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POLÉMICA "NO FINITA"

Hace dos días me llegó, vía Internet, un artículo de Santiago Roncagliolo, titulado "El Perú se está mudando", publicado en el diario El País de España. Es un artículo que reenvié a todos de mis contactos (que son muchos). Y el día de hoy -05 de octubre- he recibido otro artículo firmado por Fernando Rivera, que transcribo a continuación y que acompaño -previamente- del artículo de Roncagliolo, para que los interesados tengan una mejor visión del asunto y puedan -si lo desean- opinar también, con conocimiento de causa.

SANTIAGO RONCAGLIOLO

El Perú se está mudando

A lo largo del siglo XX, la narrativa peruana forjó dos buques insignia que no dejaron de bombardearse mutuamente, cada uno de ellos con una versión distinta de la política, la literatura y la vida. Me refiero a José María Arguedas y Mario Vargas Llosa. Arguedas era un autor mestizo, socialista y rural. Concebía la literatura como una lucha política a favor de los oprimidos, especialmente del mundo andino. En cambio, Mario Vargas Llosa es un autor blanco, liberal y urbano, que defiende la literatura como creación de un universo paralelo a la realidad, libre de subordinaciones ideológicas. Arguedas se suicidó en 1969, y tras el derrumbe de la izquierda política, sus libros fueron perdiendo visibilidad internacional. Vargas Llosa fue candidato a la presidencia, y hoy en día su nombre es reconocido en el mundo como sinónimo de la literatura peruana.

El duelo entre ambos tuvo un claro ganador. Sin embargo, el choque entre ambas visiones continúa determinando la literatura de mi país. Los escritores de mayor edad siguen separándose a sí mismos en dos grupos: en una esquina del ring, los andinos, seguidores de Arguedas como Luis Nieto Degregori, Óscar Colchado, Miguel Gutiérrez y Oswaldo Reynoso (quien aún se proclama marxista). Estos autores, en la tradición latinoamericana de los años sesenta, combinan temáticas sociales con una gran complejidad formal.

En la otra esquina, los costeños, como Alonso Cueto, Fernando Ampuero o Guillermo Niño de Guzmán, prefieren textos realistas e intimistas escritos con mayor economía de recursos bajo la influencia de autores anglosajones como Carver o Hemingway. Y por cierto, tienen más sentido del humor que los primeros. Sin embargo, en los últimos años, algunos de ellos han escapado a esta definición. La obra del novelista Jorge Eduardo Benavides es una muestra de gran ambición estructural, en la tradición de Vargas Llosa, y dirige el foco hacia la violencia política y la corrupción del Perú, igual que el Cueto de La hora azul o Grandes miradas.

El regreso de estos autores a los temas sociales ha tardado más de dos décadas. Y la razón de su tardanza está fuera de la literatura: en la guerra. Durante los años ochenta, las visiones del mundo aquí descritas colisionaron en ámbitos mucho más concretos -y sangrientos- que la narrativa. El conflicto armado entre la banda maoísta Sendero Luminoso -originaria de la Sierra Sur- y el Estado peruano -centrado en la capital- causó casi 70.000 muertes y desapariciones. Como en pocos conflictos, la cifra de bajas fue muy similar de ambas partes. Tras 12 años de fuego y muerte, no parecía que las palabras pudiesen servir para algo. No parecía posible introducir algún sentido en el caos. Y, a pesar de la derrota de Sendero, esta vez no había un ganador tan claro. Sólo millones de perdedores.

Quizá por eso, muchos de los escritores peruanos surgidos después optaron por inventar sus propias geografías personales. A partir de los noventa, los narradores no escriben para retratar al Perú sino para huir de él. Mario Bellatín ambienta sus historias lejos de cualquier referencia a un país concreto. Iván Thays ideó Busardo, una ciudad de ecos mediterráneos. Los personajes de Leyla Bartet recorren Tokio, Caracas, Bulgaria. Enrique Prochazka viaja de la ciencia ficción al Asia medieval. Y tras ellos llegaron Luis Hernán Castañeda, con títulos tan elocuentes como Casa de Islandia. O Ezio Neyra, cuyos falsos policiales están ambientados en Lima, pero bucean en las ciénagas de la infancia y la identidad individual.

Por supuesto, esta rápida clasificación -como todas- es parcial y deja cabos sueltos. Por ejemplo, sería difícil situar aquí a Fernando Iwasaki, cuyo sentido del humor se mueve con la misma soltura en el barroco español y en las calles del centro de Lima. Y por supuesto, cuesta encajar a Daniel Alarcón. Sus personajes son desaparecidos y guerrilleros. Sus escenarios son los barrios pobres de Lima y la selva azotada por el ejército. Así las cosas, cuesta creer que Alarcón creció en Alabama y escribe en inglés.

Y es que el Perú se está mudando. Los peruanos -como los colombianos, dominicanos, ecuatorianos- ya no nacen sólo en el territorio nacional. Mientras los que están dentro tratan de huir, los emigrantes buscan su memoria y su origen en el territorio de la ficción. No es fácil precisar qué define a un peruano. Ya no es su punto de residencia. Ni siquiera su lengua. Y por supuesto, en ningún caso es su temática.

De hecho, los géneros tampoco son lo que fueron. Arguedas, obsesionado con documentar la realidad peruana, se sorprendería al ver que lo más innovador de la literatura peruana es el periodismo. Sergio Galarza acaba de publicar una crónica sobre Los Rolling Stones en el Perú . Sergio Vilela escribió la historia de la creación de La ciudad y los perros. Gabi Wiener, radicada en Barcelona, prepara un libro sobre el sexo en locales de intercambio de parejas. Toda una nueva generación de escritores busca historias en una realidad que desborda a la ficción, y en un mundo cada día más ancho y más ajeno.

 

FERNANDO RIVERA  

La flota inexistente o las ideologías navales de la literatura


En un artículo publicado ayer 3 de octubre en El País de España, "El Perú se está mudando", el escritor Santiago Roncagliolo, ha construido una breve historia de la narrativa peruana contemporánea para situar a la generación más reciente de escritores a la cual él pertenece. Esta historia la construye como un campo de batalla en el que se enfrentan dos flotas navales encabezadas por los buques insignia José María Arguedas y Mario Vargas Llosa; historia esquemática y maniquea, desinformada y hasta mostrando cierta ignorancia, llena de muchas imprecisiones y sobre todo cargada de una ideología conservadora de lo literario, que trae como resultado la borradura y reescritura reduccionistas de la narrativa peruana contemporánea. Me veo entonces obligado a hacer algunas aclaraciones.

Desde el inicio Roncagliolo se refiere a dos buques insignia que "no dejaron de bombardearse mutuamente". Y aquí incurre en una falsedad, jamás hubo una confrontación entre Arguedas y Vargas Llosa, había más bien hasta ese entonces, fines de los sesenta en que se suicida Arguedas, admiración y gran respeto mutuo. Lo manifiesta así Vargas Llosa en la Utopía arcaica ("relación entrañable", dice) y el propio Arguedas en su correspondencia a Vargas Llosa a quien le dice considerarlo como al hijo que ha cumplido las expectativas y sueños de los padres. Entonces, no hubo "duelo entre ambos", lo que sí se originó después fue una confrontación de estos dos escritores y de las ideologías de lo literario que representaban cada uno, hecha por los lectores y algunos sectores de la crítica en el Perú, confrontación ya casi sin vigencia real hoy en día, pero que todavía se sigue haciendo como lo demuestra el artículo de Roncagliolo.

Por otro lado, señala en este artículo que la batalla la ganó Vargas Llosa porque los libros de Arguedas "tras el derrumbe de la izquierda política fueron perdiendo visibilidad internacional". Bueno, sabemos que estos dos escritores, de izquierda ambos en aquella época (Vargas Llosa no era "liberal" en los sesentas), no lograron tener éxito por recibir el respaldo de la "izquierda política" (que desde Mariátegui no había ejercido la crítica literaria en el Perú y muy poco en Latinoamérica, ni periodística ni académica, ni tampoco había tenido mucha incidencia en el campo editorial), sino por la calidad y novedad de sus proyectos narrativos, claro, si exceptuamos el apoyo que recibieron ambos del aparato cultural de la revolución cubana.

Y con respecto a la "visibilidad internacional" que pueda tener hoy en día la obra de Arguedas, y sabemos que la cuestión de la visibilidad tiene que ver con los ojos con que se mira, es decir con la ideología que proyecta esa mirada, no hay casi escritores contemporáneos a Arguedas (Onetti, Rulfo, Otero, Roa Bastos, y otros) que tengan más "visibilidad" que éste. Una de prueba de su "visibilidad" está en las ediciones recientes de sus obras en distintos países: Yawar fiesta. La Coruña: Ediciones del Viento, 2006; Los ríos profundos. Buenos Aires: Losada, 2004; y, Madrid: Cátedra, 6ta edición, 2005. Y agregaría algo más, que la obra de Arguedas tiene una importancia fundamental en el ejercicio de la crítica y la reflexión para pensar el Perú y Latinoamérica, a tal punto, que buena parte de ellas se han fundado y articulado estudiando esta obra (Cornejo Polar, Rowe, Lienhard, Rama, Vargas Llosa, González Echevarría, Moreiras, etc.). Y no se necesita ser crítico ni estudioso para saber de esta "visibilidad internacional", a no ser que uno esté tremendamente desinformado o padezca de ceguera selectiva.

El asunto de la invisibilidad en la que cae Roncagliolo, se debería más bien, me atrevo a decir, a una ideología de lo literario que alimenta y construye un sistema de la literatura mundial (si esto es posible, y no en el sentido de Franco Moretti o Pascale Casanova), afincada en nociones teleológicas de "desarrollismo", "tecnología" y "valor de cambio"; en la reificación de algunos "modelos" de la literatura occidental (aún en su negación) para su formulación estética; y en una falsa noción de autonomía: la literatura sólo debe hablar de los temas de la literatura, no de política, de culturas, etc.; y si lo hace pues que sea de manera ilustrativa y no irruptora; postulando así una noción de neutralidad o independencia profundamente ideológica. Este sistema, sumamente limitado y reduccionista, producido en algunos sectores editoriales, periodísticos y culturales, se asocia por el envés, "visible" a todas luces, a una "dinámica" de la mediatización y la globalización; y por el revés, a una "cosificación" de la literatura (a su posibilidad de consumo como cualidad fundamental), legislada por la política y la ideología del mercado.

Volviendo a Arguedas, no creo que él "se sorprendería al ver que lo más innovador de la literatura peruana es el periodismo", ni tampoco que lo sea la "mudanza". Arguedas escribió en El zorro de arriba y el zorro de abajo un novela sobre la migración, que no la "mudanza" (como si los dominicanos, ecuatorianos y peruanos al llegar de sus países a España o Alabama, cambiaran de barrio o de ciudad… bueno, tal vez, algunos), novela donde narrador y personajes dan testimonio y sufren el proceso migratorio, y donde además se confronta y disuelve por momentos la distinción, tan cara a la modernidad (que garantiza su estabilidad) entre ficción y realidad al incorporar diarios en la ficción, y más aún al hacer legible su suicidio como un acontecimiento de la novela, como bien lo señalara tempranamente Vargas Llosa. Y si, por otro lado, la "mudanza" se refiere a escribir sobre otras realidades, pues entonces estamos de vuelta, y toda vuelta o repetición es saludable y sintomática como constante de que somos algo en la reiteración. En ese sentido, el Modernismo latinoamericano tuvo como tema mayor la "mudanza", y en el Perú están los "Cuentos yanquis" y los "Cuentos chinos" de Valdelomar, y "La novela o la vida" de Mariátegui, para poner un ejemplo de nuestra mudanza anterior.

Finalmente, quiero señalar que hablo desde una perspectiva doble, como escritor y como crítico que estudia la obra de Arguedas, o simplemente desde la perspectiva que dan el ejercicio de la lectura y la escritura. Admiro y respeto profundamente los proyectos narrativos de Vargas Llosa y Arguedas, de los que he aprendido algunas cosas fundamentales sobre la novela y la escritura, pero de los cuales a su vez me siento distante en el quehacer literario. Y por supuesto, cada quien tiene derecho a opinar libremente sobre la literatura, peruana o no, siempre y cuando no parezca que toda la literatura peruana se haya "mudado" al Palacio del Buen Retiro y se dediquen allí a jugar a la guerra.

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Vie, 5 de Oct, 2007 7:21 pm

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JULIO CARMONA
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