El prólogo de cualquier libro, pero sobre todo el de un libro de poemas, permite tan sólo una aproximación al quid de su sustancia. Aunque podemos convenir que el simple hecho de crear ya es algo que ennoblece, es me-nester reconocer que, solamente cuando se produce la interacción, el “feed – back” (indispensable entre el autor y los lectores) a partir de la lectura e interpretación que hace cada uno de estos últimos, recién el círculo puede cerrarse y la creación literaria comienza a habitar ese espacio para el que fue creada.
Se atribuye a Neruda la expresión que establece que, para escribir buena poesía, un escritor tiene que haber tocado alguno de los dos extremos de la vida: El sufri-miento pavoroso o la felicidad portentosa.
Yo agregaría que, cuando la felicidad o el dolor que se expresa en la poesía es producto del amor (bien o mal correspondido), la intensidad de esos poemas puede arrastrar al lector a visitar geografías emocionales muy agudas.
Carmiña Cándida Daverio, seudónimo que esconde una mujer de sensibilidad más que misteriosa, ha volcado toda la intensidad de sus sentires en este poemario que simboliza los más maravillosos sentimientos del ser humano.
Para escribir poesía es necesario despojarse de esa piel que nos rodea llamada realidad. Hay que desvestir el alma, dejarla sin maquillaje y permitirle que vuele bus-cando su propio cielo. Hay que ser intrépido y valeroso porque cuando la palabra hiende el cosmos, en realidad, lo que navega por ese universo, es la esencia misma del poeta y es en ese viaje cuando queda con el alma desnu-da y sometido al escrutinio de numerosas personas, mu-chas de ellas desconocidas.
Es absolutamente imposible saber cuál es el efecto que ha de provocar esa poesía en cada lector. Nadie puede determinar cuál es el destino final de cada palabra. Cada hombre o mujer habrán de sentir “su” propia emoción (diferente para cada cual) cuando recorran estos versos.
Algunos lectores, más avezados notarán que este con-junto poético se nutre de todas aquellas cosas que con-forman el lenguaje de la poesía. Encontrarán alegorías, símbolos, metáforas, figuras, ficciones y realidades en-tremezcladas con sentido estético, pero lo más importan-te que habrán de descubrir es el alma desnuda, desvesti-da, despojada de cosméticos de una mujer que está llena de sueños y de anhelos, de amores y dolores y que a partir de lo insondable de su espíritu termina pariendo una poesía sencilla pero penetrante, sobria pero profun-da. Una mujer que describe cada uno de sus sentimien-tos, cada una de sus emociones con absoluta valentía y que se reivindica a través de la palabra.
Sus versos se asemejan a una enredadera compuesta de palabras tiernas y vibrantes; algo místico y enigmático que se mete en la sangre, trepa hasta el último rincón de nuestras emociones y que al final fluye impetuoso y se esparce hasta alcanzar cada recoveco del alma. Una vez allí, entremezcla sueños y realidades sin perder ni un solo instante el sentido poético que en definitiva es su médula.
La poesía de Daverio es por momentos un grito largo y desgarrador que parte desde lo más profundo de sus propias honduras y en otros, la melopea acompasada del amor.
Desde el primer poema, Carmiña Cándida Daverio deja que sus sentimientos revoloteen en las alas de “su” poesía. Allí reside su verdadera profundidad. Allí se es-conde todo su poder.
Antonio Jesús Cruz
Doctor y escritor
República Argentina
Octubre de 2003
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