Ansia y desenfreno.
Indomable era la luz cuando la noche.
La estrella saboreó su cauda en la perenne sombra.
Eran los tiempos del deseo, las ansias de tenerte viva,
el reloj de los impulsos, las ganas de los cuerpos,
el sabor de la corteza, el beso de la noche.
¡Oh, Dios!. Así vagaste entre mis manos
y así quedaste entre mis manos.
Todo te lo llevaste:
el ímpetu, el sabor de las caricias,
el cuerpo que volaba entre las nubes,
la saciedad de viento y de soplidos,
el desahogo volátil y la palabra sin sonido.
Llegaste en la penumbra
y me dejaste insaciable entre borrascas:
como farol oscuro, como mar sin ruido,
como arena sin ventisca.
¡Todo te lo llevaste!
Dejaste la mirada en el fondo de la noche,
en la oscuridad del universo:
ahí donde las bocas se sacían del silencio
y gritan, a veces, desesperadas el encuentro.
¡Oh, Dios!, ¡Oh, Dios!,
tan eterna tú como la noche…
tan permanente en el resplandor del firmamento.
Allá a lo lejos, en la existencia de los astros,
aún subyacen los inagotables tactos,
los delirios hechos besos;
Aún centellan las acaloradas manos
y se refugian entre luces
las miradas de tus ojos.
Toda tú. Siempre tú.
¡Todo te lo llevaste!.
¡Oh, Dios!, Y así quedaste entre mis manos,
así dormiste entre mis labios…
en el sabor que me empapaste,
en el hervor y el arrebato.
Me despierto en la mañana
en el recital en que despunta la alborada
y estas ahí, fresca, intocable,
aún entre mis brazos, aún entre mi cuerpo,
y suplico nuevamente por las horas de la noche:
que te lleves todo,
que me lleves hacia la indomable luz de lo celeste.
¡Oh, Dios!, de nuevo a la noche infinita de tus besos
y al espacio en que tu cuerpo se transforma en lucero.
Salvador Pliego