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RV: [Los Secretos] Crónica "La edad de oro del pop español", 30-9-   Lista de mensajes  
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crónica de Ana Isabel Morán, del pasado concierto
del 30-9-2006 con Nacha Pop, Los Secretos, Mamá,...
 
 

CONCIERTO “LA EDAD DE ORO DEL POP ESPAÑOL”

Teatro Monumental, Madrid (C/ Atocha, 65)
Sábado, 30 de septiembre de 2006, 21:00h

Hacia las 21.10h empieza el espectáculo con una
versión de “Perlas ensangrentadas” (de Alaska y
Dinarama), a cargo de la banda base y la Orquesta
Sinfónica de RTVE; es la elegida a modo de obertura.
De las tres pantallas del fondo, en las dos laterales
veremos imágenes de archivo representativas de la
España de los años 80, en paralelo a los temas
instrumentales. En esta primera entrega son del
23-F, la victoria electoral del PSOE en 1982…
La pantalla del centro funciona principalmente como un
cartel, con el nombre del concierto “La edad de oro
del pop español”, sobre fondo amarillo.

Antes de nada, describo la banda de rock, de izquierda
a derecha. En el extremo, el pianista argentino
Horacio Icasto (profesor en el Conservatorio de El
Escorial; como Ana Curra, si no recuerdo mal). Junto a
él se sitúa el saxo, que creo que es Andreas Prittwitz
(no pude entender el nombre que dio después Nacho
García Vega, al presentarlos. Lo conozco de los discos
de Manolo García). Detrás, sentados, un chico y una
chica se ocupan de los coros: Pedro Sánchez y Cristina
Narea.
Al lado, el guitarrista de media melena rizada y gris,
se llama John Parsons. En el centro se colocan los
distintos grupos invitados. Y a la derecha: otro
guitarrista rubio con perilla, rondando la treintena y
que, en cambio, en la tele parecía tener como 15 años
más. (No sé su nombre pero físicamente me recuerda al
cantante de OBK). Al bajista, de negro, no lo
reconozco pero resulta ser el también productor
Fernando Illán. Por último, aislado
parcialmente tras unas pantallas de cristal, lleva la
batería nada menos que el asturiano Tino di Geraldo.
Y, por supuesto, detrás de todos ellos, tenemos a la
orquesta de RTVE.

De vuelta a la gala, tras la primera instrumental,
aparece GERMÁN COPPINI (la mitad de Golpes Bajos),
parco en palabras y vestido de traje negro. Al verlo
me acuerdo de la imagen de marca de la moda gallega
(¿Adolfo Domínguez?). Con el mismo estilo sobrio,
y más o menos distante, interpreta “Malos tiempos para
la lírica” y “No mires a los ojos de la gente”. Estos
dos temas son la primera oportunidad para escuchar el
programa de pop-rock con acompañamiento clásico y me
pregunto con cierto recelo si el resultado sonoro no
será un poco excesivo. Pero en apenas unos minutos mi
oído se ha adaptado y el ensamblaje ya me parece
perfecto en todas las canciones.


Tras los aplausos pertinentes al artista anterior,
llega LA FRONTERA, con esa misma bienvenida del
público, aplicada a lo largo de la velada a todos los
demás, tanto al entrar, como al acabar cada tema.
Ahora son Javier Andreu y Tony Marmota, el bajista.
Javier, en traje negro de raya diplomática y camiseta,
llena enseguida el escenario con su presencia y su
mirada dos ojos como dos soles irradiando felicidad.
Talla y fuerza escénica.
Ese mismo sentimiento lo van a reflejar casi todos los
músicos invitados. Para mí es una diferencia
fundamental con otras actuaciones: en el Teatro
Monumental la inmensa mayoría de ellos está
exultante, transmitiendo un sentimiento de profundo
bienestar. Da la impresión de que lo viven como uno de
los conciertos más importantes de su carrera. La
alegría les sale por los poros y esto me llegó
convertido en sonrisa plácida, la
que tuve de oreja a oreja las dos horas que duró la
gala.
Hay motivos de sobra: las notas de tantos
instrumentos engarzados con armonía suenan a música
celestial y hacen sentirse como en una nube, sólo
falta un coro de ángeles. El ágil juego de luces,
suaves, realza aún más todos los
estímulos que recibimos, difíciles de abarcar con sólo
dos ojos. Unido a esto, el espectáculo fluye según
lo previsto, sin pausas, con precisión de relojería
suiza.

Volviendo al concierto, en la voz poderosa de Javier
Andreu suenan “El límite” y “Quién rompió el hechizo”;
para ésta última se incorpora José Battaglio. El
magnetismo de Javier se extiende mientras canta y
sonríe con generosidad, moviéndose cómodo y pletórico
en escena. En un momento de la canción en que ha
de callarse porque está a punto de sonar rotunda la
orquesta, mira al público con esos ojos enormes que
subrayan, haciéndonos un gesto simpático: avisa de que
a continuación, desde un lateral, va a estallar la
música sinfónica con fuerza. Así es, al instante
llegan, de repente, unas cuantas notas contundentes.
Repite el gesto hacia el otro lado, precediendo
otra sacudida orquestal. Un ejemplo de que la
música potente no es sólo patrimonio del rock.


Turno para MAMÁ. José María Granados entra con gesto
de satisfacción, acompañado por el bajista Carlos
Rodríguez. Granados tiene un recuerdo
para el desaparecido ex Mamá: Manolo Mené. Igualmente
hará referencia a otro componente del grupo, que está
sentado enfrente como público.
Primero interpretan “Nada más” (inevitable pensar
entonces en Enrique: por su versión los conocí) y
“Chicas de colegio”. Mientras las oigo arropadas por
la Sinfónica de RTVE me acuerdo, en contraste, de la
mala suerte que tuvieron en los comienzos con los
productores, a pesar de sus canciones enormes, según
contaba Álvaro Urquijo. ¡Las vueltas que da la vida!
Para el segundo tema, Granados se anima aún más, se
quita la chaqueta del traje gris que deja a la vista
su camisa de rayas. Casi al final, acompañándole en
los rápidos punteos, se agacha delante del
guitarrista;
postura más bien curiosa que hace sonreír a éste (y
también a mí). La chispa de Granados tiene poco que
ver con la actitud de Carlos Rodríguez, que permanece
circunspecto bajo su (nueva) melena.

Nada más acabar “Mamá”, se nos ofrece otro tema de
forma instrumental: “Divina”, de Radio Futura.
Mientras, me fijo en las cámaras que graban el acto.
Dos funcionan activadas a distancia: la aérea y otra
sobre carriles a pie de escenario. Por los lados de
éste se mueven dos o tres a manos de parejas de
técnicos, mientras que la última avanza o retrocede
por el pasillo central, según convenga.


A las 21.50h saltan a escena Patacho Recio e Iñaki
Fernández, de GLUTAMATO YE-YE. Iñaki, el vocalista, ha
engordado desde que los vi en el 25º aniversario del
Pentagrama, en 2001. (Lleva una rara camiseta blanca
que me recuerda los viejos pijamas de felpa que usaba
mi abuelo). Después de “Todos los negritos”, el
guitarrista Patacho cuenta que dado que no es un
tema políticamente muy correcto hoy en día, conviene
puntualizarlo en su descargo. Por eso, aparte del
dinero que hemos pagado por la entrada, nos recomienda
que el lunes invirtamos contra el hambre en
el mundo mediante alguna donación.
Siguen con “Hay un hombre en mi nevera”, de cuya letra
a Iñaki, por más que lo intento, no consigo entenderle
más que el título. No puedo evitar una explicación
automática: la técnica vocal de los que se englobaron
durante la movida en las “hornadas irritantes” no ha
cambiado desde entonces. De hecho, alguien del
anfiteatro pide ahora a Patacho que repita su nuevo
comentario, porque no se ha oído bien.
(En el patio de butacas, yo estoy en el mismo caso).

Cambio de tercio. Lo siguiente que tocan, como los
interludios en música clásica, es ¡“El pistolero”! (de
Pistones), sin orquesta y con imágenes en pantalla de
portadas de sus discos. Lo que no me
gusta es que las combinan con fotos de Mario Conde
recibiendo el título de Doctor Honoris Causa. (Aunque,
bien pensado, ese título le puede venir al pelo).


LOS SECRETOS

En un instante han desparecido todos los
instrumentistas de la banda de rock, con lo que se
quedan la pareja encargada de hacer los coros y la
Orquesta Filarmónica de RTVE.
Dan las diez de la noche, con la sala a media luz,
cuando entran un nuevo batería y otro teclista, ¡son
Santi y Jesús! Pero el público no se da por aludido
hasta que a continuación van saliendo Ramón, Álvaro y
Juanjo; entonces resuenan los aplausos, mientras cada
uno de ellos se va colocando en su puesto: Ramón por
esta vez ocupa un taburete.
Si no recuerdo mal, es la primera vez que cambia de
manos en todo el concierto la batería, sólo manejada
además por Tino di Geraldo. No podía ser de otra
manera, confirmado: con Los Secretos tenía que
tocar Santi.
Sin abandonar el negro habitual, Ramón me parece el
más elegante. Álvaro va igualmente de negro; y Jesús y
Santi, en tonos claros; adecuados para la ocasión.
Juanjo, en cambio, no ha aprovechado el evento para
comprobar que hay vida más allá de los vaqueros,
repite su uniforme de camisa blanca y tejanos. (Por
cierto, para muestra, sin ir más lejos: mi propio
armario, donde no hay ninguno).
Antes de que empiecen, ocurre el único (y pequeño)
contratiempo de la noche: algo pasa con la Gibson de
Álvaro. ¡Otra vez! Automáticamente me acuerdo de que
le ocurrió una cosa parecida en el Vicente Calderón y
en Villalba, como si le persiguiera un gafe. Pero en
esta ocasión, con este marco incomparable, no va a
hacer –está claro- su gesto de aviso simulando
rasguear las cuerdas y ya me estoy riendo también esta
vez.
Mientras un técnico le ayuda, él se disculpa ante el
micrófono:
“De las dos, podía ser una o la otra” [posibilidades].
Si como se ha dicho en otra crónica, se confundió de
cable al enchufarlo a su guitarra; entonces con esas
palabras, Álvaro se está refiriendo a que había dos,
no sabía cuál era el suyo y escogió el menos adecuado.
(Me pregunto por qué no se lo han dejado preparado un
segundo antes, igual que hacen en la mayoría de sus
conciertos).
Los Secretos ya están a punto de empezar. Entonces,
una chica del anfiteatro (sobre las butacas impares)
grita el nombre de Enrique; pasa un segundo de
silencio valorativo y Álvaro –concentrado para su
tarea- levanta la mirada y asiente, agradecido,
alzando el brazo hacia el cielo. (De la parte alta del
teatro no se vendieron entradas, así que suponemos que
es la destinada a prensa e invitados).
Debutan con “Buena chica”, para la que Ramón emplea su
eléctrica roja. Mientras toca y canta, los gestos de
Álvaro son la pura expresión de satisfacción y
euforia, más o menos contenidas.
Para seguir con “Ojos de gata”, los dos guitarristas
se cambian a sendas acústicas. Álvaro comenta algo así
como:
Hoy, o un día parecido a hoy de hace 26 años,
publicamos nuestro primer disco hace 26 años y todo
ese tiempo transcurrido significa algo.
Creo que soy objetiva al notar que, desde que Los
Secretos están en el escenario, los aplausos del
público son más largos y efusivos que en las
actuaciones precedentes.
Para abordar “Déjame”, Álvaro toma la Rickenbacker.
La estampa, como las anteriores, no deja de ser
insólita. Con los ojos bien abiertos, me digo: Los
Secretos tocando el “Déjame” y ¿qué hace un señor
calvo detrás de Álvaro con una batuta? ¡Madre mía!, si
viera esto Enrique… Lo está viendo. Es verdad que en
otros países estas colaboraciones musicales son más
habituales, pero aquí resultan más novedosas y
lo veo como una merecida y bien hermosa puesta de
largo de nuestra música pop-rock más apreciada. Por
eso, a cada paso que te paras a pensar, sientes una
cascada de emociones.
Cuando acaban, Álvaro, como hace siempre, manda su púa
-de recuerdo- al público y da las gracias, entre
otros, a la Orquesta Filarmónica de RTVE (cosa que
hasta entonces casi nadie ha hecho).
Mientras resuenan los aplausos finales, él lo vive
plenamente, se recrea -igual que Ramón- paseando la
mirada por el público, antes de despedirse con un
gesto. Es el denominador común de los músicos en esta
noche. Como, además, el teatro es pequeño, resulta
una ceremonia muy familiar. A cada rato tengo la
impresión de que cruzo mi mirada con la de los
artistas del escenario, parece como si casi cada uno
de ellos nos saludara individualmente, agradeciéndonos
la asistencia y participación en una gala tan
especial.
Han sido apenas quince minutos, pero vividos con mucha
intensidad. Álvaro Urquijo y compañía han sonado de
cine, grandiosos. Sólidos.
Por cierto, tiene poco que ver el audio de los
reportajes que dieron en la tele (de los ensayos) con
el real del concierto, porque en los primeros se
recogía el sonido ambiente y no el tomado en la mesa
(más completo y perfecto, claro).

A mí me ha tocado sentarme al lado de gente
que –como si se tratase de un garito cualquiera o de
la ducha de su casa- canta los temas de Mamá o La
Unión pero, por suerte, se callan durante los de Los
Secretos. Lo mejor es que cuando ellos se marchan, el
tipo de mi derecha le dice a su mujer:
“Siguen siendo buenos.”
¡Vaya!, ahí estamos de acuerdo. Ya no me cae tan mal.
(En mi fila, por cierto, casi todos rondaban
los 45 años, pero no era así en otras).

El plato siguiente en el variado menú es “Cuatro
rosas”, de Gabinete Caligari, a cargo de la banda
roquera de apoyo más la orquesta.


Acto seguido aparecen Luis Bolín, Mario Martínez y
Rafa Sánchez: LA UNIÓN. Según las primeras palabras de
Rafa, se proponen conseguir que la música nos acerque
al paraíso. Rafa despliega su habitual simpatía sin
dejar de bailar por el escenario. De los tres es
siempre quien más se ocupa de su aspecto. El
contrapunto con la indumentaria lo pone Mario: oculto
tras gafas de sol y un sombrero tejano de dibujo
bien saturado, lleva vaqueros y una camiseta que ya le
he visto en otros conciertos. Se ha esmerado en buscar
el contraste, con el que aporta la nota de color de la
jornada.
Volviendo a lo estrictamente musical, es el momento de
saborear el ritmo más delicado y tranquilo de
“Sildavia” que casa perfectamente con el
acompañamiento de la sinfónica. Como segundo plato
nos sirven “Maracaibo”.
Rafa ya acusa en su cara el calor imperante en la sala
cuando presenta “Lobo hombre en París”: recuerda el
éxito cosechado con este tema. Mientras la tocan, muy
acertadamente se proyecta en pantalla su videoclip,
una vuelta a la estética de las películas en blanco y
negro de los años 40 y 50. El protagonista es un
jovencísimo Rafa Sánchez, con el aspecto del mejor
galán de la época, que se mueve con elegancia por los
bajos fondos.
Al menos en una de las canciones participa
Lorenzo Azcona, el saxo de La Unión. (Aunque en la
gira más electrónica de 2006 no ha colaborado con
ellos, sí lo he visto en otras recientes).
Con el consiguiente baño de aplausos, los de La Unión
dan por concluida su actuación. Otro ejemplo
de la atmósfera tan positiva y entrañable que se
respira es que al bajista, Luis (el ala-pívot de La
Unión) desde que ha llegado lo he visto tres veces
saludar afablemente a conocidos suyos distribuidos por
el patio de butacas.
Alguna gente del público comenta por lo bajo que hace
Calor. En manga corta, yo al menos no lo siento; por
eso al oírles pienso que ya me gustaría haberles
visto, entonces, en la grabación de “Con cierto
sentido” de Los Secretos, en El Álamo. Aquello fue
calor y esto, en comparación, son sólo
susceptibilidades. (Con ese día tengo, por otra parte,
para un capítulo entero en mi libro de memorias.)


Son las 22.40h y la fiesta todavía continúa; la
sucesión de estímulos no se detiene. Con la fluidez y
buen hacer de una perfecta organización, ahora es el
momento de NACHA POP, encabezados por Antonio Vega. Su
presencia es acogida con una ovación cerrada, a la vez
que parte del público se pone en pie. Las palmas se
prolongan generosamente más de lo habitual; es el
merecido recibimiento a esta reaparición del grupo.
Antonio va vestido elegantemente para la ocasión, en
blanco y negro; aunque se ha oscurecido su pelo gris y
esto le endurece, resalta las facciones, lo que no le
favorece tanto.
Detrás, Nacho García Vega sale casi a propulsión, la
de su energía y entusiasmo característicos.
Sorprendida por lo jovencísimo que está, me fijo
especialmente en Carlos Brooking -el bajista- como
buscando la explicación en sus ojos semiocultos bajo
el flequillo. Le veo casi igual que en los discos de
hace años. ¡La naturaleza humana es admirable! (¿Habrá
hecho un pacto con el diablo, como Ariel Rot?).

Desgranan su repertorio del día empezando por “Lucha
de gigantes”: con la voz principal de Antonio y el
apoyo en los coros de su primo.
Al acabar, Nacho da las gracias por su trabajo a
Adrian Leaper -director de la orquesta de RTVE-, a los
arreglistas que han adaptado los temas y a los
integrantes de la banda común, los que más tiempo
llevan en escena. Aprovecha la ocasión para presentar
a cada uno de estos últimos, que figuran
entre los más apreciados músicos de sesión
de este país: Tino di Geraldo, Fernando Illán, John
Parsons, Horacio Icasto y otros nombres inaudibles
desde mi butaca.
Prosiguen con “Grité una noche”, para la que los
vocalistas se intercambian los papeles, ahora el
protagonismo es para Nacho, con la segunda voz de
Antonio. Además, ha cambiado el músico que lleva el
saxofón.
Nacho, siempre dicharachero, toma la palabra de nuevo
para agradecer su labor a Sony-BMG (de donde partió la
idea de la grabación) y al coproductor (con él mismo)
Carlos Martos; nos lo señala, situado en un
lateral del escenario. Más aplausos.
Con la misma agilidad nos anuncia que “Chica de ayer”
va a ser el último tema de la gala y que, si queremos,
podemos cantarlo y ponernos en pie. Dicho y hecho, las
voces se van sumando a la vez que Antonio –como es
costumbre- nos deja en este punto el papel principal.
Me da un poco de pena emborronar así ese sonido
hasta ahora casi celestial. (Para mi es suficiente
haberlo cantado este año en el concierto de Caminos y
en el de Tetuán).
Por lo que se había publicado antes del concierto,
esperaba que como broche final, los artistas cantaran
juntos un tema, pero no es así. A cambio, salen ahora
todos para despedir la fiesta de manera
colectiva. Los aplausos se alargan y suenan aún más si
cabe, con la sensación de plenitud de los músicos que
abarrotan el escenario. Es un gustazo también para
nosotros; me he sentido en la gloria. Pero, por
desgracia, el banquete, por hoy, se ha terminado.

Como detalle, me habría gustado que al llegar nos
hubieran dado un programa de mano, un recuerdo,
al estilo de los recitales de clásica. Tengo, eso sí,
la entrada en blanco y negro (que parecería una vulgar
fotocopia si no fuera por sus marcas brillantes,
ideadas para dificultar la falsificación).

Llegados a este punto, me gustaría saber qué opina de
cómo se ha cristalizado esta iniciativa, Fernando
Argenta (hijo del músico Ataúlfo Argenta y presentador
desde hace años del programa “Clásicos populares” en
RNE-1. Hace unos tres años leí un artículo suyo en
prensa, donde decía que la música pop es a la clásica
lo mismo que el cómic a la literatura. Me pareció
elitista y lleno de prejuicios, pero, a la postre, el
suyo es un punto de vista más dentro de la variedad de
opiniones.

Ana Morán


http://www.rtve.es/orquesta/orquesta/index.php



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Mié, 25 de Oct, 2006 12:07 pm

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