Para Jeff, Nieves, Irene y Petrique, donde quiera que estén.
Ploc-ploc-ploc. Clinc-clinc-clinc.Así sonaban mis pasos y mi cuerpo
entero en la escalera de la Casa del Santo. Son las siete de la
mañana del 16 de Diciembre de 1999. Ploc-ploc-ploc, joder que eco.
Todavía es noche cerrada en Santo Domingo de la Calzada. El enorme
portalón se abre desde dentro, pero es imposible hacerlo por fuera.
Ingenioso. Y tranquilizador, he pasado la noche aquí, solo. Solo,
único peregrino en el enorme caserón. Al principio me hacía gracia,
eso buscaba, pero la soledad en la Casa del Santo es un tanto
especial. Me parecía estar rodeado por el espíritu de miles de
gentes. Por otro lado me permitió huronear en los libros de
peregrinos, escribir algo, recostarme y releer el libro que llevaba
en el macuto, Las Confesiones de San Agustín. Pero el silencio puede
ser opresor, aquel silencio, silencio absoluto, con todos los
habitantes del pueblo recogidos en sus chimeneas, me inquietaba. No
sé la razón, he dormido en los lugares más inhóspitos y heavys que
darse puedan. Y la Casa del Santo no es precisamente inhóspita. Cerré
el libro e intenté dormir mientras el mismo ventarrón que me había
hecho volar desde Azofra azotaba las viejas cuadernas del edificio.
Menos mal que estaban los perros. Dos de esos animalitos, a eso de
las once de la noche, se empeñaron en desigual combate de ladridos,
uno ladraba ¡guau! como es debido, dándolo todo, con el tono adecuado
de indignación. Seguramente era un perro de derechas, de vez en
cuando se le unían otros chuchos que ladraban con el mismo tono de
esmero, aplicación y dignidad, creo que la mayoría de los canes de
Santo Domingo son de derechas, es probable que no tengan más
remedio. El otro chucho, que le contestaba justo debajo del caserón,
era un ser despreciable, ladraba con desgana, una mierda de ladrido,
parece mentira, era un guau desganado, flojucho, me estaba cabreando,
hasta que de repente se redimió por si sólo, el hí de puta se puso a
aullar, casi estallo de gozo, coño, un perro ácrata., me puse el
jodido frontal y bajé hasta el enorme portón, un perro ácrata y
aullador es la mejor compañía para alguien que lee en soledad a San
Agustín en un viejo caserón. Abrí la enorme puerta pero el chucho
salió zumbando, no le gusta San Agustín, ni tampoco yo debo ser un
tipo recomendable.
Bueno, en esos pensamiento andaba enredado cuando abrí la puerta.
Aterricé enseguida.... ¡ Dios ! ¿Quién ha pintado de blanco Santo
Domingo de la Calzada? ¿Y ese viento, ese huracán?. Despavorido,
cerré la puerta. Es demasiado. Cierto que ya había estado solo en esa
especie de casa de los horrores que es el enorme albergue de Logroño.
Mi buen amigo Enrique Valentín me había abierto, me había dado la
llave (¡mañana la dejas donde la guardia municipal!).Esos enormes
albergues, sin peregrinos, sin alma, sin nada, me doblan. Al menos en
Nájera había estado con Michael, el francés que rajaba sin parar. Y,
claro, el señor Pedro no había dejado de parlotear conmigo y luego
aparecieron todos aquellos simpáticos señores de la Asociación de
Nájera. Lo malo es que descubrieron que llevaba una gaita en el
morral y, como de costumbre, se armó una gorda. El Pedro me había
dicho, señalando al gabacho sin empacho alguno: "Ese, mañana no
sigue, se larga". Miré al Michael, Me había alcanzado cuando yo
zascandileaba por el Alto de San Antón, me pierden las ruinas y
andaba holgando por allí buscando entre las zarzas los restos del
antiguo convento. Escruté al Michael con cierta malignidad. Me
apresuro a declarar que el Michael es un palizas, un palizas de los
serios y subcampeón del mundo de los plastas. No sólo interrumpió sin
pudor mi feliz búsqueda del desaparecido convento, no, se empeñó en
largarme un discurso contra la Iglesia, pero no por
motivos "ideológicos", estaba encabronado porque le habían cobrado
cuartos en casi todas. Y rajaba de la Iglesia Española, del Camino,
del tiempo, de los albergues, de todo... Yo normalmente rajo de los
curas, y más de los que son amigos, pero un gabacho rajador e
impertinente que se te pega como una lapa en el Alto de San Antón y
no te suelta hasta Nájera es más de lo que la buena crianza puede
soportar. Quiero decir que estaba dispuesto a asesinarlo. Por eso
miré a Pedro esperanzado. También le hablé de mis ganas de ir andando
hasta San Millán.
"Pues nada, tú vas mañana a San Millán, vuelves y duermes otra vez
aquí. Va contra las normas, pero si traes la gaita no hay problemas".
Veremos. Coño con el Pedro, mi amigo hospitalero. De buena mañana
estaba ante el Najerilla. Había preguntado el día anterior en una
tienda por algún Camino hasta San Millán y un vejete la mar de amable
me lo había indicado.
- Se pega usted a la montaña donde están las cuevas, ¿sabe usted?,
luego llega a un riachuelo que da al Najerilla, lo cruza, que hay un
puente, ¿sabe usted?, y luego apunta siempre al San Lorenzo, salga
fuera coño, el San Lorenzo está por allí, es el monte que está
siempre nevado. Pues apunta usted siempre al San Lorenzo y llega a
San Millán, ¿sabe usted?.
¿Un riachuelo? Si, pero... ¿un puente?. Vadeo como puedo, coño que
frío, el aire es puro hielo, y ando, y ando, y ando, aquel debe ser
el San Lorenzo, no hay duda, pero hay que serpentear entre viñas, un
desfiladero, una paridera, más viñas, mañana de andar feliz en total
soledad hasta que.... "Badarán, buen vino, chorizo y pan". Un niño
juega ante un portal con una de esas maquinitas demenciales con las
que ahora juegan todos los niños. Tiene pinta de niño despierto e
inteligente el niño de Badarán.
- Niño: ¿Sabes dónde está el bar?
- Se te caen los mocos.
Carretera y manta hasta San Millán. La mole de Yuso ahora es un hotel
de lujo. Pero por allí anda la comunidad de los Agustinos Recoletos.
Me parece todo muy frío, a Yuso le han quitado el alma, sí, no son
ruinas, pero han vendido su alma, un fraile con cara de pan
interrumpe mi merodeo:
- ¿Quiere sellar?
- Pues bueno...
- ¿Por qué hace usted el Camino? ¿Qué le motiva a usted? ¿ Por qué
camina usted en estas fechas? ¿Qué hace en Yuso?
- Oiga...
Me salvan unos turistas que entran por postales. He perdido todo el
interés para el cara de pan, me sella rutinariamente y me enseña la
salida, sin más, cuando me ve cargar pesadamente mi mochila: ¡ Por
allí !
Camino de Santiago, no se exige, acepta lo que te ofrezcan, vale,
vale, pero hubiera agradecido un "buenas tardes", un ¡ Con Dios! o
hasta un ¡ Con el diablo!, lo que hubiera resultado muy propio dado
lo que luego me aconteció.
Ahora subo y subo, paso el cementerio, corto por el bosque
despreciando la carretera que serpentea perezosamente, pinos y más
pinos, eso debe de ser Suso, pues claro idiota, que va a ser. La
soledad está marcando todo mi Camino, la soledad casi absoluta, no
hay nadie en Suso, está en obras, los obreros se han marchado y no
queda ni el guarda. Estupendo, nada que ver con Yuso. Está empezando
a anochecer, me siento y enciendo un cigarrillo. Luego enciendo otro
y entro en mi mismo, una especie de sopor, coño que a gusto estoy, a
pesar de este frío aterrador que me envuelve. Es mágico Suso. Aquí el
bueno de San Millán fue tentado por el diablo. Y resistió, según la
leyenda, como un campeón. Sus restos reposan, al parecer, en una
covacha tras la iglesia. Apago el cigarro, una idea me ha sacudido.
Sonrío y empiezo a calibrarla. ¡ Dormiré en la cueva de San Millán!.
Y puede que tenga la suerte de que me tiente el diablo. Coño era lo
que me faltaba. Intento sacar la gaita de la mochila, empieza a
granizar. Miro al cielo, tiene un aspecto tenebroso. Me llama la
atención una nube extrañamente negra, negra mate, en forma de
chambergo. De pronto, sin saber como, una extraña opresión, ¿una
presencia?, me hace cerrar de nuevo la mochila, ponerme de pie,
mirar a todas partes y, correr, correr, correr despepitado cuesta
abajo, ya casi en la oscuridad, tronchando helechos, rompiendo ramas,
corriendo, corriendo, el viejo cementerio me ve pasar como una
centella hasta que me detengo, sin resuello, en las primeras casas
de un desierto San Millán. ¿Camino de Santiago? El mío siempre fue
duro, nunca supe la razón, pero lo hago duro. Tengo la piel de
gallina y es de noche cuando llego a la solitaria parada de autobús
que hay al final del pueblo. Coño, no soy cobarde, pero me he
acojonado, me he acojonado como en mi vida.
- Te lo dije, el gabacho ha cogido un autobús y se ha largado.
Ah, el bueno de Pedro. Como sabían que yo volvería esa noche han
traído a un tipo con una dulzaina y volvemos a armar fiesta. Luego
pienso en San Millán. Casi nadie va allí, hoy en día los peregrinos
se tiran al Camino obedeciendo ciegamente a unas guías (y a unos
guías) infames, nadie busca ya, nadie se quiere perder, nadie quiere
sorpresas, no hay tiempo, no hay ganas, lo siento por ellos. Tengo
una sueño agitado, de nuevo solo en un albergue, Satanás está sentado
en una peña, en Suso, rebaña con un dedazo negro una lata de paté
mientras estalla en carcajadas y larga espantosos salivazos a un
agustino con cara de pan, que dormita allá abajo, en Yuso. Lleva
chambergo negro mate, con tres plumas de águila real, va galanamente
vestido con un jubón colorado, y le pide a un gaiteiro asustado que
toque la Marcha Procesional de San Benito. Me cago en sus muertos.
Desde Galicia, José Antonio de la Riera.