En el baúl de los Recuerdos, cuando el viejo desaparece, los jovenes
suelen encontrar muchas "basuras" y trastos desechables. Pero cuando
el caudal de las memorias es abierto por el viejo mismo que las
guardó allí, una como aroma de fresco rocio llena su entorno
acariciando el pasado y los momentos vividos. Y a veces algo que pudo
un dia ser de escasa importancia, tiempos mas tarde puede reflejar un
algo especial, exótico, romántico, histórico o, simplemente, motivo
de añoranzas...
Así nos viene a la memoria el recuerdo indeleble de el encuentro
pasajero de un hombre de tierras lejanas y un chico del puerto.
Corrian los años del Machadato, en Cuba. La crisis económica creada
por la quiebra del sistema bancario norteamericano llegaba a su punto
mas grave de esos tiempos (1929, 1930, 1931) y Cuba, que siempre
habia sido beneficiada por los distintos programas en cierto modo
protectores de la producción azucarera desde la Primera Guerra
Mundial y su "Danza de los Millones",se arrastraba sus verdes
cañaverales preñada de producto y muerte de necesidades. El hambre
era rampante. Para muchos hogares pobres la cosa era tal que, a fuer
de exagerados, la décima mas popular de esos dias exageraba el
bienestar del pueblo al decir, como lo hacia:
"Cuando luna declina
debajo de los mameyes,
Machado poniendo leyes
y el pueblo comiendo harina."
¡Bienaventurado quien pudiera comer harina, aunque fuera hervida, en
esos dias!
Y tambien esos aciagos dias nos mostraban otra cara de las
diferencias que la Madre Naturaleza nos regala a los isabelinos.
El mar. El mar nos permitia y siempre nos ha permitido, el
maravilloso disfrute de sus ricos manjares. Pescados,crustaceos,
etc., etc. Por campos y ciudades muchos atravesaban dias mucho peores
que los nuestros. Y cada isabelino miraba al amanecer hacia la Boca
de Marillanes... Un silente interrogante en cada mente...¿Viene un
barco? Y los dias se hacian meses y...espera...
Un dia llegó a los Muelles de Garcia Beltran un barco chileno. En su
negra popa se leia en blancas letras: "Santiago, Valparaiso"
Oh, madre de todas las sorpresas, coctel de alegrias. ¡Hay trabajo!
El pueblo se movilizó en pleno, cual si de pronto un rayo misterioso
hubiese hecho despertar a un monstruo durmiente que emujara la
industria entera hacia un correr de telones de escena en una pelicula
de fantasias juveniles.¡Un Barco azucarero... y chileno, por demás,
algo que nunca habiamos visto anteriormente!
Hubo una real corriente de alegria desde la punta hasta Las
Carboneras.
Los remolcadores de La Casa Garcia encendieron sus humeantes máquinas
petroleras. El "Carahatas", El "Petrola" y el "Kismet" comenzaron a
tirar de las patanas, rumbo a los ingenios en busca del dulce
producto de nuestras cañas criollas, envasadas en aquellos enormes
sacos que nuestros estibadores luego echarian al fondo de las
entrañas de nuestro visitante chileno. Santiago. ¡Cuantos recuerdos,
amiga nación chilena!
Mi padre en esos tiempos tripulaba una de esas patana de Garcia.
David Vilar, conocido como Pancho Villa, abuelo de esa bella cubanita
miamense,que en un tiempo fuera bailarina de "Ballet Concerto",
Maritere Vilar, esposa del afamado cantante cubano, de Hialeah, Jon
Secada, Juan Chorizo, Pedro Besada Ordoqui, mas conocido como "Zungo"
y mi viejo, tenian como patrón a Rafael Salgado. A ellos tocó traer
azúcar de Chavez para el "Santiago".
Cuando mi padre estaba en puerto, yo, que a la vez tenia unos nueve
años iba por las tardes hasta la orilla del muelle de Casa Garcia y
alli esperaba que mi padre saliera del trabajo para caminar con el
hasta nuestra casita, alli cerca de la Estación del Ferrocarril.
Abordo del Santiago, los chilenos se afanaban en sus labores muy
diligente y calladamente. Menos uno: el cocinero. Ricardo. (Perdón,
pero este nombre es ficticio porque en realidad no recuerdo el suyo,
aunque mucho me gustaria.)
Ricardo tenia unos 38 años de edad, mediano de estatura, negros
cabellos y una serenidad, o calma de modales digna de un monje...y
sentia algo de placer en salir al muelle a contemplar el ambiente. Y
alli nos conocimos. Ricardo hablaba conmigo de Cuba, de Chile, de las
gaviotas, con sencillez dfe viejos amigos. Y nuestra amistad se
extendió por todos los largos dias el Santiago estuvo en La Isabela.
Y llegado un dia que los veinte y seis mil sacos de azucar
estuvioeron cargados abordo, el Santiago echo proa a la mar y comenzó
el viaje de regreso a Chile. Y la noticia ccorria de boca en boca.
Los periodicos habaneros publicaron la noticia a los cuatro
vientos. "Cuba vende azucar a Chile." Y pasaron los dias.
De pronto, como por la fuerza de un misterioso rayo movido, el grito
de la prensa nacional se hizo eco doloroso del percance:
"Incendio abordo del buque chileno "Santiago", que iba para Chile
cargado con 26,000 sacos de azucar cubano."
Yo no se realmente a cuantas personas sobre la faz de la Tierra le
penetrara el alma la trágica noticia del fuego abordo del Santiago,
pero a mi, al menos, a mis cortos años de edad, ya el sentido de la
amistad me habia penetrado el alma de manera profunda. Y "Ricardo",
el marino cocinero chileno, era mi amigo.(!!!???)
Han pasado muchos años desde entonces. Yo fuí marino durante mucho
tiempo en los años siguientes, he estado en muchos paises, pero nunca
en Chile. He visto, oido y aprendido muchas cosas y he averiguado
otras, pero jamás he podido saber que pasó, en realidad con
el "Santiago", ni que destino corrió mi amigo "Ricardo" el cocinero
chileno. Y hoy, aun, a mis 87 años de edad sigo preguntando: ¿Qué
pasó con El Santiago? ¿Qué le deparó el destino a mi amigo Ricardo?
Y una pared de silencio recoge mis preguntas...
Tal vez por las distancias fisicas y de tiempo;
tal vez porque de un marino, casi nadie se recuerda.
Tal vez....
Tal vez solo una ola carga el secreto del Santiago, guardado en el
pecho de Ricardo, en algun cofre silente allá en el fondo de lo
eterno.
Tal vez...