Y un dias pasaron unas olas haciendo rodar las caracolas de la playa.
La vista se eleva a la distancias y la luz del sol hace resplandecer la
verdeigris planicie de la bahia, con sus tonos de ocre por la parte que
baja del rio. Blancas lonas colgadas de los mastiles revuelan ual
juguetonas mariposas en tardes de romance. Por alli se acerca una
lancha, por alla salta las toninas y la chica hunde sus dedos gorditos
con sus pinturas extranjeras, de pronto en el arena. La tarde es
serena, la vida placentera los pulmones reciben a borbotones el salitre
que viaja a lomo del oxigeno,(razon esta por la cual el marino vive
larga vida, la sal en sus adentros), y la brisa se contonea dichosa.
Las olas siguen en su vaiven y la vida cabalga sobre las esperanzas de
lo que queremos y no tenemos, y las nubes se alejan para retocarse el
carmin del atardecer. Y una gaviota retozona espia desde una estaca al
pescador que riega sardinas sobre la cubierta, para robarselas cuando
se duerma.
El alma de la chica se llena no sabe de que, pero esta alegre. Las
ostras caracolean sin sentido de horizonte, pero con rumbear de cambia
cambia para llegar al otro extremo de la playa.
De pronto llega un chico corriendo algo sofocado, mira alrededor, se
quita la camisa, se quita los zapatos y se mete en el agua.
Pasito a pasito, camina sobre el arena hacia donde el agua le llegue un
poco mas arriba de la cintura. Alli se detiene, mira a todas partes y
se queda tiezo como la estatua del quijote: mas tiezo que una vara.
Vuelve a mirar a sus alrededor, sacude el pantalon, eleva un suspiro y
emprende el regreso a la playa.
Y por alli comenzo a pasar una nueva ola.
Las olas alegran, refrescan, alivian las penas y relevan muchas veces
al hombre de sus mas pesadas cargas.
Gilberto