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La señora María, Dios la bendiga, barre el albergue de Azofra. En la
fría mañana la señora María es lo único vivo que se siente en Azofra.
Bueno y el olor a leña y a pan recién hecho, en víspera de Navidad
todos los pueblos del Camino huelen así, y de paso miran curiosos a
los raros peregrinos que lo compartimos con ellos. Yo he llegado
hasta allí envuelto en barro.
- Están todos en misa. ¿Quieres algo, hijo, unas galletas, quieres
agua?
No quiero nada María, muchas gracias.
Entro en la iglesia y no hay nadie. Me siento en un banco, aquello
está lleno de paz, y yo necesito paz, me he tirado una vez más al
Camino porque necesito paz. ¿ Por qué el hombre necesita de vez en
cuando, algunos siempre, alejarse de todo, huir de todos, marchar,
marchar, perderse en las encrucijadas? Yo no lo sé, tampoco querría
saberlo - ¿para qué?, ¿me ayudaría?- algunos sabios hablan del "homo
viator", otros de "esa enorme montaña de Dios, en sentido laico y
orteguiano, que crece y crece y crece", los de más allá dicen
(Leonardo Boff) que todo deriva de cierta cosmología "posmoderna".
Los popes de la New Age (Alan Watts) dicen que nuestro cuerpo sólo
existe en relación con el universo, estamos adheridos a él y
dependemos de él como una hoja está unida a la rama. La Carta
Pastoral (1988-29) de los obispos del Camino de Santiago
añade: "Peregrinar a la Tumba de Santiago es asumir como tarea
necesaria y urgente una nueva y más profunda evangelización en
nuestro tiempo y en nuestra sociedad". Frío, frío, y no me refiero al
de la iglesia de Azofra. Siempre huí de las verdades absolutas y de
todos los popes, con estola o sin ella. Pero yo allí siento paz en
aquel banco de la iglesia de Azofra, la que no sentía cuando daba
vueltas sobre mi mismo como perro rabioso y Carmen, con buen sentido,
me aconsejó: "Tienes dos salidas, o una isla desierta o los caminos".
Besé su mano y tomé la puerta, siempre me aconsejó bien, me conoce y
me quiere. Dormito, mi tiempo es mío y me lo tomo todo, cuando me doy
cuenta de que un rumor sordo invade la iglesia. Pero no hay nadie. Me
acuerdo de Suso y me empiezo a mosquear. Pero ahora no tengo miedo, o
pánico, o lo que sea, ahora estoy encabronado, era feliz con el
silencio, con aquel silencio. Me acerco al rumor, sale de un muro, me
doy cuenta de que hay una puerta, la abro, y me reciben las miradas
de dos docenas de mujerucas y del cura que les dice la misa, se han
refugiado en la sacristía para oír misa huyendo del frío siberiano
que hace en la iglesia. Con una señal el cura me indica que pase y me
quedo de pie, sorteando las miradas curiosas de aquellas mujeres.
Hace un frío horroroso pero ahí están, practicando los mismos ritos y
participando en la misma fe de mis padres, y de mis abuelos, y de los
abuelos de mis abuelos. El cura reparte la comunión, se me acerca,
con un gesto lo disuado, y le extiende el copón a una anciana devota
que está a mi vera. Esa gente me emociona, me produce una infinita
ternura aquella corte de ancianos qué, desafiando el frío por su fe,
o por sus ritos, o por sus miedos, por lo que sea, me causan enorme
respeto. Y los envidio, ellos tienen la paz que a mi se me niega.
Para entrar en el bar de Azofra hay que apartar ese lío de colgajos
plásticos que muchos cantineros castellanos ponen a la entrada de sus
antros, para evitar los calores africanos de los tres meses de
infierno que siguen a los nueve de invierno. Nada más acercarme a la
barra, desde una super foto, tamaño poster, me sonríe mi amigo
Enrique Fontenla ataviado de peregrino medieval.. Enrique fue
operado, a la desesperada, de un cáncer de laringe hace doce años. Se
curó y desde entonces, todos los años por el mes de Septiembre,
Enrique se va a Roncesvalles y vestido de peregrino medieval cumple
su promesa al Apóstol, a quién había pedido su curación. Es ya, otro
mito del Camino de Santiago. No lo puedo resistir y llamo a Enrique
desde el bar:
- "Enriquiño, ya eres como la Marilyn Monroe, andas por los posters
en los garitos del Camino".
Al otro lado suenan las carcajadas laringotomizadas de Enrique. Se
muere de risa, el muy cabrón. Enrique nos acompaña siempre en la
Peregrinación Internacional a Fisterra, es directivo de mi
asociación, y sobre todo, es un hombre de fe. Me manda abrazos y, de
paso, un saludo para el dueño del bar. Pongo al cantinero al
teléfono, y escucha con arrobo, como el que oye a un gurú indio. Es
curioso, observo al tipo que, mientras atiende la jerga de Enrique,
hace leves reverencias de asentimiento. No me cobra, dice que paga
Enrique. Y que tome otra, que esa la paga él.
Salgo de Azofra y, llegando al rollo medieval, me pongo a llorar.
Joder, es un sollozo irreprimible,
me caen los lagrimones a cántaros, sin ningún pudor, ¿por qué coño
estoy llorando?. Me siento y me seco las lágrimas, coño, no lo
entiendo, estoy quebrado, es un desazón absoluta, un rendimiento
total, estoy desmadejado. No lo entiendo, no me entiendo, pero me
invade una congoja total.
Metido en el hondón de mi mismo, ensimismado y solo, siempre solo, me
pierdo en Ciriñuela, justo cuando empieza a caer aguanieve. Y con
aguanieve, un viento gélido y entre las primeras sombras de la noche
he entrado en Santo Domingo. He pasado de monumentos, de gallos y de
piedras, no es este un Camino para las piedras, ya llevo bastantes
dentro de mi corazón, y respecto a los gallos, cincuenta de ellos, y
de acerado espolón, se pelean todos los días dentro de mi cabeza.
Además, los gallos de Santo Domingo deben estar afónicos y no creo
que reciban.
Así que en esas andaba cuando me decidí a abrir, otra vez, la enorme
puerta de la Casa del Santo. Santo Domingo duerme, y no me extraña.
Ha debido caer lo que no está en los escritos durante la noche, hay
más de un palmo de nieve y un viento siberiano azota las calles
desoladas del pueblo. Ahí voy, me ajusto la mochila y el verdugo que
me cubre la cabeza y doy los primeros pasos. Plof, plof, plof, la
nieve fresca hace que me hunda a cada paso. Cruzo el Oja en medio de
la noche, ayudado por un frontal que despide reflejos
fantasmagóricos. ¡ Dios, no puedo avanzar! La ventisca me agrede, me
empuja, me zarandea. Se me enreda la capa sobre mi cabeza. Han debido
cortar el tráfico, no pasa nadie , la nieve acumulada a los lados me
hace caminar enmedio de la carretera. A cada poco me tengo que
girar, dar la vuelta, es imposible resistir más de un minuto ese
vendaval de nieve que me acuchilla la cara. ¡ La Cruz de los
Valientes ! ¡ No veo la Cruz de los Valientes!. Tampoco veo los
mojones, ni las flechas, no veo nada, nada, más lejos de cinco metros
en esta carretera desolada. Lo mejor sería volver, ¿volver?,
imposible, tengo que ganar Grañón, debo llegar a Grañón. La capa de
agua se raja, se deshace, rota en mil pedazos. No avanzo, ¿a cuánto
voy? ¿a medio kilómetro por hora?. Estoy doblado, es como mejor se
avanza, con la cabeza casi paralela al suelo, cuando de repente los
oigo. Debo estar comenzando a volverme loco, no puede ser. Pero si,
primero fueron unos pocos, luego cientos, y luego miles. ¡ Cuá ! ¡
Cuá ! Cuaaaa! ¡ Patos!. No puede ser, coño, estoy delirando. Levanto
mi cabeza y, sobre mi, deslizándose a través de un amanecer plomizo,
entre nubes que se mueven como centellas, cientos, miles de patos
emigrando Dios sabe donde. Joder, quién pudiera volar como ellos y
llegar a Grañón, ¿existe Grañón?.
Desde Galicia, José Antonio de la Riera.
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Jue, 22 de Mayo, 2003 8:36 am
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