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LA ÚLTIMA COPA
 
Venancio miró el reloj pero no acertó a descubrir la hora que era. La esfera y los números que la circundaban se habían convertido en pura tiniebla. Las agujas bailaban a un ritmo desconocido. Debía ser muy tarde, tal vez de madrugada. Los pensamientos discurrían por su cabeza completamente embarullados. Cuando lograba hilar una frase, y la comenzaba a largar, el cerebro se le inundaba con otras ideas, que se sucedían una tras otra, a una velocidad de vértigo, dejándolo siempre con media palabra en la boca o, lo que es lo mismo, con la frase a medio decir.
 
-Esdo es una audéndica locura- logró balbucir de un tirón.
 
No sabía cuantas copas llevaba ni cuantos tugurios lo habían visto acodado en la barra en las últimas horas. El día le había salido de viacrucis y... ¿que le iba a hacer? Había momentos en su vida  en que el hígado sufría complejo de esponja y frente a esa llamada del alcohol no podía luchar. Desde hacía tiempo que había tirado la toalla y dejaba que el instinto lo condujera de copa en copa, de barra en barra, de bar en bar hasta que el piloto automático decidiera llevarlo finalmente a casa. Tampoco recordaba ya de cuantos sitios lo habían echado aquella noche, cansados de que agobiara a las camareras llamándoles: -¡Mi tesoroooo, mi tesoroooo!- mientras se frotaba las manos e imitaba al Igor del jovencito Frankestein.
 
No obstante, en aquel momento, la excitación ya había pasado y se sentía como un plomo a punto de ser arrojado al vacío. Los párpados le pesaban. Las piernas parecían independientes una de otra y se deslizaban sin concierto hacia los lados de una forma completamente anárquica. Necesitaba un asiento sobre el que darse un respiro, un vaso con otro trago para recobrar energías, en definitiva, el taburete de otro bar, pero ya todos estaban cerrados o al menos eso parecía.
 
Venancio alzó  la cabeza  y oteó con ella a su alrededor como si se tratase de un periscopio. Todos los locales a oscuras, las persianas metálicas echadas, los letreros de neón apagados. Nada, ni un maldito establecimiento abierto. Así que continuó su camino, arrastrándose como pudo, agarrándose a la hilera de farolas que, como dijo el poeta, semejaban una procesión de disparates. Pero... ¿Qué había allí? ¿Qué era lo que veían sus ojos? ¡Quieto todo el mundo! ¡Eureka! A su derecha, en la misma acera, apareció la puerta entreabierta de un antro donde tomar esa última copa que tanto ansiaba y que le pedía con urgencia el organismo. Estaba a oscuras  y en el interior, detrás de la barra, todavía se veía a una camarera bebiendo algo, tal vez cansada de batallar toda la jornada, inmersa en la ineludible obligación de hacer el arqueo.
 
No, no podía dejar a aquella mujer beber sola. La acompañaría un rato, se dijo a sí mismo, y entró. La dueña o encargada, pues por la labor que estaba realizando no podía ser de otro modo, mostró al principio cierto temor y hasta sorpresa, pero al ver la facha y el pedal etílico del parroquiano que acababa de colarse por la puerta, continuó haciendo caja y permitió que éste se sentara.
 
-Un güisqui, sil "fu" plé, on the rocks- pidió Venancio, con la "v" resbalándole en la lengua hasta convertirse en "f".
 
La mujer dejó la tarea por un momento y posó  los billetes encima del mostrador, llenó un vaso con el líquido solicitado y se lo acercó al cliente. Luego, prosiguió celosamente el recuento.
 
A Venancio se le pusieron los ojos como platos. Güisqui de marca, Chivas de treinta años y el vaso a tope. La botella abierta, sin tapón, frente a él como anunciando una nueva y futura ronda, motivo que fue suficiente para que se le soltara la lengua. Una a una fueron desfilando, entre patinazos de uves y suavidades de erres mal pronunciadas, todas sus aventuras.
 
Definitivamente le gustaba aquel bar, situado en la entrada de una discoteca y a la que, por cierto, se accedía desde el interior a través de unas escaleras. La encargada inmejorable. Discreta, como tiene que ser, y completamente dedicada a reírle las gracias. Lástima que aquel momento tocara a su fin. Ella ya efectuaba el arqueo en las máquinas tragaperras y poco más le quedaría por hacer en el establecimiento antes de cerrar. Debía ser la jefa. Una mujer de pelo en pecho, porque cualquier otra realizaría el arqueo con la puerta cerrada bajo siete llaves. Así que bebió aprisa y se sirvió un nuevo lingotazo. Había que aprovechar los momentos. Aquello era vida de marqués.
 
Fue entonces cuando ella, de una forma inesperada, se le acercó y, suavemente, como con una caricia verbal susurrada al oído, lo invitó a bajar a la pista de baile. Venancio no se lo pensó dos veces. Con lo escaso que andaba el patio desde hacía algún tiempo, no era cuestión de buscarle amarguras al dulce ni cuatro tetas a la hembra. Agarró la botella por el cuello y se dejó llevar. La ostra. ¡Aquella noche se presentaba tremenda!
 
La luz casi en penumbra. A pesar de la bebida que llevaba encima, notó que se le recalentaban los motores. Ella se introdujo en la cabina del "diskyei" y pichó la lambada. La reostra. No había más remedio que bailarla. Miró el escote de su pareja y los ojos se le pusieron bizcos siguiendo el movimiento fluctuante de los esponjosos melones que se alzaban ante su vista.
 
 -¡Cuate, que aquí hay tomate!- se dijo para sus adentros mientras restregaba su cintura y lo de más debajo de su cintura con los voluptuosos muslos de su partenaire. Pronto la ropa quedó desparramada por la pista mientras él se curaba, con toda la fogosidad del mundo y la que le permitía el alcohol, la castidad casi forzosa de seis años de separación matrimonial.
 
-¡Mi tesodooooo, mi tesodoooo...! ¡Fandásdico! ¡Oliñas fffeñen, oliñas fffeñen, oliñas fffeñen e fffan, non che fffaias mulleriña que fffouche a torear...! ¡Ah!-
 
Al terminar, completamente agotado y con la sensación de navegar a la deriva en medio de un mar con fuerte marejada, Venancio fue incapaz de mantener los ojos abiertos y se tumbó en uno de los divanes de la discoteca. En un último momento de lucidez notó como ella sacaba algún fajo de billetes de la bolsa donde había metido todo el resultado del arqueo y se lo metía en el bolsillo. ¡Sensacional! ¡Realmente debía de haber estado sensacional, para que aún por encima del güisqui y el revolcón le dieran aquella propina! ¡Jamás podría olvidar aquella noche!  Luego, ella, antes de que él cerrara los ojos, le susurró al oído.
 
-Puedes quedarte a dormir aquí, cariño, pero al salir cierra la puerta. Yo me tengo que ir.-
 
Venancio no se lo pensó dos veces. Cerró los ojos y soñó... Soñó... Soñó... Con mareas de ternura derretida, con el vaivén de un oleaje infinito, con una boca de fresa que se lo comía entero empezando por los pies. Soñó... Soñó.. Soñó... Hasta que el mundo... se volvió una pesadilla.
 
Primero fue un ruido tremendo de sirenas y sus correspondientes luces que se filtraban como ráfagas de un faro escaleras abajo. ¿Tan lejos habría ido a parar en la borrachera que se había embarcado y navegado hasta ir a parar a una isla? Luego escuchó un ruido de pasos a la carrera que seguía la estela de las luces en dirección a donde estaba él.  No. Se hallaba en tierra firme, en una discoteca, casi en pelotas y tenía un vago recuerdo de que la noche no se le había dado mal. ¿Qué era entonces lo que pasaba? La dueña le había dejado dormir allí. Recordó las palabras de ella, antes de marcharse. ¿Tanto habría dormido que ya era la hora de abrir el establecimiento y comenzaba a bajar la gente? ¡Si parecía que acababa de cerrar los ojos! ¿Cómo es que nadie lo había despertado?
 
Inmerso en esas reflexiones, Venancio hizo ademán de levantar la nariz, pero en ese mismo instante el cañón de una metralleta se le posó en el bigote y se lo impidió. ¡Ay, ay, ay.... Que aquello olía a chamusquina! ¿Y si...? La pregunta que se dirigió a sí mismo se le heló en el cerebro al atisbar un principio de respuesta. Fue entonces, al escuchar lo que decía uno de los policías, cuando comenzó a tragar saliva:
 
-Mi teniente, aquí en un rincón hay el cadáver de un hombre. Debe ser el dueño-
 
-Pues a este pájaro del diván lo hemos pillado desnudo y con un par de fajos de billetes en el bolsillo de la chaqueta que hay a su lado. Muy cerca está la que debió ser el arma homicida, un cuchillo jamonero tan afilado que serviría hasta para afeitar. ¡Qué sangría! Caso resuelto. La verdad es que vaya sangre fría. Roba, se carga al dueño y luego se emborracha a golpe de chivas de 30 años para rematar durmiéndola en el lugar del crimen. Menos mal que una mujer vio la puerta abierta de una manera extraña y nos avisó y así hemos podido pillarle in fraganti- apostilló el teniente.
 
Agosto 2004©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España
Ahora  a la venta en edición de papel mi libro de relatos: "El hombre que se cagó a sí mismo"
www.tallerdelpoeta.com


Jue, 2 de Sep, 2004 8:32 pm

fpoza
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Fernando Luis Perez P...
fpoza
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2 de Sep, 2004
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Avanzado

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