"El Frantasma del Convento"
Cuando chico, yo trabajé como ayudante (remero) de algunos de los mejores pescadores individuales de La Isabela, tales como Mongo Morejón, con su magnifico bote llamado famosamente "Tiburón", (acerca de el cual un dia, tal vez sepan mis coterraneos y Cuba, cuanto patriotismo lleva entre sus maderos.) y Calixto Sanchez. Este último, a quien le gustaba tanto comer pescado hervido como a los noruegos, ha sido, a mi ver, el mejor pescador de al palangre de cuantos he conocido, y he visto algunos alrededor de los puertos del mundo.
Esta vez habiamos pescado durante cuatro noches "al canto del beril" frente al Faro de Boca de Sagua. Traiamos una "buena marea" al decir de los pescadores. Pargo, biajaiba y rabirrubia llenaban el tanque y la nevera hasta mas no dar. Después que hubimos amarrado la chalana frente al portal de la casa de Sanchez y asegurado la nevera, yo salí caminando por los tablones que cubrian cual puentes los portales que nos separaban de la tierra firme. Tomé rumbo calle abajo y unas pocas cuadras me encontré frente a las puertas de El Teatro Sanz, cuando eran ya mas de las once de la noche. El kiosco de los chinos estaba abierto aun, pero casi vacio. Me llamó la atención el anuncio en la pared: "Esta Noche, Gran Estreno. "El Fantasma del Convento."
Subiendo los escalones hasta lo alto del portal ví que las cortinas estaban corridas y la puerta principal permanecia abierta de par en par, como se suele decir. La luna, posada sobre nuestras bellas playas, nos estaba regalando una lisonja de pura plata y marfil; la noche estaba tan clara que parecia como si todas nuestras mujeres quisieran a un tiempo sonreir. Pero el calor apretaba los dientes cada vez...y Miguelito que era tan gordo y lo sufria mucho mas, tenia la costumbre de abrir las puertas y permitir la entrada gratuita a todo el se allegara
al teatro tarde en noches de función en verano.
"Hola, Miguel."
"¿Hola, Perera, mucha pesca?" "Entra, entra y mira."
"No, gracias, prefiero quedarme aqui con usted. Si, hemos traido una buena marea, Miguelito."
"Como quieras, esta es una buena obra española, pero ya está por la mitad."
En ese instante salió Felicin que sudaba copiosamente, saludó al pasar y, dirgiéndose a Miguelito, dijo: "Voy por una limonada."
Miré hacia la pantalla o, como le llamaban muchos entonces, "la sábana" cubierta de blancos negros y grises, como era por aquellos años la cinematografia. En una suerte de castillo, un "sereno", sosteniendo con la mano izquierda un faról de "luzbrillante" sobre su cabeza, hablaba pausadamente con una mujer, de la cual en breve se despidió emprendiendo un recorrido por los oscuros y silentes pasillos y corredores a paso mesuradamente serenos y a la vez anunciados porque sus zapatos, al posarse sobre los pisos de granito producian repiqueteos sonoros por doquier. Andubo un rato. La música de fondo, que aun no poseia los adelantos psicológicos estudiados de hoy, por lo menos era lo suficientemente enervante como para crisparle los pelos al cura.
El público permanecia en silencio, la audiencia "era una tumba", como decian las auras del chismear.
El sereno, que asi llamaban a los guardianes nocturnos entonces, entra en una habitación, se acerca a una cama donde yace un esqueleto, lo mira bien, se da vueltas, se coloca el farol, mientras lo sujeta siempre con su mano izquierda, sobre la cabeza, y colocado de espaldas al esqueleto, comienza a buscar algo entre los libros que hay alli en el estante. Asi estaba cuando un fuerte golpa resuena por el lugar. El esqueleto sacando su huesudo brazo derecho, de entre la sábana que le cubria, descargó su mano semiabierta sobre la mesita de noche que estaba al lado de la cama.
Con el golpe un ruido de susto retumbó por todo el teatro. Mucho pelos se pararon de puntas y algunos no tan peludos se salieron de sus asientos. Mientras tanto el viejo guardian simplemente se volteó a mirar... y de nuevo atendió a buscar lo fuera que buscaba entre los libros. Tomando un viejo libro estaba cuando el muerto descargó ahora su mano izquierda contra la pared de su lado. Esta vez el golpe era muchos mas fuerte. Y la sorpresa de la audiencia no se hizo esperar. Saltos, murmullos, salidas aprisa y hasta risas contagiosas por demas. El viejo sereno, pausadamente se acercó a la momia, le dijo algo y regresó a su labor. Comenzó el desfile. "Buenas noches, Miguel..."
Se cuenta simple desde aqui, como aquel que desde encima del puente le indica al que ha caido al mar, sin saber nadar, "Nada, nada...es muy facil."
Yo ya habia visto más que lo que mi disfrute cinemático podia permitirme.
"Hasta mañana, Miguelito, me voy..." No se si me oyó Miguel. Felicin entraba de regreso de su salida en busca de una limonada.
Para llegar a mi casa en Punta Gorda yo tenia que atravesar todos los patios del ferrocarril: Linea de pasajes, Patio de la Aguada, Patio de la compañia mielera US Molasses Co., Los trenes y tanques de la Texas Oil Company y por último los de Los Almacenes de Alfert y Cia. Era tiempo de molienda todavia y la actividad ferroviaria y portuaria en general era muy grande, de modo que todos los camino que habia que andar entre Punta Gorda y el pueblo habia que hacerlo pasando por debajo de los trenes, una porque eran muchos y, dos, porque a ningún trabajador ferroviario le importaba un bledo si el pueblo, su pueblo, ellos mismos, tenian que seguir viviendo a cada instante y para ello era necesario atravesar el ferrocarril.
Una ventolina del sudeste comenzó de pronto a soplar. La luna bañaba de plata hasta los mismos manglares que regocijados mostraban a la noche sus dientes de sal. Yo iba ahora caminando con miedo. Por cada guijarro que el suelo mostraba yo pretendia ver un fantasma... y mi amiga linda, ya no era verde, ni de queso, ni le volaban las vacas por encima, no; mas bien me ayudaba a ver fantasmas... aunque yo no estuviera en el convento. ¡Ingrato que fuí! Como podia saber yo que en los años venideros, fuera sobre el Mar Mediterraneo, el Mar del Bósforo, en el Mar Caribe y en los siete mares iba esa bola de roca ofrecerme tanta alegria, tantos placeres, tanta amistad... Si ahora en retrospecto veo que aquellos negros carros tanques eran mas bien galanes vestidos de etiqueta para una bodas y no un funeral. Si aquellas blancas figuras que hacian ruido bajo los trenes y corrian tratando de atraparme eran novias que buscaban un novio y un altar, en lugar de ser aquella malditas hojas de periodicos sueltas entre las ruedas que el viento hacia revolotear. Y corazón fuera del pecho llegué a mi casa en Punta Gorda.
Y esa noche dormí con un esqueleto dando golpes sobre mi cabeza que, por mas que la escondia entre la sudorosa sábana y la almohada, mas me golpeaba el condenado sin que el "sereno" me ayudara.
Al dia siguiente sali a buscar a las blancas muertas que anoche me asustaron tanto. Por esos lugares andaba un grupo de hombres recogiendo papeles de periódicos, era el Supervisor de reparaciones ferroviarias Jose Caballero y sus cuadrilla. Entre sus manos se estrujaban las blancas novias del futuro conjuntamente con las fantasmales figuras creadas por El Fantasma del Convento.
Esa noche, como todo un valiente, pude dormir.