Que ese dolor irrepetible que desangra nuestros corazones, nos sensibilice para enfrentar de alguna forma - aunque sea desde nuestra reserva moral - esa guerra inútil (como todas las guerras, pero esa más), que destruye vidas sin que nadie se atreva a calificarla como producto de la barbarie más incompatible con nuestra esencia humana. Hagamos algo. Levantemos nuestros puños en señal de protesta, como lo reclaman voces universales como la del gran poeta
Winston Orrillo. Como lo exigen las fuerzas de la verdad y la justicia. Digámosle no a la justificación de los poderosos, por que ahora mismo, sin que le duela a muchos, miles de niños, ancianos y jóvenes sucumben ante las balas homicidas de los instigadores de esa crueldad sin nombre.
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