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- ¡ Hellow ! I'm Jeff Joseph, from Alaska !
No soy precisamente bajo, pero tengo que mirar hacia arriba para
percibir, a dos metros del suelo, una enorme sonrisa. que ilumina el
umbral del albergue de Belorado. El gigante sonriente me franquea el
paso, me ayuda con la mochila y me señala con cara muy seria,
mientras hincha desaforadamente los mofletes, a una chica que se
aplica en la cocina del fondo:
- She is Nieves Rekakoetchea Egutkiza
Estalla de risa, palmotea, le caen lagrimones enormes. Yo también
estallo, es una risa irreplimible. Al punto explota también la
chica del fondo. No hemos intercambiado palabra alguna, no nos
conocemos, y estamos los tres en medio del albergue doblados a
carcajadas, es una risa histérica, el despelote absoluto. El gigante
se detiene un momento, me mira fijamente, hincha de nuevo
desaforadamente los mofletes, apunta otra vez a la chica e indica:
- Nieves Rekakoetchea Egutkiza is my novia.
Nos ahogamos con las carcajadas, nos atragantamos, el Joseph se
sienta en un taburete mientras se da desaforadas palmadas en las
rodillas y unos gruesos lagrimones resbalan por sus mejillas.
Es inútil, cuando conseguimos serenarnos comienza de nuevo el
desmadre, hasta que al cabo de unos minutos y un montón de lagrimones
conseguimos articular palabra.
Nieves conoció a Jeff durante un curso en Estados Unidos y desde
entonces viven juntos en la lejana Alaska.. Ambos son diseñadores.
Inteligentes, absolutamente divertidos, Jeff es el "guiri" perfecto
(y además lo asume risueño) mientras Nieves es una vasca total (y
también lo asume). Tienen una impagable vis cómica, conforman una
pareja desternillante, se adoran, aman la vida y la aventura. Ellos
llevan también un montón de días solos en el Camino, hoy han dormido
en Redecilla. Hablamos y hablamos, cuando uno lleva días de soledad
encima, y encuentra luego a colegas, la tendencia es a hablar
compulsivamente. Ellos habían conseguido huir del gabacho
chauvinista. Lo habían pasado fatal hoy con la nieve, han caminado
desde Redecilla. Miro a Jeff:
- ¡ Coño, pero tú eres de Alaska, parece mentira !
Nuevas carcajadas, la Nieves casi sufre un síncope. Me aclaran que en
Alaska absolutamente nadie anda por la nieve de aventura y sin
raquetas, entre otras minucias. Hace un frío de mil demonios, estamos
solos en el albergue, cenamos con velas mientras charlamos y
charlamos. Hubo otro momento crítico durante la cena cuando Jeff
observó que Nieves había preparado una sopa de letras. Logramos
conjurarlo, no habríamos superado otro ataque de risa histérica sin
caer todos fulminados por un infarto. Me proponen caminar juntos al
día siguiente. Medito un momento, no entra en mis planes caminar con
nadie, pero he visto, he padecido, lo que es avanzar solo en medio de
la nevada. Ellos se han ido turnando para abrir paso, es lo peor, el
que va delante se hunde irremisiblemente, pero el que va detrás
aprovecha su huella. Entre tres puede ser más humano. Además, estoy
roto. Acepto sin rechistar, me duelen todos los músculos, desde las
uñas de los pies hasta la raíz del cabello.
Ha estado nevando toda la noche y ahora nos acompañan unos copos que
descienden mansamente. La fuente de Villambistia esta congelada.
Caminamos, por decir algo, en perfecto orden, turnándonos para abrir
paso. Pero avanzamos muy lentamente, es agotador. En Espinosa inicio
a Jeff en la teoría y práctica del saltaparapetos (andaba pidiendo
mariconadas tales como la gaseosa americana y porquerías por el
estilo) pero es Nieves la que se toma dos. Nos lleva toda la mañana
llegar a Villafranca Montes de Oca y allí nos derrumbamos en el bar
que hay en medio del pueblo. Comemos como salvajes y enseguida nos
constituimos en asamblea, bajo la atenta mirada de la dueña del bar y
un par de parroquianos. ¿Nos quedamos aquí? ¿Seguimos?. La patrona se
apunta al sarao: "Esta mañana han salido una pareja de bretones,
subían por el Camino". Tercia un parroquiano: "Yo en su caso no
saldría, por el Camino no pasan". Interviene el otro: "De ir, vayan
por la carretera, aunque yo tampoco iría". Nos miramos los tres. Y
votamos. Iremos a San Juan de Ortega, e iremos por el Camino. ¿Es
comestible el cadáver de bretón? , espeta el Jeff entre carcajadas.
Así que caminaremos. Mis compañeros están animados, pero ellos no
conocen el Camino a San Juan de Ortega. Yo si, y me entra una especie
de ataque de responsabilidad. Es una locura, les he advertido, aunque
la verdad con poca insistencia, quiero caminar. Y sólo pensar en
subir la Pedraja por la carretera me pone los pelos de punta, han
abierto un instante el puerto y un trailer ha entrado cruzado en
Villafranca. De ninguna manera la carretera, al Camino. Cargamos con
las mochilas y nos despedimos de unos parroquianos que se quedan
santiguándose. A los pocos metros me da por pensar y vuelvo sobre mis
pasos:
"Señora, déme su teléfono, ¿hasta que hora tiene abierto el bar?,
¿hasta las doce? Pues bueno, yo le llamo a las doce de la noche, si
no le llamo a las doce avise usted, por favor, de que hay peregrinos
tirados en el monte".
Algo más tranquilo me uno a mis colegas e iniciamos la subida. Al
principio, apenas cien metros, nos ayudan las rodadas de un tractor,
pero se ve que pronto se ha desviado a un corral. Apenas pasada la
línea eléctrica tenemos que movernos prácticamente a cuatro patas,
escalar en la nieve de un Camino que se empina. No se ven huellas de
bretón alguno, ¿cómo serán las huellas de los bretones? En medio de
la fatiga absoluta, nuevas risas. A la fuente de Mojapán hemos
llegado prácticamente a rastras, empujando la nieve, comiéndonos la
nieve. Me doy perfecta cuenta de lo que nos espera y Nieves también,
por primera vez la veo preocupada. Es una chica fuerte y animosa, me
da la impresión de que va a resistir esto mejor que Jeff, sus dos
metros de alto, su envergadura y la enorme mochila que arrastra son
un impedimento cada vez más patente. Está anocheciendo cuando
llegamos al monumento a los caídos de 1936. El paraje siempre me
pareció algo siniestro, sensación que se acentúa en aquel momento,
estamos todos fundidos, llevamos todo el día caminando penosamente
sobre la nieve. Sé que nos queda lo peor, no podemos parar, bajo
ningún concepto podemos parar. Un conejo, asustado y aterido, nos
despide en el monolito,.
En la cuesta que se empina tras el monumento Jeff se empieza a
rezagar. Habla algo de una especie de esguince. Pone toda su
voluntad, pero está sufriendo muchísimo. Acompasamos nuestro ya
lentísimo ritmo al suyo, Nieves se pone a su lado y yo me ocupo, como
puedo, de abrir Camino. Es ya noche cerrada cuando cruzamos el arroyo
Peroja y encaramos el cortafuego. Una cosa enorme me pasa tres metros
por encima, supongo que es un búho real, o "Gran Duque", tengo que
pararme continuamente, mis compañeros apenas avanzan. El silencio es
total, sólo se escucha nuestro jadeo, mentalmente me intento aislar,
u-u--no, d-d-dos, t-t-tres, cuando llego a diez pasos reinicio la
cuenta. Empiezo a pensar que tal vez lo mejor sería que Jeff y Nieves
se pararan, lanzarme a tumba abierta hacia el monasterio, dejar mi
mochila allí y volver para cargar con la de Jeff. Lo comento y no hay
caso, son unos bravos, seguiremos todos juntos. Oigo delante de mi,
como a cincuenta metros, un enorme estrépito que atraviesa el
cortafuego y luego un gruñido que reconozco enseguida, delante de
nosotros ha cruzado el señor jabalí, esto empieza a parecer un
zoológico. Recuerdo que en estas soledades se perdió Domenico Laffi,
aquel seráfico peregrino italiano del siglo XVIII, sobrevivió
pastando hierbajos.
Pasan de las diez de la noche cuando llegamos al monasterio de San
Juan de Ortega. Está todo apagado, todas las puertas cerradas, no hay
nada, no hay nadie. Desesperados, escarbamos en la nieve y lanzamos
piedras contra las puertas, contra las ventanas, golpeamos con los
bordones, gritamos, ... nada. Tampoco se mueve un alma en la pequeña
aldea. Vemos una luz mortecina al final de la acera del monasterio y
nos lanzamos hacia allí.
Desde Galicia, José Antonio de la Riera.
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Jue, 22 de Mayo, 2003 8:46 am
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