
demasiado serios y recordando el espíritu de San Francisco de Asís que era vivir
siempre interior y exteriormente alegres, se puso a cantarles y hasta a danzar
tan jocosamente que aquellos frailes terminaron todos cantando, riendo y hasta
bailando en honor del Señor Dios.
San Francisco Solano misionó por más de 14 años por el Chaco Paraguayo, por
Uruguay, el Río de la Plata, Santa Fe y Córdoba de Argentina, siempre a pie,
convirtiendo innumerables indígenas y también muchísimos colonos españoles. Su
paso por cada ciudad o campo, era un renacer del fervor religioso. Un día en el
pueblo llamado San Miguel, estaban en un toreo, y el toro feroz se salió del
corral y empezó a cornear sin compasión por las calles. Llamaron al santo y éste
se le enfrentó calmadamente al terrible animal. Y la gente vio con admiración
que el bravísimo toro se le acercaba a Fray Francisco y le lamía las manos y se
dejaba llevar por él otra vez al corral.
A imitación de su patrono San Francisco de Asís, el padre solano sentía gran
cariño por los animalillos de Dios. Las aves lo rodeaban muy frecuentemente, y
luego a una voz suya, salían por los aires revoloteando, cantando alegremente
como si estuvieran alabando a Dios.
Por orden de sus superiores, los últimos años los pasó Fray Francisco en la
ciudad de Lima predicando y convirtiendo pecadores. Entraba a las casas de
juegos y hacía suspender aquellos vicios y llevaba a los jugadores a los
templos. En los teatros, en plena función inmoral hacía suspender la
representación y echaba un fogoso sermón desde el escenario, haciendo llorar y
arrepentirse a muchos pecadores. En plena plaza predicaba al pueblo anunciando
terribles castigos de Dios si seguían cometiendo tantos pecados y esto conseguía
muchas conversiones.
Un día estando predicando en una misa empezó a temblar. Las gentes quisieron
salir huyendo, pero él les dijo: "Si piden perdón a Dios, no les sucederá nada
malo". Todos pidieron perdón y nada malo sucedió aquel día allí. Otro día en
pleno sermón exclamó: "Por las maldades de estas gentes, todo lo que está a mi
alrededor será destruido y no quedará sino el sitio desde donde estoy
predicando". Y así sucedió años después. llegó un terremoto y destruyó el templo
y todos los alrededores, y el único sitio que quedó sin que le pasara nada, fue
aquel desde donde el santo había predicado.
En mayo de 1610 empezó a sentirse muy débil. Los médicos que lo atendían se
admiraban de su paciencia y santidad. El 14 de julio, una bandada de pajaritos
entró cantando a su habitación y el Padre Francisco exclamó: "Que Dios sea
glorificado", y expiró. Desde lejos las gentes vieron una rara iluminación en
esa habitación durante toda la noche. San Francisco Solano: pídele a Dios muchas
bendiciones para América
Beata María de la Encarnación
Madre de familia
Año 1618
He aquí una madre de seis hijos, que se dio el gusto de poder llevar a su país
tres nuevas comunidades religiosas, y de llegar a tener tres hijas religiosas y
un hijo sacerdote, además de dos hijos muy buenos católicos y padres de familia.
Nació en París en 1565 de noble familia. Sus padres deseaban mucho tener una
hija y después de bastantes años de casados no la habían tenido. Prometieron
consagrarla a la Sma. Virgen y Dios se la concedió. Tan pronto nació la
consagraron a Nuestra Señora y poco después fueron al templo a dar gracias
públicamente a Dios por tan gran regalo.
De jovencita deseaba mucho ser religiosa, pero sus padres, por ser la única
hija, dispusieron que debería contraer matrimonio. Ella obedeció diciendo: "Si
no me permiten ser esposa de Cristo, al menos trataré de ser una buena esposa de
un buen cristiano". Y en verdad que lo fue.
A sus seis hijos los educaba con tanto esmero especialmente en lo espiritual que
la gente decía: "Parece que los estuviera preparando para ser religiosos".
Su esposo Pedro Acarí, un joven abogado, que ocupaba un alto puesto en el
Ministerio de Hacienda del gobierno, era muy piadoso y caritativo y ayudaba con
gran generosidad especialmente a los católicos que tenían que huir de Inglaterra
por la persecución de la Reina Isabel. Pero como todo ser humano, Don Pedro
tenía también fuertes defectos que hicieron sufrir bastante a nuestra santa.
Pero ella los soportaba con singular paciencia.
A quienes le preguntaban si a sus hijos los estaba preparando para que fueran
religiosos, ella les respondía: "Los estoy preparando para que cumplan siempre y
en todo de la mejor manera la voluntad de Dios".
El Sr. Acarí pertenecía a la Liga Católica y este partido fue derrotado y quedó
de rey Enrique IV, el cual desterró a los jefes de la Liga y les confiscó todos
sus bienes. De un momento a otro la señora de Acarí quedaba sin esposo y sin
bienes y con seis hijitos para sostener. Pero ella no era mujer débil para
dejarse derrotar por las dificultades. Personalmente asumió ante el gobierno la
defensa de su marido y obtuvo que levantaran el destierro y que le devolvieran
parte de los bienes que le habían quitado. Y llegó a ganarse la admiración y el
aprecio del mismo rey Enrique IV.
Desde los primeros años de su matrimonio dispuso llevar una vida de mucha piedad
en su hogar. Al personal de servicio le hacía rezar ciertas oraciones por la
mañana y por la noche, y a la vez que les prestaba toda clase de ayudas
materiales, se preocupaba mucho porque cada uno cumpliera muy bien sus deberes
para con Dios. Se asoció con una de sus sirvientas para rezar juntas, corregirse
mutuamente en sus defectos, leer libros piadosos y ayudarse en todo lo
espiritual.
La bondad de su corazón alcanzaba a todos: alimentaba a los hambrientos,
visitaba enfermos, ayudaba a los que pasaban situaciones económicas difíciles,
asistía a los agonizantes, instruía a los que no sabían bien el catecismo,
trataba de convertir a los herejes, a los que habían pasado a otras religiones y
favorecía a todas las comunidades religiosas que le era posible. Su marido a
veces se disgustaba al verla tan dedicada a tantas actividades religiosas y
caritativas, pero después bendecía a Dios por haberle dado una esposa tan santa.
La señora de Acarí se hizo amiga de una mujer mundana la cual empezó a tratar en
sus charlas de temas profanos, y al iniciarla en lecturas de novelas y de
escritos no piadosos. Esto la enfrió mucho en su piedad. Afortunadamente su
esposo se dio cuenta y la previno contra el peligro de esa amistad y de esas
lecturas y empezó a llevarle los libros escritos por Santa Teresa, y estos
libros la transformaron completamente. Otra lectura que la conmovió
profundamente fue la de las Confesiones de San Agustín. Una frase de este santo
que la movió a dedicarse totalmente a Dios fue la siguiente: "Muy pobre y
miserable es el corazón que en vez de contentarse con tener a Dios de amigo, se
dedica a buscar amistades que sólo le dejan desilusión".
Muere su esposo y ella puede ahora dedicarse con más exclusividad a las labores
espirituales. Arregla todo de la mejor manera para que sus hijos sigan
recibiendo la mejor educación posible y ella dirige todos sus esfuerzos a una
labor que le ha sido confiada en una visión.
Un día mientras está orando, después de haber leído unas páginas de la
autobiografía de Santa Teresa, siente que ésta santa se le aparece y le dice:
"Tú tienes que esforzarte por que mi comunidad de las carmelitas logre llegar a
Francia". Desde esa fecha la Señora Acarí se dedica a conseguir los permisos
para que las Carmelitas puedan entrar a su país. Pero las dificultades que se le
presentan son muy grandes. Hay leyes que prohiben la llegada de nuevas
comunidades. Habla con el rey y con el arzobispo, pero cuando todo parece ya
estar listo, de nuevo se les prohibe la entrada. Una nueva aparición de Santa
Teresa viene a recomendarle que no se canse de hacer gestiones para que las
religiosas carmelitas puedan entrar a Francia, porque esta comunidad va a hacer
grandes labores espirituales en ese país. Por sus ruegos el Padre Berule (el
futuro Cardenal Berule) se va a España y obtiene que preparen un grupo de
carmelitas para enviar a París. Y mientras tanto la Sra. Acarí sigue en la
capital haciendo gestiones para conseguirles casa y por obtener todos los
permisos del alto gobierno.
Nuestra santa no es de las que se quedan con los brazos cruzados. Sabe que a
París ha llegado el famoso obispo San Francisco de Sales a predicar una gran
serie de sermones y lo invita a su casa y este santo apóstol que es admirador
incondicional de los escritos de Santa Teresa se le convierte en su mejor aliado
y habla con las más altas personalidades y le ayuda a conseguir los permisos que
necesitan. Otro que les ayudó mucho fue el abad de los Cartujos, que era su
confesor. Y entre todos logran conseguir del Papa Clemente VIII un decreto
permitiendo la entrada de las hermanas a Francia. Un ideal conseguido. En 1604
llegaron a París las primeras hermanas Carmelitas. Iban dirigidas por dos
religiosas que después serían beatas: la beata Ana de Jesús y la Madre Ana de
San Bartolomé. La señora de Acarí con sus tres hijas las estaba esperando en las
puertas de la ciudad, y con ellas lo mejor de la sociedad. Y cantando el salmo
116: "Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos", entraron
al pueblo para dar gracias y luego las acompañaron a la casa que les tenían
preparada. Poco después las tres hijas de la señora Acarí se hicieron monjas
carmelitas y luego lo será ella también.
La comunidad de las carmelitas estaba destinada a hacer un gran bien en Francia
por muchos siglos y a tener santas famosas como por ejemplo, Santa Teresita del
Niño Jesús.
La beata de la cual estamos hablando en esta biografía tiene la especialidad de
haber sido una de las monjas más especiales que ha tenido la Iglesia Católica.
Madre de seis hijos (tres religiosas carmelitas, un sacerdote y dos casados)
viuda, dama de la alta sociedad y termina siendo humilde monjita en un convento
donde su propia hija es la superiora. No es un caso tan fácil de repetirse.
Después de conseguirles muchas novicias a las hermanas carmelitas y de ayudarles
a fundar tres conventos en Francia y de haber tenido el gusto de que sus tres
hijas se hicieran monjas carmelitas, pidió ella también ser aceptada como
hermanita legal en uno de los conventos. Y allí se dedicó a los oficios más
humildes y a obedecer en todo como la más sencilla de las novicias. Al ser
nombrada su hija como superiora del convento, la mamá de rodillas le juró
obediencia.
Los últimos años de la hermana María de la Encarnación (nombre que tomó en la
comunidad) fueron de profunda vida mística y de frecuentes éxtasis. Dios le
revelaba importantes verdades. Estas elevaciones espirituales, ahora en la vida
del convento las podía gozar mucho más tranquilamente. Santa Teresa en una
tercera aparición le anunció que ella también llegaría a pertenecer a su
comunidad de hermanas carmelitas y esto la animó a hacer la petición para entrar
a la santa comunidad. Desde que se hizo religiosa su ilusión era pasar escondida
y en silencio, cumpliendo con la mayor exactitud los reglamentos de la
congregación. Las monjitas empezaron pronto a presenciar sus éxtasis y les
parecía que esta venerable señora era ante Dios como una niñita sencilla, pura y
obediente que tenía su cuerpo acá en la tierra pero que ya su espíritu vivía más
en el cielo que en este mundo.
En abril de 1618 enfermó gravemente y quedó medio paralizada. No se cansaba de
bendecir a Dios por todas las misericordias que le había regalado en su vida. A
una hija que lloraba al sentir que se iba a morir le decía: "Pero hija, ¿te
entristeces porque me marcho a una patria mucho mejor que esta?". Y su lecho de
muerte se convierte en cátedra desde donde enseña a todas la santidad. Sin cesar
recomienda a quienes la visitan que no se apeguen a los goces de la tierra que
son tan pasajeros y que se esfuercen por conseguir los goces del cielo que son
eternos.
Las hermanas le preguntan: "¿Le va pedir a Dios que le revele la fecha de su
muerte?", y responde: -"No, yo lo que le pido a Nuestro Señor es que tenga
misericordia de mí en esta hora final". Otra le pregunta: "¿Qué le pedirá a Dios
al llegar al cielo? - Le pediré que en todo y en todas partes se haga siempre la
voluntad de su querido Hijo Jesucristo". El 16 de abril de 1618 tiene un éxtasis
y al final de él una monjita le pregunta: "¿Qué hacía hermana durante este
rato?" Y le responde: "Estaba hablando con mi buen Padre, Dios". Luego con una
suave sonrisa se quedó muerta.
Santos: Toribio de Liébana, Fructuoso, obispos; Lamberto, Calixto, Cayo,
Cremencio, Carisio, Irene, Leónidas, Baudilio, Urbano, mártires; Benito José
Labre, Joaquín, confesores; Magno, conde; Engracia, virgen y mártir; 18 mártires
de Zaragoza; María Bernarda Soubirous, virgen.
San Benito José Labre
Mendigo
(1783)
Si los vagabundos tuvieran un santo patrono, sería San Benito José Labre. Desde
niño le atraía dominar con la miseria su cuerpo, para que el alma quedara más
libre para volar hacia Dios. Ya a los doce años ponía como cabecera para dormir
una tabla y desde los 16 hasta su muerte durmió siempre en el duro suelo. Tanto
que la gente llegó a llamarlo "el santo que duerme en el suelo".
Historia
Nació en Bologna, Francia, en 1748. Era el mayor de los quince hijos de un
librero acomodado. Sus padres lo colocaron a estudiar junto a un tío sacerdote,
el Padre Santiago, que todo se lo daba a los pobres y a quien la gente llamaba
"un nuevo San Vicente".
Benito José sentía una enorme inclinación a la lectura de la Sagrada Escritura y
a leer Vidas de Santos y libros religiosos. Tanto que su tío tenía que
recordarle de vez en cuando que debía dedicar también tiempo suficiente a
estudiar otras materias. Otra de sus inclinaciones era hacia la vida retirada
del mundo, hacia la vida de oración y de meditación, apartado del trato con los
demás.
Su tío sacerdote murió por atender a enfermos de peste, y entonces Benito José
se propuso entrar a algún convento donde la vida fuera totalmente dedicada a la
oración, el silencio y las penitencias. Viajando a pie centenares de kilómetros,
muchas veces por entre la nieve, visitó varios conventos de Cartujos y de
Trapenses (monjes en perpetuo silencio) pero en cada convento le respondieron
que la edad mínima para entrar era de 24 años, y que como sólo tenía 20 años, no
podía ser admitido. Al fin en un convento hicieron una excepción y lo
admitieron, pero entonces le llegó la enfermedad de los escrúpulos (imaginar que
es pecado lo que no lo es) y le empezaron terribles angustias, que el mismo
Superior tuvo que aconsejarle que se retirara, porque su temperamento no era
para vivir encerrado en un convento. Benito bajó humildemente la cabeza y dijo:
"Hágase la santa voluntad de Dios", y se alejó meditabundo
Desde entonces empieza Benito José una vida poco común. Dispone conseguir la
santidad siendo un perpetuo mendigo, un peregrino errante, de santuario en
santuario. Benito se propuso dedicar muchos años de su vida a visitar los
santuarios más famosos de Europa, a pie, descalzo, pidiendo limosna, vestido
como un pordiosero y dedicado únicamente a rezar, meditar y hacer penitencia.
Andaba descalzo (aun en plena nieve, pedregales o barro) con un vestido
sumamente viejo y descolorido, lleno de remiendos. Con un pobre morral donde
únicamente llevaba la Imitación de Cristo y un Devocionario para leer los Salmos
y otras oraciones, practicaba el consejo de Jesús: "No llevéis alforja con
provisiones, ni dinero, ni dos túnicas" (Mr. 6,8). Se propuso ser un monje
errante, un vagabundo de Dios, un ser tan espiritual que olvidado de su cuerpo,
vivirá de lo que a los demás les sobre. Para siempre será ya un peregrino
errante. Sobre su camisa remendada lleva un escapulario y un crucifijo. Las
primeras tres noches que estuvo en Roma (después de viajar centenares y
centenares de kilómetros desde Francia, a pie, pidiendo limosna) las pasó en un
hospicio de pobres, pero luego le pareció que eso era demasiado lujo para él y
en adelante dormirá siempre a la intemperie o en el quicio de una puerta, o bajo
un puente, o al abrigo de una escalera, o donde la noche lo sorprenda. Nunca
aceptaba un lecho o una cama. Lo más que aceptaba era un costal para acostarse
en él. Quería asemejarse a Jesús que no tenía ni una piedra para recostar la
cabeza. Su filosofía era la de las avecillas del cielo, a las cuales Dios
alimenta y que no viven preocupadas por el día de mañana, porque el Padre Dios
sabe muy bien que es lo que vamos a necesitar. Las personas ordinarias al verlo
sentían desprecio por él y los orgullosos hasta le tenían asco, pero las
personas muy espirituales sentían hacia él una honda admiración.
Como si fuera un monje cartujo, por los caminos no hablaba con nadie, a no ser
que sintiera la inspiración para decirle alguna palabra espiritual a alguien.
Cuando le daban una limosna (que él nunca pidió a nadie) daba las gracias y
buscaba a otro más pobre para dársela a él. Andaba por todos esos caminos de
Europa de santuario en santuario, desde España hasta Francia, Alemania, Italia,
etc., absorto, como dedicado a la contemplación y a hablar con Dios. Cuando
llegaba a un santuario se pasaba los días enteros orando allí ante la santa
imagen. Cuando oraba ante el Santísimo Sacramento o ante un crucifijo se le
pasaban las horas sin darse cuenta y a veces se elevaba varios centímetros por
los aires.
A un sacerdote que le preguntó de qué estaba compuesto él para ser capaz de
soportar semejante vida le dijo: "Mi cerebro está compuesto de fuego para amar a
Dios. Mi corazón es de carne para poder tener caridad para con el prójimo. Mi
voluntad es de bronce para tratarme duro a mí mismo".
A otro que le recomendó que no durmiera en el suelo le respondió: "Me parece que
Dios quiere que yo le sirva de esta manera. Los pobres dormimos en el lugar
donde nos llega la noche… los que ya nos acostumbramos a la pobreza no
necesitamos cama demasiado cómoda para dormir… además en este modo de vivir
siento más facilidad para comunicarme con el buen Dios".
Las gentes le demostraban mucho desprecio y nada deseaba él tanto como ser
despreciado y tenido por nada. Pero nunca lo lograban despreciar los otros como
se despreciaba a sí mismo. Un hombre le regaló un día una limosna y Benito José
se apresuró a obsequiársela a otro más pobre que él. El que le había dado la
limosna creyó que eso era un desprecio y le dio una fueteara. Benito se dejó
golpear sin pronunciar una sola palabra. En un santuario lo confundieron con un
ladrón y lo sacaron a rastras del templo hacia la plaza. El no se defendió. En
Gascuña se acercó a atender a un herido y las gentes dijeron que era él quien lo
había atracado y le dieron una paliza. No dijo ni una palabra. Imitaba a Jesús
de quien siete veces dice el Evangelio que callaba, mientras lo maltrataban.
Era tan flaco y desgastado que al dormir enroscado en un rincón las gentes lo
confundían con un perro dormido y le daban patadas para que se fuera.
Y mientras más se humillaba él, más se preocupaba Dios por elevarlo. Su padre
confesor que al principio dudaba mucho de él, se fue convenciendo cada día más y
más de que se trataba de un verdadero santo y fue recogiendo datos para su
biografía. Don Jorge Zittli un convertido, vio un día que Benito José se
acercaba a una mujer que lloraba porque su hijito agonizaba y le dijo: "Deja de
llorar mujer, que tu niño ya está bien", y al colocarle la mano sobre la cabeza
del niño, éste quedó instantáneamente curado.
Desde 1777 su devoción preferida será asistir a las "Cuarenta horas", esta
hermosa devoción que consiste en exponer la Santa Hostia (o sea el cuerpo de
Cristo), y dedicarse los parroquianos durante 40 horas a rendirle, por turnos,
piadosa adoración. Donde quiera que en Roma hubiera 40 horas en un templo, allí
estaba Benito José los tres días adorando al Santísimo Sacramento. Tanto que la
gente lo llamaba "El santo de las cuarenta horas".
El padre Daffini vio a Benito en el templo de los Santos Apóstoles, rodeado por
un gran resplandor, mientras adoraba la Santa Hostia. María Poeti lo vio lleno
de resplandores y elevarse sobre el suelo mientras adoraba al Señor en la
Eucaristía. El padre Pompei, Capellán de Santa María La Mayor vio que sobre el
corazón de nuestro santo se veían llamaradas mientras adoraba la Santa Hostia.
Los últimos años pasaba los días enteros en los templos orando y por las noches
iba a dormir en las ruinas del Coliseo.
La debilidad lo obligó en sus últimos días a aceptar ser recibido en un albergue
de mendigos de Roma, y allí su obediencia y su piedad llamaron la atención a los
encargados. Benito era siempre el último en acudir a recibir su porción de sopa,
y con frecuencia la regalaba a otro que tenía más hambre que él.
A principios de la cuaresma de 1783 adquirió un violento resfriado y el
Miércoles Santo estando rezando en un templo cayó desmayado. Muchos acudieron a
socorrerlo y un carnicero lo llevó a su casa para atenderlo. Le aplicaron la
Unción de los Enfermos y el Jueves Santo - 16 de abril - a la madrugada pasó a
la eternidad. Aquella mañana mientras las campanas de los templos de Roma
repicaban en la ceremonia del Jueves Santo, su alma volaba a escuchar los
repiques de gloria en el Reino de los Cielos.
Apenas se supo la noticia de su muerte, muchos niños empezaron a gritar por las
calles: "¡Ha muerto el santo! ¡Ha muerto el santo!", y un gentío enorme acudió a
venerar sus despojos y empezó una cadena admirable de milagros junto a sus
reliquias.
Exactamente cien años después de su muerte, en 1883, fue declarado santo por el
Sumo Pontífice. Varios volúmenes de documentos en Roma comprueban su gran
santidad.
Santa Liduvina
Paciente enferma crónica
Año 1433
Historia
Esta santa es la Patrona de los enfermos crónicos. Ella nos enseña a aprovechar
la enfermedad para pagar nuestros pecados, convertir pecadores y conseguir un
gran premio en el cielo. El decreto de Roma al declararla santa dice: Santa
Liduvina fue "un prodigio de sufrimiento humano y de paciencia heroica".
Liduvina nació en Schiedam, Holanda, en 1380. Su padre era muy pobre y tenía por
oficio el de "celador" o cuidador de fincas. Hasta los 15 años Liduvina era una
muchacha como las demás: alegre, simpática, buena y muy bonita. Pero en aquel
año su vida cambió completamente. Un día, después de jugar con sus amigos iban a
patinar y en el camino callo en el hielo partiéndose la columna vertebral.
La pobre muchacha empezó desde entonces un horroroso martirio. Continuos
vómitos, jaquecas, fiebre intermitente y dolores por todo el cuerpo la
martirizaban todo el día. En ninguna posición podía descansar. La altísima
fiebre le producía una sed insaciable. Los médicos declararon que su enfermedad
no tenía remedio.
Liduvina se desesperaba en esa cama inmóvil, y cuando oía a sus compañeras
correr y reír, se ponía a llorar y a preguntar a Dios por qué le había permitido
tan horrible martirio. Pero un día Dios le dio un gran regalo: nombraron de
párroco de su pueblo a un verdadero santo, el Padre Pott. Este virtuoso
sacerdote lo primero que hizo fue recordarle que "Dios al árbol que más lo
quiere más lo poda, para que produzca mayor fruto y a los hijos que más ama más
los hace sufrir". Le colocó en frente de la cama un crucifijo, pidiéndole que de
vez en cuando mirara a Jesús crucificado y se comparara con El y pensara que si
Cristo sufrió tanto, debe ser que el sufrimiento lleva a la santidad.
En adelante ya no volvió más a pedir a Dios que le quitara sus sufrimientos,
sino que se dedicó a pedir a Nuestro Señor que le diera valor y amor para sufrir
como Jesús por la conversión de los pecadores, y la salvación de las almas.
Santa Liduvina llegó a amar de tal manera sus sufrimientos que repetía: "Si
bastara rezar una pequeña oración para que se me fueran mis dolores, no la
rezaría". Descubrió que su "vocación" era ofrecer sus padecimientos por la
conversión de los pecadores. Se dedicó a meditar fuertemente en la Pasión y
Muerte de Jesús. Y en adelante sus sufrimientos se le convirtieron en una fuete
de gozo espiritual y en su "arma" y su "red" para apartar pecadores del camino
hacia el infierno y llevarlos hacia el cielo. Decía que la Sagrada Comunión y la
meditación en la Pasión de Nuestro Señor eran las dos fuentes que le concedían
valor, alegría y paz.
La enfermedad fue invadiendo todo su cuerpo. Una llaga le fue destrozando la
piel. Perdió la vista por un ojo y el otro se le volvió tan sensible a la luz
que no soportaba ni siquiera el reflejo de la llama de una vela. Estaba
completamente paralizada y solamente podía mover un poco el brazo izquierdo. En
los fríos terribles del invierno de Holanda quedaba a veces en tal estado de
enfriamiento que sus lágrimas se le congelaban en la mejilla. En el hombro
izquierdo se le formó un absceso dolorosísimo y la más aguda neuritis (o
inflamación de los nervios) le producía dolores casi insoportables. Parecía que
ya en vida estuviera descomponiéndose como un cadáver. Pero nadie la veía triste
o desanimada, sino todo lo contrario: feliz por lograr sufrir por amor a Cristo
y por la conversión de los pecadores. Y cosa rara: a pesar de que su enfermedad
era tan destructora, se sentía a su alrededor un aroma agradable y que llenaba
el alma de deseos de rezar y de meditar.
Cuentan las antiguas crónicas que recién paralizada una noche Liduvina soñó que
Nuestro Señor le proponía: "Para pago de tus pecados y conversión de los
pecadores, ¿qué prefieres, 38 años tullida en una cama o 38 horas en el
purgatorio?". Y que ella respondió: "prefiero 38 horas en el purgatorio". Y
sintió que moría que iba al purgatorio y empezaba a sufrir. Y pasaron 38 horas y
380 horas y 3,800 horas y su martirio no terminaba, y al fin preguntó a un ángel
que pasaba por allí, "¿Por qué Nuestro Señor no me habrá cumplido el contrato
que hicimos? Me dijo que me viniera 38 horas al purgatorio y ya llevo 3,800
horas". El ángel fue y averiguó y volvió con esta respuesta: "¿Qué cuántas horas
cree que ha estado en el Purgatorio?" ¡Pues 3,800! ¿Sabe cuánto hace que Ud. se
murió? No hace todavía cinco minutos que se murió. Su cadáver todavía está
caliente y no se ha enfriado. Sus familiares todavía no saben que Ud. se ha
muerto. ¿No han pasado cinco minutos y ya se imagina que van 3,800?". Al oír
semejante respuesta, Liduvina se asustó y gritó: Dios mío, prefiero entonces
estarme 38 años tullida en la tierra. Y despertó. Y en verdad estuvo 38 años
paralizada y a quienes la compadecían les respondía: "Tengan cuidado porque la
Justicia Divina en la otra vida es muy severa. No ofendan a Dios, porque el
castigo que espera a los pecadores en la eternidad es algo terrible, que no
podemos ni imaginar.
En 1421, o sea 12 años antes de su muerte, las autoridades civiles de Schiedam
(su pueblo) publicaron un documento que decía: "Certificamos por las
declaraciones de muchos testigos presenciales, que durante los últimos siete
años, Liduvina no ha comido ni bebido nada, y que así lo hace actualmente. Vive
únicamente de la Sagrada Comunión que recibe".
Santa Liduvina, paralizada y sufriendo espantosamente en su lecho de enferma,
recibió de Dios los dones de anunciar el futuro a muchas personas y de curar a
numerosos enfermos, orando por ellos. A los 12 años de estar enferma y
sufriendo, empezó a tener éxtasis y visiones. Mientras el cuerpo quedaba como
sin vida, en los éxtasis conversaba con Dios, con la Sma. Virgen y con su Angel
de la Guarda. Unas veces recibía de Dios la gracia de poder presenciar los
sufrimientos que Jesucristo padeció en su Santísima Pasión. Otras veces
contemplaba los sufrimientos de las almas del purgatorio, y en algunas ocasiones
le permitían ver algunos de los goces que nos esperan en el cielo.
Dicen los que escribieron su biografía que después de cada éxtasis se afirmaba
más y más en su "vocación" de salvar almas por medio de su sufrimiento ofrecidos
a Dios, y que al finalizar cada una de estas visiones aumentaban los dolores de
sus enfermedades pero aumentaba también el amor con el que ofrecía todo por
Nuestro Señor.
Cambiaron al santo párroco que tanto la ayudaba, por otro menos santo y menos
comprensivo, quien empezó a decir que Liduvina era una mentirosa que inventaba
lo que decía. El pueblo se levantó en revolución para defender a su santa y las
autoridades para evitar problemas, nombraron una comisión investigadora
compuesta por personalidades muy serias. Los investigadores declararon que ella
decía toda la verdad y que su caso era algo extraordinario que no podía
explicarse sin una intervención sobrenatural. Y así la fama de la santa creció y
se propagó.
En los últimos siete meses Santa Liduvina no pudo dormir ni siquiera una hora a
causa de sus tremendos dolores. Pero no cesaba de elevar su oración a Dios,
uniendo sus sufrimientos a los padecimientos de Cristo en la Cruz.
Y el 14 de abril de 1433, día de Pascua de Resurrección poco antes de las tres
de la tarde, pasó santamente a la eternidad. Pocos días antes contempló en una
visión que en la eternidad le estaban tejiendo una hermosa corona de premios.
Pero aun debía sufrir un poco. En esos días llegaron unos soldados y la
insultaron y la maltrataron. Ella ofreció todo a Dios con mucha paciencia y
luego oyó una voz que le decía: "con esos sufrimientos ha quedado completa tu
corona. Puedes morir en paz".
La última petición que le hizo al médico antes de morir fue que su casa la
convirtieran en hospital para pobres. Y así se hizo. Y su fama se extendió ya en
vida por muchos sitios y después de muerta sus milagros la hicieron muy popular.
Tiene un gran templo en Schiedam. Tuvo el honor de que su biografía la
escribiera el escritor Tomás de Kempis, autor del famosísimo libro "La imitación
de Cristo".
Mensaje de Pascua de Benedicto XVI
"La resurrección del Señor es nuestra esperanza"
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 12 abril 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje
de Pascua que dirigió Benedicto XVI desde el balcón de la fachada de la Basílica
de San Pedro a los miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del
Vaticano.
* * *
Queridos hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero
A todos vosotros dirijo de corazón la felicitación pascual con las palabras de
san Agustín: "Resurrectio Domini, spes nostra", "la resurrección del Señor es
nuestra esperanza" (Sermón 261,1). Con esta afirmación, el gran Obispo explicaba
a sus fieles que Jesús resucitó para que nosotros, aunque destinados a la
muerte, no desesperáramos, pensando que con la muerte se acaba totalmente la
vida; Cristo ha resucitado para darnos la esperanza (cf. ibíd.).
En efecto, una de las preguntas que más angustian la existencia del hombre es
precisamente ésta: ¿qué hay después de la muerte? Esta solemnidad nos permite
responder a este enigma afirmando que la muerte no tiene la última palabra,
porque al final es la Vida la que triunfa. Nuestra certeza no se basa en simples
razonamientos humanos, sino en un dato histórico de fe: Jesucristo, crucificado
y sepultado, ha resucitado con su cuerpo glorioso. Jesús ha resucitado para que
también nosotros, creyendo en Él, podamos tener la vida eterna. Este anuncio
está en el corazón del mensaje evangélico. San Pablo lo afirma con fuerza: "Si
Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo
mismo". Y añade: "Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los
hombres más desgraciados" (1 Co 15,14.19). Desde la aurora de Pascua una nueva
primavera de esperanza llena el mundo; desde aquel día nuestra resurrección ya
ha comenzado, porque la Pascua no marca simplemente un momento de la historia,
sino el inicio de una condición nueva: Jesús ha resucitado no porque su recuerdo
permanezca vivo en el corazón de sus discípulos, sino porque Él mismo vive en
nosotros y en Él ya podemos gustar la alegría de la vida eterna.
Por tanto, la resurrección no es una teoría, sino una realidad histórica
revelada por el Hombre Jesucristo mediante su "pascua", su "paso", que ha
abierto una "nueva vía" entre la tierra y el Cielo (cf. Hb 10,20). No es un mito
ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula, sino un
acontecimiento único e irrepetible: Jesús de Nazaret, hijo de María, que en el
crepúsculo del Viernes fue bajado de la cruz y sepultado, ha salido vencedor de
la tumba. En efecto, al amanecer del primer día después del sábado, Pedro y Juan
hallaron la tumba vacía. Magdalena y las otras mujeres encontraron a Jesús
resucitado; lo reconocieron también los dos discípulos de Emaús en la fracción
del pan; el Resucitado se apareció a los Apóstoles aquella tarde en el Cenáculo
y luego a otros muchos discípulos en Galilea.
El anuncio de la resurrección del Señor ilumina las zonas oscuras del mundo en
que vivimos. Me refiero particularmente al materialismo y al nihilismo, a esa
visión del mundo que no logra transcender lo que es constatable
experimentalmente, y se abate desconsolada en un sentimiento de la nada, que
sería la meta definitiva de la existencia humana. En efecto, si Cristo no
hubiera resucitado, el "vacío" acabaría ganando. Si quitamos a Cristo y su
resurrección, no hay salida para el hombre, y toda su esperanza sería ilusoria.
Pero, precisamente hoy, irrumpe con fuerza el anuncio de la resurrección del
Señor, que responde a la pregunta recurrente de los escépticos, referida también
por el libro del Eclesiastés: "¿Acaso hay algo de lo que se pueda decir: "Mira,
esto es nuevo?"" (Qo 1,10). Sí, contestamos: todo se ha renovado en la mañana de
Pascua. "Mors et vita / duello conflixere mirando: dux vitae mortuus / regnat
vivus" - Lucharon vida y muerte / en singular batalla / y, muerto el que es
Vida, / triunfante se levanta. Ésta es la novedad. Una novedad que cambia la
existencia de quien la acoge, como sucedió a lo santos. Así, por ejemplo, le
ocurrió a san Pablo.
En el contexto del Año Paulino, hemos tenido ocasión muchas veces de meditar
sobre la experiencia del gran Apóstol. Saulo de Tarso, el perseguidor
encarnizado de los cristianos, encontró a Cristo resucitado en el camino de
Damasco y fue "conquistado" por Él. El resto lo sabemos. A Pablo le sucedió lo
que más tarde él escribirá a los cristianos de Corinto: "El que vive con Cristo,
es una criatura nueva; lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo" (2 Co 5,17).
Fijémonos en este gran evangelizador, que con el entusiasmo audaz de su acción
apostólica, llevó el Evangelio a muchos pueblos del mundo de entonces. Que su
enseñanza y ejemplo nos impulsen a buscar al Señor Jesús. Nos animen a confiar
en Él, porque ahora el sentido de la nada, que tiende a intoxicar la humanidad,
ha sido vencido por la luz y la esperanza que surgen de la resurrección. Ahora
son verdaderas y reales las palabras del Salmo: "Ni la tiniebla es oscura para
ti / la noche es clara como el día" (139[138],12). Ya no es la nada la que
envuelve todo, sino la presencia amorosa de Dios. Más aún, hasta el reino mismo
de la muerte ha sido liberado, porque también al "abismo" ha llegado el Verbo de
la vida, aventado por el soplo del Espíritu (v. 8).
Si es verdad que la muerte ya no tiene poder sobre el hombre y el mundo, sin
embargo quedan todavía muchos, demasiados signos de su antiguo dominio. Si, por
la Pascua, Cristo ha extirpado la raíz del mal, necesita no obstante hombres y
mujeres que lo ayuden siempre y en todo lugar a afianzar su victoria con sus
mismas armas: las armas de la justicia y de la verdad, de la misericordia, del
perdón y del amor. Éste es el mensaje que, con ocasión del reciente viaje
apostólico a Camerún y Angola, he querido llevar a todo el Continente africano,
que me ha recibido con gran entusiasmo y dispuesto a escuchar. En efecto, África
sufre enormemente por conflictos crueles e interminables, a menudo olvidados,
que laceran y ensangrientan varias de sus Naciones, y por el número cada vez
mayor de sus hijos e hijas que acaban siendo víctimas del hambre, la pobreza y
la enfermedad. El mismo mensaje repetiré con fuerza en Tierra Santa, donde
tendré la alegría de ir dentro de algunas semanas. La difícil, pero
indispensable reconciliación, que es premisa para un futuro de seguridad común y
de pacífica convivencia, no se hará realidad sino por los esfuerzos renovados,
perseverantes y sinceros para la solución del conflicto israelí-palestino.
Luego, desde Tierra Santa, la mirada se ampliará a los Países limítrofes, al
Medio Oriente, al mundo entero. En un tiempo de carestía global de alimentos, de
desbarajuste financiero, de pobrezas antiguas y nuevas, de cambios climáticos
preocupantes, de violencias y miserias que obligan a muchos a abandonar su
tierra buscando una supervivencia menos incierta, de terrorismo siempre
amenazante, de miedos crecientes ante un porvenir problemático, es urgente
descubrir nuevamente perspectivas capaces de devolver la esperanza. Que nadie se
arredre en esta batalla pacífica comenzada con la Pascua de Cristo, el cual, lo
repito, busca hombres y mujeres que lo ayuden a afianzar su victoria con sus
mismas armas, las de la justicia y la verdad, la misericordia, el perdón y el
amor.
"Resurrectio Domini, spes nostra". La resurrección de Cristo es nuestra
esperanza. La Iglesia proclama hoy esto con alegría: anuncia la esperanza, que
Dios ha hecho firme e invencible resucitando a Jesucristo de entre los muertos;
comunica la esperanza, que lleva en el corazón y quiere compartir con todos, en
cualquier lugar, especialmente allí donde los cristianos sufren persecución a
causa de su fe y su compromiso por la justicia y la paz; invoca la esperanza
capaz de avivar el deseo del bien, también y sobre todo cuando cuesta. Hoy la
Iglesia canta "el día en que actuó el Señor" e invita al gozo. Hoy la Iglesia
ora, invoca a María, Estrella de la Esperanza, para que conduzca a la humanidad
hacia el puerto seguro de la salvación, que es el corazón de Cristo, la Víctima
pascual, el Cordero que "ha redimido al mundo", el Inocente que nos "ha
reconciliado a nosotros, pecadores, con el Padre". A Él, Rey victorioso, a Él,
crucificado y resucitado, gritamos con alegría nuestro Alleluia.
Homilía del Papa en la misa del Domingo de Resurrección
"El Resucitado nos precede y nos acompaña por las vías del mundo"
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 12 abril 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía
que pronunció Benedicto XVI durante la misa del Domingo de Pascua en la
Resurrección del Señor, presidida en la Basílica de San Pedro del Vaticano.
* * *
Queridos hermanos y hermanas,
"Ha sido inmolado Cristo, nuestra Pascua" (1 Co 5,7). Resuena en este día la
exclamación de san Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura, tomada de la
primera Carta a los Corintios. Un texto que se remonta a veinte años apenas
después de la muerte y resurrección de Jesús y que, no obstante, contiene en una
síntesis impresionante - como es típico de algunas expresiones paulinas - la
plena conciencia de la novedad cristiana. El símbolo central de la historia de
la salvación - el cordero pascual - se identifica aquí con Jesús, llamado
precisamente "nuestra Pascua". La Pascua judía, memorial de la liberación de la
esclavitud de Egipto, prescribía el rito de la inmolación del cordero, un
cordero por familia, según la ley mosaica. En su pasión y muerte, Jesús se
revela como el Cordero de Dios "inmolado" en la cruz para quitar los pecados del
mundo; fue muerto justamente en la hora en que se acostumbraba a inmolar los
corderos en el Templo de Jerusalén. El sentido de este sacrificio suyo, lo había
anticipado Él mismo durante la Última Cena, poniéndose en el lugar - bajo las
especies del pan y el vino - de los elementos rituales de la cena de la Pascua.
Así, podemos decir que Jesús, realmente, ha llevado a cumplimiento la tradición
de la antigua Pascua y la ha transformado en su Pascua.
A partir de este nuevo sentido de la fiesta pascual, se comprende también la
interpretación de san Pablo sobre los "ázimos". El Apóstol se refiere a una
antigua costumbre judía, según la cual en la Pascua había que limpiar la casa
hasta de las migajas de pan fermentado. Eso formaba parte del recuerdo de lo que
había pasado con los antepasados en el momento de su huida de Egipto: teniendo
que salir a toda prisa del país, llevaron consigo solamente panes sin levadura.
Pero, al mismo tiempo, "los ázimos" eran un símbolo de purificación: eliminar lo
viejo para dejar espacio a lo nuevo. Ahora, como explica san Pablo, también esta
antigua tradición adquiere un nuevo sentido, precisamente a partir del nuevo
"éxodo" que es el paso de Jesús de la muerte a la vida eterna. Y puesto que
Cristo, como el verdadero Cordero, se ha sacrificado a sí mismo por nosotros,
también nosotros, sus discípulos - gracias a Él y por medio de Él - podemos y
debemos ser "masa nueva", "ázimos", liberados de todo residuo del viejo fermento
del pecado: ya no más malicia y perversidad en nuestro corazón.
"Así, pues, celebremos la Pascua... con los panes ázimos de la sinceridad y la
verdad". Esta exhortación de san Pablo con que termina la breve lectura que se
ha proclamado hace poco, resuena aún más intensamente en el contexto del Año
Paulino. Queridos hermanos y hermanas, acojamos la invitación del Apóstol;
abramos el corazón a Cristo muerto y resucitado para que nos renueve, para que
nos limpie del veneno del pecado y de la muerte y nos infunda la savia vital del
Espíritu Santo: la vida divina y eterna. En la secuencia pascual, como haciendo
eco a las palabras del Apóstol, hemos cantado: "Scimus Christum surrexisse / a
mortuis vere" - sabemos que estás resucitado, la muerte en ti no manda. Sí, éste
es precisamente el núcleo fundamental de nuestra profesión de fe; éste es hoy el
grito de victoria que nos une a todos. Y si Jesús ha resucitado, y por tanto
está vivo, ¿quién podrá jamás separarnos de Él? ¿Quién podrá privarnos de su
amor que ha vencido al odio y ha derrotado la muerte? Que el anuncio de la
Pascua se propague por el mundo con el jubiloso canto del aleluya. Cantémoslo
con la boca, cantémoslo sobre todo con el corazón y con la vida, con un estilo
de vida "ázimo", simple, humilde, y fecundo de buenas obras. "Surrexit Christus
spes mea: / precedet suos in Galileam" - ¡Resucitó de veras mi esperanza! Venid
a Galilea, el Señor allí aguarda. El Resucitado nos precede y nos acompaña por
las vías del mundo. Él es nuestra esperanza, Él es la verdadera paz del mundo.
Amén.
Homilía del Papa en la Vigilia Pascual
"La mano salvadora del Señor nos sujeta"
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 12 abril 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía
que pronunció Benedicto XVI en la solemne vigilia de la Noche Santa de Pascua,
que presidió en la Basílica de San Pedro del Vaticano.
* * *
Queridos hermanos y hermanas
San Marcos nos relata en su Evangelio que los discípulos, bajando del monte de
la Transfiguración, discutían entre ellos sobre lo quería decir "resucitar de
entre los muertos" (cf. Mc 9,10). Antes, el Señor les había anunciado su pasión
y su resurrección a los tres días. Pedro había protestado ante el anuncio de la
muerte. Pero ahora se preguntaban qué podía entenderse con el término
"resurrección". ¿Acaso no nos sucede lo mismo a nosotros? La Navidad, el
nacimiento del Niño divino, nos resulta enseguida hasta cierto punto
comprensible. Podemos amar al Niño, podemos imaginar la noche de Belén, la
alegría de María, de san José y de los pastores, el júbilo de los ángeles. Pero
resurrección, ¿qué es? No entra en el ámbito de nuestra experiencia y, así, el
mensaje muchas veces nos parece en cierto modo incomprensible, como una cosa del
pasado. La Iglesia trata de hacérnoslo comprender traduciendo este
acontecimiento misterioso al lenguaje de los símbolos, en los que podemos
contemplar de alguna manera este acontecimiento sobrecogedor. En la Vigilia
Pascual nos indica el sentido de este día especialmente mediante tres símbolos:
la luz, el agua y el canto nuevo, el Aleluya.
Primero la luz. La creación de Dios - lo acabamos de escuchar en el relato
bíblico - comienza con la expresión: "Que exista la luz" (Gn 1,3). Donde hay
luz, nace la vida, el caos puede transformarse en cosmos. En el mensaje bíblico,
la luz es la imagen más inmediata de Dios: Él es todo Luminosidad, Vida, Verdad,
Luz. En la Vigilia Pascual, la Iglesia lee la narración de la creación como
profecía. En la resurrección se realiza del modo más sublime lo que este texto
describe como el principio de todas las cosas. Dios dice de nuevo: "Que exista
la luz". La resurrección de Jesús es un estallido de luz. Se supera la muerte,
el sepulcro se abre de par en par. El Resucitado mismo es Luz, la luz del mundo.
Con la resurrección, el día de Dios entra en la noche de la historia. A partir
de la resurrección, la luz de Dios se difunde en el mundo y en la historia. Se
hace de día. Sólo esta Luz, Jesucristo, es la luz verdadera, más que el fenómeno
físico de luz. Él es la pura Luz: Dios mismo, que hace surgir una nueva creación
en aquella antigua, y transforma el caos en cosmos.
Tratemos de entender esto aún mejor. ¿Por qué Cristo es Luz? En el Antiguo
Testamento, se consideraba a la Torá como la luz que procede de Dios para el
mundo y la humanidad. Separa en la creación la luz de las tinieblas, es decir,
el bien del mal. Indica al hombre la vía justa para vivir verdaderamente. Le
indica el bien, le muestra la verdad y lo lleva hacia el amor, que es su
contenido más profundo. Ella es "lámpara para mis pasos" y "luz en el sendero"
(cf. Sal 119,105). Además, los cristianos sabían que en Cristo está presente la
Torá, que la Palabra de Dios está presente en Él como Persona. La Palabra de
Dios es la verdadera Luz que el hombre necesita. Esta Palabra está presente en
Él, en el Hijo. El Salmo 19 compara la Torá con el sol que, al surgir,
manifiesta visiblemente la gloria de Dios en todo el mundo. Los cristianos
entienden: sí, en la resurrección, el Hijo de Dios ha surgido como Luz del
mundo. Cristo es la gran Luz de la que proviene toda vida. Él nos hace reconocer
la gloria de Dios de un confín al otro de la tierra. Él nos indica la senda. Él
es el día de Dios que ahora, avanzando, se difunde por toda la tierra. Ahora,
viviendo con Él y por Él, podemos vivir en la luz.
En la Vigilia Pascual, la Iglesia representa el misterio de luz de Cristo con el
signo del cirio pascual, cuya llama es a la vez luz y calor. El simbolismo de la
luz se relaciona con el del fuego: luminosidad y calor, luminosidad y energía
transformadora del fuego: verdad y amor van unidos. El cirio pascual arde y, al
arder, se consume: cruz y resurrección son inseparables. De la cruz, de la
autoentrega del Hijo, nace la luz, viene la verdadera luminosidad al mundo.
Todos nosotros encendemos nuestras velas del cirio pascual, sobre todo las de
los recién bautizados, a los que, en este Sacramento, se les pone la luz de
Cristo en lo más profundo de su corazón. La Iglesia antigua ha calificado el
Bautismo como fotismos, como Sacramento de la iluminación, como una comunicación
de luz, y lo ha relacionado inseparablemente con la resurrección de Cristo. En
el Bautismo, Dios dice al bautizando: "Recibe la luz". El bautizando es
introducido en la luz de Cristo. Ahora, Cristo separa la luz de las tinieblas.
En Él reconocemos lo verdadero y lo falso, lo que es la luminosidad y lo que es
la oscuridad. Con Él surge en nosotros la luz de la verdad y empezamos a
entender. Una vez, cuando Cristo vio a la gente que había venido para escucharlo
y esperaba de Él una orientación, sintió lástima de ellos, porque andaban como
ovejas sin pastor (cf. Mc 6,34). Entre las corrientes contrastantes de su
tiempo, no sabían dónde ir. Cuánta compasión debe sentir Cristo también en
nuestro tiempo por tantas grandilocuencias, tras las cuales se esconde en
realidad una gran desorientación. ¿Dónde hemos de ir? ¿Cuáles son los valores
sobre los cuales regularnos? ¿Los valores en que podemos educar a los jóvenes,
sin darles normas que tal vez no aguantan o exigirles algo que quizás no se les
debe imponer? Él es la Luz. El cirio bautismal es el símbolo de la iluminación
que recibimos en el Bautismo. Así, en esta hora, también san Pablo nos habla muy
directamente. En la Carta a los Filipenses, dice que, en medio de una generación
tortuosa y convulsa, los cristianos han de brillar como lumbreras del mundo (cf.
2,15). Pidamos al Señor que la llamita de la vela, que Él ha encendido en
nosotros, la delicada luz de su palabra y su amor, no se apague entre las
confusiones de estos tiempos, sino que sea cada vez más grande y luminosa, con
el fin de que seamos con Él personas amanecidas, astros para nuestro tiempo.
El segundo símbolo de la Vigilia Pascual - la noche del Bautismo - es el agua.
Aparece en la Sagrada Escritura y, por tanto, también en la estructura interna
del Sacramento del Bautismo en dos sentidos opuestos. Por un lado está el mar,
que se manifiesta como el poder antagonista de la vida sobre la tierra, como su
amenaza constante, pero al que Dios ha puesto un límite. Por eso, el Apocalipsis
dice que en el mundo nuevo de Dios ya no habrá mar (cf. 21,1). Es el elemento de
la muerte. Y por eso se convierte en la representación simbólica de la muerte en
cruz de Jesús: Cristo ha descendido en el mar, en las aguas de la muerte, como
Israel en el Mar Rojo. Resucitado de la muerte, Él nos da la vida. Esto
significa que el Bautismo no es sólo un lavacro, sino un nuevo nacimiento: con
Cristo es como si descendiéramos en el mar de la muerte, para resurgir como
criaturas nuevas.
El otro modo en que aparece el agua es como un manantial fresco, que da la vida,
o también como el gran río del que proviene la vida. Según el primitivo
ordenamiento de la Iglesia, se debía administrar el Bautismo con agua fresca de
manantial. Sin agua no hay vida. Impresiona la importancia que tienen los pozos
en la Sagrada Escritura. Son lugares de donde brota la vida. Junto al pozo de
Jacob, Cristo anuncia a la Samaritana el pozo nuevo, el agua de la vida
verdadera. Él se manifiesta como el nuevo Jacob, el definitivo, que abre a la
humanidad el pozo que ella espera: ese agua que da la vida y que nunca se agota
(cf. Jn 4,5.15). San Juan nos dice que un soldado golpeó con una lanza el
costado de Jesús, y que del costado abierto, del corazón traspasado, salió
sangre y agua (cf. Jn 19,34). La Iglesia antigua ha visto aquí un símbolo del
Bautismo y la Eucaristía, que provienen del corazón traspasado de Jesús. En la
muerte, Jesús se ha convertido Él mismo en el manantial. El profeta Ezequiel
percibió en una visión el Templo nuevo del que brota un manantial que se
transforma en un gran río que da la vida (cf. 47,1.12): en una Tierra que
siempre sufría la sequía y la falta de agua, ésta era una gran visión de
esperanza. El cristianismo de los comienzos entendió que esta visión se ha
cumplido en Cristo. Él es el Templo auténtico y vivo de Dios. Y es la fuente de
agua viva. De Él brota el gran río que fructifica y renueva el mundo en el
Bautismo, el gran río de agua viva, su Evangelio que fecunda la tierra. Pero
Jesús ha profetizado en un discurso durante la Fiesta de las Tiendas algo más
grande aún: "El que cree en mí ... de sus entrañas manarán torrentes de agua
viva" (Jn 7,38). En el Bautismo, el Señor no sólo nos convierte en personas de
luz, sino también en fuentes de las que brota agua viva. Todos nosotros
conocemos personas de este tipo, que nos dejan en cierto modo sosegados y
renovados; personas que son como el agua fresca de un manantial. No hemos de
pensar sólo en los grandes personajes, como Agustín, Francisco de Asís, Teresa
de Ávila, Madre Teresa de Calcuta, y así sucesivamente; personas por las que han
entrado en la historia realmente ríos de agua viva. Gracias a Dios, las
encontramos continuamente también en nuestra vida cotidiana: personas que son
una fuente. Ciertamente, conocemos también lo opuesto: gente de la que promana
un vaho como el de un charco de agua putrefacta, o incluso envenenada. Pidamos
al Señor, que nos ha dado la gracia del Bautismo, que seamos siempre fuentes de
agua pura, fresca, saltarina del manantial de su verdad y de su amor.
El tercer gran símbolo de la Vigilia Pascual es de naturaleza singular, y
concierne al hombre mismo. Es el cantar el canto nuevo, el aleluya. Cuando un
hombre experimenta una gran alegría, no puede guardársela para sí mismo. Tiene
que expresarla, transmitirla. Pero, ¿qué sucede cuando el hombre se ve alcanzado
por la luz de la resurrección y, de este modo, entra en contacto con la Vida
misma, con la Verdad y con el Amor? Simplemente, que no basta hablar de ello.
Hablar no es suficiente. Tiene que cantar. En la Biblia, la primera mención de
este cantar se encuentra después de la travesía del Mar Rojo. Israel se ha
liberado de la esclavitud. Ha salido de las profundidades amenazadoras del mar.
Es como si hubiera renacido. Está vivo y libre. La Biblia describe la reacción
del pueblo a este gran acontecimiento de salvación con la expresión: "El pueblo
creyó en el Señor y en Moisés, su siervo" (cf. Ex 14,31). Sigue a continuación
la segunda reacción, que se desprende de la primera como una especie de
necesidad interior: "Entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron un cántico
al Señor". En la Vigilia Pascual, año tras año, los cristianos entonamos después
de la tercera lectura este canto, lo entonamos como nuestro cántico, porque
también nosotros, por el poder de Dios, hemos sido rescatados del agua y
liberados para la vida verdadera.
La historia del canto de Moisés tras la liberación de Israel de Egipto y el paso
del Mar Rojo, tiene un paralelismo sorprendente en el Apocalipsis de san Juan.
Antes del comienzo de las últimas siete plagas a las que fue sometida la tierra,
al vidente se le aparece "una especie de mar de vidrio veteado de fuego; en la
orilla estaban de pie los que habían vencido a la bestia, a su imagen y al
número que es cifra de su nombre: tenían en sus manos las arpas que Dios les
había dado. Cantaban el cántico de Moisés, el siervo de Dios, y el cántico del
Cordero" (Ap 15,2s). Con esta imagen se describe la situación de los discípulos
de Jesucristo en todos los tiempos, la situación de la Iglesia en la historia de
este mundo. Humanamente hablando, es una situación contradictoria en sí misma.
Por un lado, se encuentra en el éxodo, en medio del Mar Rojo. En un mar que,
paradójicamente, es a la vez hielo y fuego. Y ¿no debe quizás la Iglesia, por
decirlo así, caminar siempre sobre el mar, a través del fuego y del frío?
Considerándolo humanamente, debería hundirse. Pero mientras aún camina por este
Mar Rojo, canta, entona el canto de alabanza de los justos: el canto de Moisés y
del Cordero, en el cual se armonizan la Antigua y la Nueva Alianza. Mientras que
a fin de cuentas debería hundirse, la Iglesia entona el canto de acción de
gracias de los salvados. Está sobre las aguas de muerte de la historia y, no
obstante, ya ha resucitado. Cantando, se agarra a la mano del Señor, que la
mantiene sobre las aguas. Y sabe que, con eso, está sujeta, fuera del alcance de
la fuerza de gravedad de la muerte y del mal - una fuerza de la cual, de otro
modo, no podría escapar -, sostenida y atraída por la nueva fuerza de gravedad
de Dios, de la verdad y del amor. Por el momento, se encuentra entre los dos
campos de gravitación. Pero desde que Cristo ha resucitado, la gravitación del
amor es más fuerte que la del odio; la fuerza de gravedad de la vida es más
fuerte que la de la muerte. ¿Acaso no es ésta realmente la situación de la
Iglesia de todos los tiempos? Siempre se tiene la impresión de que ha de
hundirse, y siempre está ya salvada. San Pablo ha descrito así esta situación:
"Somos... los moribundos que están bien vivos" (2 Co 6,9). La mano salvadora del
Señor nos sujeta, y así podemos cantar ya ahora el canto de los salvados, el
canto nuevo de los resucitados: ¡aleluya! Amén.
Meditación del Papa al concluir el Vía Crucis en el Coliseo
"Cristo murió en la cruz por amor"
ROMA, viernes, 10 abril 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la meditación que
pronunció Benedicto XVI en la noche de este Vienes Santo al concluir el Vía
Crucis en el Coliseo de Roma.
* * *
Queridos hermanos y hermanas
Al terminar el relato dramático de la Pasión, anota el evangelista San Marcos:
"El centurión que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: 'Realmente
este hombre era Hijo de Dios'" (Mc 15,39). No deja de sorprendernos la profesión
de fe de este soldado romano, que había asistido a la sucesión de las varias
etapas de la crucifixión. Cuando la oscuridad de la noche estaba por caer sobre
aquel Viernes único de la historia, cuando el sacrificio de la cruz ya se había
consumado y los que estaban allí se apresuraban para poder celebrar la Pascua
judía a tenor de lo prescrito, las pocas palabras, escuchadas de los labios de
un comandante anónimo de la tropa romana, resuenan en el silencio ante aquella
muerte tan singular. Este oficial de la tropa romana, que había asistido a la
ejecución de uno de tantos condenados a la pena capital, supo reconocer en aquel
Hombre crucificado al Hijo de Dios, que expiraba en el más humillante abandono.
Su fin ignominioso habría debido marcar el triunfo definitivo del odio y de la
muerte sobre el amor y la vida. Pero no fue así. En el Gólgota se erguía la
Cruz, de la que colgaba un hombre ya muerto, pero aquel Hombre era el "Hijo de
Dios", como confesó el centurión "al ver cómo había expirado", en palabras del
evangelista.
La profesión de fe de este soldado se repite cada vez que volvemos a escuchar el
relato de la pasión según san Marcos. También nosotros esta noche, como él, nos
detenemos a contemplar el rostro exánime del Crucificado, al final de este
tradicional Via Crucis, que ha congregado, gracias a la transmisión
radiotelevisiva, a mucha gente de todas partes el mundo. Hemos revivido el
episodio trágico de un Hombre único en la historia de todos los tiempos, que ha
cambiado el mundo no matando a otros, sino dejando que lo mataran clavado en una
cruz. Este Hombre, uno de nosotros, que mientras es asesinado perdona a sus
verdugos, es el "Hijo de Dios" que, como nos recuerda el apóstol Pablo, "no hizo
alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la
condición de esclavo... se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una
muerte de cruz" (Flp 2,6-8).
La pasión dolorosa del Señor Jesús suscita necesariamente piedad incluso en los
corazones más duros, ya que es el culmen de la revelación del amor de Dios por
cada uno de nosotros. Observa san Juan: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a
su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que
tengan vida eterna" (Jn 3,16). Cristo murió en la cruz por amor. A lo largo de
los milenios, muchedumbres de hombres y mujeres han quedado seducidos por este
misterio y le han seguido, haciendo al mismo tiempo de su vida un don a los
hermanos, como Él y gracias a su ayuda. Son los santos y los mártires, muchos de
los cuales nos son desconocidos. También en nuestro tiempo, cuántas personas, en
el silencio de su existencia cotidiana, unen sus padecimientos a los del
Crucificado y se convierten en apóstoles de una auténtica renovación espiritual
y social. ¿Qué sería del hombre sin Cristo? San Agustín señala: "Una inacabable
miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta
misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si Él no hubiera venido al
encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si Él no te hubiera ayudado.
Hubieras perecido, si Él no hubiera venido" (Sermón, 185,1). Entonces, ¿por qué
no acogerlo en nuestra vida?
Detengámonos esta noche contemplando su rostro desfigurado: es el rostro del
Varón de dolores, que ha cargado sobre sí todas nuestras angustias mortales. Su
rostro se refleja en el de cada persona humillada y ofendida, enferma o
sufriente, sola, abandonada y despreciada. Al derramar su sangre, Él nos ha
rescatado de la esclavitud de la muerte, roto la soledad de nuestras lágrimas, y
entrado en todas nuestras penas y en todas nuestras angustias.
Hermanos y hermanas, mientras se yergue la Cruz sobre el Gólgota, la mirada de
nuestra fe se proyecta hacia el amanecer del Día nuevo y gustamos ya el gozo y
el fulgor de la Pascua. "Si hemos muerto con Cristo -escribe san Pablo-, creemos
que también viviremos con Él" (Rm 6,8). Con esta certeza, continuamos nuestro
camino. Mañana, sábado, velaremos y rezaremos con María, la Virgen de los
Dolores, y recemos con todos los afligidos; recemos sobre todo por todos los que
sufren en la tierra de L'Aquila, golpeada por el terremoto. Recemos para que
también, en esta noche oscura, se les aparezca a ellos la estrella de la
esperanza, la luz del Señor resucitado.
Desde ahora, deseo a todos una feliz Pascua en la luz del Señor Resucitado.
Homilía del Papa en la misa de la Cena del Señor
En la Basílica de San Juan de Letrán en Roma
CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 9 de abril de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la
homilía que pronunció Benedicto XVI en la tarde de este Jueves Santo durante la
santa misa "en la Cena del Señor", que presidió en la Basílica de San Juan de
Letrán, en Roma.
* * *
Queridos hermanos y hermanas
Qui, pridie quam pro nostra omniumque salute pateretur, hoc est hodie, accepit
panem. Así diremos hoy en el Canon de la Santa Misa. "Hoc est hodie". La
Liturgia del Jueves Santo incluye la palabra "hoy" en el texto de la plegaria,
subrayando con ello la dignidad particular de este día. Ha sido "hoy" cuando Él
lo ha hecho: se nos ha entregado para siempre en el Sacramento de su Cuerpo y de
su Sangre. Este "hoy" es sobre todo el memorial de la Pascua de entonces. Pero
es más aún. Con el Canon entramos en este "hoy". Nuestro hoy se encuentra con su
hoy. Él hace esto ahora. Con la palabra "hoy", la Liturgia de la Iglesia quiere
inducirnos a que prestemos gran atención interior al misterio de este día, a las
palabras con que se expresa. Tratemos, pues, de escuchar de modo nuevo el relato
de la institución, tal y como la Iglesia lo ha formulado basándose en la
Escritura y contemplando al Señor mismo.
Lo primero que nos sorprende es que el relato de la institución no es una frase
suelta, sino que empieza con un pronombre relativo: qui pridie. Este "qui"
enlaza todo el relato con la palabra precedente de la oración, "...de manera que
sea para nosotros Cuerpo y Sangre de tu Hijo amado, Jesucristo, nuestro Señor".
De este modo, el relato de la institución está unido a la oración anterior, a
todo el Canon, y se hace él mismo oración. En efecto, en modo alguno se trata de
un relato sencillamente insertado aquí; tampoco se trata de palabras aisladas de
autoridad, que quizás interrumpirían la oración. Es oración. Y solamente en la
oración se cumple el acto sacerdotal de la consagración que se convierte en
transformación, transustanciación de nuestros dones de pan y vino en el Cuerpo y
la Sangre de Cristo. Rezando en este momento central, la Iglesia concuerda
totalmente con el acontecimiento del Cenáculo, ya que el actuar de Jesús se
describe con las palabras: "gratias agens benedixit", "te dio gracias con la
plegaria de bendición". Con esta expresión, la Liturgia romana ha dividido en
dos palabras, lo que en hebreo es una sola, berakha, que en griego, en cambio,
aparece en los dos términos de eucharistía y eulogía. El Señor agradece. Al
agradecer, reconocemos que una cosa determinada es un don de otro. El Señor
agradece, y de este modo restituye a Dios el pan, "fruto de la tierra y del
trabajo del hombre", para poder recibirlo nuevamente de Él. Agradecer se
transforma en bendecir. Lo que ha sido puesto en las manos de Dios, vuelve de Él
bendecido y transformado. La Liturgia romana tiene razón al interpretar nuestro
orar en este momento sagrado con las palabras: "ofrecemos", "pedimos", "acepta",
"bendice esta ofrenda". Todo esto se oculta en la palabra eucharistía.
Hay otra particularidad en el relato de la institución del Canon Romano que
queremos meditar en esta hora. La Iglesia orante se fija en las manos y los ojos
del Señor. Quiere casi observarlo, desea percibir el gesto de su orar y actuar
en aquella hora singular, encontrar la figura de Jesús, por decirlo así, también
a través de los sentidos. "Tomó pan en sus santas y venerables manos". Nos
fijamos en las manos con las que Él ha curado a los hombres; en las manos con
las que ha bendecido a los niños; en las manos que ha impuesto sobre los
hombres; en las manos clavadas en la Cruz y que llevarán siempre los estigmas
como signos de su amor dispuesto a morir. Ahora tenemos el encargo de hacer lo
que Él ha hecho: tomar en las manos el pan para que sea convertido mediante la
plegaria eucarística. En la Ordenación sacerdotal, nuestras manos fueron
ungidas, para que fuesen manos de bendición. Pidamos al Señor que nuestras manos
sirvan cada vez más para llevar la salvación, para llevar la bendición, para
hacer presente su bondad.
Desde el inicio de la Oración sacerdotal de Jesús (cf. Jn 17, 1), el Canon usa
las palabras: "elevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios, Padre suyo
todopoderoso". El Señor nos enseña a levantar los ojos y sobre todo el corazón.
A levantar la mirada, apartándola de las cosas del mundo, a orientarnos hacia
Dios en la oración y así elevar nuestro ánimo. En un himno de la Liturgia de las
Horas pedimos al Señor que custodie nuestros ojos, para que no acojan ni dejen
que en nosotros entren las "vanitates", las vanidades, la banalidad, lo que sólo
es apariencia. Pidamos que a través de los ojos no entre el mal en nosotros,
falsificando y ensuciando así nuestro ser. Pero queremos pedir sobre todo que
tengamos ojos que vean todo lo que es verdadero, luminoso y bueno, para que
seamos capaces de ver la presencia de Dios en el mundo. Pidamos, para que
miremos el mundo con ojos de amor, con los ojos de Jesús, reconociendo así a los
hermanos y las hermanas que nos necesitan, que están esperando nuestra palabra y
nuestra acción.
Después de bendecir, el Señor parte el pan y lo da a los discípulos. Partir el
pan es el gesto del padre de familia que se preocupa de los suyos y les da lo
que necesitan para la vida. Pero es también el gesto de la hospitalidad con que
se acoge al extranjero, al huésped, y se le permite participar en la propia
vida. Dividir, com-partir, es unir. A través del compartir se crea comunión. En
el pan partido, el Señor se reparte a sí mismo. El gesto del partir alude
misteriosamente también a su muerte, al amor hasta la muerte. Él se da a sí
mismo, que es el verdadero "pan para la vida del mundo" (cf. Jn 6, 51). El
alimento que el hombre necesita en lo más hondo es la comunión con Dios mismo.
Al agradecer y bendecir, Jesús transforma el pan, y ya no es pan terrenal lo que
da, sino la comunión consigo mismo. Esta transformación, sin embargo, quiere ser
el comienzo de la transformación del mundo. Para que llegue a ser un mundo de
resurrección, un mundo de Dios. Sí, se trata de transformación. Del hombre nuevo
y del mundo nuevo que comienzan en el pan consagrado, transformado,
transustanciado.
Hemos dicho que partir el pan es un gesto de comunión, de unir mediante el
compartir. Así, en el gesto mismo se alude ya a la naturaleza íntima de la
Eucaristía: ésta es agape, es amor hecho corpóreo. En la palabra "agape", se
compenetran los significados de Eucaristía y amor. En el gesto de Jesús que
parte el pan, el amor que se comparte ha alcanzado su extrema radicalidad: Jesús
se deja partir como pan vivo. En el pan distribuido reconocemos el misterio del
grano de trigo que muere y así da fruto. Reconocemos la nueva multiplicación de
los panes, que deriva del morir del grano de trigo y continuará hasta el fin del
mundo. Al mismo tiempo vemos que la Eucaristía nunca puede ser sólo una acción
litúrgica. Sólo es completa, si el agape litúrgico se convierte en amor
cotidiano. En el culto cristiano, las dos cosas se transforman en una, el ser
agraciados por el Señor en el acto cultual y el cultivo del amor respecto al
prójimo. Pidamos en esta hora al Señor la gracia de aprender a vivir cada vez
mejor el misterio de la Eucaristía, de manera que comience así la transformación
del mundo.
Después del pan, Jesús toma el cáliz de vino. El Canon Romano designa el cáliz
que el Señor da a los discípulos, como "praeclarus calix", cáliz glorioso,
aludiendo con ello al Salmo 23 [22], el Salmo que habla de Dios como del Pastor
poderoso y bueno. En él se lee: "preparas una mesa ante mí, enfrente de mis
enemigos; ...y mi copa rebosa" (v. 5), calix praeclarus. El Canon Romano
interpreta esta palabra del Salmo como una profecía que se cumple en la
Eucaristía. Sí, el Señor nos prepara la mesa en medio de las amenazas de este
mundo, y nos da el cáliz glorioso, el cáliz de la gran alegría, de la fiesta
verdadera que todos anhelamos, el cáliz rebosante del vino de su amor. El cáliz
significa la boda: ahora ha llegado "la hora" a la que en las bodas de Caná se
aludía de forma misteriosa. Sí, la Eucaristía es más que un banquete, es una
fiesta de boda. Y esta boda se funda en la autodonación de Dios hasta la muerte.
En las palabras de la última Cena de Jesús y en el Canon de la Iglesia, el
misterio solemne de la boda se esconde bajo la expresión "novum Testamentum".
Este cáliz es el nuevo Testamento, "la nueva Alianza sellada con mi sangre",
según la palabra de Jesús sobre el cáliz, que Pablo transmite en la segunda
lectura de hoy (cf. 1 Co 11, 25). El Canon Romano añade: "de la alianza nueva y
eterna", para expresar la indisolubilidad del vínculo nupcial de Dios con la
humanidad. El motivo por el cual las traducciones antiguas de la Biblia no
hablan de Alianza, sino de Testamento, es que no se trata de dos contrayentes
iguales quienes la establecen, sino que entra en juego la infinita distancia
entre Dios y el hombre. Lo que nosotros llamamos nueva y antigua Alianza no es
un acuerdo entre dos partes iguales, sino un mero don de Dios, que nos deja como
herencia su amor, a sí mismo. Ciertamente, a través de este don de su amor Él,
superando cualquier distancia, nos convierte verdaderamente en partner y se
realiza el misterio nupcial del amor.
Para poder comprender lo que allí ocurre en profundidad, hemos de escuchar más
cuidadosamente aún las palabras de la Biblia y su sentido originario. Los
estudiosos nos dicen que, en los tiempos remotos de que hablan las historias de
los Patriarcas de Israel, "ratificar una alianza" significaba "entrar con otros
en una unión fundada en la sangre, o bien acoger a alguien en la propia
federación y entrar así en una comunión de derechos recíprocos". De este modo se
crea una consanguinidad real, aunque no material. Los aliados se convierten en
cierto modo en "hermanos de la misma carne y la misma sangre". La alianza
realiza un conjunto que significa paz (cf. ThWNT II 105-137). ¿Podemos ahora
hacernos al menos una idea de lo que ocurrió en la hora de la última Cena y que,
desde entonces, se renueva cada vez que celebramos la Eucaristía? Dios, el Dios
vivo establece con nosotros una comunión de paz, más aún, Él crea una
"consanguinidad" entre Él y nosotros. Por la encarnación de Jesús, por su sangre
derramada, hemos sido injertados en una consanguinidad muy real con Jesús y, por
tanto, con Dios mismo. La sangre de Jesús es su amor, en el que la vida divina y
la humana se han hecho una cosa sola. Pidamos al Señor que comprendamos cada vez
más la grandeza de este misterio. Que Él despliegue su fuerza trasformadora en
nuestro interior, de modo que lleguemos a ser realmente consanguíneos de Jesús,
llenos de su paz y, así, también en comunión unos con otros.
Sin embargo, ahora surge aún otra pregunta. En el Cenáculo, Cristo entrega a los
discípulos su Cuerpo y su Sangre, es decir, Él mismo en la totalidad de su
persona. Pero, ¿puede hacerlo? Todavía está físicamente presente entre ellos,
está ante ellos. La respuesta es que, en aquella hora, Jesús cumple lo que
previamente había anunciado en el discurso sobre el Buen Pastor: "Nadie me quita
la vida, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo
poder para recuperarla" (cf. Jn 10,18). Nadie puede quitarle la vida: la da por
libre decisión. En aquella hora anticipa la crucifixión y la resurrección. Lo
que, por decirlo así, se cumplirá físicamente en Él, Él ya lo lleva a cabo
anticipadamente en la libertad de su amor. Él entrega su vida y la recupera en
la resurrección para poderla compartir para siempre
Señor, Tú nos entregas hoy tu vida, Tú mismo te nos das. Llénanos de tu amor.
Haznos vivir en tu "hoy". Haznos instrumentos de tu paz. Amén.
Homilía de Benedicto XVI en la Misa Crismal
El sacerdote, "consagrado en la verdad"
CIUDAD DEL VATICANO, jueves 9 de abril de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación la homilía pronunciada este Jueves Santo por Benedicto XVI durante
la Misa Crismal, que concelebró en la mañana con los cardenales, obispos y
sacerdotes presentes en Roma, durante la cual los sacerdotes renuevan sus
promesas sacerdotales.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
En el Cenáculo, la primera noche de su pasión, el Señor rezó por sus discípulos
reunidos en torno a Él, pensando al mismo tiempo en la comunidad de los
discípulos de todos los siglos, en "aquellos que creerán en mí mediante su
palabra" (Jn 17, 20). En la oración por los discípulos de todos los tiempos Él
nos vio también a nosotros y rezó por nosotros. Escuchemos qué pide para los
Doce y para nosotros aquí reunidos: "Santifícalos en la verdad: tu Palabra es
verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y
por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos sean también santificados en
la verdad" (17, 17ss). El Señor pide nuestra santificación, la santificación en
la verdad. Y nos manda que continuemos su misma misión. Pero en esta oración hay
una palabra que llama nuestra atención, nos parece poco comprensible. Jesús
dice: "Por ellos me santifico a mí mismo". ¿Qué significa? ¿No es quizás Jesús
por sí mismo el "Santo de Dios", como Pedro confesó en la hora decisiva en
Cafarnaúm (cfr Juan 6, 69)? ¿Cómo puede entonces consagrar, es decir,
santificarse a sí mismo?
Para comprender esto debemos ante todo aclarar qué quieren decir en la Biblia
las palabras "santo" y "consagrar/santificar". "Santo" -con esta palabra se
describe ante todo la naturaleza de Dios mismo, su forma de ser totalmente
particular, divina, que sólo es propia de Él. Sólo Él es el verdadero y
auténtico Santo en sentido original. Cualquier otra santidad deriva de Él, es
participación en su modo de ser. Él es la luz purísima, la Verdad y el Bien sin
mancha. Consagrar algo o a alguien significa por tanto dar esa cosa o persona en
propiedad a Dios, quitarla del ámbito de lo que es nuestro e introducirla en su
atmósfera, de modo que deje de pertenecer a nuestras cosas para ser totalmente
de Dios. Consagración es por tanto un sacar del mundo y un entregar al Dios
vivo. La cosa o persona ya no nos pertenece a nosotros, y ni siquiera a sí
misma, sino que vive inmersa en Dios. A una privación de algo para entregarlo a
Dios lo llamamos también sacrificio: esto ya no será de mi propiedad, sino
propiedad de Él. En el Antiguo Testamento, la entrega de una persona a Dios, es
decir, su "santificación", se identifica con la ordenación sacerdotal, y de esta
forma, se define también en qué consiste el sacerdocio: es un cambio de
propiedad, un ser quitado del mundo y entregado a Dios. Con esto son evidentes
por tanto las dos direcciones que forman parte del proceso de la
santificación/consagración. Es un salir de los contextos de la vida mundana - un
"ser puestos aparte" por Dios. Pero precisamente por esto no es una segregación.
Ser entregados a Dios significa más bien ser puestos en representación de otros.
El sacerdote viene apartado de las conexiones mundanas y entregado a Dios, y
precisamente así, a partir de Dios, está disponible para los demás, para todos.
Cuando Jesús dice "yo me consagro", Él se hace al mismo tiempo sacerdote y
víctima. Por tanto Bultmann tiene razón al traducir la afirmación "Yo me
consagro" con "Yo me sacrifico". ¿Comprendemos ahora qué sucede, cuando Jesús
dice: "yo me consagro por ellos"? Éste es el acto sacerdotal con que Jesús --el
Hombre Jesús, que es una sola cosa con el Hijo de Dios-- se entrega al Padre por
nosotros. Es la expresión del hecho que Él es al mismo tiempo sacerdote y
víctima. Me consagro --me sacrifico--: esta palabra abismal, que nos permite
echar una mirada en la intimidad del corazón de Jesucristo, debería siempre ser
objeto de nuestra reflexión. En ella está contenido todo el misterio de nuestra
redención. Y allí está contenido también el origen del sacerdocio en la Iglesia.
Sólo ahora podemos comprender hasta el fondo la oración que el Señor presentó al
Padre por los discípulos, por nosotros. "Conságralos en la verdad": así se
integran los apóstoles en el sacerdocio de Jesucristo, la institución de su
sacerdocio nuevo para la comunidad de los fieles de todos los tiempos.
"Conságralos en la verdad": ésta es la verdadera oración de consagración para
los apóstoles. El Señor pide que Dios mismo los atraiga hacia sí, dentro de su
santidad. Pide que Él los saque para Él mismo y los tome como su propiedad, para
que, a partir de Él, ellos puedan llevar a cabo el servicio sacerdotal para el
mundo. Esta oración de Jesús aparece dos veces de forma ligeramente modificada.
Debemos en ambos casos escuchar con mucha atención, para empezar a entender al
menos vagamente el evento sublime que aquí se está verificando. "Conságralos en
la verdad". Jesús añade: "Tu palabra es verdad". Los discípulos son por tanto
llevados a lo íntimo de Dios mediante el ser inmersos en la palabra de Dios. La
palabra de Dios es, por así decirlo, el lavado que purifica, el poder creador
que los transforma en el ser de Dios. Y entonces, ¿cómo quedan las cosas en
nuestra vida? ¿Estamos verdaderamente invadidos por la palabra de Dios? ¿Es
verdad que ésta es el alimento del que vivimos, más de lo que lo son el pan y
las cosas de este mundo? ¿La conocemos de verdad? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos
interiormente de esta palabra hasta el punto de que ésta dé realmente una
impronta a nuestra vida y forme nuestro pensamiento? ¿O no es más bien que
nuestro pensamiento cada vez más se modela con todo lo que se dice y se hace?
¿No son a menudo las opiniones predominantes los criterios con los que nos
medimos? ¿No nos quedamos más bien, a fin de cuentas, en la superficialidad de
todo lo que, como de costumbre, se impone al hombre de hoy? ¿Nos dejamos
verdaderamente purificar en nuestra intimidad por la palabra de Dios? Friedrich
Nietzsche se burló de la humildad y la obediencia como virtudes serviles,
mediante las cuales los hombres habían sido reprimidos. Puso en su lugar el
orgullo y la libertad absoluta del hombre. Ciertamente existen caricaturas de
una humildad equivocada y de una sumisión equivocada, que no queremos imitar.
Pero existe también la soberbia destructiva y la presunción, que disgregan cada
comunidad y que acaban en la violencia. ¿Sabemos nosotros aprender de Cristo la
recta humildad, que corresponde a la verdad de nuestro ser, y esa obediencia que
se somete a la verdad, a la voluntad de Dios? "Conságralos en la verdad; tu
palabra es verdad": esta palabra de la inserción en el sacerdocio ilumina
nuestra vida y nos llama a ser en cada momento, de nuevo, discípulos de esa
verdad que se descubre en la palabra de Dios.
Creo que en la interpretación de esta frase podemos dar aún un paso más. ¿No
dijo acaso Cristo de sí mismo: "Yo soy la verdad" (cfr Juan 14, 6)? ¿Y no es
acaso Él mismo la Palabra viviente de Dios, a la que se refieren todas las demás
palabras individuales? Conságralos en la verdad - esto quiere decir, por tanto,
en lo más profundo: hazlos una cosa conmigo, Cristo. Únelos a mí. Mételos dentro
de mí. Y de hecho: existe en último análisis sólo un único sacerdote de la Nueva
Alianza, el mismo Jesucristo. Y el sacerdocio de los discípulos, por tanto,
puede ser sólo participación en el sacerdocio de Jesús. Nuestro ser sacerdotes
no es otra cosa por tanto que una nueva forma de unificación con Cristo.
Sustancialmente ésta nos ha sido dada para siempre en el Sacramento. Pero este
nuevo sello del ser puede llegar a ser para nosotros un juicio de condena, si
nuestra vida no se desarrolla entrando en la verdad del Sacramento. Las promesas
que hoy renovamos dicen a propósito de esto que nuestra voluntad debe orientarse
así: "Domino Iesu arctius coniungi et conformari, vobismetipsis abrenuntiantes".
El unirse a Cristo supone la renuncia. Comporta que no queremos imponer nuestro
camino o nuestra voluntad; que no deseamos ser esto o lo otro,sino que nos
abandonamos a Él, allí y en el modo en que Él quiera servirse de nosotros.
"Vivo, pero ya no soy yo quien vive, sino Cristo que vive en mí", dijo san Pablo
a propósito de esto (cf. Gálatas 2, 20). En el "sí" de la ordenación sacerdotal
hemos hecho esta renuncia fundamental al querer ser autónomos, a la
"autorrealización". Pero es necesario día a día cumplir este gran "sí" en los
muchos pequeños "síes" y en las pequeñas renuncias. Este "sí" de los pequeños
pasos, que unidos constituyen el gran "sí", podrá realizarse sin amargura y sin
autocompasión sólo si Cristo es verdaderamente el centro de nuestra vida. Si
entramos en una familiaridad con Él. Entonces, de hecho, experimentamos en medio
de las renuncias que en un primer momento pueden causar dolor, la alegría
creciente de la amistad con Él, todos los pequeños y a veces grandes signos de
su amor, que nos da continuamente. "Quien se pierde a sí mismo, se encuentra".
Si nos atrevemos a perdernos a nosotros mismos por el Señor, experimentamos qué
verdadera es su palabra.
Estar inmersos en la Verdad, en Cristo, de este proceso forma parte la oración,
en la que nos ejercitamos en la amistad con Él y aprendemos a conocerle: su
forma de ser, de pensar, de actuar. Rezar es un caminar en comunión personal con
Cristo, exponiendo ante Él nuestra vida cotidiana, nuestros logros y nuestros
fracasos, nuestras fatigas y nuestras alegrías -es un simple presentarnos a
nosotros mismos ante Él. Pero para que esto no se convierta en un
autocontemplarse, es importante que aprendamos continuamente a rezar rezando con
la Iglesia. Celebrar la Eucaristía quiere decir rezar. Celebramos la Eucaristía
de modo correcto si con nuestro pensamiento y con nuestro ser entramos en las
palabras que la Iglesia nos propone. En ellas está presente la oración de todas
las generaciones, las cuales nos llevan consigo por el camino hacia el Señor. Y
como sacerdotes somos en la celebración eucarística los que, con su oración,
abren camino a la oración de los fieles de hoy. Si estamos interiormente unidos
a las palabras de la oración, si nos dejamos guiar y transformar por ellas,
entonces también los fieles encuentran acceso a esas palabras. Entonces todos
llegamos a ser de esta forma "un solo cuerpo y una sola alma" con Cristo.
Estar inmersos en la verdad y así en la santidad de Dios significa para nosotros
también aceptar el carácter exigente de la verdad; contraponerse a la mentira
tanto en las cosas grandes como en las pequeñas, que de modo tan diverso está
presente en el mundo; aceptar la fatiga de la verdad, porque su alegría más
profunda está presente en nosotros. Cuando hablamos de ser consagrados en la
verdad, no debemos tampoco olvidar que en Jesucristo verdad y amor son una cosa
sola. Estar inmersos en Él significa estar inmersos en su bondad, en el amor
verdadero. El amor verdadero no está de rebajas, puede ser también muy exigente.
Opone resistencia al mal, para llevar al hombre al verdadero bien. Si nos
convertimos en una sola cosa con Cristo, aprendemos a reconocerlo en los que
sufren, en los pobres, en los pequeños de este mundo; entonces llegamos a ser
personas que sirven, que reconocen a Sus hermanos y hermanas y que en ellos le
encontramos a Él mismo.
"Conságralos en la verdad" - esta es la primera parte de esa palabra de Jesús.
Pero después Él añade: "Por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos sean
también santificados en la verdad" - es decir, verdaderamente (Juan 17, 19). Yo
creo que esta segunda parte tiene un significado específico. Existen en las
religiones del mundo múltiples métodos rituales de "santificación", de
consagración de una persona humana. Pero todos estos ritos pueden quedar
simplemente como algo formal. Cristo pide para los discípulos la verdadera
santificación, que transforma su ser, a ellos mismos; para que no se quede en
una forma ritual, sino en un verdadero pasar a ser propiedad del Dios santo.
Podemos también decir: Cristo ha pedido para nosotros el Sacramento que nos toca
en la profundidad de nuestro ser. Pero también rezó, para que esta
transformación día a día se traduzca en nosotros en vida, para que nuestro
cotidiano y nuestra vida concreta de cada día estén verdaderamente llenos de la
luz de Dios.
En la vigilia de mi ordenación sacerdotal, hace 58 años, abrí la Sagrada
Escritura, porque quería recibir aún una palabra del Señor, para ese día y para
mi futuro camino de sacerdote. Mi mirada se detuvo en este pasaje: "Conságralos
en la verdad; tu palabra es verdad". Entonces supe: el Señor está hablando de mí
y me está hablando a mí. Precisamente lo mismo me sucederá mañana a mí. En
último término no somos consagrados por ritos, aunque los ritos son necesarios.
El lavado, en el que el Señor nos sumerge, es Él mismo - la Verdad en persona.
Ordenación sacerdotal significa: estar inmersos en Él, en la Verdad. Le
pertenezco de una forma nueva a Él y así a los demás, "para que venga su Reino".
Queridos amigos, en esta hora de a renovación de las promesas queremos orar al
Señor que nos haga ser hombres de verdad, hombres de amor, hombres de Dios.
Pidámosle que nos atraiga cada vez más hacia él, para que lleguemos a ser
verdaderamente sacerdotes de la Nueva Alianza. Amén.
Benedicto XVI: La Pascua, fiesta del amor redentor de Dios
Hoy en la audiencia general
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 8 abril 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación el texto completo de la catequesis que Benedicto XVI pronunció este
miércoles ante los peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro para la
audiencia general.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
La Semana Santa, que para nosotros los cristianos es la semana más importante
del año, nos ofrece la oportunidad de sumergirnos en los acontecimientos
centrales de la Redención, de revivir el Misterio Pascual, el gran Misterio de
la fe. A partir de mañana por la tarde, con la Misa in Coena Domini, los
solemnes ritos litúrgicos nos ayudarán a meditar de modo más vivo la pasión, la
muerte y la resurrección del Señor en los días del Santo Triduo pascual, eje de
todo el año litúrgico. Que la gracia divina pueda abrir nuestros corazones a la
comprensión del don inestimable que es la salvación que nos ha obtenido el
sacrificio de Cristo. Este don inmenso lo encontramos admirablemente narrado en
un célebre himno contenido en la Carta a los Filipenses (cfr 2,6-11), que hemos
meditado muchas veces en Cuaresma. El Apóstol recorre, en un modo tan esencial
como eficaz, todo el misterio de la historia de la salvación señalando a la
soberbia de Adán que, aun no siendo Dios, quería ser como Dios. Y contrapone a
esta soberbia del primer hombre, que todos nosotros sentimos un poco en nuestro
ser, la humildad del verdadero Hijo de Dios que, convirtiéndose en hombre, no
dudó en tomar sobre sí las debilidades del ser humano, excepto el pecado, y se
adentró hasta la profundidad de la muerte. A este descendimiento en la última
profundidad de la pasión y de la muerte sigue después la exaltación, la
verdadera gloria del amor que ha ido hasta el final. Y por eso es justo -como
dice san Pablo- que "al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en
la tierra y en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es el Señor!" (2,
10-11). San Pablo hace referencia con estas palabras a una profecía de Isaías
donde Dios dice: Yo soy el Señor, que toda rodilla se doble ante mí en los
cielos y en la tierra (cfr Is 45, 23). Esto - dice Pablo - vale para Jesucristo.
Él realmente, en su humildad, en la verdadera grandeza de su amor, es el Señor
del mundo y ante Él realmente toda rodilla se dobla.
¡Qué maravilloso, y al mismo tiempo sorprendente, es este misterio! Nunca
podremos meditar suficientemente esta realidad. Jesús, aún siendo Dios, no quiso
hacer de sus prerrogativas divinas una posesión exclusiva; o quiso utilizar su
ser Dios, su dignidad gloriosa y su poder, como instrumento de triunfo y signo
de distancia hacia nosotros. Al contrario, "se despojó de sí mismo", asumiendo
la miserable y débil condición humana - Pablo usa, al respecto, un verbo griego
muy explícito para indicar la kénosis, este descendimiento de Jesús. La forma
(morphé) divina se escondió en Cristo bajo la forma humana, es decir, bajo
nuestra realidad marcada por el sufrimiento, por la pobreza, por nuestros
límites humanos y por la muerte. Este compartir radical y verdaderamente nuestra
naturaleza, en todo menos en el pecado, lo condujo hasta esa frontera que es el
signo de nuestra finitud, la muerte. Pero todo esto no fue fruto de un mecanismo
oscuro o de una fatalidad ciega: fue en cambio una libre elección suya, por
generosa adhesión al diseño salvador del Padre. Y la muerte que afrontó -añade
Pablo- fue la de la cruz, la más humillante y degradante que se pudiese
imaginar. Todo esto el Señor del universo lo ha hecho por amor nuestro: por amor
ha querido "despojarse de sí mismo" y hacerse nuestro hermano; por amor ha
compartido nuestra condición, la de todo hombre y toda mujer. Escribe a
propósito de esto un gran testigo de la tradición oriental, Teodoreto de Ciro:
"Siendo Dios y Dios por naturaleza y teniendo la igualdad a Dios, no ha
considerado esto algo grande, como hacen aquellos que han recibido algún honor
por encima de sus méritos, sino que, escondiendo sus méritos, eligió la humildad
más profunda y tomó forma de un ser humano" (Comentario a la epístola a los
Filipenses, 2,6-7).
Preludio al Triduo pascual, que empezará mañana -como decía- con los sugestivos
ritos de mediodía del Jueves Santo, es la solemne Misa Crismal, que en la mañana
celebra el obispo con su presbiterio, y en el curso de la cual se renuevan
también las promesas sacerdotales pronunciadas el día de la ordenación. Es un
gesto de gran valor, una ocasión muy propicia en la que los sacerdotes reafirman
su propia fidelidad a Cristo, que los ha elegido como sus ministros. Este
encuentro sacerdotal asume además un significado particular, porque es casi una
preparación al Año Santo Sacerdotal, que he convocado con ocasión del 150
aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars que comenzará el próximo 19 de
junio. Siempre en la Misa Crismal se bendecirán el óleo de los enfermos y el de
los catecúmenos, y se consagrará el Crisma. Ritos estos con los que se significa
simbólicamente la plenitud del Sacerdocio de Cristo y esa comunión eclesial que
debe animar al pueblo cristiano, reunido para el sacrificio eucarístico y
vivificado en la unidad por el don del Espíritu Santo.
En la misa de la tarde, llamada in Coena Domini, la Iglesia conmemora la
institución de la Eucaristía, el sacerdocio ministerial y el mandamiento nuevo
de la caridad, dejado por Jesús a sus discípulos. San Pablo ofrece uno de los
testimonios más antiguos de lo que sucedió en el Cenáculo, la vigilia de la
pasión del Señor. "El Señor Jesús --escribe, al inicio de los años cincuenta,
basándose en un texto que ha recibido del propio entorno del Señor-- en la noche
en que iba a ser traicionado, tomó el pan y, tras haber dado gracias, lo partió
y dijo: 'Esto es mi cuerpo que se ofrece por vosotros; haced esto en memoria
mía'. De la misma forma, tras haber cenado, tomó el cáliz, diciendo: 'Este cáliz
es la nueva Alianza de mi sangre; haced esto, cada vez que lo bebáis, en memoria
mía'" (1 Corintios 11, 23-25). Palabras llenas de misterio, que manifiestan con
claridad la voluntad de Cristo: bajo las especies del pan y del vino, Él se hace
presente con su cuerpo entregado y con su sangre derramada. Es el sacrificio de
la nueva y definitiva alianza ofrecida a todos, sin distinción de raza y
cultura. Y de este rito sacramental, que entrega a la Iglesia como prueba
suprema de su amor, Jesús constituye ministros a sus discípulos y a cuantos
proseguirán su ministerio en el curso de los siglos. El Jueves Santo constituye
por tanto una renovada invitación a dar gracias a Dios por el sumo don de la
Eucaristía, que hay que acoger con devoción y adorar con fe viva. Por esto, la
Iglesia anima, tras la celebración de la Santa Misa, a velar en presencia del
Santísimo Sacramento, recordando la hora triste que Jesús pasó en soledad y
oración en el Getsemaní, antes de ser arrestado y después ser condenado a
muerte.
Y llegamos así al Viernes Santo, día de la pasión y la crucifixión del Señor.
Cada año, poniéndonos en silencio frente a Jesús suspendido en el madero de la
cruz, advertimos cuán llenas de amor están las palabras pronunciadas por Él en
la vigilia, durante la Última Cena. "Esta es mi sangre de la alianza, que se
derrama por muchos" (cfr Marcos 14,24). Jesús quiso ofrecer su vida en
sacrificio para la remisión de los pecados de la humanidad. Al igual que ante la
Eucaristía, así ante la pasión y muerte de Jesús en la Cruz el misterio se hace
insondable para la razón. Estamos delante de algo que humanamente podría parecer
absurdo: un Dios que no sólo se hace hombre, con todas las necesidades del
hombre, no sólo sufre para salvar al hombre cargando sobre sí toda la tragedia
de la humanidad, sino que muere por el hombre.
La muerte de Cristo recuerda el cúmulo de dolor y de males que pesa sobre la
humanidad de todo tiempo: el peso aplastante de nuestro morir, el odio y la
violencia que aún hoy ensangrientan la tierra. La pasión del Señor continúa en
los sufrimientos de los hombres. Como justamente escribe Blaise Pascal, "Jesús
estará en agonía hasta el fin del mundo, no hay que dormir en este
tiempo"(Pensamientos, 553). Si el Viernes Santo es un día lleno de tristeza, es
al mismo tiempo un día propicio para volver a elevar nuestra fe, para reafirmar
nuestra esperanza y el valor de llevar cada uno nuestra cruz con humildad,
confianza y abandono en Dios, seguros de su apoyo y de su victoria. Canta la
liturgia de este día: O Crux, ave, spes unica - "Ave, oh cruz, única esperanza.
Esta esperanza se alimenta en el gran silencio del Sábado Santo, en espera de la
resurrección de Jesús. En este día las Iglesias están desnudas y no están
previstos ritos litúrgicos particulares. La Iglesia vela en oración como María y
junto a María, compartiendo sus mismos sentimientos de dolor y de confianza en
Dios. Justamente se recomienda conservar durante toda la jornada un clima
orante, favorable a la meditación y a la reconciliación; se anima a los fieles a
acercarse al sacramento de la Penitencia, para poder participar realmente
renovados a las Fiestas Pascuales.
El recogimiento y el silencio del Sábado Santo nos conducirán en la noche a la
solemne Vigilia Pascual, "madre de todas las vigilias", cuando prorrumpirá en
todas las iglesias y comunidades el canto de alegría por la resurrección de
Cristo. Una vez más, se proclamará la victoria de la luz sobre las tinieblas, de
la vida sobre la muerte, y la Iglesia gozará en el encuentro con su Señor.
Entraremos así en el clima de la Pascua de Resurrección.
Queridos hermanos y hermanas, dispongámonos a vivir intensamente el Triduo
Santo, para ser cada vez más profundamente partícipes del Misterio de Cristo.
Nos acompaña en este itinerario la Virgen Santa, que siguió en silencio a su
Hijo Jesús hasta el Calvario, tomando parte con pena en su sacrificio,
cooperando así al misterio de la redención y convirtiéndose en Madre de todos
los creyentes (cfr Juan 19, 25-27). Junto a Ella entraremos en el Cenáculo,
permaneceremos a los pies de la Cruz, velaremos idealmente junto al Cristo
muerto esperando con esperanza el alba del día radiante de la resurrección. En
esta perspectiva, formulo desde ahora a todos vosotros cordiales augurios de una
feliz y santa Pascua, junto con vuestras familias, parroquias y comunidades.
[Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En
español, dijo:]
Queridos hermanos y hermanas:
La Semana Santa, que para nosotros los cristianos es la semana más importante
del año, nos ofrece la oportunidad de actualizar los misterios centrales de la
Redención. Desde mañana por la tarde, con la Misa de la Cena del Señor, los
solemnes ritos litúrgicos nos ayudarán a meditar de forma más viva la pasión,
muerte y resurrección del Señor. La Misa crismal es como un preludio al Triduo
pascual. En ella se bendice el óleo de los catecúmenos y de los enfermos y se
consagra el Santo Crisma. Se renuevan también las promesas sacerdotales
pronunciadas el día de la Ordenación. Esta celebración tiene este año un
significado particular, pues será casi como una preparación al Año Sacerdotal,
que he convocado con ocasión del ciento cincuenta aniversario de la muerte del
Santo Cura de Ars, y que se inaugurará el próximo día diecinueve de junio. En
estos días santos nos acompaña la Santísima Virgen. Con Ella entraremos en el
cenáculo, permaneceremos junto a la Cruz y estaremos idealmente junto a Cristo
muerto aguardando con esperanza la aurora del día glorioso de la Resurrección.
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a las
Hermanas de la Caridad Dominicas de la Presentación, a los grupos venidos de
España, México, Puerto Rico y otros países latinoamericanos, así como a los
participantes en el Congreso Universitario Internacional UNIV dos mil nueve,
deseándoles que estos días en Roma les ayuden a renovar su amistad con
Jesucristo y a seguirlo como Maestro de vida. Deseo a todos una feliz y santa
Pascua, junto a vuestras familias, parroquias y comunidades. Muchas gracias.
Homilía del Papa en el Domingo de Ramos
"Quien busque su vida, la perderá"
CIUDAD DEL VATICANO, lunes 6 de abril de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación la homilía pronunciada este domingo por Benedicto XVI en la
multitudinaria celebración del Domingo de Ramos en la Plaza de San Pedro,
durante la cual también se ha celebrado a nivel diocesano la XXIV Jornada
Mundial de la Juventud, con el tema "Hemos puesto nuestra esperanza en el Dios
vivo" (1 Timoteo 4, 10).
* * *
Queridos hermanos y hermanas,
Queridos jóvenes:
Junto con una creciente muchedumbre de peregrinos, Jesús había subido a
Jerusalén para la Pascua. En la última etapa del camino, cerca de Jericó, había
curado al ciego Bartimeo, que lo había invocado como Hijo de David y suplicado
piedad. Ahora que ya podía ver, se había sumado con gratitud al grupo de los
peregrinos. Cuando a las puertas de Jerusalén Jesús montó en un borrico, que
simbolizaba el reinado de David, entre los peregrinos explotó espontáneamente la
alegre certeza: Es él, el Hijo de David. Y saludan a Jesús con la aclamación
mesiánica: "¡Bendito el que viene en nombre del Señor!"; y añaden: "¡Bendito el
reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en el cielo!", (Mc 11,9s).
No sabemos cómo se imaginaban exactamente los peregrinos entusiastas el reino de
David que llega. Pero nosotros, ¿hemos entendido realmente el mensaje de Jesús,
Hijo de David? ¿Hemos entendido lo que es el Reino del que habló al ser
interrogado por Pilato? ¿Comprendemos lo que quiere decir que su Reino no es de
este mundo? ¿O acaso quisiéramos más bien que fuera de este mundo?
San Juan, en su Evangelio, después de narrar la entrada en Jerusalén, añade una
serie de dichos de Jesús, en los que Él explica lo esencial de este nuevo género
de reino. A simple vista podemos distinguir en estos textos tres imágenes
diversas del reino en las que, aunque de modo diferente, se refleja el mismo
misterio. Ante todo, Juan relata que, entre los peregrinos que querían "adorar a
Dios" durante la fiesta, había también algunos griegos (cf. 12,20). Fijémonos en
que el verdadero objetivo de estos peregrinos era adorar a Dios. Esto concuerda
perfectamente con lo que Jesús dice en la purificación del Templo: "Mi casa será
llamada casa de oración para todos los pueblos" (Mc 11,17). La verdadera meta de
la peregrinación ha de ser encontrar a Dios, adorarlo, y así poner en el justo
orden la relación de fondo de nuestra vida. Los griegos están en busca de Dios,
con su vida están en camino hacia Dios. Ahora, mediante dos Apóstoles de lengua
griega, Felipe y Andrés, hacen llegar al Señor esta petición: "Quisiéramos ver a
Jesús" (Jn 12,21). Son palabras mayores. Queridos amigos, por eso nos hemos
reunido aquí: Queremos ver a Jesús. Para eso han ido a Sydney el año pasado
miles de jóvenes. Ciertamente, habrán puesto muchas ilusiones en esta
peregrinación. Pero el objetivo esencial era éste: Queremos
¿Qué dijo, qué hizo Jesús en aquel momento ante esta petición? En el Evangelio
no aparece claramente que hubiera un encuentro entre aquellos griegos y Jesús.
La vista de Jesús va mucho más allá. El núcleo de su respuesta a la solicitud de
aquellas personas es: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda
infecundo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12,24). Y esto quiere decir: ahora
no tiene importancia un coloquio más o menos breve con algunas personas, que
después vuelven a casa. Vendré al encuentro del mundo de los griegos como grano
de trigo muerto y resucitado, de manera totalmente nueva y por encima de los
límites del momento. Por su resurrección, Jesús supera los límites del espacio y
del tiempo. Como Resucitado, recorre la inmensidad del mundo y de la historia.
Sí, como Resucitado, va a los griegos y habla con ellos, se les manifiesta, de
modo que ellos, los lejanos, se convierten en cercanos y, precisamente en su
lengua, en su cultura, la palabra de Jesús irá avanzando y será entendida de un
modo nuevo: así viene su Reino. Por tanto, podemos reconocer dos características
esenciales de este Reino. La primera es que este Reino pasa por la cruz. Puesto
que Jesús se entrega totalmente, como Resucitado puede pertenecer a todos y
hacerse presente a todos. En la sagrada Eucaristía recibimos el fruto del grano
de trigo que muere, la multiplicación de los panes que continúa hasta el fin del
mundo y en todos los tiempos. La segunda característica dice: su Reino es
universal. Se cumple la antigua esperanza de Israel: esta realeza de David ya no
conoce fronteras. Se extiende "de mar a mar", como dice el profeta Zacarías
(9,10), es decir, abarca todo el mundo. Pero esto es posible sólo porque no es
la soberanía de un poder político, sino que se basa únicamente en la libre
adhesión del amor; un amor que responde al amor de Jesucristo, que se ha
entregado por todos. Pienso que siempre hemos de aprender de nuevo ambas cosas.
Ante todo, la universalidad, la catolicidad. Ésta significa que nadie puede
considerarse a sí mismo, a su cultura a su tiempo y su mundo como absoluto. Y
eso requiere que todos nos acojamos recíprocamente, renunciando a algo nuestro.
La universalidad incluye el misterio de la cruz, la superación de sí mismos, la
obediencia a la palabra de Jesucristo, que es común, en la común Iglesia. La
universalidad es siempre una superación de sí mismos, renunciar a algo personal.
La universalidad y la cruz van juntas. Sólo así se crea la paz.
La palabra sobre el grano de trigo que muere sigue formando parte de la
respuesta de Jesús a los griegos, es su respuesta. Pero, a continuación, Él
formula una vez más la ley fundamental de la existencia humana: "El que se ama a
sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará
para la vida eterna" (Jn 12,25). Es decir, quien quiere tener su vida para sí,
vivir sólo para él mismo, tener todo en puño y explotar todas sus posibilidades,
éste es precisamente quien pierde la vida. Ésta se vuelve tediosa y vacía.
Solamente en el abandono de sí mismo, en la entrega desinteresada del yo en
favor del tú, en el "sí" a la vida más grande, la vida de Dios, nuestra vida se
ensancha y engrandece. Así, este principio fundamental que el Señor establece
es, en último término, simplemente idéntico al principio del amor. En efecto, el
amor significa dejarse a sí mismo, entregarse, no querer poseerse a sí mismo,
sino liberarse de sí: no replegarse sobre sí mismo - ¡qué será de mí! - sino
mirar adelante, hacia el otro, hacia Dios y hacia los hombres que Él pone a mi
lado. Y este principio del amor, que define el camino del hombre, es una vez más
idéntico al misterio de la cruz, al misterio de muerte y resurrección que
encontramos en Cristo. Queridos amigos, tal vez sea relativamente fácil aceptar
esto como gran visión fundamental de la vida. Pero, en la realidad concreta, no
se trata simplemente de reconocer un principio, sino de vivir su verdad, la
verdad de la cruz y la resurrección. Y por ello, una vez más, no basta una única
gran decisión. Indudablemente, es importante, esencial, lanzarse a la gran
decisión fundamental, al gran "sí" que el Señor nos pide en un determinado
momento de nuestra vida. Pero el gran "sí" del momento decisivo en nuestra vida
- el "sí" a la verdad que el Señor nos pone delante - ha de ser después
reconquistado cotidianamente en las situaciones de todos los días en las que,
una y otra vez, hemos de abandonar nuestro yo, ponernos a disposición, aun
cuando en el fondo quisiéramos más bien aferrarnos a nuestro yo. También el
sacrificio, la renuncia, son parte de una vida recta. Quien promete una vida sin
este continuo y renovado don de sí mismo, engaña a la gente. Sin sacrificio, no
existe una vida lograda. Si echo una mirada retrospectiva sobre mi vida
personal, tengo que decir que precisamente los momentos en que he dicho "sí" a
una renuncia han sido los momentos grandes e importantes de mi vida.
Finalmente, san Juan ha recogido también en su relato de los dichos del Señor
para el "Domingo de Ramos" una forma modificada de la oración de Jesús en el
Huerto de los Olivos. Ante todo una afirmación: "Mi alma está agitada" (12,27).
Aquí aparece el pavor de Jesús, ampliamente descrito por los otros tres
evangelistas: su terror ante el poder de la muerte, ante todo el abismo de mal
que ve, y al cual debe bajar. El Señor sufre nuestras angustias junto con
nosotros, nos acompaña a través de la última angustia hasta la luz. En Juan,
siguen después dos súplicas de Jesús. La primera formulada sólo de manera
condicional: "¿Qué diré? Padre, líbrame de esta hora" (12,27). Como ser humano,
también Jesús se siente impulsado a rogar que se le libre del terror de la
pasión. También nosotros podemos orar de este modo. También nosotros podemos
lamentarnos ante el Señor, como Job, presentarle todas las nuestras peticiones
que surgen en nosotros frente a la injusticia en el mundo y las trabas de
nuestro propio yo. Ante Él, no hemos de refugiarnos en frases piadosas, en un
mundo ficticio. Orar siempre significa luchar también con Dios y, como Jacob,
podemos decirle: "no te soltaré hasta que me bendigas" (Gn 32,27). Pero luego
viene la segunda petición de Jesús: "Glorifica tu nombre" (Jn 12,28). En los
sinópticos, este ruego se expresa así: "No se haga mi voluntad, sino la tuya"
(Lc 22,42). Al final, la gloria de Dios, su señoría, su voluntad, es siempre más
importante y más verdadera que mi pensamiento y mi voluntad. Y esto es lo
esencial en nuestra oración y en nuestra vida: aprender este orden justo de la
realidad, aceptarlo íntimamente; confiar en Dios y creer que Él está haciendo lo
que es justo; que su voluntad es la verdad y el amor; que mi vida se hace buena
si aprendo a ajustarme a este orden. Vida, muerte y resurrección de Jesús, son
para nosotros la garantía de que verdaderamente podemos fiarnos de Dios. De este
modo se realiza su Reino.
Queridos amigos. Al término de esta liturgia, los jóvenes de Australia
entregarán la Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud a sus coetáneos de
España. La Cruz está en camino de una a otra parte del mundo, de mar a mar. Y
nosotros la acompañamos. Avancemos con ella por su camino y así encontraremos
nuestro camino. Cuando tocamos la Cruz, más aún, cuando la llevamos, tocamos el
misterio de Dios, el misterio de Jesucristo: el misterio de que Dios ha tanto
amado al mundo, a nosotros, que entregó a su Hijo único por nosotros (cf. Jn
3,16). Toquemos el misterio maravilloso del amor de Dios, la única verdad
realmente redentora. Pero hagamos nuestra también la ley fundamental, la norma
constitutiva de nuestra vida, es decir, el hecho que sin el "sí" a la Cruz, sin
caminar día tras día en comunión con Cristo, no se puede lograr la vida. Cuanto
más renunciemos a algo por amor de la gran verdad y el gran amor - por amor de
la verdad y el amor de Dios -, tanto más grande y rica se hace la vida. Quien
quiere guardar su vida para sí mismo, la pierde. Quien da su vida -
cotidianamente, en los pequeños gestos que forman parte de la gran decisión -,
la encuentra. Esta es la verdad exigente, pero también profundamente bella y
liberadora, en la que queremos entrar paso a paso durante el camino de la Cruz
por los continentes. Que el Señor bendiga este camino. Amén.
Discurso del Papa a jóvenes de Madrid
"Id tras las huellas de Cristo"
CIUDAD DEL VATICANO, lunes 6 de abril de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos las
palabras que dirigió Benedicto XVI este lunes por la mañana al recibir a los
jóvenes de la archidiócesis de Madrid, que han venido a Roma para recibir la
Cruz de los jóvenes con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud 2011.
* * *
Queridos amigos:
Es para mí un gran gozo recibir en esta audiencia a un grupo tan numeroso,
venido de Madrid y de España para recoger la Cruz de los jóvenes que recorrerá
diversas ciudades hasta la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid el año
2011. Saludo cordialmente al Señor Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio María
Rouco Varela, que preside esta peregrinación, al coordinador general de la
Jornada, su obispo auxiliar, Monseñor César Augusto Franco Martínez, y a los
demás obispos, a los sacerdotes y catequistas que han querido estar aquí. Os
saludo con afecto especialmente a vosotros, queridos jóvenes, que, al tomar la
cruz, confesáis vuestra fe en Aquel que os ama sin medida, el Señor Jesús, cuyo
misterio pascual celebraremos en estos días santos. Como he dicho en otra
ocasión, "la fe, a su modo, necesita ver y tocar. El encuentro con la cruz, que
se toca y se lleva, se transforma en un encuentro interior con Aquel que en la
cruz murió por nosotros. El encuentro con la cruz suscita en lo más íntimo de
los jóvenes el recuerdo del Dios que quiso hacerse hombre y sufrir con nosotros"
(A los miembros de la Curia romana, 22 diciembre 2008). Me alegra saber que esta
cruz que habéis recibido la llevaréis en procesión el Viernes Santo por las
calles de Madrid para que sea aclamada y venerada.
Os animo, por tanto, a descubrir en la Cruz la medida infinita del amor de
Cristo, y poder decir así, como san Pablo: "vivo en la fe del Hijo de Dios, que
me amó hasta entregarse por mí" (Ga 2,20). Sí, queridos jóvenes, Cristo se ha
entregado por cada uno de vosotros y os ama de modo único y personal. Responded
vosotros al amor de Cristo ofreciéndole vuestra vida con amor. De este modo, la
preparación de la Jornada Mundial de la Juventud, cuyos trabajos habéis
comenzado con mucha ilusión y entrega, serán recompensados con el fruto que
pretenden estas Jornadas: renovar y fortalecer la experiencia del encuentro con
Cristo muerto y resucitado por nosotros.
Id tras las huellas de Cristo. Él es vuestra meta, vuestro camino y también
vuestro premio. En el lema que he escogido para la Jornada de Madrid, el apóstol
Pablo invita a caminar, "arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe"
(Col 2,7). La vida es un camino, ciertamente. Pero no es un camino incierto y
sin destino fijo, sino que conduce a Cristo, meta de la vida humana y de la
historia. Por este camino llegaréis a encontraros con Aquel que, entregando su
vida por amor, os abre las puertas de la vida eterna. Os invito, pues, a
formaros en la fe que da sentido a vuestra vida y a fortalecer vuestras
convicciones, para poder así permanecer firmes en las dificultades de cada día.
Os exhorto, además, a que, en el camino hacia Cristo, sepáis atraer a vuestros
jóvenes amigos, compañeros de estudio y de trabajo, para que también ellos lo
conozcan y lo confiesen como Señor de sus vidas. Para ello, dejad que la fuerza
de lo Alto que está dentro de vosotros, el Espíritu Santo, se manifieste con su
inmenso atractivo. Los jóvenes de hoy necesitan descubrir la vida nueva que
viene de Dios, saciarse de la verdad que tiene su fuente en Cristo muerto y
resucitado y que la Iglesia ha recibido como un tesoro para todos los hombres.
Queridos jóvenes, este tiempo de preparación a la Jornada de Madrid es una
ocasión extraordinaria para experimentar además la gracia de pertenecer a la
Iglesia, Cuerpo de Cristo. Las Jornadas de la Juventud manifiestan el dinamismo
de la Iglesia y su eterna juventud. Quien ama a Cristo, ama a la Iglesia con una
misma pasión, pues ella nos permite vivir en una relación estrecha con el Señor.
Por ello, cultivad las iniciativas que permitan a los jóvenes sentirse miembros
de la Iglesia, en plena comunión con sus pastores y con el Sucesor de Pedro.
Orad en común, abriendo las puertas de vuestras parroquias, asociaciones y
movimientos para que todos puedan sentirse en la Iglesia como en su propia casa,
en la que son amados con el mismo amor de Dios. Celebrad y vivid vuestra fe con
inmensa alegría, que es el don del Espíritu. Así, vuestros corazones y los de
vuestros amigos se prepararán para celebrar la gran fiesta que es la Jornada de
la Juventud y todos experimentaremos una nueva epifanía de la juventud de la
Iglesia.
En estos días tan hermosos de la Semana Santa, que ayer iniciamos, os aliento a
contemplar a Cristo en los misterios de su pasión, muerte y resurrección. En
ellos hallaréis lo que supera toda sabiduría y conocimiento, es decir, el amor
de Dios manifestado en Cristo. Aprended de Él, que no vino "a ser servido sino a
servir y a dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10,45). Éste es el estilo del
amor de Cristo, marcado con el signo de la cruz gloriosa, en la que Cristo es
exaltado, a la vista de todos, con el corazón abierto, para que el mundo pueda
mirar y ver, a través de su perfecta humanidad, el amor que nos salva. La cruz
se convierte así en el signo mismo de la vida, pues en ella Cristo vence el
pecado y la muerte mediante la total entrega de sí mismo. Por eso, hemos de
abrazar y adorar la cruz del Señor, hacerla nuestra, aceptar su peso como el
Cireneo para participar en lo único que puede redimir a toda la humanidad (cf.
Col 1,24). En el bautismo habéis sido marcados con la cruz de Cristo y le
pertenecéis totalmente. Haceos cada vez más dignos de ella y jamás os
avergoncéis de este signo supremo del amor.
Con esta actitud profundamente cristiana, llevaréis adelante los trabajos de
preparación para la Jornada Mundial de la Juventud con éxito y fecundidad,
porque, según dice san Pablo, todo lo podemos en Aquel que nos da la fuerza (Cf.
Flp 4,13). Y en Cristo crucificado se nos ha manifestado la fuerza y la
sabiduría de Dios (cf. 1 Co 1,24). Dejaos invadir de esta fuerza y sabiduría,
comunicadla a los demás y, bajo la protección de la Santísima Virgen María,
preparad con dedicación y gozo la Jornada de la Juventud que hará de Madrid un
lugar radiante de fe y vida, donde jóvenes de todo el mundo festejen con
entusiasmo a Cristo.
Llevad mi afectuoso saludo a vuestras familias y a los amigos y compañeros que
no han podido venir hoy, y a los que también bendigo de corazón.
Felices fiestas de Pascua.
Muchas gracias.
Benedicto XVI: "Comienza el camino hacia Madrid 2011"
Alocución durante el rezo del Angelus
CIUDAD DEL VATICANO, domingo 5 de abril de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación las palabras del Papa pronunciadas hoy, antes del rezo del Ángelus,
con los peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro, y durante el cual tuvo
lugar la entrega de la Cruz y el Icono de las Jornadas Mundiales, por parte de
los jóvenes australianos a los españoles.
******
Ayer, 4 de abril, se celebró la IV Jornada dedicada por la ONU a la
sensibilización sobre le problema de las minas antipersona. A diez años de la
entrada en vigor de la Convención para la erradicación de estas bombas, y tras
la reciente apertura de la firma de la Convención para la prohibición de las
municiones de racimo, deseo animar a los países que aún no lo han firmado a
firmar sin duda estos importantes instrumentos del derecho internacional
humanitario, a los que la Santa Sede ha dado desde siempre su apoyo. Expreso
además mi apoyo a cualquier medida dirigida a garantizar la asistencia necesaria
a las víctimas de estas armas devastadoras.
Quisiera además recordar con gran pena a nuestros hermanos y hermanas africanos,
que hace pocos días han encontrado la muerte en el Mar Mediterráneo, mientras
intentaban alcanzar Europa. ¡No podemos resignarnos a tragedias de este tipo,
que por desgracia se repiten desde hace tiempo! Las dimensiones del fenómeno
hacen cada vez más urgentes estrategias coordinadas entre la Unión Europea y los
Estados Africanos, como también la adopción de medidas adecuadas de carácter
humanitario, para impedir que estos emigrantes recurran a traficantes sin
escrúpulos. Mientras rezo por las víctimas, para que el Señor las acoja en su
paz, quisiera observar que este problema, agravado ulteriormente por la crisis
global, encontrará solución sólo cuando las poblaciones africanas, con ayuda de
la comunidad internacional, puedan salir de la miseria y de las guerras.
Dirijo ahora un saludo particular a los 150 delegados -obispos, sacerdotes y
laicos- que en estos días han participado en el encuentro internacional sobre
las Jornadas Mundiales de la Juventud, organizado por el Consejo Pontificio para
los Laicos. Comienza así el camino de preparación hacia el próximo encuentro
mundial de los jóvenes, que tendrá lugar en agosto de 2011 en Madrid y para el
que ya he indicado el tema: "Enraizados y edificados en Cristo, apoyados en la
fe (Col 2,7)". Como es tradición, los jóvenes australianos entregarán dentro de
poco a los jóvenes españoles la Cruz de las Jornadas Mundiales de la Juventud,
la "cruz peregrina", que lleva a todos los jóvenes de la tierra el mensaje de
amor de Cristo. Este "paso del testigo" asume un valor altamente simbólico, con
el que expresamos inmensa gratitud a Dios por los dones recibidos en el gran
encuentro de Sydney y por el que querrá concedernos en el de Madrid. Mañana la
Cruz, acompañada por el icono de la Virgen María, partirá hacia la capital
española, y estará presente en la gran procesión del Viernes Santo. A
continuación comenzará una larga peregrinación que, a través de las diócesis de
España, la devolverá a Madrid en verano de 2011. ¡Que esta Cruz y este Icono de
María puedan ser para todos signo del amor invencible de Cristo y de la Madre
suya y nuestra!
[En inglés dijo]
Saludo a todos los peregrinos de habla inglesa y visitantes en este Domingo de
Ramos, en que recordamos la humilde entrada en Jerusalén de Jesús, nuestro Rey y
Mesías. Con vivos recuerdos de mi visita a Sydney para la Jornada Mundial de la
Juventud, saludo al cardenal George Pell, arzobispo de Sydney, y a monseñores
Anthony Fisher y Julian Porteous, obispos auxiliares de Sydney, que están aquí
junto con un gran grupo de jóvenes australianos para entregar a sus homólogos de
Madrid la Cruz de las Jornadas Mundiales de la Juventud y el Icono de Nuestra
Señor. Que los grandes eventos de la Semana Santa refuercen vuestra fe y os
inspiren el humilde testimonio de la caridad. Sobre cada uno de vosotros y
vuestras familias, invoco las bendiciones de paz y sabiduría de Dios.
[En español dijo]
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular al Cardenal Antonio
María Rouco Varela, Arzobispo de Madrid, y a los numerosos jóvenes venidos a
recoger la Cruz para la Jornada Mundial de la Juventud del año dos mil once, en
Madrid. Hoy, que hemos acompañado con el júbilo de los ramos a Jesús en su
entrada en Jerusalén, invito a todos a llevarlo muy dentro del corazón, para
reconocerlo también en el árbol salvador de la cruz y celebrar así con inmenso
gozo la gloria de su resurrección. Feliz Domingo. Feliz Semana Santa.
Benedicto XVI: En la crisis, salir al encuentro de los más necesitados
Homilía en la misa celebrada en la parroquia romana del Santo Rostro de Jesús
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 5 de abril de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la
homilía del Papa Benedicto XVI en la misa celebrada en la parroquia romana del
Santo Rostro de Jesús el 29 de marzo.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
En el pasaje evangélico de hoy, san Juan refiere un episodio que aconteció en la
última fase de la vida pública de Cristo, en la inminencia de la Pascua judía,
que sería su Pascua de muerte y resurrección. Narra el evangelista que, mientras
se encontraba en Jerusalén, algunos griegos, prosélitos del judaísmo, por
curiosidad y atraídos por lo que Jesús estaba haciendo, se acercaron a Felipe,
uno de los Doce, que tenía un nombre griego y procedía de Galilea. "Señor -le
dijeron-, queremos ver a Jesús" (Jn 12, 21). Felipe, a su vez, llamó a Andrés,
uno de los primeros apóstoles, muy cercano al Señor, y que también tenía un
nombre griego; y ambos "fueron a decírselo a Jesús" (Jn 12, 22).
En la petición de estos griegos anónimos podemos descubrir la sed de ver y
conocer a Cristo que experimenta el corazón de todo hombre. Y la respuesta de
Jesús nos orienta al misterio de la Pascua, manifestación gloriosa de su misión
salvífica. "Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre" (Jn
12, 23). Sí, está a punto de llegar la hora de la glorificación del Hijo del
hombre, pero esto conllevará el paso doloroso por la pasión y la muerte en cruz.
De hecho, sólo así se realizará el plan divino de la salvación, que es para
todos, judíos y paganos, pues todos están invitados a formar parte del único
pueblo de la alianza nueva y definitiva.
A esta luz comprendemos también la solemne proclamación con la que se concluye
el pasaje evangélico: "Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos
hacia mí" (Jn 12, 32), así como el comentario del Evangelista: "Decía esto para
significar de qué muerte iba a morir" (Jn 12, 33). La cruz: la altura del amor
es la altura de Jesús, y a esta altura nos atrae a todos.
Muy oportunamente la liturgia nos hace meditar este texto del evangelio de san
Juan en este quinto domingo de Cuaresma, mientras se acercan los días de la
Pasión del Señor, en la que nos sumergiremos espiritualmente desde el próximo
domingo, llamado precisamente domingo de Ramos y de la Pasión del Señor. Es como
si la Iglesia nos estimulara a compartir el estado de ánimo de Jesús,
queriéndonos preparar para revivir el misterio de su crucifixión, muerte y
resurrección, no como espectadores extraños, sino como protagonistas juntamente
con él, implicados en su misterio de cruz y resurrección. De hecho, donde está
Cristo, allí deben encontrarse también sus discípulos, que están llamados a
seguirlo, a solidarizarse con él en el momento del combate, para ser asimismo
partícipes de su victoria.
El Señor mismo nos explica cómo podemos asociarnos a su misión. Hablando de su
muerte gloriosa ya cercana, utiliza una imagen sencilla y a la vez sugestiva:
"Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da
mucho fruto" (Jn 12, 24). Se compara a sí mismo con un "grano de trigo deshecho,
para dar a todos mucho fruto", como dice de forma eficaz san Atanasio. Y sólo
mediante la muerte, mediante la cruz, Cristo da mucho fruto para todos los
siglos. De hecho, no bastaba que el Hijo de Dios se hubiera encarnado. Para
llevar a cabo el plan divino de la salvación universal era necesario que muriera
y fuera sepultado: sólo así toda la realidad humana sería aceptada y, mediante
su muerte y resurrección, se haría manifiesto el triunfo de la Vida, el
triunfo del Amor; así se demostraría que el amor es más fuerte que la muerte.
Con todo, el hombre Jesús, que era un hombre verdadero, con nuestros mismos
sentimientos, sentía el peso de la prueba y la amarga tristeza por el trágico
fin que le esperaba. Precisamente por ser hombre-Dios, experimentaba con mayor
fuerza el terror frente al abismo del pecado humano y a cuanto hay de sucio en
la humanidad, que él debía llevar consigo y consumar en el fuego de su amor.
Todo esto él lo debía llevar consigo y transformar en su amor. "Ahora -confiesa-
mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora?" (Jn 12,
27). Le asalta la tentación de pedir: "Sálvame, no permitas la cruz, dame la
vida". En esta apremiante invocación percibimos una anticipación de la
conmovedora oración de Getsemaní, cuando, al experimentar el drama de la soledad
y el miedo, implorará al Padre que aleje de él el cáliz de la pasión.
Sin embargo, al mismo tiempo, mantiene su adhesión filial al plan divino, porque
sabe que precisamente para eso ha llegado a esta hora, y con confianza ora:
"Padre, glorifica tu nombre" (Jn 12, 28). Con esto quiere decir: "Acepto la
cruz", en la que se glorifica el nombre de Dios, es decir, la grandeza de su
amor. También aquí Jesús anticipa las palabras del Monte de los Olivos: "No se
haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22, 42). Transforma su voluntad humana y la
identifica con la de Dios. Este es el gran acontecimiento del Monte de los
Olivos, el itinerario que deberíamos seguir fundamentalmente en todas nuestras
oraciones: transformar, dejar que la gracia transforme nuestra voluntad egoísta
y la impulse a uniformarse a la voluntad divina.
Los mismos sentimientos afloran en el pasaje de la carta a los Hebreos que se ha
proclamado en la segunda lectura. Postrado por una angustia extrema a causa de
la muerte que se cierne sobre él, Jesús ofrece a Dios ruegos y súplicas "con
poderoso clamor y lágrimas" (Hb 5, 7). Invoca ayuda de Aquel que puede
liberarlo, pero abandonándose siempre en las manos del Padre. Y precisamente por
esta filial confianza en Dios -nota el autor- fue escuchado, en el sentido de
que resucitó, recibió la vida nueva y definitiva. La carta a los Hebreos nos da
a entender que estas insistentes oraciones de Jesús, con clamor y lágrimas, eran
el verdadero acto del sumo sacerdote, con el que se ofrecía a sí mismo y a la
humanidad al Padre, transformando así el mundo.
Queridos hermanos y hermanas, este es el camino exigente de la cruz que Jesús
indica a todos sus discípulos. En diversas ocasiones dijo: "Si alguno me quiere
servir, sígame". No hay alternativa para el cristiano que quiera realizar su
vocación. Es la "ley" de la cruz descrita con la imagen del grano de trigo que
muere para germinar a una nueva vida; es la "lógica" de la cruz de la que nos
habla también el pasaje evangélico de hoy: "El que ama su vida, la pierde; y el
que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna" (Jn 12, 25).
"Odiar" la propia vida es una expresión semítica fuerte y encierra una paradoja;
subraya muy bien la totalidad radical que debe caracterizar a quien sigue a
Cristo y, por su amor, se pone al servicio de los hermanos: pierde la vida y
así la encuentra. No existe otro camino para experimentar la alegría y la
verdadera fecundidad del Amor: el camino de darse, entregarse, perderse para
encontrarse.
Queridos amigos, la invitación de Jesús resuena de forma muy elocuente en la
celebración de hoy en vuestra parroquia, pues está dedicada al Santo Rostro de
Jesús: el Rostro que "algunos griegos", de los que habla el evangelio, deseaban
ver; el Rostro que en los próximos días de la Pasión contemplaremos desfigurado
a causa de los pecados, la indiferencia y la ingratitud de los hombres; el
Rostro radiante de luz y resplandeciente de gloria, que brillará en el alba del
día de Pascua.
Mantengamos fijos el corazón y la mente en el Rostro de Cristo, queridos fieles,
a quienes saludo con afecto, comenzando por vuestro párroco, don Luigi Coluzzi,
a quien expreso mi agradecimiento por haberse hecho intérprete de vuestros
sentimientos. Gracias por vuestra cordial acogida: me alegra de verdad
encontrarme entre vosotros con ocasión del tercer aniversario de la dedicación
de vuestra iglesia y os saludo a todos con afecto. Dirijo un saludo especial al
cardenal vicario, así como al cardenal Fiorenzo Angelini, que contribuyó a la
realización de este nuevo complejo parroquial, al obispo auxiliar del sector, al
obispo monseñor Marcello Costalunga y a los demás prelados presentes, a los
sacerdotes colaboradores parroquiales, a las beneméritas religiosas de la
congregación de las Hijas Pobres de la Visitación, que precisamente frente a
esta hermosa iglesia atienden a los huéspedes en su residencia de ancianos.
Saludo a los catequistas, al consejo y a los agentes pastorales, así como a
todos los que colaboran en la vida de la parroquia. Saludo a los niños, a los
jóvenes y a las familias. De buen grado extiendo mi saludo a los habitantes de
la Magliana, en particular a los ancianos, a los enfermos, a las personas
solas y a las que atraviesan dificultades. Por todos y cada uno pido en esta
santa misa.
Queridos hermanos y hermanas, dejaos iluminar por el esplendor del Rostro de
Cristo, y vuestra joven comunidad -que ya puede gozar de un nuevo complejo
parroquial, moderno en su estructura y funcional- caminará unida en el
compromiso común de anunciar y testimoniar el Evangelio en este barrio. Sé
cuánto esmero ponéis en la formación litúrgica, valorando todos los recursos de
vuestra comunidad: los lectores, el coro y las personas que se dedican a la
animación de las celebraciones. Es importante que la oración, tanto personal
como litúrgica, ocupe siempre el primer lugar en nuestra vida. Sé con cuánto
empeño os dedicáis a la catequesis, para que responda a las expectativas de los
muchachos, tanto de los que se preparan para recibir los sacramentos de la
primera Comunión y la Confirmación, como de los que frecuentan el Oratorio.
Asimismo, os preocupáis de impartir una catequesis adaptada a los padres de
familia, a los que invitáis a seguir un itinerario de formación cristiana
juntamente con sus hijos. Así queréis ayudar a las familias a vivir juntas las
citas sacramentales educando y educándose en la fe "en familia", que debe ser la
primera y natural "escuela" de vida cristiana para todos sus miembros.
Me alegro con vosotros porque vuestra parroquia es abierta y acogedora, y está
animada y vivificada por un amor sincero a Dios y a todos los hermanos, a
imitación de san Maximiliano María Kolbe, al que estaba dedicada inicialmente.
En Auschwitz, con valentía heroica, se sacrificó a sí mismo para salvar la vida
de otra persona. En nuestro tiempo, marcado por una crisis social y económica
general, es muy loable el esfuerzo que estáis llevando a cabo, sobre todo
mediante la Cáritas parroquial y el grupo de San Egidio, para salir al
encuentro, en la medida de las posibilidades, de las expectativas de los más
pobres y necesitados.
A vosotros, queridos jóvenes, quiero dirigiros en particular unas palabras de
aliento: dejaos atraer por la fascinación de Cristo. Contemplando su Rostro con
los ojos de la fe, pedidle: "Jesús, ¿qué quieres que haga yo contigo y por
ti?". Luego, permaneced a la escucha y, guiados por su Espíritu, cumplid el plan
que él tiene para cada uno de vosotros. Preparaos seriamente para construir
familias unidas y fieles al Evangelio, y para ser sus testigos en la sociedad. Y
si él os llama, estad dispuestos a dedicar totalmente vuestra vida a su servicio
en la Iglesia como sacerdotes o como religiosos y religiosas. Yo os aseguro mi
oración; en particular, os espero el jueves próximo en la basílica de San Pedro
para prepararnos a la Jornada mundial de la juventud, que, como sabéis, este año
se celebra a nivel diocesano el domingo próximo. Juntos recordaremos a mi
querido y venerado predecesor Juan Pablo ii en el cuarto aniversario de su
muerte. En muchas circunstancias él animó a los jóvenes a encontrarse con Cristo
y a seguirlo con entusiasmo y generosidad.
Queridos hermanos y hermanas de esta comunidad parroquial, el amor infinito de
Cristo que brilla en su Rostro resplandezca en todas vuestras actitudes, y se
convierta en vuestra "cotidianidad". Como exhortaba san Agustín en una homilía
pascual, "Cristo padeció; muramos al pecado. Cristo resucitó; vivamos para Dios.
Cristo pasó de este mundo al Padre; que no se apegue aquí nuestro corazón, sino
que lo siga en las cosas de arriba. Nuestro jefe fue colgado de un madero;
crucifiquemos la concupiscencia de la carne. Yació en el sepulcro; sepultados
con él, olvidemos las cosas pasadas. Está sentado en el cielo; traslademos
nuestros deseos a las cosas supremas" (Discurso 229, D, 1).
Animados por esta convicción, prosigamos la celebración eucarística, invocando
la intercesión maternal de María para que nuestra vida sea un reflejo de la de
Cristo. Oremos para que todos aquellos con quienes nos encontremos perciban
siempre en nuestros gestos y en nuestras palabras la bondad pacificadora y
consoladora de su Rostro. Amén.
Benedicto XVI: "la autenticidad del Evangelio se ve en la caridad"
Audiencia al Círculo de San Pedro
CIUDAD DEL VATICANO, viernes 3 de abril de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación el texto completo del discurso que el Papa ha dirigido hoy a una
Delegación de la asociación caritativa "Círculo de San Pedro", al recibirles en
audiencia esta mañana en la Sala de los Papas del Palacio Apostólico.
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Queridos socios del Círculo de San Pedro
Con verdadero placer os encuentro y aprovecho para saludar cordialmente a cada
uno de vosotros, que extiendo gustoso a vuestros familiares y a cuantos operan
con vosotros en las diversas actividades promovidas por vuestra benemérita
asociación. Saludo, en particular, al presidente general, el Duque Leopoldo
Torlonia, a quien agradezco las palabras con las que ha interpretado los
sentimientos de todos, y vuestro asistente espiritual, monseñor Franco Camaldo.
La ocasión me es propicia para renovaros mi vivo aprecio por el servicio que
hacéis al Papa, y por la contribución que ofrecéis a la comunidad cristiana de
Roma, especialmente saliendo al encuentro de las necesidades de tantos hermanos
nuestros pobres e indigentes. Os doy las gracias porque con vuestras iniciativas
de solidaridad humana y evangélica hacéis presente, en cierto modo, la atención
del Sucesor de Pedro hacia quienes se encuentran en condiciones de particular
necesidad.
Nosotros sabemos que la autenticidad de nuestra fidelidad al Evangelio se
verifica también en base a la atención y a la solicitud concreta que nos
esforzamos en manifestar hacia el prójimo, especialmente hacia los más débiles y
marginados. Así, el servicio caritativo, que puede desarrollarse en una
multiplicidad de formas, se convierte en una forma privilegiada de
evangelización, a la luz de la enseñanza de Jesús, que considerará como hecho a
si mismo cuando hayamos hecho a nuestros hermanos, especialmente al más
"pequeño" y desatendido (cfr Mateo 25,40). Para que nuestro servicio no sea sólo
acción filantrópica, aunque útil y con mérito, es necesario alimentarlo con la
oración constante y la confianza en Dios. Es necesario armonizar nuestra mirada
con la mirada de Cristo, nuestro corazón con su corazón. De esta manera, el
apoyo amoroso, ofrecido a los demás se traduce en participación y en un
compartir consciente de sus esperanzas y sus sufrimientos, haciendo visible, y
diría que casi tangible, por una parte la misericordia infinita de Dios hacia
cada ser humano, y por otra, nuestra fe en Él. Jesús, su Hijo Unigénito,
muriendo en la cruz, nos ha revelado el amor misericordioso del Padre que es
fuente de la verdadera fraternidad entre todos los hombres, y nos ha indicado el
único camino posible para llegar a ser testigos creíbles de este Amor.
Dentro de unos días, en la Semana Santa, tendremos la posibilidad de revivir
intensamente la máxima manifestación del Amor divino. Podremos sumergirnos, una
vez más, en los misterios de la dolorosa pasión y de la gloriosa resurrección
del Señor nuestro Jesucristo. Que el Triduo Pascual sea para cada uno de
vosotros, queridos hermanos, ocasión propicia para reafirmar y purificar vuestra
fe; para abriros a la contemplación de la Cruz que es misterio de amor infinito
del que sacar fuerza para hacer de vuestra existencia un don a los hermanos. La
Cruz de Cristo -escribe el papa san León Magno- es "fuente de todas las
bendiciones, causa de todas las gracias" (cfr. Disc. 8 sobre la pasión del
Señor, 6 – 8). Desde la Cruz brota también la alegría y la paz del corazón, que
nos hace testigos de esa esperanza de la que se advierte una gran necesidad en
este tiempo de crisis económica difundida y generalizada. Y de esta esperanza
serán signos elocuentes las diversas iniciativas de caridad de vuestro
benemérito Círculo de san Pedro, como también y sobre todo vuestras propias
existencias, si os dejáis guiar por el Espíritu de Cristo.
Queridos amigos, como cada año, habéis venido hoy a entregarme el óbolo de San
Pedro, que habéis recogido en las parroquias de Roma. Gracias por este signo de
comunión eclesial y de participación concreta en el esfuerzo económico que la
Sede Apostólica despliega para salir al encuentro de las urgencias crecientes de
la Iglesia, especialmente en los países más pobres de la tierra. Deseo una vez
más manifestar mi vivo aprecio por este servicio vuestro, animado por la
convencida fidelidad y adhesión al Sucesor de Pedro. El Señor dé el mérito y
colme de bendiciones a vuestro Círculo; os ayude a cada uno de vosotros a
realizar plenamente la propia vocación cristiana en la familia, en el trabajo y
dentro de vuestra Asociación. La Virgen Santa acompañe y sostenga con vuestra
materna protección vuestros propósitos y vuestros proyectos de bien. Por mi
parte, os aseguro mi oración por vosotros aquí presentes, por todos los socios y
voluntarios, como también por quienes os secundan en vuestras actividades, y por
aquellos a quienes encontráis en vuestro apostolado cotidiano. Con estos
sentimientos, os imparto con afecto una especial Bendición Apostólica, que
extiendo gustosamente a vuestras familias y a vuestros seres queridos.
Benedicto XVI: "he querido abrazar a todos los pueblos africanos"
Hoy en la Audiencia General
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 1 de abril de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación la intervención completa del Papa Benedicto XVI, hoy durante la
audiencia general celebrada en la Plaza de San Pedro, con más de 20.000
peregrinos procedentes de todo el mundo.
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Queridos hermanos y hermanas
Como lo anuncié el pasado domingo en el Angelus, hoy me detengo a hablar del
reciente viaje apostólico a África, el primero de mi pontificado a este
continente. Éste se limitó al Camerún y a Angola, pero idealmente, con mi
visita, he querido abrazar a todos los pueblos africanos y bendecirles en el
nombre del Señor. He experimentado la tradicional calurosa acogida africana, que
se me ha dispensado en todas partes, y aprovecho con gusto esta ocasión para
expresar nuevamente mi viva gratitud a los episcopados de ambos países, a los
Jefes de Estado, a todas las autoridades y a cuantos de diversos modos se han
prodigado por el éxito de esta visita pastoral mía.
Mi estancia en tierra africana comenzó el 17 de marzo en Yaoundé, capital del
Camerún, donde me encontré inmediatamente en el corazón de África, y no sólo
geográficamente. Este país de hecho reúnes muchas características de ese gran
continente, la primera de ellas su alma profundamente religiosa, que une a los
numerosísimos grupos étnicos que lo pueblan. En Camerún, más de una cuarta parte
de la población son católicos, y conviven pacíficamente con las demás
comunidades religiosas. Pro esto mi amado Predecesor Juan Pablo II, en 1995,
eligió precisamente la capital de esta nación para promulgar la Exhortación
Apostólica Ecclesia in Africa, tras la primera Asamblea sinodal dedicada
precisamente al continente africano. Esta vez, el Papa ha vuelto para entregar
el Instrumentum laboris de la Segunda Asamblea sinodal para África, prevista en
Roma para el próximo octubre y que tendrá por tema: "La Iglesia en África al
servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz: 'Vosotros sois la sal
de la tierra.... vosotros sois la luz del mundo' (Mt 5,13-14)".
En los encuentros que, a dos días de distancia, he tenido con los episcopados,
respectivamente, de Camerún y de Angola y Santo Tomé y Príncipe, quise – mucho
más en este año paulino– hablar sobre la urgencia de la evangelización, que
compete en primer lugar precisamente a los obispos, subrayando la dimensión
colegial, fundada en la comunión sacramental. Les exhorté a ser siempre ejemplo
para sus sacerdotes y para todos los fieles, y a seguir atentamente al formación
de los seminaristas, que gracias a Dios son numerosos, y de los catequistas, que
cada vez son más necesarios para la vida de la Iglesia en África. Animé a los
obispos a promover la pastoral del matrimonio y de la familia, de la liturgia y
de la cultura, también para poner a los laicos en grado de resistir al ataque de
las sectas y de los grupos esotéricos. Les quise confirmar con afecto en el
servicio de la caridad y de la defensa de los derechos de los pobres.
Recuerdo después la solemne celebración de Vísperas que tuvo lgar en Yaoundé, en
la iglesia de María Reina de los Apóstoles, Patrona de Camerún, un templo grande
y moderno, que surge en el lugar donde trabajaron los primeros evangelizadores
de Camerún, los Misioneros Espiritanos. En la vigilia de la Solemnidad de san
José, a cuya atenta custodia Dios confió sus más preciosos tesoros, María y
Jesús, dimos gloria al único Padre que está en los cielos, junto a los
representantes de otras Iglesias y comunidades eclesiales. Contemplando la
figura espiritual de san José, que consagró su existencia a Cristo y a la Virgen
María, invité a los sacerdotes, a las personas consagradas y a los miembros de
los movimientos eclesiales a permanecer siempre fieles a su vocación, viviendo
en la presencia de Dios y en la obediencia gozosa a su palabra.
En la Nunciatura Apostólica de Yaoundé tuve la oportunidad de encontrar también
a los representantes de las comunidades musulmanas de Camerún, constatando la
importancia del diálogo interreligioso y de la colaboración entre cristianos y
musulmanes para ayudar al mundo a abrirse a Dios. Fue un encuentro
verdaderamente muy cordial.
Seguramente uno de los momentos culminantes del viaje fue la entrega del
Instrumentum laboris de la II Asamblea sinodal para África, que tuvo lugar el 19
de marzo -día de san José y mi santo- en el estadio de Yaoundé, al final de la
solemne Celebración eucarística en honor de san José. Esto sucedió en la
coralidad del pueblo de Dios, "entre cantos de júbilo y alabanza de una multitud
en fiesta" -como dice el salmo (42,5), del que hemos tenido una experiencia
concreta. La Asamblea sinodal tendrá lugar en Roma, pero en un cierto sentido ya
ha empezado en el corazón del continente africano, en el corazón de la familia
cristiana que allí vive, sufre y espera. Por esto me ha parecido feliz la
coincidencia de la publicación del "instrumento de trabajo" con la fiesta de san
José, modelo de fe y de esperanza como el primer patriarca Abraham. La fe en el
"Dios cercano", que en Jesús nos ha mostrado su rostro de amor, es la garantía
de una esperanza segura, para África y para el mundo entero, garantía de un
futuro de reconciliación, de justicia y de paz.
Tras la solemne asamblea litúrgica y la presentación festiva del Documento de
trabajo, en la Nunciatura apostólica puede entretenerme con los miembros del
Consejo Especial para África del Sínodo de los Obispos, y vivir con ellos un
momento de intensa comunión: hemos reflexionado juntos sobre la historia de
África desde una perspectiva teológica y pastoral. Era casi como una primera
reunión del propio Sínodo, en un debate fraterno entre los distintos episcopados
y el Papa en la perspectiva del Sínodo de la reconciliación y de la paz en
África. El cristianismo, de hecho -y esto se podía ver- ha hundido desde el
principio profundas raíces en el suelo africano, como lo atestiguan los
numerosos mártires y santos, pastores, doctores y catequistas que florecieron
primero en el norte y luego, en épocas sucesivas, en el resto del continente:
pensemos en Cipriano, en Agustín y su madre Mónica, en Atanasio; y después en
los mártires de Uganda, a Giuseppina Bakhita y a tantos otros. En la época
actual, que contempla a un África empeñada en consolidar su independencia
política y la construcción de sus identidades nacionales en un contexto
globalizado, la Iglesia acompaña a los africanos ofreciendo el gran mensaje del
Concilio Vaticano II, aplicado mediante la primera y, ahora, la segunda Asamblea
sinodal especial. En medio de los conflictos, por desgracia numerosos y
dramáticos, que aún afligen a las diversas regiones de este continente, la
Iglesia sabe que es signo e instrumento de unidad y de reconciliación, para que
toda África pueda construir unida un futuro de justicia, de solidaridad y de
paz, realizando las enseñanzas del Evangelio.
Un signo fuerte de la acción humanizadora del mensaje de Cristo es sin duda el
Centro Cardenal Léger de Yaoundé, destinado a la rehabilitación de personas
discapacitadas. Su fundador fue el cardenal canadiense Paul Émil Léger, que
quiso retirarse allí tras el Concilio, en 1968, para trabajar entre los pobres.
En ese centro, posteriormente cedido al Estado, encontré a numerosos hermanos y
hermanas que viven en situación de sufrimiento, compartiendo con ellos -pero
también recibiendo de ellos- la esperanza que procede de la fe, también en
situaciones de sufrimiento.
Segunda etapa -y segunda parte de mi viaje- fue Angola, país también él en
ciertos aspectos emblemático: salido de una larga guerra interna, está empeñado
ahora en la obra de reconciliación y de reconstrucción nacional. ¿Pero cómo
podrían ser auténticas esta reconciliación y esta reconstrucción si tuvieran
lugar a costa de los más pobres, que tienen derecho como todos a participar de
los recursos de su tierra? He ahí porqué, con esta visita mía, cuyo primer
objetivo ha sido obviamente el de confirmar en la fe a la Iglesia, que querido
también animar el proceso social en curso. En Angola se toca con la mano lo que
mis venerados predecesores han repetido: todo se pierde con la guerra, todo
puede renacer con la paz. Pero para reconstruir una nación hacen falta muchas
energías morales. Y por eso, una vez más, es importante el papel de la Iglesia,
llamada a desarrollar una función educativa, trabajando en profundidad para
renovar y formar las conciencias.
El Patrón de la ciudad de Luanda, capital de Angola, es san Pablo: por esto
quise celebrar la Eucaristía con los sacerdotes, los seminaristas, los
religiosos, los catequistas y los demás operadores pastorales, el sábado 21 de
marzo, en la iglesia dedicada al Apóstol. Una vez más la experiencia personal de
san Pablo nos habló del encuentro con Cristo resucitado, capaz de transformar
las personas y la sociedad. Cambian los contextos históricos -y es necesario
tenerlo en cuenta- pero Cristo permanece como la verdadera fuerza de renovación
radical del hombre y de la comunidad humana. Por ello volver a Dios, convertirse
a Cristo, significa ir adelante, hacia la plenitud de la vida.
Para expresar la cercanía de la Iglesia a los esfuerzos de reconstrucción de
Angola y de tantas regiones africanas, en Luanda quise dedicar dos encuentros
especiales a los jóvenes y a las mujeres respectivamente. Con los jóvenes, en el
estadio, fue una fiesta de gozo y esperanza, entristecida por desgracia por la
muerte de dos chicas, arrolladas por la multitud en la entrada. África es un
continente muy joven, pero muchos de sus hijos, niños y adolescentes, ya han
sufrido graves heridas, que sólo Jesucristo, el Crucificado-Resucitado, puede
sanar infundiendo en ellos, con su Espíritu, la fuerza de amar y de
comprometerse por la justicia y la paz. A las mujeres, después, les rendí
homenaje por el servicio que muchas de ellas ofrecen a la fe, a la dignidad
humana, a la vida, a la familia. Reafirmé su pleno derecho a comprometerse en la
vida pública, sin mortificar sin embargo su papel en la familia, misión esta
fundamental que desarrollar siempre compartiendo responsablemente con los demás
elementos de la sociedad y sobre todo con maridos y padres. He ahí por tanto el
mensaje que he dejado a las nuevas generaciones y al mundo femenino,
extendiéndolo también a todos en la gran asamblea eucarística del domingo 22 de
marzo, concelebrada con los obispos de los países del África Austral, con la
participación de un millón de fieles. Su8 los pueblos africanos -les dije-, como
el antiguo Israel, fundan su esperanza en la Palabra de Dios, ricos de su
patrimonio religioso y cultural, podrán realmente construir un futuro de
reconciliación y de pacificación estable para todos.
Queridos hermanos y hermanas, ¡cuántas consideraciones tengo en el corazón y
cuantos recuerdos me afloran a la mente pensando en este viaje! Os pido que deis
gracias al Señor por las maravillas que Él ha realizado y que sigue realizando
en África gracias a la acción generosa de los misioneros, de los religiosos y
las religiosas, de los voluntarios, de los sacerdotes, de los catequistas, de
jóvenes comunidades llenas de entusiasmo y de fe. Os pido también que recéis por
los pueblos de África, muy queridos para mí, para que puedan afrontar con valor
los grandes retos sociales, económicos y espirituales del momento presente.
Confío todo y a todos a la intercesión maternal de María Santísima, Reina de
África, y de los santos y beatos africanos.
Benedicto XVI: "La vocación, engarce de amor entre la iniciativa divina y la
respuesta humana"
Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de oración por las vocaciones
CIUDAD DEL VATICANO, martes 31 de marzo de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación la versión oficial en español del Mensaje del Papa con ocasión de
la próxima Jornada Mundial de oración por las vocaciones al sacerdocio y a la
vida consagrada, que se celebrará el 3 de mayo de 2009, y que ha sido publicado
hoy por la Santa Sede.
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Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas
Con ocasión de la próxima Jornada Mundial de oración por las vocaciones al
sacerdocio y a la vida consagrada, que se celebrará el 3 de mayo de 2009, Cuarto
Domingo de Pascua, me es grato invitar a todo el pueblo de Dios a reflexionar
sobre el tema: La confianza en la iniciativa de Dios y la respuesta humana.
Resuena constantemente en la Iglesia la exhortación de Jesús a sus discípulos:
«Rogad al dueño de la mies, que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38). ¡Rogad! La
apremiante invitación del Señor subraya cómo la oración por las vocaciones ha de
ser ininterrumpida y confiada. De hecho, la comunidad cristiana, sólo si
efectivamente está animada por la oración, puede «tener mayor fe y esperanza en
la iniciativa divina» (Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis, 26).
La vocación al sacerdocio y a la vida consagrada constituye un especial don
divino, que se sitúa en el amplio proyecto de amor y de salvación que Dios tiene
para cada hombre y la humanidad entera. El apóstol Pablo, al que recordamos
especialmente durante este Año Paulino en el segundo milenio de su nacimiento,
escribiendo a los efesios afirma: «Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, nos
ha bendecido en la persona de Cristo, con toda clase de bienes espirituales y
celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo, para
que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor» (Ef 1, 3-4). En la
llamada universal a la santidad destaca la peculiar iniciativa de Dios,
escogiendo a algunos para que sigan más de cerca a su Hijo Jesucristo, y sean
sus ministros y testigos privilegiados. El divino Maestro llamó personalmente a
los Apóstoles «para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar, con poder
para expulsar demonios» (Mc 3,14-15); ellos, a su vez, se asociaron con otros
discípulos, fieles colaboradores en el ministerio misionero. Y así, respondiendo
a la llamada del Señor y dóciles a la acción del Espíritu Santo, una multitud
innumerable de presbíteros y de personas consagradas, a lo largo de los siglos,
se ha entregado completamente en la Iglesia al servicio del Evangelio. Damos
gracias al Señor porque también hoy sigue llamando a obreros para su viña.
Aunque es verdad que en algunas regiones de la tierra se registra una escasez
preocupante de presbíteros, y que dificultades y obstáculos acompañan el camino
de la Iglesia, nos sostiene la certeza inquebrantable de que el Señor, que
libremente escoge e invita a su seguimiento a personas de todas las culturas y
de todas las edades, según los designios inescrutables de su amor
misericordioso, la guía firmemente por los senderos del tiempo hacia el
cumplimiento definitivo del Reino.
Nuestro primer deber ha de ser por tanto mantener viva, con oración incesante,
esa invocación de la iniciativa divina en las familias y en las parroquias, en
los movimientos y en las asociaciones entregadas al apostolado, en las
comunidades religiosas y en todas las estructuras de la vida diocesana. Tenemos
que rezar para que en todo el pueblo cristiano crezca la confianza en Dios,
convencido de que el «dueño de la mies» no deja de pedir a algunos que entreguen
libremente su existencia para colaborar más estrechamente con Él en la obra de
la salvación. Y por parte de cuantos están llamados, se requiere escucha atenta
y prudente discernimiento, adhesión generosa y dócil al designio divino,
profundización seria en lo que es propio de la vocación sacerdotal y religiosa
para corresponder a ella de manera responsable y convencida. El Catecismo de la
Iglesia Católica recuerda oportunamente que la iniciativa libre de Dios requiere
la respuesta libre del hombre. Una respuesta positiva que presupone siempre la
aceptación y la participación en el proyecto que Dios tiene sobre cada uno; una
respuesta que acoja la iniciativa amorosa del Señor y llegue a ser para todo el
que es llamado una exigencia moral vinculante, una ofrenda agradecida a Dios y
una total cooperación en el plan que Él persigue en la historia (cf. n. 2062).
Contemplando el misterio eucarístico, que expresa de manera sublime el don que
libremente ha hecho el Padre en la Persona del Hijo Unigénito para la salvación
de los hombres, y la plena y dócil disponibilidad de Cristo hasta beber
plenamente el «cáliz» de la voluntad de Dios (cf. Mt 26, 39), comprendemos mejor
cómo «la confianza en la iniciativa de Dios» modela y da valor a la «respuesta
humana». En la Eucaristía, don perfecto que realiza el proyecto de amor para la
redención del mundo, Jesús se inmola libremente para la salvación de la
humanidad. «La Iglesia –escribió mi amado predecesor Juan Pablo II- ha recibido
la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos,
aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí
mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación»
(Enc. Ecclesia de Eucharistia, 11).
Los presbíteros, que precisamente en Cristo eucarístico pueden contemplar el
modelo eximio de un «diálogo vocacional» entre la libre iniciativa del Padre y
la respuesta confiada de Cristo, están destinados a perpetuar ese misterio
salvífico a lo largo de los siglos, hasta el retorno glorioso del Señor. En la
celebración eucarística es el mismo Cristo el que actúa en quienes Él ha
escogido como ministros suyos; los sostiene para que su respuesta se desarrolle
en una dimensión de confianza y de gratitud que despeje todos los temores,
incluso cuando aparece más fuerte la experiencia de la propia flaqueza (cf. Rm
8, 26-30), o se hace más duro el contexto de incomprensión o incluso de
persecución (cf. Rm 8, 35-39).
El convencimiento de estar salvados por el amor de Cristo, que cada Santa Misa
alimenta a los creyentes y especialmente a los sacerdotes, no puede dejar de
suscitar en ellos un confiado abandono en Cristo que ha dado la vida por
nosotros. Por tanto, creer en el Señor y aceptar su don, comporta fiarse de Él
con agradecimiento adhiriéndose a su proyecto salvífico. Si esto sucede, «la
persona llamada» lo abandona todo gustosamente y acude a la escuela del divino
Maestro; comienza entonces un fecundo diálogo entre Dios y el hombre, un
misterioso encuentro entre el amor del Señor que llama y la libertad del hombre
que le responde en el amor, sintiendo resonar en su alma las palabras de Jesús:
«No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido, y os he
destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure» (Jn 15, 16).
Ese engarce de amor entre la iniciativa divina y la respuesta humana se presenta
también, de manera admirable, en la vocación a la vida consagrada. El Concilio
Vaticano II recuerda: «Los consejos evangélicos de castidad consagrada a Dios,
pobreza y obediencia tienen su fundamento en las palabras y el ejemplo del
Señor. Recomendados por los Apóstoles, por los Padres de la Iglesia, los
doctores y pastores, son un don de Dios, que la Iglesia recibió de su Señor y
que con su gracia conserva siempre» (Lumen gentium, 43). Una vez más, Jesús es
el modelo ejemplar de adhesión total y confiada a la voluntad del Padre, al que
toda persona consagrada ha de mirar. Atraídos por Él, desde los primeros siglos
del cristianismo, muchos hombres y mujeres han abandonado familia, posesiones,
riquezas materiales y todo lo que es humanamente deseable, para seguir
generosamente a Cristo y vivir sin ataduras su Evangelio, que se ha convertido
para ellos en escuela de santidad radical. Todavía hoy muchos avanzan por ese
mismo camino exigente de perfección evangélica, y realizan su vocación con la
profesión de los consejos evangélicos. El testimonio de esos hermanos y hermanas
nuestros, tanto en monasterios de vida contemplativa como en los institutos y
congregaciones de vida apostólica, le recuerda al pueblo de Dios «el misterio
del Reino de Dios que ya actúa en la historia, pero que espera su plena
realización en el cielo» (JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Vita
consecrata, 1).
¿Quién puede considerarse digno de acceder al ministerio sacerdotal? ¿Quién
puede abrazar la vida consagrada contando sólo con sus fuerzas humanas? Una vez
más conviene recordar que la respuesta del hombre a la llamada divina, cuando se
tiene conciencia de que es Dios quien toma la iniciativa y a Él le corresponde
llevar a término su proyecto de salvación, nunca se parece al cálculo miedoso
del siervo perezoso que por temor esconde el talento recibido en la tierra (cf.
Mt 25, 14-30), sino que se manifiesta en una rápida adhesión a la invitación del
Señor, como hizo Pedro, que no dudó en echar nuevamente las redes pese a haber
estado toda la noche faenando sin pescar nada, confiando en su palabra (cf. Lc
5, 5). Sin abdicar en ningún momento de la responsabi-lidad personal, la
respuesta libre del hombre a Dios se transforma así en «corresponsabilidad», en
responsabilidad en y con Cristo, en virtud de la acción de su Espíritu Santo; se
convierte en comunión con quien nos hace capaces de dar fruto abundante (cf. Jn
15, 5).
Emblemática respuesta humana, llena de confianza en la iniciativa de Dios, es el
«Amén» generoso y total de la Virgen de Nazaret, pronunciado con humilde y
decidida adhesión a los designios del Altísimo, que le fueron comunicados por un
mensajero celestial (cf. Lc 1, 38). Su «sí» inmediato le permitió convertirse en
la Madre de Dios, la Madre de nuestro Salvador. María, después de aquel primer
«fiat», que tantas otras veces tuvo que repetir, hasta el momento culminante de
la crucifixión de Jesús, cuando «estaba junto a la cruz», como señala el
evangelista Juan, siendo copartícipe del dolor atroz de su Hijo inocente. Y
precisamente desde la cruz, Jesús moribundo nos la dio como Madre y a Ella
fuimos confiados como hijos (cf. Jn 19, 26-27), Madre especialmente de los
sacerdotes y de las personas consagradas. Quisiera encomendar a Ella a cuantos
descubren la llamada de Dios para encaminarse por la senda del sacerdocio
ministerial o de la vida consagrada.
Queridos amigos, no os desaniméis ante las dificultades y las dudas; confiad en
Dios y seguid fielmente a Jesús y seréis los testigos de la alegría que brota de
la unión íntima con Él. A imitación de la Virgen María, a la que llaman dichosa
todas las generaciones porque ha creído (cf. Lc 1, 48), esforzaos con toda
energía espiritual en llevar a cabo el proyecto salvífico del Padre celestial,
cultivando en vuestro corazón, como Ella, la capacidad de asombro y de adoración
a quien tiene el poder de hacer «grandes cosas» porque su Nombre es santo (Cf.
Lc 1, 49).
Vaticano, 20 de enero de 2009
BENEDICTUS PP. XVI
Benedicto XVI no olvidará su viaje a África
Intervención con motivo del Ángelus
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 29 de marzo de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la
alocución que pronunció Benedicto XVI este domingo a mediodía al rezar la
oración mariana del Ángelus desde la ventana de su estudio junto a varios miles
de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
Deseo ante todo dar las gracias a Dios y a todos los que, de diferentes maneras,
han colaborado con el buen resultado del viaje apostólico que he podido realizar
a África en los días pasados e invoco la abundancia de las bendiciones del Cielo
sobre las semillas esparcidas en tierra africana. De esta significativa
experiencia pastoral me propongo hablar más ampliamente el próximo miércoles, en
la audiencia general, pero no puedo dejar de aprovechar la oportunidad para
manifestar la emoción profunda que experimenté al encontrar las comunidades
católicas y las poblaciones de Camerún y de Angola.
Sobre todo me impresionaron dos aspectos, ambos muy importantes. El primero es
la alegría visible en los rostros de la gente, la alegría de sentirse parte de
la única familia de Dios, y doy las gracias al Señor por haber podido compartir
con las multitudes de estos hermanos y hermanas nuestros momentos de sencilla
fiesta, compartida en el conjunto y llena de fe.
El segundo aspecto es precisamente el intenso sentido de lo sagrado que se
respiraba en las celebraciones litúrgicas, característica ésta común a todos los
pueblos africanos. Podría decir que emergió en cada momento de mi estancia entre
esas queridas poblaciones. La visita me ha permitido ver y comprender mejor la
realidad de la Iglesia en África en la variedad de sus experiencias y de los
desafíos que tiene que afrontar en estos momentos.
Pensando precisamente en los desafíos que marcan el camino de la Iglesia en el
continente africano, y en cualquier otra parte del mundo, experimentamos cómo
son actuales las palabras del Evangelio de este quito domingo de Cuaresma.
Jesús, ante la inminencia de la pasión, declara: "si el grano de trigo no cae en
tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" (Juan 12, 24). Ya
no es hora de palabras ni de discursos; ha llegado la hora decisiva para la que
ha venido al mundo el Hijo de Dios, y a pesar de que su alma está turbada,
declara su disponibilidad para cumplir hasta el final la voluntad del Padre.
Esta es la voluntad de Dios: darnos la vida eterna que hemos perdido. Para que
esto se realice es necesario, sin embargo, que Jesús muera, como un grano de
trigo que Dios Padre ha sembrado en el mundo. Sólo así, de hecho, podrá germinar
y crecer una nueva humanidad, libre del dominio del pecado y capaz de vivir en
fraternidad, como hijos e hijas del único Padre que está en los cielos.
En la gran fiesta de la fe, que hemos vivido juntos en África, hemos
experimentado que esta nueva humanidad está viva, a pesar de sus límites
humanos. Allí donde los misioneros, como Jesús, han dado y siguen dado la vida
por el Evangelio, se recogen frutos abundantes. A ellos les deseo dirigir un
particular pensamiento de gratitud por el bien que hacen. Se trata de
religiosas, religiosos, laicas y laicos. Para mí ha sido hermoso ver el fruto de
su amor a Cristo y constatar el profundo reconocimiento que los cristianos
tienen por ellos. Demos gracias a Dios y pidámosle a María santísima para que en
el mundo entero se difunda el mensaje de esperanza y de amor de Cristo.
[Al final del Ángelus, el Papa dirigió este saludo a los peregrinos:]
Saludo con gran afecto a los numerosos africanos que viven en Roma, entre ellos
muchos estudiantes, acompañados por el arzobispo Robert Sarah, secretario de la
Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Queridos: habéis querido
venir a manifestar alegría y reconocimiento por mi viaje apostólico a África. Os
doy las gracias de corazón. Rezo por vosotros, por vuestras familias y por
vuestros países de origen. ¡Gracias!
El jueves próximo, a las 18 horas, presidiré en San Pedro la santa misa en el
cuarto aniversario de la muerte de mi querido predecesor, el siervo de Dios Juan
Pablo II. Invito a participar especialmente a los jóvenes de Roma para
prepararnos juntos a la Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará a niel
diocesano en el Domingo de Ramos.
[En español, dijo:]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los
profesores y estudiantes del Colegio San José, de Reus, y al grupo Santa María
de la Estrella, de Argentina. En este último domingo de Cuaresma, os animo a
vivir con especial fervor estos días que aún nos quedan de preparación para la
Pascua. Que la Santísima Virgen María nos alcance la gracia de estar bien
dispuestos para celebrar intensamente los grandes misterios de nuestra
Redención. Muchas gracias y feliz domingo.