DECÁLOGO DE LA REVOLUCIÓN
Pablo Mora
moraleja@...
Profesor Titular, Jubilado, UNET
San Cristóbal, Táchira, Venezuela
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PRIMERO. El verdadero hombre, el verdadero pueblo, no miran de qué
lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber, de qué lado el
devenir de la utopía, el sueño. Aprende a ver, a pulsar las grandes
injusticias, los grandes ideales, a considerar las grandes patrañas
o mentiras. Faro que traza porvenires, cada pueblo profundiza
aceleradamente los conocimientos, la cultura general y la conciencia
pública de puertas adentro y de cara al mundo, siendo su mayor
aporte a la humanidad su propia Revolución, en defensa de los
valores humanos para los seres más humildes en su justiciero afán de
libertad.
SEGUNDO. Es posible soñar, el sueño forma parte de nuestra realidad,
consecuencia legítima de la genuina utopía concreta, enarbolando,
profundizando y perfeccionando el respeto y la comunicación con el
pueblo de modo participativo, en la convicción de que la revolución
social radica en la capacidad del hombre para transformarse a sí
mismo, transformando su entorno. Sin cultura no hay libertad
posible. La alfabetización ha de signar todo desarrollo cultural,
haciendo que cultura y nación constituyan binomio indisoluble
proyectado hacia la futuridad, vinculado con los sueños, con la
dimensión humana de cada territorialidad, espiritualidad, en
esperanza abierta hacia las conquistas e ideales.
TERCERO. La fuerza del pueblo es realmente invencible, y la fuerza
del pueblo unido, por supuesto, indestructible. Los fusiles se toman
y se cargan y se disparan cuando ello es necesario, cuando no queda
otra salida, cuando morir o matar es la única alternativa que resta
para reconquistar la dignidad. Pero la Revolución ha de hacerse para
poder enterrar los fusiles de una vez y para siempre.
CUARTO. La Revolución es paz, y por eso cuesta tanto. La fuerza es
el recurso definitivo que queda a los pueblos. Nunca un pueblo
puede renunciar a la fuerza, pero la fuerza sólo se utiliza para
luchar contra el que la ejerce en forma indiscriminada. Se puede
iniciar obligadamente con el camino de la lucha armada, un camino
muy triste, muy doloroso, cuando no se pueda hacer otra cosa. Mas si
la aspiración del pueblo a su bienestar se puede lograr por medios
pacíficos, eso es lo ideal y eso es por lo que hay que luchar.
QUINTO. Por la palabra comienza toda revolución, en la medida en que
sólo se consigue evitar los equívocos e hipocresías cuando la
palabra realmente dice lo que significa. La Revolución tiene como
propósito que cada uno cuente con su palabra, piense con cabeza
propia, enriqueciendo con sus ideas el patrimonio colectivo. Ser
revolucionario es tener una postura revolucionaria en todos los
órdenes, dedicar su vida a la causa de la revolución de los pueblos,
a la plena redención de los pueblos oprimidos y explotados.
SEXTO. La justicia —pan del pueblo— casi siempre hambrea al hombre.
Ante un pueblo con justicia, sobra el arma. Defender los derechos
del pueblo pareciera subversión. Se empieza por la palabra. Al pie
de ella, nace el pueblo. De nada sirven los dirigentes si no son
respaldados, seguidos y empujados por esas miles de anónimas
personas, mujeres y hombres, que conforman eso que
llamamos "pueblo". En aprieto, el pueblo apela a la pólvora.
Despierta la conciencia, se encienden las pasiones, surge la
tormenta que arrasa, renueva, restaura, limpia, purifica. Al precio
de su sangre, insurge el pueblo en busca de palabra. Se rebela.
Desaforado, corre tras el pan. La guerra, el último remedio, sólo
medio; el fin, la paz.
SÉPTIMO. Perdida la palabra, al pueblo no le queda sino asirse a la
pólvora para reencontrar el camino, que puede ser de mucha o poca
sangre. Las revoluciones que empiezan por la palabra, a las veces
concluyen con la pólvora de manos del pueblo, de los hombres.
Tendremos que elegir entre empuñar los fusiles o las manceras de los
arados. Frente a toda dificultad, confiar en las capacidades humanas
para crear, sembrar y cultivar valores e ideas, apostar por la
humanidad, compartir la hermosa convicción de que un mundo mejor es
posible.
OCTAVO. Cada uno tiene su encuentro con la historia. Cada uno tiene
su Moncada. Ante los reales dominios de la violencia, abramos camino
entre los dioses y los lobos que asechan la esperanza. Cantémosle a
los que luchan por un pedazo de pan. Salvémonos todos con las mismas
manos y las mismas sombras. Saludemos al Sol, al Sol del Mundo que
haremos. Compartamos fracasos, esperanzas, ternuras y arrecheras;
soledad, naufragio y suerte. Confiemos en el pueblo y busquemos en
él los nuevos marcos teóricos ajustados a las nuevas realidades.
Antes o después, los pueblos siempre encuentran su camino. La
revolución es una necesidad histórica, un hecho inevitable. De
pueblo en pueblo, la revolución un día llegará. Podrá el día estar
lejano, mas signado; y ninguna reforma, ningún artificio, ninguna
represión podrá evitar su adviento.
NOVENO. Luchemos por crear, paso a paso, un orden más justo, más
libre, más pleno, que permita que cada cual, respetando a los otros,
pueda expresar su propio credo, sus propias ideas, avanzando por
cauces democráticos hasta donde sea posible. Las ideas pueden más
que las armas por sofisticadas y poderosas que éstas sean. La paz
consiste en el fomento de un orden nuevo mediante la acción
solidaria de los hombres. La paz pasa a través de la revolución —la
revolución integral—. Tiende a realizar una humanidad nueva. Es
cuestión de crear la tierra nueva, asumiendo personal y
comunitariamente el riesgo de la aventura humana. Sólo una tierra
distinta hará menos increíble el cielo.
DÉCIMO. Definitivamente, grabar el sueño entre los árboles,
desentrañar los secretos al asombro, tener mucha imaginación para
ver la realidad, asumir absurdos, enigmas, laberintos y zozobras;
perpetuar la gloria del mundo en un grano de maíz, mantener la
espada en la trocha que corresponda abrir, compartir la luz al
mismo tiempo que la noche oscura, encender lámparas en el túnel de
la infamia enloquecida: empuñar las manceras del arado en el
lugar apropiado, en el momento apropiado y en la
circunstancia apropiada.
San Cristóbal, Táchira, Venezuela.