EN LAS CUMBRES DE LOS GIGANTES
Sintiendo el llamado de lo alto, el águila decidió abandonar el valle que desciende hacia las llanuras y las tierras bajas... y alzó el vuelo.
Jugando con las corrientes de aire que ascienden hacia las cumbres, sobrevoló las agrestes laderas montañosas que son cortadas por profundos y tenebrosos barrancos a cuyos más ocultos avernos nunca llega la luz del sol.
Cuando alcanzó la amplia meseta que conforma las tierras altas, se abrió ante él un paisaje rocoso sin apenas vegetación, un lugar sometido a los elementos de la forma más implacable. Hielo, viento, tormentas... y un sol que abrasa como fuego.
El águila se detuvo, contempló serenamente el paisaje y aspiró profundamente la pureza de aquel aire.
Al fondo de la desolación encantada de aquella meseta, en la lejanía, divisó las cumbres de Los Gigantes coronadas por los níveos glaciares que alcanzan el cielo. El néctar celeste que desciende a través de ellos se recoge en su base en un gran lago cuyas aguas reflejan el cielo con más claridad que la bóveda celeste y donde los videntes ven el presente, el futuro y el pasado del tiempo del mundo.
Y el águila voló hasta el gran lago y viendo en sus aguas ascendió a las cumbres sobrevolando los glaciares acariciados por el viento celeste.
Desde lo alto miró a sus pies los mares y las tierras del mundo donde los hombres ven pasar las inquietas sombras de sus vidas.
Se supo libre y alzando el vuelo se adentró en las tierras de los inmortales.
¡¡Saludos a todos!!
... y que el buen hado os acompañe.