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Pensamiento
Wilber, el globalizador de la conciencia
Con la cabeza siempre afeitada, semiaislado en las Rocosas y con fama de egocéntrico, consigue vender sus libros como rosquillas. Una introducción a su obra, una novela y un diario facilitan el acceso a sus teorías
| Saltó a la fama como el joven prodigio de la psicología transpersonal y ahora se ha propuesto sistematizar todo el conocimiento humano |
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Es uno de los autores vivos más traducidos de Estados Unidos, Clinton y Gore gustan de hacerse fotos con sus obras en la mano para mostrar que están al día, ha escrito veinte libros sobre estados de conciencia, antropología, sociología de la religión, física, epistemología y lo que él llama la visión integral, y sus obras completas (en once volúmenes de momento) comenzaron a publicarse apenas cumplió los cincuenta años. Ken Wilber (Oklahoma City, 1949), un superdotado sin titulación académica (abandonó la bioquímica para sumergirse por su cuenta en el pensamiento oriental), no adscrito a ninguna universidad y que nunca imparte ni asiste a conferencias, es un caso único en el panorama del pensamiento contemporáneo, descrito como “el Einstein de la conciencia” y “la mente más extraordinaria de nuestros días”.
Wilber saltó a la fama como el joven prodigio de la psicología transpersonal, una corriente que estudia el desarrollo humano más allá de lo que el psicoanálisis y la psicología convencional entienden como salud mental (la del ciudadano medio y bien adaptado). Para la psicología transpersonal, enormes posibilidades creativas, cognitivas y espirituales yacen latentes en cada uno de nosotros. Pronto el horizonte de Wilber se fue volviendo cada vez más global e interdisciplinario, hasta intentar sistematizar todo el conocimiento humano en una visión integral, una empresa totalizadora que no se veía desde los tiempos de Hegel y que resulta un tanto sospechosa desde la generación de Mallarmé, Nietzsche y Rimbaud.
Wilber ha aplicado como nadie el ingenio clasificatorio de la mente occidental al escurridizo mundo de la psicología y la espiritualidad, produciendo una minuciosa cartografía de estados de conciencia. También ha cartografiado su propia trayectoria. Tal como suelen distinguirse dos o tres estadios en el itinerario intelectual de gigantes filosóficos como Wittgenstein y Heidegger, Wilber distingue cuatro en el suyo. Desde este cuarto estadio Wilber observa en la conciencia humana un mínimo de 31 líneas de desarrollo, cada una de las cuales puede ascender 17 niveles en cuatro áreas distintas. Ello da más de dos mil variables de la conciencia posibles en cada mente que ahora mismo contempla esta página. Parece que tan colosal estructura ha crecido más allá de las dimensiones en que podía ser útil. Y es cuestionable que, de hecho, se trate de un modelo preciso de la conciencia. Habría que añadir diferencias culturales y los bucles y saltos de un desarrollo que nunca es estrictamente lineal. Quienes se han adentrado en los fértiles valles más allá del ego no suelen reconocer las rígidas líneas de los mapas wilberianos. De todos modos, el esfuerzo cartográfico es fascinante, y útil siempre que no suplante a la propia brújula interior.
Quince de sus obras han sido traducidas por Kairós (más una antología a cargo de David González Raga). Ahora aparece una excelente introducción a su obra, Ken Wilber o la pasión del pensamiento, de Frank Visser, quien a pesar de ser el principal embajador de Wilber en el ciberespacio y en Europa ha sabido dar una visión objetiva, ligeramente crítica y muy clara de este gigante (metro noventa) de cabeza siempre afeitada que lleva lustros viviendo semiaislado en su domicilio en las Rocosas.
El propio Wilber también ha intentado en años recientes presentar sus teorías de un modo más accesible. Su última entrega en este sentido es la novela Boomeritis, una feroz crítica del narcisismo de la generación del baby boom (que él define como los nacidos entre 1940 y 1960) y a la vez una introducción a sus ideas en forma de largas charlas sobre estados de conciencia, todo ello en el contexto de la cultura popular de las drogas recreativas, las raves e internet (todos los títulos tienen formato de dirección electrónica), con escaramuzas en la filosofía posmoderna y aderezado con las obsesivas fantasías sexuales del autor. Cabe decir que Ken Wilber no sólo es el autor sino el protagonista de la novela, y que en ella incluso recomienda sus propios libros. Por otra parte, se han expurgado ciertas boutades de una primera versión que todavía se halla colgada en internet. Como novela Boomeritis no es gran cosa, sin apenas trama o personajes con alguna sustancia, pero tampoco, probablemente, pretende serlo. Se trata, sobre todo, de un experimento destinado a divulgar ideas.
Otra gran vía de acceso al universo wilberiano es su Diario, anotaciones de 1997 donde se combinan trivialidades cotidianas con complejas disquisiciones y, acaso lo más interesante, relatos de las experiencias meditativas y transpersonales de Wilber, que a menudo sigue consciente tanto mientras sueña como en el estado de sueño profundo. La introducción más útil y amena al pensamiento de Wilber, por otra parte, probablemente siga siendo uno de sus primeros libros, que ha seguido reeditándose: La conciencia sin fronteras.
La visión integral del Wilber más reciente distingue tres grandes ámbitos: el Yo (el mundo interior), el Nosotros (el mundo cultural) y el Ello (el mundo material). Es significativo que brille por su ausencia el ámbito del Tú, tema clave de filósofos como Buber y Levinas que han buscado un mundo menos impersonal y más humano. En consonancia con tal ausencia, Wilber suele dar primacía a la razón sobre la intuición y al cerebro sobre el corazón. Hace pocas semanas se celebró en Madrid un simposio en homenaje a su obra. Visser asistió, pero el único signo de vida de Wilber fue un escueto correo electrónico en el que se limitaba a referirse a sus próximas publicaciones.
Dentro de su visión integral Wilber se esfuerza también por abordar temas sociopolíticos, desde un enfoque que llama postliberal pero que surge de raíces hobbesianas y es menos innovador de lo que dada su trayectoria cabría esperar. Así, en plena ocupación de Iraq, Wilber señalaba al ya deslustrado Tony Blair como el mandatario que más se acerca a su visión de la política integral. El proyecto globalizador de Wilber, que trata de abarcar todas las facetas de la condición humana en un sistema en el que prima lo abstracto sobre lo concreto, comparte de hecho muchos rasgos con la globalización económica.
El egocentrismo que muchos ven en Wilber parece tangible en sus obras de los últimos años. Algo hay en él que, salvando las distancias, recuerda a los últimos años lúcidos de Nietzsche: una prosa caudalosa en la que confluyen una erudición y ambición sobrehumanas, intuiciones reveladoras, generalizaciones tan discutibles como tajantes, críticas despiadadas y un narcisismo creciente. Consciente del egocentrismo que emana, Wilber procura en sus obras recientes justificar que el pleno desarrollo humano requiere “grandes egos, egos monumentales, egos gloriosos...”. El destacado psicólogo español Manuel Almendro, en una obra divulgativa aparecida esta primavera (Psicología transpersonal, en Martínez Roca), sin dejar de reconocer sus valiosas contribuciones califica a Wilber de “máquina transpersonal” por su ingente producción y cowboy por su estilo. Por otra parte, atisbos del Wilber más sofisticado y humilde afloran una y otra vez en su obra, recordando al lector que él sólo intenta compartir su visión particular del misterio de la existencia. Como afirma en el prólogo al libro de Visser, sus libros son “simples mapas del territorio, sombras de la realidad, símbolos grises... sobre la página muerta”.
La mejor crítica de fondo que hasta la fecha se ha hecho a Wilber, desde una perspectiva más abierta, pluralista y participativa, es obra de un catalán instalado en California, Jorge Ferrer: Espiritualidad creativa, publicada también recientemente por Kairós. Ken Wilber, en cualquier caso, es un extraordinario fenómeno en el panorama intelectual contemporáneo. |