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MUNDOS PARALELOS

 

Uno ve esa campaña de Borges y le parece estar viendo rastros de una Venezuela que ya no existe. Una, de candidatos besando viejitas y cargando muchachitos, usando un lenguaje fingidamente popular, transmitiendo una imagen de empuje y entusiasmo que casi lo único que le falta es saltar un charco para demostrar energía. Un jingle, una musiquita y listo: expreso para la Presidencia.   Previo el conteo de votos, claro.

 

Parece que existe un vínculo secreto entre cumplir esos rituales y tener acceso al poder. Es algo así como que, si usted carga a muchachitos, besa viejitas y se sonríe todo el tiempo, aunque no tenga ningún motivo para ello, entonces, debe ser una buena persona. Si es buena persona, entonces, debería ser también un buen gobernante.

 

Ambas premisas y conclusiones son falsas: quien hace esas cosas no necesariamente es buena gente, por ejemplo, Hitler lo hacía con profusión; tampoco es cierto que quien sea buena gente tenga que ser un buen gobernante. Ya Platón decía que difícilmente el mejor capitán ganaría un concurso de popularidad entre su tripulación. Es la cruda verdad: los mejores gobernantes suelen ser muy impopulares, simplemente porque hacen lo que tienen que hacer. Los populares son gobernantes desastrosos, como esos padres que complacen inmerecidamente a sus hijos terminan siendo los peores padres.

 

Ese vínculo misterioso entre el poder y el ritual es cada vez más elusivo. Se requiere un contexto, unas reglas de juego comúnmente aceptadas, que no son las que están imperando ahora. Lo que impera ahora es el control irrestricto, militar, del aparato electoral. Los votos de los ciudadanos interesan poco. ¿Para qué ese trámite de hacer desfilar gente frente a unas urnas, si el mismo resultado se obtiene por máquinas electorales, sin indeseables interferencias humanas? El mundo de Borges es ilusorio. Sus esfuerzos, completamente vanos.

 

Para el otro mundo estamos en guerra, asimétrica o de otro tipo, pero guerra al fin. Estamos en la Segunda Independencia y en lugar de a la Madre Patria, nos enfrentamos a los EEUU. Como en las guerras, sólo hay amigos (aliados, compañeros de ruta) y enemigos. Hay un proyecto político continental de unificar las cinco repúblicas "bolivarianas" para construir un gran polo de poder para enfrentar al imperio del norte.

 

La ventaja de colocarse en posición de guerra es obvia. Si el enemigo no entiende las cosas así y cree en la paz, peor para él, queda en clara desventaja. Si asume la tesis de la guerra, bueno, de eso se trata. O sea, que quien asume este enfoque de la política no puede equivocarse, porque siempre está preparado para lo peor.

 

Todas las acciones se asumen como "batallas" y entre ellas la de menos es la electoral.  Las elecciones tienen un carácter mero instrumental, que no permiten decidir nada, sino sólo presentar una a lo más incómoda fachada de legalidad para cubrir uno de los aspectos ideológicos de la lucha.   Sólo es un trámite para dar imagen al régimen.

 

El problema del enfoque guerrero es que no es asumido por la mayoría de la población.  Nadie ve la necesidad y menos la conveniencia de una guerra.  Ninguna persona sensata cree en imperativo de un conflicto, por más que los fanáticos clamen que la guerra es "inevitable".

 

Bueno, será inevitable si usted se propone hacer lo que dice que va a hacer; pero lo que no se ve como necesario es que Venezuela tenga, en virtud de algún imperativo histórico o de otro tipo, que enfrentarse con los EEUU, necesaria, inexorablemente.

 

Sólo la locura, léase bien la locura, de algunos sujetos concretos, puede fantasear con el escándalo de una guerra real. Este enfoque también es ilusorio, aunque más tenebroso que la anterior y viene siendo como la pesadilla al sueño.

 

Vistas así las cosas, cada quien lucha por imponerle a la sociedad su propio imaginario.  Esta lucha no es baladí. En el fondo, la lucha política puede ser vista como una lucha en que cada cual trata de imponerle sus propias fantasías a toda la sociedad o al menos a un sector significativo de ella, de manera de tener el poder o parte del poder.

 

Como siempre, el problema lo presenta la realidad, que siempre viene a reclamar su espacio. Los pacifistas ilusos pueden terminar mordiendo el polvo de una conflagración. Los guerreros aventureros pueden ser aventados por el público que no está dispuesto a arriesgar su vida y sus bienes innecesariamente.   La verdad sea dicha, las únicas guerras que se producen son las que no se pueden evitar. En este caso: ¿Alguien cree realmente que Venezuela (este pobre país) ha sido signado por la Providencia para liberar al mundo entero del imperialismo norteamericano? ¿Del hambre, la miseria, la exclusión social, la discriminación sexual, el   analfabetismo y las enfermedades oftalmológicas? ¿Y que para lograrlo es necesaria una tiranía vitalicia de un déspota sanguinario?

 

Si no fuera porque Fidel Castro tiene cuarenta y siete (47) años cumplidos pisoteando a los cubanos con ese cuento de la misión universal de Cuba en la lucha antiimperialista, y que cuenta para ello con el aplauso de gente inteligente como García Márquez, Pérez Esquivel, José Saramago, Rigoberto Manchú, Nelson Mandela y pare usted de contar los premios nóbel, entonces, uno creería que estas preguntas no tienen sentido y nos dedicaríamos a vivir una vida normal.

 

Pero la realidad sigue allí, el totalitarismo sigue avanzando y nosotros no terminamos de convencernos que esto es una guerra, porque esa es la decisión política de un grupito de irresponsables que nos van a arrastrar a todos si no los detenemos.   Hay que derrocar la tiranía y sólo después podrá hablarse de cualquier otra cosa.

 

 

Caracas, 2 de febrero de 2006



Jue, 2 de Feb, 2006 7:35 pm

lumarinre
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*MUNDOS PARALELOS* Uno ve esa campaña de Borges y le parece estar viendo rastros de una Venezuela que ya no existe. Una, de candidatos besando viejitas y...
Luis Marin
member; u=25...
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6 de Feb, 2006
3:19 am
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