Mujer
¡Ah casquivana!,
que rodaste como piedra
entre los brazos y los besos
y sedujiste a cuanto caballero
puso la mirada en tu silueta.
Ibas como el agua: apaciguando sed,
acariciando las gargantas,
cautivando a aquel que en tu hermosura
veía el aposento y la lujuria.
No dejaste agasajo sin rozar tu vientre,
ni púrpura mirada que no halagase
la provocadora sed de tu figura.
Te diste toda como la semilla
que brotaba de la tierra
y germinaba con la gota
de la intemperancia y desenfreno.
Recorriste todo con tus ansias.
Te ofreciste como aquella flor
que se corta y que luce su belleza,
y que muere y seca a falta de fragancia.
Te ufanabas del cuerpo
que indujo a aquel que te admiraba
y le dabas sólo gotas
cual pócima para que nunca te faltara.
Hoy que emergen los recuerdos
y el tiempo se marchita
mostrando en mis ojos las arrugas
como esquirlas rojas
que se abren paso por la vida,
fluyen nuevamente los olores
que del pecho en rosa virgen te brotaban.
Te imagino de nuevo como aquel clavel
de blanco que floreaba en los estuarios.
Como aquel rocío fresco que humeaba entre las manos.
Como aquella rosa perfumada que al olerla
levantaba mi pasión y me excitaba.
Eras tú la belleza del jazmín y la azucena.
El olor de fruta que en la uva se chupaba.
El tacto que en la noche, bajo sombras,
se escapaba y aromaba.
La Ninfa que en un vaso de agua me bebía,
tan desesperadamente, que no dejaba rastro
de tus muslos en mis manos.
Mujer: eras la Diosa que en los besos te esfumabas;
El suspiro puro que absorbí de un sólo sorbo;
La desbocada ansia de mis brazos;
El ritual eterno de arrumacos, delirios y delicias.
En ti fluyeron los versos como el río a las orillas.
A ti las aguas colorearon con la sal
para que al sentarte en las arenas
te besaran los pólipos y las mareas.
Eras tú la sed de viento, el despertar del fuego,
el mirar de los sonidos, la colosal y telúrica
rabia en que las bocas se prendían.
No entendí entonces que tú eras la fuerza
que éste cuerpo me pedía.
El néctar sabroso que a mis labios seducían.
Y dejé pasar tu aroma
como aquel que sin olfato perdió la herencia de la vida.
Déjame sentir de nuevo tu pecho en la franela de mis manos
y así de suaves, tersos, acariciarlos,
como el fino polen que se pule en el capullo.
Tocar tus manos de corola y refinado lino.
Rozar tus labios y llorar en ellos el dolor y mi castigo.
Déjame postrarme ante tus ojos
y doblar los míos con las lágrimas
que ruegan el perdón ante el olvido.
Y saber de nuevo, que algún día,
tendrás mi boca protegida.
Y llorar callado… en silencio…
perdonando mi descuido.
Salvador Pliego
Nota:
Quiero hacer una invitación para el próximo 12 de enero a una
presentación (lectura) de mi poética en la Casa de la Cultura "Jesús
Reyes Heroles", localizada en la plaza de Coyoacán, de la Ciudad de
México. El evento dará inicio a las 8 pm. Todos los que gusten
ir serán bien recibidos.