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julioverne · Julio Verne
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Verne y España / Robur / Zeman   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #277 de 1302 |
RE: [julioverne] Julio Verne y el Perú

Bueno, gracias. Supongo que será difícil confirmar eso, pero si alguien puede darme una mano aún, lo agradeceré.
 
Cordialmente

Walter Saavedra <ching_tien_tao@...> escribió:
No se encuentra la cita que señalas... y no creo que sea solo un problema de traduccion. Quizas se trate de una cita de cita... aunque Verne comete errores en este trabajo que no son frecuentes en el, que siempre se informaba al minimo de todo lo que hablaba, en este trabajo  veo muy artificioso lo que dice... o puede ser problema del traductor.
Walter.

Gerardo Santos <dilequelodalo@yahoo.es> escribió:
Hola
 
Sí, muchas gracias. Ése fue el texto que revisé y no hallé la cita.
 
En todo caso, mi consulta es si sabe alguien si Verne dice eso en alguno de sus relatos.
 
Les paso el link del texto que contiene la cita: http://www.elperuano.com.pe/edc/2005/10/19/opi.asp
 
Mucha gracias nuevamente

Walter Saavedra <ching_tien_tao@yahoo.com> escribió:
Novela de Julio Verne completa, si no te llega completa haz click en el siguiente URL:
 

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Julio Verne

Martín Paz
Novela histórica. La América del Sur.
Costumbres peruanas



Ilustraciones de Jules Férat

Editado: © Javier Palau



Capítulo I
Españoles y mestizos
El sol acababa de ocultarse al otro lado de los picos nevados de las cordilleras; pero bajo aquel hermoso cielo peruano, a través del transparente velo de las noches, la atmósfera se impregnaba de una frescura luminosa. Era la hora en que el viento bienhechor, que soplaba fuera de las viviendas, permitía vivir a la europea, y los habitantes de Lima, envueltos en sus ligeros abrigos y conversando seriamente de los más fútiles asuntos, recorrían las calles de la población.
Había, pues, gran movimiento en la plaza Mayor, ese foro de la antigua Ciudad de los Reyes. Los artesanos disfrutaban de la frescura de la tarde, descansando de sus trabajos diarios, y los vendedores circulaban entre la muchedumbre, pregonando a grandes voces la excelencia de sus mercancías. Las mujeres, con el rostro cuidadosamente oculto bajo la toca, circulaban alrededor de los grupos de fumadores. Algunas señoras en traje de baile, y con su abundante cabello recogido con flores naturales, se paseaban gravemente en sus carretelas. Los indios pasaban sin levantar los ojos del suelo, no creyéndose dignos de mirar a las personas, pero conteniendo en silencio la envidia que los consumía. Los mestizos, relegados como los indios a las últimas capas sociales, exteriorizaban su descontento más ruidosamente.
En cuanto a los españoles, orgullosos descendientes de Pizarro, llevaban la cabeza erguida, como en el tiempo en que sus antepasados fundaron la Ciudad de los Reyes, envolviendo en su desprecio a los indios, a quienes habían vencido, y a los mestizos nacidos de sus relaciones con los indígenas del Nuevo Mundo. Los indios, como todas las razas reducidas a la servidumbre, sólo pensaban en romper sus cadenas, confundiendo en su profunda aversión a los vencedores del antiguo Imperio de los Incas y a los mestizos, especie de clase media orgullosa e insolente.
Los mestizos, que eran españoles por el desprecio con que miraban a los indios, e indios por el odio que profesaban a los españoles, se consumían entre estos dos sentimientos igualmente vivos.
Cerca de la hermosa fuente levantada en medio de la plaza Mayor, había un grupo de jóvenes, todos mestizos, que, envueltos en sus ponchos, como manta de algodón de cuadros, larga y perforada con una abertura que da paso a la cabeza, vestidos con anchos pantalones rayados de mil colores, y cubiertos con sombreros de anchas alas hechos de paja de Guayaquil, hablaban, gritaban y gesticulaban.
-Tienes razón, Andrés - decía un hombrecillo muy obsequioso, llamado Milflores.
Este Milflores era una especie de parásito que padecía Andrés Certa, joven mestizo, hijo de un rico mercader que había caído muerto en uno de los últimos motines promovidos por el conspirador La Fuente. Andrés Certa había heredado un gran caudal, que derrochaba en obsequio de sus amigos, de quienes, a cambio de sus puñados de oro, sólo exigía complacencias.
-¿Para qué sirven esos cambios de poder, esos pronunciamientos eternos que trastornan el Perú?- repuso Andrés en alta voz-. Que sea Gambarra o Santa Cruz el que gobierne, no importa, si aquí no reina la igualdad.
-¡Bien dicho, bien dicho! - exclamó el pequeño Milflores, quien con gobierno igualitario o sin él jamás habría podido ser igual a un hombre de talento.
-¡Cómo! - añadió Andrés Certa -. Yo, hijo de un negociante, ¿no podré tener carroza sino tirada por mulas? ¿No han traído mis buques la riqueza y la prosperidad a este país? ¿Es que la aristocracia del dinero no vale tanto como la de la sangre que ostenta sus vanos títulos en España?
-¡Es una vergüenza! - respondió un joven mestizo -. Vean ustedes, ahí pasa don Fernando en su carruaje tirado por dos caballos. ¡Don Fernando de Aguillo! Apenas tiene con qué mantener a su cochero y se pavonea orgullosamente por la plaza. Bueno; ¡ahí viene otro, el marqués de Vegal!
Una magnífica carroza desembocaba en aquel momento en la plaza Mayor: era la del marqués de Vegal, caballero de Alcántara, de Malta y de Carlos III, que iba sólo al paseo por aburrimiento y no por ostentación. Abismado en profundos pensamientos, ni siquiera oyó las reflexiones que la envidia sugería a los mestizos, cuando sus cuatro caballos se abrieron paso a través de la multitud.
-¡Odio a ese hombre! - dijo Andrés Certa.
-¡No será por mucho tiempo! - respondió uno de los jóvenes.
-No, porque a todos esos nobles va a concluírseles pronto el lujo, y hasta puedo decir a dónde van a parar su vajilla y las joyas de la familia.
-Efectivamente, tú debes saber algo, porque frecuentas la casa del judío Samuel, en cuyos libros de cuentas se inscriben los créditos aristocráticos, como se amontonan en sus cofres los restos de esas grandes riquezas; cuando todos los españoles sean unos mendigos como su César de Bazán, llegará la nuestra.
-La tuya, sobre todo, Andrés, cuando te encarames sobre tus millones - respondió Milflores-. Y ahora estás a punto de duplicar tu capital- A propósito, ¿cuándo te casas con la hija del viejo Samuel, esa hermosa limeña que no tiene de judía más que su nombre de Sara?
-Dentro de un mes - respondió Andrés Certa -, en cuya fecha será mi caudal el mayor de todo el Perú.
-Pero - preguntó uno de los jóvenes mestizos -, ¿por qué no has elegido por esposa a una española de alto rango?
-Porque desprecio tanto como aborrezco esa clase de gente.
Andrés Certa no quería confesar que había sido desdeñado por varias familias nobles en las que había tratado de introducirse.
En aquel momento recibió un fuerte empujón de un hombre de elevada estatura y algo canoso, cuya corpulencia hacía suponer que tenía gran fuerza muscular.
Aquel hombre, que era un indio de las montañas, vestía chaqueta parda, debajo de la cual se veía una camisa de gruesa tela y cuello alto que no ocultaba por completo su pecho velludo; su calzón corto, rayado de listas verdes, se unía por medio de ligas rojas a unas medias de color de tierra; calzaba sandalias de piel de vaca e iba tocado con sombrero puntiagudo, bajo el cual brillaban grandes pendientes.
Después de haber tropezado con Andrés Certa, lo miró fijamente.
-¡Miserable indio! - exclamó el mestizo, alzando el brazo en actitud amenazadora.

Grabado del capítulo I
Sus compañeros lo detuvieron.
-¡Andrés, Andrés, ten cuidado!- exclamó Milflores.
-¡Atreverse a empujarme un vil esclavo!
-Es el Zambo, un loco.
El Zambo continuó mirando al mestizo, a quien había empujado intencionadamente; pero éste, que no podía contener su cólera, sacó un puñal que llevaba en el cinturón, e iba a precipitarse sobre su agresor, cuando resonó en medio del tumulto un grito gutural y el Zambo desapareció.
-Brutal y cobarde - murmuró Andrés Certa.
-No te precipites - aconsejó Milflores - y salgamos de la plaza. Las limeñas se muestran aquí muy orgullosas.
Luego, el grupo de jóvenes se dirigió al centro de la plaza.
El sol había desaparecido ya en el horizonte, y las limeñas, con el rostro oculto bajo el manto, continuaban discurriendo por la plaza Mayor, que estaba todavía muy animada.
Los guardias a caballo, apostados delante del pórtico central del palacio del virrey, situado al norte de la plaza, hacían grandes esfuerzos para mantenerse en su puesto en medio de aquella multitud bulliciosa. Parecía que los industriales más diversos se habían dado cita en aquella plaza, convertida en inmenso bazar de objetos de toda especie. El piso bajo del palacio del virrey y el pórtico de la catedral, ocupados por un sinnúmero de tiendas, hacían de aquel conjunto un mercado inmenso, abierto a todos los productos tropicales.
En medio del ruido de la muchedumbre resonó el toque de oraciones del campanario de la catedral, e inmediatamente cesó el bullicio, sucediendo a los grandes clamores el murmullo de la oración. Las mujeres cesaron de pasear y se pusieron a desgranar el rosario.
Y, mientras todos los transeúntes acortaban el paso o se detenían, inclinando la cabeza para orar, una anciana, que acompañaba a una joven, pugnaba por abrirse paso entre la multitud, provocando grandes protestas.
La joven, al oír las increpaciones que se les dirigían por perturbar el rezo de las personas piadosas, quiso detenerse; pero la dueña la obligó a seguir.
-¡Hija del demonio! - murmuraron cerca de ella.
-¿Quién es esa condenada bailarina?
-Es una pelandusca.
La joven se detuvo confusa.
Un arriero acababa de ponerle de pronto la mano en el hombro para obligarla a arrodillarse; pero en aquel momento, un brazo vigoroso lo echó a rodar por tierra. A esta escena, rápida como un relámpago, siguió un momento de confusión.

Grabado del capítulo I

-Huya usted, señorita - le aconsejó una voz suave y respetuosa a la joven.
Ésta, pálida de terror, se volvió y vio un joven indio, de elevada estatura, que, con los brazos cruzados, esperaba a pie firme a su adversario.
-Por mi alma, estamos perdidas - exclamó la dueña, arrastrando consigo a la joven.
El arriero, maltrecho a consecuencia de la caída, se levantó; pero no creyendo prudente pedir cuentas a un adversario tan vigoroso y resuelto como parecía ser el joven indio, se dirigió a donde estaban sus mulas, murmurando inútiles amenazas.



Capítulo II
Lima y las limeñas
La ciudad de Lima está situada en un rincón del valle del Rímac, y a nueve leguas de su embocadura. Las primeras ondulaciones del terreno, que forman parte de la gran cordillera de los Andes, comienzan al Norte y al Este. El valle está formado por las montañas de San Cristóbal y de los Amancaes. Estas montañas se levantan detrás de Lima y terminan en sus arrabales. La ciudad, que se encuentra en un lado del río, se comunica con el arrabal de San Lorenzo, que está en la orilla opuesta, por un puente de cinco arcos, cuyos pilares anteriores oponen a la corriente su arista triangular.
Los posteriores ofrecen bancos a los paseantes en los que se sientan los desocupados en las tardes de verano, para contemplar desde allí una hermosa cascada.
La ciudad tiene dos millas de longitud de Este a Oeste, y milla y cuarto de anchura, desde el puente hasta las murallas. Éstas, de doce pies de altura y diez de espesor en su base, están construidas con ladrillos secados al sol, formados de tierra arcillosa, mezclada con paja machacada, capaces de resistir los temblores de tierra, bastante frecuentes en aquel país. El recinto tiene siete puertas y tres postigos y termina en el extremo sudeste por la pequeña ciudadela de Santa Catalina.
Tal es la antigua Ciudad de los Reyes, fundada por Pizarro el día de la Epifanía. Desde entonces ha sido y es todavía teatro de las revoluciones siempre renacientes. Lima era en otro tiempo el principal depósito del comercio de América en el océano Pacífico, gracias a su puerto el Callao que fue constituido en 1779 de un modo singular.
El clima, más templado y suave que el de Cartagena o Bahía, situadas en la costa opuesta de América, hace de Lima una de las ciudades más agradables del Nuevo Mundo. El viento tiene allí dos direcciones invernales: o sopla del Sudoeste y se refresca al atravesar el océano Pacífico, o sopla del Sudeste, refrescando el ambiente con la frescura que ha recogido en los helados picachos de las cordilleras.
En las latitudes tropicales son puras y hermosas las noches, durante las cuales desciende el benéfico rocío que fecunda el suelo, expuesto a los rayos de un cielo sin nubes. Así, cuando el sol desaparece tras el horizonte, los habitantes de Lima se congregan en las casas, refrescadas por la oscuridad, quedando en seguida desiertas las calles, y apenas si algún café o taberna es visitado por los bebedores de aguardiente o de cerveza.
La noche en que comienza la acción de este relato, la joven, seguida por la dueña, llegó sin dificultad ninguna al puente del Rímac, prestando atención al menor ruido cuya naturaleza no le permitía distinguir su emoción, pero sólo oyó las campanillas de una recua de mulas o el silbido de un indio.
Aquella joven, llamada Sara, volvía a casa de su padre, el judío Samuel. Vestía falda de color oscuro con pliegues medio elásticos y muy estrechos por abajo, lo que la obligaba a dar pasos muy menudos con esa gracia delicada, particular de las limeñas.
Aquella saya, guarnecida de encaje y de flores, iba en parte cubierta por un manto de seda que subía hasta la cabeza, cubriéndola con un capuchón. Bajo el gracioso vestido aparecían medias finísimas y zapatitos de raso; rodeaban los brazos de la joven brazaletes de gran valor, y toda su persona tenía ese poderoso atractivo a que en España se da el nombre de donaire.
Milflores había estado acertado al decir que la novia de Andrés Certa no debía tener de judía más que el nombre, porque era el tipo exacto de las admirables señoras cuya hermosura es superior a toda alabanza.
La dueña, vieja judía en cuyo rostro se reflejaban la avaricia y la codicia, era una fiel sirvienta de Samuel, que apreciaba sus servicios en su justo valor y los pagaba con equidad.
Al llegar las dos mujeres al arrabal de San Lorenzo, un hombre con hábito de fraile, que llevaba la cabeza cubierta con la cogulla, pasó al lado de ellas, mirándolas con atención. Aquel hombre, de gran estatura, tenía uno de esos semblantes apacibles que respiran calma y bondad. Era el padre Joaquín de Camarones, y al pasar dirigió una sonrisa de inteligencia a Sara, que miró a su sirvienta, después de hacer al fraile una cariñosa señal con la mano.
-Muy bien, señorita - dijo la anciana con voz áspera -, ¿cómo, después de haber sido insultada por los hijos de Cristo, se atreve usted a saludar a un clérigo? ¿Es que hemos de verla a usted algún día, con el rosario en la mano, practicar las ceremonias de la Iglesia Católica?
Las ceremonias de la Iglesia eran la ocupación principal de las limeñas, las cuales las seguían con ferviente devoción.
-Hace suposiciones extrañas - respondió la joven, ruborizándose.
-Extrañas como la conducta de usted. ¿Qué diría mi amo Samuel si se enterara de lo que ha ocurrido esta noche?
-¿Soy, acaso, culpable de que un arriero brutal me haya insultado?
-Yo me entiendo, señorita - dijo la vieja, moviendo la cabeza -, y no hablo del arriero.
-Entonces, ¿aquel joven hizo mal al defenderme contra las injurias del populacho?
-¿Es la primera vez que encontramos a ese indio en nuestro camino? - preguntó la dueña.
Afortunadamente, la joven tenía en aquel momento el rostro cubierto con la mano, porque, de otro modo, la oscuridad no habría sido suficiente para ocultar la turbación de su semblante a la mirada investigadora de la vieja sirvienta.
-Dejemos al indio donde está - repuso ésta -. Mi obligación es vigilar la conducta de usted, y de lo que me quejo es de que, por no molestar a los cristianos, quiso usted detenerse hasta que ellos hubieran hecho su oración y hasta ha experimentado usted deseos de arrodillarse como ellos. ¡Ah, señorita! Su padre de usted me despediría tan pronto como supiera que he permitido semejante apostasía.
Pero la joven no la escuchaba. La observación de la vieja respecto al joven indio, había traído a su memoria pensamientos más agradables. Creía que la intervención del joven había sido providencial y se había vuelto muchas veces para ver si la seguía. Sara tenía en el corazón cierta audacia que le sentaba perfectamente. Orgullosa como española, si se habían fijado sus ojos en aquel hombre, era porque aquel hombre era altivo y no había solicitado una mirada como premio de su protección.
Al suponer que el indio la había seguido con la vista, Sara no se había equivocado. Martín Paz, después de haberla socorrido, quiso asegurar la retirada y, cuando el grupo de gente se dispersó, se puso en seguimientos sin que ella lo advirtiese.

Grabado del capítulo II
Este Martín Paz, era un hermoso joven, que llevaba con nobleza el traje nacional del indio de las montañas; de su sombrero de paja, de anchas alas, se escapaba una hermosa cabellera negra, que contrastaba con el tono cobrizo de su rostro. Sus ojos brillaban con dulzura infinita, y su boca y su nariz eran correctas, cosa rara en los hombres de su raza. Era uno de los más valerosos descendientes de Manco Cápac, y por sus venas debía correr sangre ardorosa, que le impulsaba a la realización de grandes hazañas.
Vestía, con aire marcial, poncho de colores brillantes y en la cintura llevaba uno de esos puñales aztecas, terribles en una mano ejercitada, porque parece que forman una sola pieza con el brazo que los maneja. En el norte de América, a las orillas del lago Ontario, aquel indio habría sido jefe de una de las tribus errantes que tan heroicamente lucharon con los ingleses.
Martín Paz sabía que Sara era hija de Samuel el judío y novia del opulento mestizo Andrés Certa; pero sabía también que, por su nacimiento, posición y riquezas, no podían casarse, aunque olvidaba todos estos imposibles para seguir los impulsos de su corazón hacia ella.
Abismado en sus reflexiones, apresuraba la marcha, cuando se acercaron a él dos indios que lo detuvieron.
-Martín Paz - le dijo uno de ellos -, ¿no vas a volver esta noche a las montañas donde están nuestros hermanos?
-Cierto - respondió fríamente el indio.
-La goleta Anunciación se ha dejado ver a la altura del Callao, ha dado algunas bordadas, y después, protegida por la punta, ha desaparecido. Seguramente se habrá acercado a tierra, hacia la embocadura del Rímac, y será conveniente que nuestras canoas vayan a aligerarla de sus mercancías. Es preciso que estés allí.
-Martín Paz hará lo que deba hacer.
-Te hablamos en nombre del Zambo.
-Y yo respondo en el mío.
-¿No temes que le parezca inexplicable tu presencia en el arrabal de San Lázaro a estas horas?
-Estoy donde me place.
-¿Delante de la casa del judío?
-Los que no crean buena mi conducta, me hallarán esta noche en la montaña.
Los ojos de aquellos tres hombres lanzaron chispas.
Los indios enmudecieron y volvieron a la orilla del Rímac, perdiéndose el ruido de sus pasos en la oscuridad.
Martín Paz se había acercado apresuradamente a la casa del judío, casa que, como todas las de Lima, tenía un solo piso, construido de ladrillos y techado con cañas unidas entre sí y cubiertas de yeso. Todo el edificio, dispuesto para resistir los temblores de tierra, imitaba por medio de una hábil pintura los ladrillos de las primeras hiladas; y el techo, de figura cuadrada, estaba cubierto de flores, formando una azotea llena de perfumes.
Se llegaba al patio penetrando por una gran puerta cochera, situada entre dos pabellones, que, como era costumbre, no tenían ninguna ventana que se abriese a la calle.
Daban las once en la iglesia parroquial, cuando Martín Paz se detuvo frente a la casa de Sara, en cuyas inmediaciones reinaba un profundo silencio.
¿Por qué permanecía inmóvil el indio delante de aquellas paredes? Era que una sombra blanca había aparecido en la azotea, entre las flores, a las que la oscuridad de la noche daba una forma vaga sin quitarles su perfume.
Martín Paz levantó las dos manos involuntariamente y las cruzó sobre su pecho.
La sombra blanca desapareció como asustada.
Martín Paz se volvió y se encontró frente a Andrés Certa.
-¿Desde cuándo pasan la noche los indios en contemplación? - preguntó iracundo Andrés Certa.
-Desde que los indios pisan el suelo de sus antepasados - respondió Martín Paz.
Andrés Certa avanzó hacia su rival, que permanecía inmóvil.
-¡Miserable! ¿Me dejarás libre el sitio?
-No - contestó Martín Paz.
Y, dicho esto, ambos adversarios sacaron a relucir los puñales.
Los contendientes eran de igual estatura y parecían de igual fuerza.
Andrés Certa levantó rápidamente su brazo, dejándolo caer más rápidamente aún. Su puñal había encontrado el puñal azteca del indio y rodó en seguida a tierra, herido en el hombro.
-¡Socorro, socorro! - gritó.
Se abrió la puerta de la casa del judío y acudieron varios mestizos de una casa inmediata, algunos de los cuales persiguieron al indio, que huía rápidamente, mientras los otros levantaron al herido.
-¿Quién es este hombre? - preguntó uno de ellos -. Si es marino, llevémoslo al hospital del Espíritu Santo; y si es indio, al hospital de Santa Ana.
En aquel momento se acercó un anciano al herido, y apenas lo hubo mirado, exclamó:
-¡Lleven a este joven a mi casa! ¡Vaya una desgracia extraña!
Aquel anciano no era otro que el judío Samuel, quien acababa de reconocer en el herido al novio de su hija.
Mientras tanto, Martín Paz corría con toda la rapidez que sus robustas piernas le permitían, confiando en poder librarse de sus perseguidores merced a su ligereza y a la oscuridad de la noche. Le iba en ello la vida.
Si hubiera podido llegar al campo, se habría encontrado seguro; pero las puertas de la ciudad, que se cerraban a las once, no volvían a abrirse hasta las cuatro de la mañana siguiente.
Al llegar al puente de piedra, los mestizos y algunos soldados que iban en su persecución estaban ya a punto de alcanzarlo, cuando una patrulla desembocó por el extremo opuesto. Martín Paz, no pudiendo adelantar ni retroceder, subió al parapeto y se lanzó a la corriente del río, que se deslizaba sobre un lecho de piedra.
Los perseguidores abandonaron el puente y corrieron hacia las orillas del río para apoderarse del fugitivo en el momento en que saliera a tierra; pero fue inútil; Martín Paz no volvió a aparecer.



Capítulo III
Por seguir a una mujer
Cuando Andrés Certa, que fue conducido a la casa de Samuel y acostado en una cama preparada a toda prisa, recobró los sentidos, estrechó la mano del viejo judío.
El médico, avisado por un criado, no tardó en presentarse.
La herida era leve; el hombro del mestizo había sido atravesado de tal modo por el puñal de su adversario que el acero sólo había penetrado entre la piel y la carne. Andrés Certa no debía tardar muchos días en poder abandonar el lecho.
Cuando Samuel y Andrés Certa se encontraron solos, dijo éste:
-¿Quiere usted hacerme el favor de cerrar la puerta que conduce a la azotea, maese Samuel?
-¿Pues qué teme? -preguntó el judío.
-Temo que Sara vuelva a mostrarse a la contemplación de los indios. No es un ladrón el que me ha atacado, sino un rival de quien me he librado milagrosamente.
-¡Ah! ¡Por las santas tablas de la ley - exclamó el judío - usted se engaña! Sara será una esposa perfecta, que mantendrá incólume su honor.
-Maese Samuel - repuso el herido, incorporándose sobre eel lecho -, usted no recuerda que le pago la mano de Sara en cien mil duros.
-Andrés Certa - exclamó el judío con cierta sonrisita de avaro -, lo recuerdo tanto que estoy dispuesto a cambiar este recibo por dinero contante y sonante – y, al decir esto, Samuel sacó de su cartera un papel que Andrés Certa rechazó con la mano.
-No existe trato entre nosotros mientras Sara no sea mi esposa, y no lo será jamás si he de verme obligado a disputársela a semejante rival. Usted sabe, maese Samuel, cuál es mi propósito. Me caso con Sara para igualarme a toda esa nobleza, que no tiene para mí sino miradas de desprecio.
-Y se igualará usted, Andrés Certa, porque, una vez casado, verá a los más orgullosos españoles acudir apresuradamente a sus salones.
-¿Dónde ha ido Sara esta noche?
-Al templo israelita, con la vieja Ammon.
-¿Porqué obliga usted a Sara a seguir sus ritos religiosos?
-¡Soy judío! - replicó Samuel - y Sara no sería mi hijaa si no cumpliese los deberes de mi religión.
Era un hombre vil aquel judío Samuel. Traficando con todo y en todas partes, descendía en línea recta de aquel Judas que entregó a su maestro por treinta denarios. Su instalación en Lima databa de diez años. Haciendo cálculos había elegido su morada al extremo del arrabal de San Lázaro y se había puesto al acecho de vergonzosas especulaciones.
Cuando Samuel fue a establecerse a Lima, Sara sólo tenía ocho años de edad. Niña graciosa y bella, agradaba a todos y parecía ser el ídolo del judío. Algunos años después, su hermosura atraía todas las miradas, y el mestizo Andrés Certa se enamoró de ella. Lo que parecía inexplicable era que hubiese ofrecido cien mil duros por la mano de Sara, pero aquel contrato era secreto.
Por lo demás, Samuel traficaba no sólo con los productos indígenas, sino con los sentimientos, y banquero, prestamista, mercader y armador, tenía el talento de hacer negocios con todo el mundo. La goleta Anunciación, que aquella noche debía atracar junto a la embocadura del Rímac, pertenecía al judío Samuel.
Éste, a pesar del mucho tiempo que dedicaba a los negocios, no dejaba de cumplir, por obstinación tradicional, todos los ritos de su religión con superstición religiosa, y su hija había sido cuidadosamente instruida en las prácticas israelitas.
Así, cuando hablando con el mestizo, éste le manifestó su disgusto respecto a este punto, el anciano permaneció mudo y pensativo. Andrés Certa fue quien rompió el silencio, diciendo:
-Olvida que el motivo que me mueve a casarme con Sara, la obligará a convertirse al catolicismo.
-Tiene razón - respondió Samuel, entristecido -; pero jjuro por la Biblia que Sara será judía mientras sea mi hija.
En aquel momento se abrió la puerta de la habitación dando paso al mayordomo.
-¿Han capturado al asesino? - preguntó Samuel.
-Todo induce a creer que ha muerto - respondió el interpelado.
-¡Muerto! - exclamó Andrés Certa, con manifiesta alegría.
-Viéndose entre nosotros, que le íbamos a los alcances, y una partida de soldados que venía de la ciudad, se ha arrojado al Rímac por el parapeto del puente.
-Pero ¿quién te asegura que no ha podido salir a la orilla? - preguntó Samuel.
-La mucha nieve derretida que desciende de las montañas ha aumentado la corriente del río, hasta convertirlo en un torrente en aquel paraje - respondió el mayordomo -. Además, nos hemos apostado en las dos oorillas, y el fugitivo no ha vuelto a aparecer, y he puesto centinelas en las orillas del Rímac, con orden de que pasen toda la noche vigilando.
-Bien - dijo el anciano - : se ha hecho justicia a sí mismo. ¿Lo han conocido en su fuga?
-Perfectamente, era Martín Paz, el indio de las montañas.
-¿Acaso ese hombre seguía a Sara desde hace algún tiempo? - preguntó el judío.
-Lo ignoro - respondió la dueña -; pero cuando los gritos de los criados me han despertado, he corrido a la habitación de la señorita, y la he encontrado casi sin sentido.
-Continúa - dijo Samuel.
-A mis reiteradas preguntas respecto a la causa de su malestar, no ha querido responder, se ha acostado sin aceptar mis servicios y me ha mandado retirar.

Grabado del capítulo III
 -Ese indio, ¿la seguía con frecuencia?
-No puedo asegurarlo, señor. Sin embargo, lo he encontrado muchas veces en las calles del arrabal de San Lázaro, y esta noche ha socorrido a la señorita en la plaza Mayor.
-¿Que la ha socorrido? ¿Cómo?
La vieja refirió lo ocurrido.
-¡Ah! ¡Mi hija quería arrodillarse entre los cristianos, y yo ignoraba todo eso! ¿Tú quieres que te despida?
-Señor, perdóneme usted.
-Márchate - repuso con acritud el anciano.
La dueña salió de la estancia.
-Ya ve usted que es necesario casarnos al momento - dijo Andrés Certa; pero necesito descansar, y le ruego que ahora me deje solo.
Al oír esto, el anciano se retiró lentamente; pero antes de volver a su cuarto, quiso cerciorarse del estado de su hija, y entró sin hacer ruido en la habitación de Sara, que dormía con sueño agitado entre las cortinas de seda desplegadas a su alrededor.
Una lámpara de alabastro, suspendida del techo pintado de arabescos, esparcía una suave luz en el aposento, y la ventana, entreabierta, dejaba pasar al través de las persianas corridas la frescura del aire, impregnado de los perfumes penetrantes de los áloes y de las magnolias.
Los mil objetos de arte y de exquisito gusto que había esparcidos sobre los muebles, preciosamente esculpidos, de la habitación, revelaban a los vagos resplandores de la noche el gusto criollo. Parecía que el alma de la joven jugaba con aquellas maravillas.
El anciano se acercó al lecho de Sara y se inclinó sobre ella para contemplar su sueño. La joven judía parecía atormentada por un sentimiento doloroso, que le hizo exhalar un suspiro, después de lo cual murmuraron sus labios el nombre de Martín Paz.
Samuel volvió a su aposento.
Cuando, transcurridas algunas horas, la aurora abrió al sol las puertas del oriente, Sara se levantó a toda prisa, y Liberto, indio negro, su servidor especial, acudió a recibir sus órdenes, e inmediatamente ensilló una mula para su ama y un caballo para él.
Sara acostumbraba pasear por las montañas, seguida de un criado, que le era muy adicto.
Se vistió una saya de color pardo y un manto de cachemira de gruesas bellotas; se puso en la cabeza un sombrero de paja de alas anchas, dejando flotar sobre la espalda sus grandes trenzas negras, y, para mejor disimular su turbación, se colocó un cigarrillo de tabaco perfumado entre los labios.
Jinete ya sobre la mula, Sara salió de la ciudad y echó a correr por el campo con dirección al Callao. El puerto estaba muy animado; los guardacostas habían estado batallando toda la noche con la goleta Anunciación, cuyas maniobras indecisas revelaban el propósito de cometer algún fraude.
La goleta Anunciación parecía que había esperado algunas embarcaciones sospechosas hacia la embocadura del Rímac; pero antes de que éstas llegasen a ella, había huido, burlando la persecución de las chalupas del puerto.
Circulaban diversos rumores respecto al destino de aquella goleta, que, según unos, iba cargada de tropas de Colombia, encargadas de apoderarse de los principales buques del Callao, para vengar la afrenta inferida a los soldados de Bolívar, expulsados vergonzosamente del Perú.
Según otros, la goleta se ocupaba únicamente en el contrabando de lanas de Europa.
Sara, sin prestar atención a estas noticias, más o menos ciertas, porque su paseo al puerto no había sido más que un pretexto, regresó a Lima, llegó cerca de las orillas del Rímac y subió costeando el río hasta el puente, donde había numerosos grupos de soldados y mestizos, apostados en diversos puntos.
Liberto había referido a la joven los sucesos ocurridos durante la noche anterior, y por orden suya interrogó a varios soldados que estaban inclinados sobre el parapeto, por quienes supo no solamente que Martín Paz se había ahogado, sino que no se había podido encontrar su cadáver.
Sara, próxima a desmayarse, se vio precisada a hacer un poderoso esfuerzo de voluntad para no abandonarse a su dolor.
Entre las personas que estaban a la orilla del río, vio a un indio de fisonomía feroz, que parecía dominado por la desesperación. Este indio era el Zambo.
Sara, al pasar cerca del viejo montañés, oyó estas palabras:
-¡Desgracia! ¡Desgracia! ¡Han matado al hijo de Zambo, han matado a mi hijo!

Grabado del capítulo III
La joven levantó la cabeza, indicó por señas a Liberto que la siguiera, y, sin cuidarse de si la veía o no, se dirigió a la iglesia de Santa Ana, dejó su cabalgadura al indio, entró en el templo cristiano, preguntó por el padre Joaquín, y, arrodillándose sobre las losas de piedra, encomendó a Dios el alma de Martín Paz.



Capítulo IV
El noble español
Cualquier otro que no hubiera sido Martín Paz, habría perecido en las aguas del Rímac; pero él, que estaba dotado de una insuperable fuerza de voluntad y de una extraordinaria sangre fría, cualidades propias de todos los indios libres del Nuevo Mundo, logró salvarse de la muerte, aunque no sin gran esfuerzo.
Martín Paz sabía que los soldados agotarían todos sus recursos para prenderle debajo del puente, donde la corriente era casi inevitable; pero cortándola vigorosamente por esfuerzos repetidos, llegó a dominarla y, hallando menos resistencia en las capas inferiores del agua, logró llegar a la orilla y ocultarse detrás de una espesura de manglares.
Pero una vez fuera del agua, ¿qué resolución podría tomar que no lo comprometiera? Si los soldados que lo perseguían cambiaban de opinión y subían por la orilla arriba, Martín Paz sería infaliblemente capturado; pero como él no era hombre que tardara mucho en adoptar una resolución, decidió en seguida entrar en la ciudad y ocultarse en ella.
Para evitar que lo viesen los paseantes que habían demorado el regreso a sus casas, Martín Paz siguió una de las calles más anchas; pero al entrar en ella, le pareció que lo espiaban, y no pudiendo detenerse a reflexionar, miró en torno suyo, buscando un refugio. Sus ojos se fijaron en una casa todavía brillantemente iluminada, y cuya puerta cochera estaba abierta para dar paso a los coches que salían del patio y llevaban a sus diferentes domicilios a las eminencias de la aristocracia española.
Martín Paz se introdujo sin ser visto en aquella casa, y apenas hubo entrado se cerraron sus puertas. Subió apresuradamente una rica escalera de madera de cedro, adornada con tapices de mucho precio, y llegó a los salones, que estaban todavía iluminados pero enteramente vacíos; los atravesó con la celeridad de un relámpago y se ocultó, en fin, en un oscuro cuarto.
Poco después, se extinguió la luz que brillaba en aquellos lujosos aposentos y la casa quedó en silencio.
Martín Paz se ocupó entonces en reconocer el sitio en que se encontraba, y vio que las ventanas de aquella habitación daban a un jardín interior.
Ya se disponía a huir por allí, creyéndolo factible, cuando oyó que le decían:
-Señor ladrón, ¿por qué no roba usted los diamantes que están sobre esa mesa?
Al oír esto, se volvió Martín Paz rápidamente y vio a un hombre de altiva fisonomía que le mostraba con el dedo un estuche lleno de diamantes.
Martín Paz, insultado de aquel modo, se acercó al español, cuya serenidad parecía inalterable, sacó su puñal y, volviendo la punta contra su pecho, dijo sordamente:
-Señor, si repite usted semejante insulto, me daré muerte a sus pies.
El español, admirado, contempló con atención al indio, y sintió hacia él una especie de simpatía, en virtud de lo cual se dirigió a la ventana, la cerró suavemente y, volviéndose hacia el indio, cuyo puñal había caído en tierra, le preguntó:
-¿Quién es usted?
-El indio Martín Paz. Me persiguen los soldados porque me he defendido contra un mestizo que me atacaba y lo he derribado a tierra de una puñalada. Mi adversario es el novio de una joven a quien amo; y ahora, que sabe ya quién soy, puede usted entregarme a mis enemigos, si lo cree conveniente.
-Muchacho - replicó simplemente el español -, mañana salgo para los baños de Chorrillos. Puedes acompañarme si quieres, y estarás por el momento al abrigo de toda persecución. Si lo haces, no tendrás nunca que quejarte de la hospitalidad del marqués de Vegal.
Martín Paz se limitó a inclinarse con respeto.
-Puedes acostarte en esa cama y descansar esta noche - añadió el marqués -, sin que nadie sospeche que te encuentras aquí.
El español salió de la estancia dejando al indio conmovido con su generosa confianza. Después, Martín Paz, abandonándose a la protección del marqués, se durmió tranquilamente.
Al día siguiente, al salir el sol, el marqués dio las órdenes necesarias para la partida, y envió recado al judío Samuel de que fuese a verlo; pero antes fue a oír la primera misa de la mañana.
Ésta era una piadosa práctica que no dejaban de observar todos los miembros de la aristocracia peruana, porque Lima, desde su fundación, había sido siempre muy católica, y además de sus muchas iglesias, contaba todavía con veintidós conventos de frailes, diecisiete de monjas y cuatro casas de retiro para las mujeres que no pronunciaban votos religiosos. Como cada uno de estos establecimientos tenía una iglesia particular, existían en Lima más de cien edificios dedicados al culto, donde ochocientos clérigos seglares o regulares, trescientas religiosas y hermanos legos, celebraban las ceremonias del culto católico.
Al entrar en Santa Ana el marqués de Vegal, vio a una joven arrodillada, que oraba fervorosamente y lloraba con desconsuelo. Parecía presa de dolor tal, que el marqués no pudo contemplarla sin cierta emoción, y ya se disponía a dirigirle algunas palabras de conmiseración, cuando llegó el padre Joaquín, y le dijo en voz baja:
-Señor marqués, por favor, no se le acerque usted.
Luego, el fraile hizo una señal a Sara y ésta lo siguió a una capilla oscura y desierta.
El marqués se dirigió al altar y oyó la misa, después de lo cual regresó a su casa, pensando involuntariamente en aquella joven, cuya imagen había quedado profundamente grabada en su imaginación.
En el salón de su casa encontró al judío Samuel, que estaba esperándole, y parecía haber olvidado los sucesos de la noche anterior. Su semblante estaba iluminado por la esperanza del lucro.
-¿Qué manda su señoría? - preguntó al español.
-Necesito treinta mil duros antes de una hora.
-¡Treinta mil duros! ¿Y quién los tiene? Por el santo rey David, señor marqués, va a costarme más trabajo encontrarlos que lo que su señoría se imagina.
-Aquí tengo joyas de gran valor - repuso el marqués, sin hacer caso de las palabras del judío -, y además puedo vender a usted por poco precio un terreno muy extenso que tengo cerca del Cuzco.
-¡Ah, señor! - exclamó Samuel -, las tierras nos arruinnan, porque nos faltan brazos para cultivarlas. Los indios se retiran a las montañas y las cosechas no producen lo que cuesta la recolección.
-¿En cuánto valora usted esos diamantes? - preguntó el marqués.
Samuel sacó del bolsillo una balanza pequeña de precisión, y se puso a pesar las piedras con minuciosa detención, pero sin dejar de hablar, despreciando, como de costumbre, la prenda que se le ofrecía.
-¡Los diamantes...! ¡Mala hipoteca...! No producen nada. Es lo mismo que enterrar el dinero- Observará, su señoría, que el agua de este diamante no es de una limpieza perfecta... Ya sabe su señoría que estos adornos tan costosos no son fáciles de vender, por lo que me vería obligado a enviarlos a las provincias de la Gran Bretaña. Los norteamericanos me los comprarán seguramente; pero será para cederlos a los hijos de Albión. Quieren, por consiguiente, y es justo, ganar una comisión honrosa, que cae sobre mis costillas... Supongo que diez mil duros contentará a su señoría. Es poco, sin duda, pero...
-Ya he dicho - repuso el español despectivamente - que necesito mucho más de diez mil duros.
-Señor, no puedo dar un centavo más.
-Llévese las joyas y envíeme inmediatamente el dinero. Para completar los treinta mil duros que necesito, le daré esta casa en hipoteca. ¿No le parece bastante sólida?
-¡Ah, señor, en esta ciudad, donde son tan frecuentes los terremotos, no se sabe quién vive ni quién muere, ni quién cae, ni quién se mantiene en pie!
Y mientras decía esto, Samuel se empinaba sobre la punta de los pies, dejándose luego caer sobre los talones varias veces, para apreciar la solidez del piso.
-En fin, como tengo verdaderos deseos de servir a su señoría - dijo -, pasaré por lo que quiera, aunque en este momento no me conviene desprenderme de metálico, porque voy a casar a mi hija con el caballero Andrés Certa... ¿Lo conoce su señoría?
-No lo conozco, y le ordeno a usted de nuevo que me envíe en seguida la cantidad que le he pedido. Llévese esas joyas.
-¿Quiere su señoría un recibo? - preguntó el judío.
El marqués, sin responderle, pasó a la habitación inmediata.
-¡Orgulloso español! - murmuró Samuel, entre dientes -. Quiero confundir tu insolencia del mismo modo que voy a disipar tus riquezas. ¡Por Salomón, soy hombre hábil, porque mis intereses corren parejas con mis sentimientos!
El marqués, al separarse del judío, encontró a Martín Paz profundamente abatido.
-¿Qué tienes? - le preguntó cariñosamente.
-Señor, la joven a quien amo es la hija de ese judío.
-¡Una judía! - exclamó el marqués, con sentimiento de rrepulsión que le fue imposible dominar.
Pero, al advertir la tristeza del indio, añadió:
-Marchemos, amigo mío, ya hablaremos de esas cosas con detenimiento.
Una hora más tarde, Martín Paz, disfrazado, salía de la ciudad en compañía del marqués, que no llevaba consigo a ninguno de sus criados.
Los baños de mar de Chorrillos se encuentran a dos leguas de Lima. Es una parroquia india que posee una bonita iglesia, y durante la estación del calor es el punto de reunión de la sociedad elegante limeña. Los juegos públicos, prohibidos en Lima, están abiertos en Chorrillos durante el verano, y a ellos concurren las señoras de dudosa moralidad, que, actuando de diablillos, hacen perder a más de un rico caballero su caudal en pocas noches.
Como Chorrillos estaba a la sazón poco frecuentado aún, el marqués y Martín Paz, retirados en una casita edificada a orillas del mar, pudieron vivir en paz, contemplando las vastas llanuras del Pacífico.
El marqués, miembro de una de las más antiguas familias del Perú, era el último descendiente de la soberbia línea de antepasados, de la que con razón se mostraba orgulloso; pero en su rostro advertíanse las huellas de una profunda tristeza. Después de haber intervenido durante algún tiempo en los asuntos políticos, había experimentado una repugnancia infinita hacia las revoluciones incesantes, hechas en beneficio de ambiciones personales, y se había retirado de la política y apartado de la sociedad, viviendo casi en retiro, sólo interrumpido a raros intervalos por deberes de estricta cortesía.
Su inmenso caudal se iba disipando poco a poco. El abandono en que quedaban sus tierras por la falta de brazos, le obligaba a hacer empréstitos onerosos; pero la perspectiva de una ruina próxima no le espantaba. La indolencia natural de la raza española, unida al aburrimiento de su existencia inútil, le había hecho insensible a las amenazas del porvenir. Esposo en otro tiempo de una mujer adorable, y padre de una niña encantadora, se había encontrado de pronto solo, a consecuencia de una horrible catástrofe que le arrebató aquellos dos objetos de su amor- Desde entonces, ningún afecto le unía al mundo, y dejaba deslizarse su vida al impulso de los acontecimientos.
Creía que su corazón había muerto por completo, cuando lo sintió palpitar de nuevo al contacto de Martín Paz. Aquella naturaleza ardiente despertó el fuego encubierto bajo la ceniza; la orgullosa presencia de ánimo del indio repercutía en el noble caballero, que, cansado de los españoles de su clase, en quienes no tenía ya confianza, y disgustado de los mestizos egoístas, que querían equipararse con él, se complacía en aproximarse a aquella raza primitiva, que tan valientemente había disputado el suelo americano a los soldados del conquistador Pizarro.
El indio pasaba por muerto en Lima, según las noticias que el marqués había adquirido; pero éste, considerando el amor de Martín Paz hacia una judía como cosa peor que la muerte misma, resolvió salvarlo de nuevo, dejando casar a la hija de Samuel con Andrés Certa.
Así, mientras que Martín Paz estaba profundamente apenado y la tristeza le invadía el corazón, el marqués evitaba toda alusión a lo pasado, y hablaba al joven indio de cosas sin importancia.
Un día, sin embargo, agitado por sus tristes pensamientos, le preguntó:
-¿Por qué, amigo mío, una pasión vulgar te ha de hacer renegar de la nobleza de tus abuelos? ¿No desciendes del valiente Manco Cápac, a quien su patriotismo elevó a la categoría de héroe? ¿Qué papel representaría un hombre que se dejara abatir por una pasión indigna? ¿Acaso han desistido los indios de reconquistar algún día su independencia?
-Para eso trabajamos, señor - contestó Martín Paz -, y no está lejos el día en que mis hermanos se levantarán en masa.

Grabado del capítulo IV
-Ya te entiendo. Aludes a esa guerra sorda que tus hermanos están preparando en las montañas. A una señal bajarán a la ciudad con las armas en la mano; pero serán vencidos, como lo han sido siempre. Ya ves cómo sus intereses desaparecen en medio de las revoluciones perpetuas de las que es teatro el Perú; revoluciones que perderán al mismo tiempo a los indios y a los españoles, en beneficio de los mestizos.
-Nosotros salvaremos al país - repuso Martín Paz.
-Sí, lo salvarán, si comprenden su misión - dijo el marqués. Óyeme, pues que te amo como a un hijo. Lo digo con dolor, pero a nosotros, los españoles, hijos degenerados de una raza poderosa, nos falta la energía necesaria para levantar un Estado, y, por consiguiente, a ustedes les toca triunfar de este desdichado americanismo que tiende a rechazar a los colonos extranjeros. Sí, sábelo; sólo una inmigración europea puede salvar el antiguo Imperio peruano, y, en vez de esa guerra intestina que preparan, y que tiende a excluir todas las castas, a excepción de una sola, deben tender francamente la mano a los hombres trabajadores del Viejo Mundo.
-Los indios, señor, considerarán siempre como enemigos a los extranjeros, cualesquiera que sean, y jamás han de permitir que respiren impunemente el aire de sus montañas. El dominio que ejerzo sobre ellos quedaría sin efecto el día en que no jurase la muerte de sus opresores. Además, ¿qué soy ahora? - añadió Martín Paz con gran tristeza. Un fugitivo que no viviría tres horas si me encontraran en Lima.
-Amigo, es preciso que me prometas que no has de volver a salir.
-¡Ah! No puedo prometérselo a usted, señor marqués, porque si lo prometiese mentiría.
El marqués enmudeció; la pasión del joven indio se acrecentaba de día en día, y el noble caballero temblaba ante la idea de verlo correr a una muerte cierta, si volvía a presentarse en Lima, por lo que deseaba que se celebrara cuanto antes el matrimonio de la judía, matrimonio que, si le hubiera sido posible, habría él apresurado, según sus deseos.
Para cerciorarse del estado de las cosas, salió de Chorrillos una mañana y fue a la ciudad, donde supo que Andrés Certa, restablecido de su herida, salía ya a la calle, y que su próximo matrimonio era el objeto de todas las conversaciones.
El marqués quiso conocer a la joven amada por Martín Paz, y con este objeto se dirigió a la plaza Mayor, donde a ciertas horas había siempre una gran multitud, y donde encontró al padre Joaquín, su antiguo amigo. El venerable fraile se quedó profundamente sorprendido cuando el marqués le dijo que Martín Paz no había muerto, apresurándose a prometer que velaría por la vida del joven indio, y que le daría todas las noticias que le interesaran.
De improviso, las miradas del caballero se dirigieron a una joven arrebujada en un manto negro que iba sentada en una carretela.

Grabado del capítulo
IV
-¿Quién es esa hermosa muchacha? - preguntó al padre Joaquín.
-La hija del judío Samuel, prometida de Andrés Certa.
-¡Ella! ¡La hija de un judío!
El marqués se quedó profundamente admirado y, estrechando la mano del padre Joaquín, volvió a tomar el camino de Chorrillos.
Su sorpresa era natural, porque había reconocido en la pretendida judía a la joven a quien había visto orar fervorosamente en la iglesia de Santa Ana.



Capítulo V
Preparativos de insurrección
Cuando las tropas de Colombia, que Bolívar puso a las órdenes del general Santa Cruz, fueron arrojadas del Bajo Perú, cesaron las sediciones militares en este país, que empezó a disfrutar de calma y tranquilidad; las ambiciones particulares no volvieron a turbar el reposo público, y el presidente Gambarra se había afianzado en su palacio de la plaza Mayor. Sin embargo, el peligro verdadero, inminente, no procedía de las sediciones, que se extinguían tan pronto como estallaban y que parecían complacer a los americanos por sus ostentaciones militares.
El peligro no lo veían los españoles, demasiado altos para poder verlo, ni tampoco los mestizos, que jamás descendían a mirar lo que se hallaba por debajo de ellos.
Esto no obstante, se agitaban de un modo extraordinario los indios de la ciudad, mezclándose con frecuencia con los habitantes de las montañas, como si hubieran sacudido su apatía natural. En vez de envolverse en su poncho con los pies hacia el sol, se extendían por el campo, se detenían uno a otro, se entendían por señales particulares y frecuentaban las posadas más desiertas, en las que podían hablar sin peligro de ser escuchados.
Aquel movimiento era más visible en una de las plazas apartadas de la ciudad, en donde había una casa que sólo tenía una habitación baja, y cuya apariencia miserable llamaba la atención de las gentes.
Era una taberna de ínfima categoría, propiedad de una vieja india, que servía a sus parroquianos, cerveza de maíz y una bebida hecha con caña de azúcar.
Los indios no se reunían en esta plaza sino cuando en el techo de la citada taberna se ponía un palo largo, que servía de señal. Entonces, los indígenas de todas profesiones, conductores de carros, arrieros y cocheros entraban uno a uno y desaparecían inmediatamente en la gran sala. La tabernera dejaba entonces a su criada el cuidado de la taberna, y corría a servir personalmente a sus parroquianos.
Pocos días después de la desaparición de Martín Paz, se celebró una asamblea numerosa en la sala de la taberna, donde apenas podían distinguirse los rostros de los concurrentes, a causa de la oscuridad que en ella reinaba y que el humo del tabaco hacía aumentar. En torno de una larga mesa, había unos cincuenta individuos, mascando los unos una especie de hoja de té mezclada con tierra odorífera, y bebiendo los otros en grandes jarros el licor de maíz fermentado; pero estas ocupaciones no les distraían de la principal, que era escuchar atentamente el discurso que les estaba pronunciando un indio.
El orador era el Zambo, cuyas miradas tenían una extraña fijeza.
Después de examinar uno por uno a todos sus oyentes, el Zambo tomó la palabra y dijo:
-Los hijos del Sol pueden hablar de sus asuntos, porque no hay aquí oídos pérfidos que puedan escucharnos. En la plaza, algunos de nuestros amigos, disfrazados de cantores, distraen a los transeúntes para que nos dejen disfrutar de entera libertad en esta casa.
Y así era, efectivamente, porque fuera de la taberna resonaban los acordes de una guitarra.
Los indios, satisfechos de encontrarse seguros, prestaron gran atención a las palabras del Zambo, en quien ponían toda su confianza.
-¿Qué noticias puede darnos el Zambo, de Martín Paz? - preguntó uno.
-Ninguna. Únicamente el Gran Espíritu puede saber si ha muerto o no; pero estoy esperando a algunos hermanos que han bajado por el río hasta su embocadura, y quizás hayan encontrado el cuerpo de Martín Paz.
-Era un buen jefe - dijo Manangani, indio feroz y muy temido -. Pero ¿por qué no se encontraba en su puesto el día en que la goleta nos traía las armas?
El Zambo, sin responder, inclinó la cabeza.
-¿No saben mis hermanos - continuó diciendo Manangani - que la Anunciación ha sido atacada por los guardacostas y que la captura de ese buque habría frustrado todos nuestros proyectos?
Un murmullo de asentimiento acogió las palabras del indio.
-Harán bien - dijo entonces el Zambo - los que esperan para juzgar. ¡Quién sabe si mi hijo Martín Paz se presentará entre nosotros dentro de pocos días...! Oigan ahora lo que tengo que decirles: las armas que nos han enviado de Sechura han llegado a nuestro poder, están escondidas en las montañas de la cordillera y dispuestas para desempeñar su oficio cuando ustedes estén preparados para cumplir su deber.
-¿Acaso hay algo que nos detenga? - preguntó un joven indio -. Hemos afilado nuestros puñales y esperamos.
-Esperen, pues, que llegue la hora - respondió el Zambo -. ¿Saben mis hermanos cuál es el enemigo a quien primero deben herir?
-Los mestizos, que nos tratan como esclavos - repuso uno de los asistentes -. Esos insolentes que nos azotan con la mano y con el látigo, como a mulas falsas.
-De ningún modo - repuso otro -. Nuestros mayores enemigos son los que monopolizan todas las riquezas del suelo.
-Están equivocados. Nuestros primeros golpes deben herir a otros - dijo el Zambo, animándose -. Esos hombres no son los que se atrevieron, hace trescientos años, a poner el pie en la tierra de sus antepasados. Esos ricos no son los que han hecho sucumbir a los hijos de Manco Cápac. Los orgullosos españoles son los verdaderos vencedores y los que los han reducido a la esclavitud. Si no tienen ya riquezas, tienen autoridad y, a pesar de la emancipación peruana, conculcan nuestros derechos naturales. Olvidemos, pues, lo que somos, para recordar lo que nuestros padres fueron.
-Sí, sí - prorrumpió la asamblea, con murmullo de aprobación.
Al asentimiento general de los concurrentes sucedieron algunos momentos de silencio que interrumpió el Zambo para preguntar a diversos conjurados si sus amigos de Cuzco y de toda Bolivia estaban dispuestos a levantarse, como un solo hombre.
Después, prosiguiendo su discurso, dijo:
-Valiente Manangani, si todos nuestros hermanos de la montaña tienen en el corazón el mismo odio y valor que tú, ¿no caerán sobre Lima como una tromba desde lo alto de las cordilleras?
-El Zambo no se quejará de su audacia el día señalado - respondió Manangani -. Si el Zambo sale de la ciudad no necesiitará ir muy lejos para ver surgir en torno suyo indios que arden en deseos de venganza. En las gargantas de San Cristóbal y de los Amancaes, más de uno, envueltos en su poncho y con el puñal en la cintura, están esperando que se confíe a sus manos una carabina, porque tampoco han olvidado ellos que tienen que vengar en los españoles la derrota de Manco Cápac.
-Perfectamente, Manangani - repuso el Zambo -. El dios de la venganza habla por tu boca. Mis hermanos no tardarán en saber quién es el elegido de sus jefes, y como el presidente Gambarra sólo trata de consolidarse en el poder, Bolívar está lejos y Santa Cruz ha sido derrotada, podemos obrar sobre seguro. Dentro de pocos días se entregarán nuestros opresores al placer, con motivo de la fiesta de los Amancaes, y, por consiguiente, deben disponerse todos nuestros hermanos a marchar, haciendo antes que la noticia llegue hasta las aldeas más remotas de nuestra raza.
En aquel momento entraron tres indios en el salón, e inmediatamente se acercó el Zambo a ellos.
-¿Qué noticias traen? - les preguntó.
-El cuerpo de Martín Paz no ha sido hallado - respondió uno de aquellos indios -. Hemos sondeado el río en todos los sentidos; nuestros más hábiles nadadores lo han explorado detenidamente y creemos que el hijo del Zambo no ha muerto en las aguas del Rímac.
-¡Lo habrán asesinado! ¿Qué habrá sido de él? ¡Oh, desdichados los que hayan dado muerte a mi hijo...! Sepárense mis hermanos en silencio, y vuelva cada cual a su puesto, mire, vigile y espere.
Los indios salieron y se dispersaron. El Zambo se quedó con Manangani, que le preguntó:
-¿Sabe el Zambo por qué había ido aquella noche su hijo al barrio de San Lázaro? ¿Está el Zambo seguro de su hijo?
Los ojos del indio despidieron tales relámpagos de cólera que Manangani retrocedió asustado.
Pero el Zambo se contuvo, y dijo:
-Si Martín Paz traicionara a sus hermanos, yo mataría a todos aquellos a quienes ha dado su amistad y a todas aquellas a quienes hubiese dado su amor; después lo mataría a él y, por último, me mataría yo, para no dejar en este suelo un solo miembro de una raza deshonrada.
En aquel momento abrió la tabernera la puerta de la sala, se acercó al Zambo y le entregó un billete.
-¿Quién te ha encargado esto? - preguntó.
-No lo sé - respondió la tabernera -. Este papel ha debido quedársele olvidado a algún bebedor, porque lo he encontrado sobre una mesa.

Grabado del capítulo V
-¿No han venido aquí más que indios?
-Nadie más que indios.
La tabernera salió, y el Zambo desdobló el billete, que leyó en alta voz:
"Una joven ha orado por Martín Paz, porque no olvida al indio que ha expuesto su vida por ella. Si el Zambo tiene noticias de su hijo o esperanza de encontrarlo, átese al brazo un pañuelo encarnado como señal. Hay ojos que lo ven pasar todos los días."
El Zambo estrujó el billete entre sus manos.
-El desgraciado se ha dejado seducir por una mujer.
-¿Y quién es esa mujer? - preguntó Manangani.
-No es india - respondió el Zambo, mirando el billete --. Es, sin duda, una mujer elegante- ¡Ah, Martín Paz, estás desconocido!
-¿Harás lo que esa mujer te pide?
-No - respondió rápidamente el indio -. Debe perder toda esperanza de volver a ver a mi hijo, para que muera de dolor.
Y, dicho esto, el Zambo rompió el billete con rabia.
-Sin duda alguna ha sido un indio quien ha traído este billete - observó Manangani.
Oh, no puede ser de los nuestros! Se habrá sabido que yo venía con frecuencia a esta taberna, pero no volveré a poner los pies en ella. Regrese mi hermano a las montañas, mientras yo vigilo en la ciudad. Veremos para quiénes resultará alegre la fiesta de los Amancaes, si para los opresores o para los oprimidos.
Los dos indios se separaron.
El plan no podía estar mejor combinado ni la hora de la ejecución mejor elegida. El Perú, casi despoblado entonces, sólo contaba con un reducido número de españoles y de mestizos. La invasión de los indios, que acudirían desde los bosques del Brasil y desde las montañas de Chile, como de las llanuras del Río de la Plata, debía cubrir con un ejército formidable el teatro de la rebelión. Después que quedaran destruidas las grandes ciudades, Lima, Cuzco y Puno, no era de temer que las tropas de Colombia, recientemente vencidas por el Gobierno peruano, acudieran en socorro de sus enemigos, por grave que fuese el peligro en que éstos se encontraran.
Aquel trastorno social debía, por consiguiente, efectuarse sin resistencia, si los indios guardaban fielmente el secreto, y así debía ocurrir, porque entre ellos no había traidores.
Sin embargo, ignoraban que un hombre había obtenido una audiencia particular del presidente Gambarra; ignoraban que aquel hombre le había notificado que la goleta Anunciación había desembarcado en la embocadura del Rímac armas de toda especie en piraguas indias, y que aquel hombre iba a reclamar una fuerte indemnización por el servicio que había prestado al Gobierno peruano, denunciando aquellos hechos.
Indudablemente, aquel hombre jugaba con cartas dobles, porque después de haber alquilado su buque a los agentes del Zambo a un precio muy elevado, había vendido al presidente el secreto de los conjurados.
El hombre que tal infamia había cometido no era otro que el judío Samuel, a quien suponemos que el lector habrá reconocido en este rasgo.



Capítulo VI
El juego y las confidencias
Andrés Certa, completamente restablecido y creyendo que Martín Paz había dejado de existir, apresuraba su matrimonio, deseando que llegara el día de pasear por las calles de Lima a la joven judía.
Sara no dejaba de tratarlo con altiva indiferencia, pero él no hacía caso, porque consideraba a la joven como un objeto de valor que había comprado por cien mil duros.
Sin embargo, Andrés Certa desconfiaba del judío, y no le faltaba motivo para ello, porque si el contrato era poco honrado, los contratantes lo eran menos.
El mestizo, pues, quiso tener con Samuel una entrevista secreta, a cuyo fin lo llevó un día a Chorrillos, deseando también probar su suerte en el juego antes de la boda.
Los juegos habían empezado pocos días después de la llegada del marqués de Vegal, y desde entonces se veía constantemente concurrido el camino de Lima. Algunos, que iban a Chorrillos a pie, volvían en carruaje, mientras otros dejaban allí los últimos restos de su fortuna.
El marqués y Martín Paz no tomaban parte en aquellos placeres; el joven indio estaba profundamente preocupado por causas más nobles.
Después de pasear con el marqués, volvía todas las noches a su aposento y se ponía de codos en la ventana, donde pasaba largas horas meditando.
El marqués no olvidaba a la hija de Samuel, a quien había visto orar en el templo católico; pero no se había atrevido a revelar aquel secreto a Martín Paz, aunque le iba instruyendo poco a poco en las verdades cristianas. Temía reanimar en su corazón sentimientos que deseaba extinguir, porque el indio proscrito debía renunciar a toda esperanza de contraer matrimonio con la hija del judío. Mientras tanto, la Policía había concluido por abandonar la persecución de Martín Paz, y, transcurrido algún tiempo, merced a la influencia de su protección, el indio quizá lograra ocupar un puesto en la sociedad peruana.
Pero sucedió que, Martín Paz, desesperado, resolvió averiguar qué había sido de la joven, y, con este propósito, se introdujo, vestido con un traje español, en una sala de juego para escuchar las conversaciones de los concurrentes. Andrés Certa, que era hombre muy conocido, y su matrimonio, que seguramente estaría ya próximo, debían ser objeto de alguna conversación.
Así, pues, una noche, en vez de encaminarse, como de ordinario, a la orilla del mar, se dirigió a las altas rocas donde están situadas las principales casas de Chorrillos, y entró en una de ellas, dotada de una ancha escalera de piedra.
Aquélla era una casa de juego, donde aquel día habían perdido grandes cantidades algunos limeños, y donde otros, fatigados de la tarea de la noche precedente, descansaban en el suelo, envueltos en sus ponchos.
A la sazón, no faltaban jugadores delante del tapete verde, dividido en cuatro cuadros por dos líneas, que se cortaban en el centro en ángulo recto. En cada uno de estos cuadros se hallaban las primeras letras de las palabras "azar" y "suerte": A. S. Los jugadores apuntaban a una u otra de aquellas letras, y el banquero tenía las puestas, mientras arrojaba sobre la mesa dos dados, cuyos puntos combinados hacían ganar a la A o a la S.
La partida estaba muy animada, y un mestizo apuntaba al azar con ardor febril.
-¡Dos mil duros! - exclamó.
El banquero agitó los dados y el jugador estalló en imprecaciones.
-¡Cuatro mil duros! - dijo de nuevo, y volvió a perder.
Martín Paz, protegido por la sombra del salón, pudo ver el rostro del jugador.

Grabado del capítulo VI
Era Andrés Certa.
Al lado de éste se encontraba el judío Samuel.
-Bastante ha jugado usted, señor - le dijo Samuel -, y ya ha podido convencerse de que hoy no tiene suerte.
-¿A usted qué le importa? - respondió con acritud el mestizo.
Samuel se inclinó a su oído para decirle:
-Si a mí no me importa, a usted le interesa abandonar esas costumbres en los días que preceden a su matrimonio.
-¡Ocho mil duros! - gritó Andrés Certa, apuntando a la S.
Salió la A y el mestizo lanzó una blasfemia.
-¡Juego! - volvió a decir el banquero.
Andrés Certa sacó un puñado de billetes de su bolsillo para aventurar una suma considerable al juego, llegando a ponerla en uno de los cuadros. El banquero agitaba ya los dados, cuando una seña de Samuel lo detuvo. El judío volvió a inclinarse al oído del mestizo, y le dijo:
-Si no le queda a usted la cantidad necesaria para llevar a efecto nuestro contrato, esta noche quedará roto.
Andrés Certa se encogió de hombros, hizo un gesto de rabia y, recobrando su dinero, salió rápidamente de la estancia.
-Continúe usted ahora - dijo Samuel al banquero -; ya arruinará a este señor después de que se haya casado.
El banquero se inclinó con sumisión ante Samuel, que era fundador y propietario de los juegos de Chorrillos. Dondequiera que había algo que ganar, se encontraba aquel hombre.
Samuel siguió al mestizo, y cuando hubieron llegado a la escalinata, le dijo:
-Tengo cosas muy graves que decirle. ¿Dónde podemos hablar sin que nos oigan?
-Donde usted quiera - respondió bruscamente Andrés Certa.
-Tenga calma y no pierda el porvenir por un momento de mal humor. No me inspiran confianza los aposentos mejor cerrados, ni las llanuras más desiertas, porque lo que tengo que decir a usted es un secreto que vale la pena que se guarde.
Mientras hablaban, los dos hombres habían llegado a la playa, frente a las casetas destinadas a los bañistas; pero ignoraban que tras ellos iba Martín Paz, deslizándose en la oscuridad como una serpiente.
-Tomemos una canoa y salgamos al mar - dijo Andrés Certa.
Andrés Certa desató de la orilla una pequeña embarcación, después de dar algunas monedas al guarda; Samuel y el mestizo se embarcaron, y el último empujó la barca mar adentro.


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Mié, 28 de Feb, 2007 2:31 pm

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Estoy totalmente de acuerdo contigo, la xenofobia de Verne, que esta presente en muchas de sus obras, esta arriesgado al entorno político, social y...
Cristobal
gomez261
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16 de Feb, 2007
2:42 pm

Amigos Hallé un artículo publicado en un diario peruano donde leo el siguiente párrafo: "Hay una historia memorable de Julio Verne, Martín Paz, donde el...
Gerardo Santos
dilequelodalo
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27 de Feb, 2007
9:21 pm

Novela de Julio Verne completa, si no te llega completa haz click en el siguiente URL: http://www.geocities.com/pagina_verne/textos/martinpaz/m_paz1.htm ... ...
Walter Saavedra
ching_tien_tao
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28 de Feb, 2007
1:13 am

Hola Sí, muchas gracias. Ése fue el texto que revisé y no hallé la cita. En todo caso, mi consulta es si sabe alguien si Verne dice eso en alguno de sus...
Gerardo Santos
dilequelodalo
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28 de Feb, 2007
5:51 am

No se encuentra la cita que señalas... y no creo que sea solo un problema de traduccion. Quizas se trate de una cita de cita... aunque Verne comete errores en...
Walter Saavedra
ching_tien_tao
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28 de Feb, 2007
6:02 am

Bueno, gracias. Supongo que será difícil confirmar eso, pero si alguien puede darme una mano aún, lo agradeceré. Cordialmente Walter Saavedra...
Gerardo Santos
dilequelodalo
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28 de Feb, 2007
2:43 pm

Hola: creo que la cita referida hay que buscarla en el titulo que aparese entre parentesis al final del texto mencionado.( Julio Verne nunca conocio el Peru). ...
FELIX PUENTES
morenaeventos
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28 de Feb, 2007
9:30 pm

Ese articulo ya lo habia revisado antes, y a mi tambien me pareció extraña la cita mencionada, pues no la tenía registrada en mi lectura de Martin Paz,...
Cristian Tello
paginaverniana
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1 de Mar, 2007
2:56 am

Ese articulo ya lo habia revisado antes, y a mi tambien me pareció extraña la cita mencionada, pues no la tenía registrada en mi lectura de Martin Paz,...
Cristian Tello
paginaverniana
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2 de Mar, 2007
1:44 am
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