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La navidad de
la globalización Ya armé el el
arbolito de navidad en el lugar de costumbre, y esta vez lo decoré con lo que
tenía a mano. No se imaginan lo diferente que quedó, si comparado con los
árboles que vemos en la televisión o en los negocios que en esta época venden
felicidad y solidaridad en cómodas cuotas mensuales. La verdad es
que no disponía de una estrella para ponerla en la puntita del árbol, ni las lucecitas
para colgarlas en las ramas del pino sintético, ni siquiera un poquito de
nieve artificial para rociar todo el arbolito, por eso me conformé con
lo único que tenía. De adornos,
colgué algunos gritos de dolor en todos los idiomas, y también algunas fotos
en colores de algunas víctimas anónimas de los daños colaterales; sí…
ésos que estuvieron tan de moda durante todo el año; y unas cajitas color
verde esperanza llenas de pequeñas muestras gratis de ingratitud multiuso; y
colgué también unos videos de varios bombardeos indiscriminados, y el DVD que
muestra unos 3 o 4 asesinatos selectivos y un par de sangrientos ataques
suicidas, y, sí, claro - no podían faltar - llené las ramas de papelitos
brillantes y de todos los colores con los nombres de las guerras iniciadas
este año, y de los líderes que las gestaron y las parieron. Como no tuve
mucho capital para comprar los regalos que se acostumbra distribuir en estas
fechas, no me quedó otra alternativa sino poner a los pies del árbol lo poco
que tenía en casa para dar y regalar. A mis hermanos
- en unas hermosas cajas envueltas en papel rojo y con un gran moño de seda
adornándolas - les regalé mi perdón por no haber conseguido frenar la
Injusticia, aunque sé muy bien que la rechazaron en cada una de las tantas
veces que dijo presente en nuestras vidas. A mis otros
parientes - dentro de vistosos paquetes multicolores - les brindé un sincero mea culpa por no haber ni siquiera intentado luchar contra la
mundialización de la desvergüenza. A algunos
de mis lectores y amigos - envuelta en la
hoja de avisos fúnebres del periódico - les ofrecí mi impotencia argumental
por no haber sabido convencerlos de la necesidad de luchar contra la
sistemática violación de los derechos humanos. A
mis enemigos - bien desnuda - les entregué la metáfora de mi pobre espalda
para que continúen usando el azote de la intolerancia hasta que estén cebados
y la vida los sorprenda y les regale una magnífica lección de arrepentimiento.
A los
gobiernos de los países que me hacen temblar de emoción, les escupí - en una
urna virtual - mi desesperación por ver que no quieren erradicar la
desigualdad - como prometieran sus mandamases - sino institucionalizarla,
como más conviene a los titiriteros de los dichos y de los hechos. Bueno, para
terminar, solo me queda desearles que tengan buen provecho en la cena
navideña. Dicen los que saben que este año el menú será un homenaje a la
niñez. Sí. Parece que prepararán niños envueltos a
la vinagreta recién llegados de Palestina e Israel, de Afganistán,
de Colombia, de Irak y de África. Comentan los bien informados que algunos de
ellos todavía respirarán a la hora de servirlos. ¡Ah!... Y de
postre, niños de la calle con crema, una especialidad de la cocina
latinoamericana. Como ven, será una cena muy especial para el que pueda
hacer de cuenta que aquí no pasa nada. ¡Feliz Navidad y buen provecho! Yo,
como siempre, no puedo. Ni lo uno, ni lo otro. Bruno Kampel,
Suecia (Sí,
ya sé, no hace falta que me contesten. Lo entiendo perfectamente. Si no fuera
yo el que me escribo, tampoco me
contestaría). PD:
Qué mal gusto tiene la verdad ¿no?... |