Solo queria dedicaros a tod@s los que me habeis dedicado vuestro tiempo, esta bonita historia de un escritor argentino.
Un abrazo a todos y muchas gracias.
LA BÚSQUEDA
Siempre había preguntado como sería la felicidad y si la alcanzaría algún día. Nada original, por cierto; pero igual se lo preguntaba. Era un hombre simple.
Una vez le comentaron que había gente feliz no sé en que país, de esos con nombres raros (como la felicidad, pensó) de Asia o África. ¿O era de Europa?. Bueno, el lugar no importaba; lo cierto es que si había hombres felices, era posible para él también. Comenzó a planificar el viaje, aunque no tenía en claro adonde.
Le dijeron también que a pesar de que el mundo está lleno de egoísmo, maldad y otras de esas virtudes humanas, había siempre una esperanza de que todo cambiaría. ¿Cómo?, se preguntó. Y salió a buscar la respuesta porque el que le contó eso, no se acordaba.
Preguntó (siempre preguntaba) a unos religiosos, no recordaba de qué religión y le explicaron que todo comenzó con Adán y Eva. Que Dios los había creado para que fueran felices y les dio una tierra hermosa para que la cuidaran. Pero que la competencia, envidiosa de tanta belleza y felicidad, se encargó de arruinarlo todo. No muy convencido, agradeció la atención dispensada por sus anfitriones y se fue más confundido que antes, no sin antes comprar una de las publicaciones que vendían en la salida. No lograría darles la felicidad con esa pequeña contribución monetaria, pero, por lo menos, ayudaría a satisfacer necesidades financieras más inmediatas.
Otros, le explicaron detallada y apasionadamente que el hombre es malo desde sus entrañas, que Dios no existe y que la felicidad es sólo una ilusión. Antes de dejarse tentar por la idea del suicidio, agradeció y salió tratando de disimular su prisa.
Y así fue que vagó de lugar en lugar, siempre preguntando y preguntando, dejándose llevar por el menor dato que le llegaba a sus manos. Hasta que se sintió agotado y decidió no viajar más. Había pasado la mitad de su vida viajando, preguntando y había dilapidado sus recursos materiales buscando la felicidad; y no aparecía.
Pero - sé preguntó (siempre lo hacía)- ¿ahora que no tengo que viajar más, no tengo que hacer maletas y planear recorridos en mapas, que voy a hacer con mi tiempo? ¡Me va a sobrar! Y encima, infeliz como soy.
Para matar el tiempo, como dicen algunos (estúpidos, porque el que mata es él a nosotros), comenzó a observar su lugar, su propio lugar. Un día se le acercó un chico, le pidió una moneda y se la dio. Sintió una sensación reconfortante dentro de él. Le llamó la atención ese niño, con ropas prácticamente deshilachadas por el tiempo y el uso. Se preguntó (tenía obsesión por las preguntas) como viviría ese pibe, quienes serían sus padres, tendría más hermanos. De este modo se enteró que había más chicos como ese, pobres, muy pobres, viviendo en lugares desheredados de toda
comodidad y marginados de este maravilloso mundo del ciberespacio, parecido a Disneyworld (por lo mágico y también por lo artificial).
También (preguntando, por supuesto), se enteró de que había gente que estaba en desacuerdo con este mundo injusto y quería cambiarlo. ¿Cómo?, volvió a preguntar. "Empezando por uno mismo, le respondieron". ¿Cómo?, pregunta reiterativa. "Dejando de insultar por todo lo que está mal, porque quita energía para trabajar por hacer las cosas bien. Vaya,”ame a alguien y haga algo por esa persona", le dijeron.
Se fue, un poco turbado y preguntándose (¡y dale!) Como
haría para amar a alguien, si él siempre estuvo muy ocupado buscando la felicidad. ¡Esa era la clave! Había estado durante mucho tiempo buscando el objetivo, pero se había ¡olvidado del proceso! ¡Tanto tiempo desperdiciado! ¿Y ahora?.
Intentó, volvió a intentar y un buen (gran) día amó a alguien. Y ese alguien lo amó a él. Y se dio cuenta de que amar era sólo cuestión de amar (se entiende, ¿no?).
Tuvieron hijos, les dieron amor y desde su casa generaban amor para dar y dar.
Cuando, ya viejo, le preguntaron (esta vez no preguntó, le preguntaron), si había alcanzado la felicidad, miró al preguntador, le sonrió y poniendo su mano en el hombro del joven, le dijo: "La felicidad siempre nos acompaña, está al lado nuestro. Lo que pasa es que somos un poco cortos de vista. No es necesario buscarla, si realmente la querés, si la deseas con todo tu ser, y té esforzás para que venga a vos, ella te encuentra solita. Anda, ama a alguien y hacé algo por esa persona".
El joven se fue contento (¿feliz?) de haber conversado con ese viejito que trasuntaba felicidad.
Él pertenecía a una nueva generación. Toda una vida por delante.
Y no tendrían, seguramente, que viajar ni preguntar tanto.
Hugo Pablo Mauri – Argentino
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