Claroscura, como una imágen radiográfica, van apareciendo las
siluetas por todos los confines del pueblo. Cual recién nacidas
tortuguitas, y alegres tras el trueno los cangrejos, salimos, cada
uno, remos, pitas, hielo, atarralla a cuestas echando nuestras
suertes al mar por los tres confines del viento que envuelven en su
seno al puerto de La Isabela.
"Hola, Panchin; ¿quiai Juanillo?" "Ahi, compadre, en la lucha." "Oye,
Perico, levántate, ta bueno de dormir...." afectuosos, algo alegres
de estar vivos, aún sin pensarlo, esperanzados de "hacer una buena
marea", el puerto vibra. Las chalanas, panaderas y botes se
engalanan de seres vivos a quienes acarrean cada dia hasta
convertírseles en mas esposas que las propias mujeres, en mas
residencia que sus humildes bohios, en fieles acompañantes en el buen
tiempo y en la tormenta...Fieles amigas estas embarcaciones, mucho
mas que la mitad de los hombres, y algo mas que la cama en que
dormimos. Y la luz del dia va trepando los escalones de nuestras
vidas, con zancadas amarillas que calientan nuestras humedas y
salitrosas pobres ropas.
Cortadores de mangle, ostioneros, pescadores de a palangre,
chinchorreros de viveros, o cazadores de jutias y pichones
de "corúas", a la mar nos vamos. Una como canción ilusionada de
futuros cercanos nos ayuda a remar, canaletear, izar las velas o
encender el motor, pero todos, uno y el total, partimos hacia el
norte, el sur, el este y el oeste tras la pesca del bendito sustento
familiar. No oiremos jamás una queja. Los isabelinos jamás lloran
pobrezas, nunca exhalan una queja, ni le piden pescado al divino.
Trabajan con ahinco y aceptan, al regreso a casa, toda y cualquier
bendición que el Supremo le haya dedicado. Desde muy niños
comenzamos, y en la ancianidad nos reímos... nos reímos, hermanos y
amigos, aunque para ello tengamos que exhibir unas dentaduras
desgastadas por el propio existir del portuario. Porque somos en el
fondo gente alegre.
Alegria natural que llevamos en nuestros corazones cuando se convive
con la naturaleza pura,la paz interna es nuestro más rico caudal.
Y a la tarde los regresos, con un poquito más de viento para
refrescar o impulsar las velas... tal vez alguna turbonada, una nube
que perfila o un alcatraz extraviado cambian nuestra mirada, pero
nada de eso nos impide "botar" la carnada, el boquerón ya oliente, al
agua para su alimento. Alegres las gaviotas revuelan y nos gritan
sus agudos agradecimientos y sentimos que humanos y animales somos
hermanados por la brisa. Ecuación perfecta del que da y el que
recibe, del que ama y vive respirando el salitroso aire que da el
espiritu sagrado de la libertad a que tenemos derecho al nacer, los
que por estos lares deambulamos.
Una partida de dominó, un paseo por el parque, unos que se van a la
tienda del Chino y se dan un trago de ron: "Chino, dame "la tarde".
Ah, si, porque en la Isabela el licor tenia sus horas. El mismo
copetín, dependiendo de la hora en que se pidiera, cambiaba de nombre:
Barrilito, sírveme "la mañana", Pepín, mi socio, "la tarde", viejo,
que estoy de buenas...
Y al final de la noche, diez y media, once, por ahi, Fillo, prepárame
una "Media Noche" que mañána te la pago, anda, que mi mujer debe
estar esperándome con los ojos mas abiertos que un juso, despierta,
mi hermano... Y, de veras, al llegar a casa habian siempre unos ojos
tan tristes como bellos esperando el premio de su eterna espera y
soledad. Un emparedado, "Media Noche" por eso lleva ese nombre, o
una fritura de maiz o de bacalao de la fritureria del Chino, de la
que estaba frente al Teatro Sanz, o de el Café El Carmelo, eran el
equivalente del diamante que el príncipe de las historias llevara a
su princesa. Y con este manjar los amores de las mujeres isabelinas
de cierto modo se concretaban en sólidos sentimientos de firme
esperanza de futuros unidos. Por que, la mujer isabelina, como
tantas otras mujeres en similares circumstancias alrededor de este
planeta en que habitamos, son a la vez, la última y la primera en la
vida de la familia, en la oración, en la esperanza en los temores y
en las ausencias. Yo soy isabelino, yo conozco esa vida; yo me
descubro antes esos pescadores y beso la tierra por donde caminan las
mujeres de La Isabela. Y por ellas y ellos me uno alRedentor para
decir a toda voz: AMEN!