La Palabra de Dios ... LA REVELACIÓN DIVINA EN LA ÉPOCA CONTEMPORÁNEA ... recibida por Bertha Dudde Protección espiritual Querida hija Mía, el Señor dispuso sabiamente que sus siervos estuviesen rodeados de una protección espiritual, porque sin esta protección estaríais perdidos. Continuamente te persiguen los poderes malvados y procuran apartarte del camino en el que estás andando. Hay una continua lucha por tu alma, pero el Padre te salva de todo peligro. ¡Ponle tu corazón a sus pies para que Él siempre te proteja! Y cuando te alcance la Salvación de Dios... cuando te sea concedido percibir la Palabra de Dios, todos los demonios tendrán que apartarse de ti porque el Señor bendecirá a los Suyos, y echará a los que quieran causarles daño. Y ahora oye lo que te queremos comunicar: Es contrario a la Voluntad del Padre que desperdicies tu fuerza inútilmente... y no vale para nada si procuras conseguir un contacto que te puede dar mucho menos de lo que se te está ofreciendo mediante las comunicaciones diarias que recibes. ¡Todos vosotros no podéis imaginaros la alegría que causa a los ángeles un hijo o una hija de buena voluntad! Pero si no hacéis caso a la Gracia, vosotros mismos os la habéis jugado y ya no seréis admitidos tan fácilmente porque la Voluntad del Señor os había elegido pero vosotros hicisteis caso omiso de sus palabras. Y tú, hija Mía, si volvieras a empezar de nuevo, serías privado de mucho de lo que al principio te había indicado el buen camino... Cada vez de nuevo el Señor os advierte para que seáis fieles, y os anima para que sigáis adelante llevados por su Amor... Por eso ¡entregadle vuestro corazón y, voluntarios, sed devotos de Él! Y que a tus amigos les sea dicho que únicamente aspirar continuamente hacia lo alto podrá volver a llevarlos al camino que han abandonado debido a la preocupación de que puedan sufrir daños... Cuando vemos que es por vuestro bien, os hacemos sacrificios: Durante horas de comunicación laboriosa os ponemos en conocimiento de nuestras aspiraciones, procurando introduciros en el Reino de Dios - pero vosotros tenéis que corresponder voluntariamente y hacer caso de nuestros consejos y de nuestras advertencias. No podemos enseñar a uno cuyo corazón mantiene una actitud negativa y que no se comunica con nosotros en lo más íntimo de su corazón para recibir nuestras enseñanzas. Pero tanto más enseñanza -y con más insistencia- damos a los hijos de Dios que confían en nosotros y que siempre nos abren su corazón y su oído. Si el Padre os prepara semejante Gracia, ¡aceptadla con gratitud, y no permitáis nunca que os echen hacia atrás cuando cada paso os costó una gran lucha! Continúa tu camino junto a Dios y mira hacia lo alto, ¡pero nunca retrocedas! Querida hija, sin el Amor del Señor nunca habría sido posible que vosotros, hombres, os liberarais de la culpa de vuestro pecado; si el Padre no hubiera tenido Misericordia de la humanidad, cada vez os habríais hundido más en el abismo. En su sumo Amor, envió a su Hijo santísimo a la Tierra para que redimiera a los hombres, cuyas almas estaban en gran peligro. No puede haber mayor testimonio de su Amor divino por ellos: Él mismo se sacrificó, Él cargó con la culpa. Y mediante su sufrimiento y suplicio en la cruz proporcionó a las criaturas la Gracia de poder conseguir el Reino de Dios. Pero más horroroso que el suplicio de la cruz le resultaba la culpa de los pecados que pesaba sobre sus divinos hombros. Y, con un dolor indescriptible por las criaturas de la Tierra, hizo al Padre celestial el mayor sacrificio: se sacrificó a sí
mismo por la tribulación en que se encontraba la Tierra. El Padre mandó a su Hijo a la Tierra; el Ser supremo más santo, más puro y Uno con el Padre celestial, llevó a cabo este sacrificio por el más profundo Amor hacia la humanidad. En la Creación infinita debería contenerse el aliento viendo este sacrificio tan sumamente santo hecho por la humanidad. Todos deberíamos enmudecer con un gran respeto ante la grandeza de su Amor. Y por toda la eternidad deberían sonar cánticos de alabanza de aquellos a los que el Señor salvó de su inmenso pecado. ¡Descender a esta Tierra desde la proximidad más íntima del divino Padre esplendoroso, desde toda la Magnificencia y Excelsitud de la Vida eterna, descender a la plena aflicción en medio del profundo pecado! ¡Qué grande tenía que ser el Amor del Salvador hacia las criaturas de la Tierra! ¡Y qué sacrificio tan enorme! Él, tan sumamente puro, ¡encontrarse rodeado de pecados y vicios! Con su Misericordia sumamente santa el Hijo de Dios cumplió en la Tierra la obra de la Redención. Ni antes, ni después, habrá ser alguno capaz de soportar sufrimientos semejantes a los del Hijo de Dios. El Redentor padeció en la Tierra todos los sufrimientos. Con Amor ilimitado manifestó su Divinidad, y se sacrificó a sí mismo para salvar a la humanidad. Volveos como niños pequeños y contemplad todo aquello: su Espíritu grande, majestuoso y luminoso, bañado en la Luz eterna, caminando encarnado por la Tierra cargado con el peso de las culpas de la humanidad... la corona de espinas sobre su cabeza... sufriendo en su corazón lleno de pureza la humillación más amarga... Él cargó con toda la aflicción del mundo para disminuir los sufrimientos de las criaturas. Para prepararles el Reino del Padre consintió que le clavasen en una cruz. ¡Qué inmenso el Amor de Dios para que Él haya sacrificado a su Hijo! Pero finalmente el Amor de Jesucristo recuperó para el Padre lo que sin el Amor habría quedado perdido eternamente. Sin este Amor ningún ser habría podido contemplar la faz de Dios. A causa de la humanidad el Señor se sacrificó a sí mismo para salvar el mundo de la muerte
eterna. Bienaventurado aquel que camina en el Amor del Señor, participando conscientemente en este sacrificio, para que también para él haya salvación por Jesucristo, nuestro Señor. |
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