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isabeladesagua · Isabela De Sagua
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Recordando a Nicolás Nerey   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #1509 de 1715 |
Hubo en el mes de agosto del año 1933, una reunión de diablillos allá
por el Desierto del Sahara en la cual acordaron enviar una corriente
de polvo y aire caliente en viaje hacia el oeste, para provocar un
choque con ciertos aires frios que se elevaban un poco altos para sus
cuernos.
====
Los calientes vientos del Sahara, cargados de arena se lanzaron hacia
el mar, por las cercanias de las Islas de Cabo Verde, haciendo
juguetonas espirales que elevaban en barrena la cálida temperatura de
la superficie marina hasta chocar con la frialdad del alto giro. Los
vientos comenzaron danzando sobre la húmeda superficie,girando
alrededor de un eje imaginario, al que llaman "ojo", y en su correteo
emprendieron el camino hacia el oeste, elevando con su grotezca
succión el nivel de las aguas al tiempo que empujándolas en casi
militar rotación pendular de grandes olas. La brújula endiablada
jugaba en su macabro vaivén, ora un grado hacia el norte, ora hacia
el sur, pero su marcha seguia avanzando al oeste. Y los hombres
miraban expectantes y algo conmovidos, desde aquende.

Los rumores comenzaron a circular al tiempo que las opiniones
personales sobre el peligro y lo que hacer ante un ciclón corrian de
boba en boca, de familia en familia en un rítmico crescendo según
avanzaban las horas.

Y mientras tanto los niños observábamos a los adultos en su ir y
venir que no entendiamos.

"Si viene un ciclón, yo no me voy de aqui."
"A mi no hay nadie que me saque de mi casa."
"Yo he visto veinte ciclones ya, y nunca ha pasado mas que un poco de
agua y viento. Y de agua y viento es que vivimos los pescadores...."

"¿Bueno, y lo de Santa Cruz del Sur, qué?"

El año anterior un ciclón habia arrasado con el pueblo y tres mil
vidas en Santa Cruz de Sur. Los residentes, que habian tenido la
buena fortuna de atravesar por tantos ciclones a través de los
siglos, al igual que muchos hijos de las costas maritimas, no se
preocuparon por escapar de sus hogares ante el avance de aquel
monstruoso envio de la naturaleza. Y perecieron por doquier. Grande
fue el dolor de Cuba por el desastre de Santa Cruz... Abierta estaba
la herida, muy abiertas; tan abiertas, casi como esas heridas que nos
hacen los ostiones en las manos, a las cuales la sal les impide
cerrar y duelen hasta la médula misma, sin cesar.

Los demonios en su maldito juego seguian azuzando, soplando, danzando
alrededor de la espiral que ahora se elevaba a un ritmo vertiginoso
riendo en las crestas de las altas olas, cuando la aguas que traia en
la Corriente del Caribe se unian, en el Canal de Santarén, para
chocar, a lo largo de la Costa Norte de Cuba, con playas y arrecifes,
rios y cayuelos elevando aun mas sus ya crecidas crestas de níveo
mantón de agua y sal.

El capitán de un barco que a la sazón cargaba azucar en La Isabela,
movido por un alma noble y un profesional proceder, mientras que
trataba de protejer su nave, hizo lo inimaginable para mantener a las
autoridades y al pueblo de La Isabela y Sagua al tanto del progreso
del huracán...jamás sabremos pagar toda aquella humana bondad de un
capitán noruego.

El avance de la subida de las aguas comenzó a chocar contra las aguas
de la Corriente del Golfo de Méjico al enfrentarse al Estrecho de la
Florida. El viento aumentaba, la lluvia se extendia y las horas se
hacian tensas, crueles, eternas. Los preparativos comenzaron de
muchas formas. Los que disponian de medios se fueron a tiempo del
pueblo. Los comercios cerraron sus puertas y en las casas ricas como
en las mas pobres el debate sobre una posible evacuación seguia sin
solución general.

"Pues yo no me voy."

"¡A los trenes! Vamos, todo el mundo tiene que salir para Sagua."

Los negros rifles, sucios rifles llegaron en un largo tren de una
locomotora con muchos coches dispuestos a evacuar al pueblo de la
Isabela. Y bueno es recordar, que en ese pueblo todos le teniamos
mucho miedo a esos mismos guardias rurales que ahora pretendian
salvarnos... porque servian a Machado. Y hasta hace unos pocos dias
eran ellos mismos lo que les quemaban los chinchorros a los
pescadores; y eran ellos los mismos soldados que les incautaban el
recién quemado carbón, uno de los pocos medios de ganar el sustento
de las pobres familias, a los infelices y menos afortunados
ciudadanos. Era esto algo confuso para muchos. Pero lo hicieron todo
muy bien y por ello merecen un bien ganado reconocimiento. Tres
viajes dieron transportando a los pobladores de la Isabela para
Sagua, trenes y guardia rurales. De ellos recuerdo agradecido muchos
nombres, pero me niego a mencionarlos porque anteriormente mucho mal
hicieron.

El pueblo entero, dije, mas, no; cuidando su casa en La Isabela quedó
un hombre, a quien ni los soldados lograron sacar. Nicolás Nerey se
llamaba.

Permitidme hacer un alto aqui, para decir que no omito a los caidos
de Cayo Cristo por olvido o abandono, no; es que considero que esa
tragedia necesita ser tratada de una forma especial, apéndice, a la
vez que corazón, de ese montruoso pasaje de destrucción y dolor para
tantos hogares sagüeros. Rosario de perlas humanas engastadas entre
las ostras del mar azul. Para ellos mis oraciones.

El señor Nerey era un hombre muy firme en sus decisiones. Vestia
siempre un sombrero de piel, de ala ancha, color militar, sobre un
bigote blanquirrubio que parecian no ya los consabidos manubrios de
bicicleta, no; este bigote tenia la furia de los cuernos de un
novillo al salir al ruedo en una trade sevillana. Recuerdo a sus
hijos, Colo y Ñico, pero los otros nombres de la familia ya se me
escapan de la memoria. Testarudo y noble, quiso protejer su casa. Se
quedó dentro de ella....

Y dentro de ella, de su casa totalmente destruida por el ciclón, dias
despues del siniestro lo encontraron, debajo de los escombros, muerto.
Los infernales diablillos del enfurecido infierno del ciclón, no
satisfechos con derrumbarle la casa sobre su propio cuerpo, envió
cual maligno y vengativo dardo, una enorme astilla de tea que le
atravesó el corazón y los pulmones... y lo dejó allí, debajo de los
escombros, clavado al piso de la casa que por amor tanto cuidó.

Mucho sacrificio habia puesto, como tantos pobres del puerto, este
buen hombre en hacerle un casa a su familia. Mas, tanto fué el amor
que le tuvo a la razón de ser padre de familia, de conservar el techo
sobre sus cabezas, que le dió su propia vida al huracán, por ella y
ellos.

Triste moraleja que se desprende de la pluma. El viento y el mar son
el sostén, son los amigos y acompañantes de la aventura del diario
existir de los hijos de un puerto. Pero implacables enemigos son, si
se les reta.
Dios nos de paz.

Gilberto F. Rodriguez









Lun, 2 de Jun, 2008 1:11 am

g.rodriguez_23
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Hubo en el mes de agosto del año 1933, una reunión de diablillos allá por el Desierto del Sahara en la cual acordaron enviar una corriente de polvo y aire...
g.rodriguez_23
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2 de Jun, 2008
1:11 am
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