Ayer una amiga me enviaba un escrito titulado ¿Qué es el amor? Eso me recordó que hace ya casi ocho años una chica de quince años efectuaba la misma pregunta en un foro de Internet, respondiéndole yo con este escrito que rescato del baúl de los recuerdosy que sigue vigente en cada uno de sus términos.
Aprovecho para informar de que ya se puede consultar el programa de mi viaje a Argentina, del 4 al 25 de mayo de 2008 en la web http://www.eltallerdelpoeta.com/viajeargentina.htm . Para quienes no me hayan escuchado nunca recitar y quieran hacerlo pueden descargar desde allí cinco poemas grabados.
PARA ANGIE (Respuesta a una niña de 15 años que preguntó en un foro ¿Qué es el amor?)
Tic... tac... tic... tac... ¿Escuchas? Es el tiempo que camina con bastones, segundo a segundo por la rampa universal. Tic... tac... tic... tac... Es el hombre y su destino bailando la danza de las horas en la esfera existencial. Cierra los ojos, Angie y deja que tu mano se pose sobre mi corazón. Tum...túm... tum ... túm... ¿Lo sientes? Es el latido del mundo, de la vida, del amor a una mujer inexistente, galopando por las venas como si fuera el ritmo loco de un tambor. Preguntas ¿qué es el amor? y nadie te responde. Un poeta de otro siglo te diría que el amor es una llama de fuego que funde el oro y lo vuelve más resplandeciente. Un realista respondería que el amor es algo esencial para la vida del hombre y su destino. Un místico no dudaría al revelarte que el amor es un sentimiento más elevado que el cielo o una profundidad más honda que el océano. Tanto sobre el amor como sobre la vida siempre encontrarás toneladas de respuestas, pues para cada persona es lo mismo y al mismo tiempo algo muy diferente, en función de la edad, el alma y las circunstancias. Hubo un tiempo, hace ya mucho tiempo, o eso me parece, que yo también tuve quince años. Y tu pregunta me ha traido al recuerdo aquellos momentos inolvidables en que el amor era para mí como una mala digestión, una terrible sensación que me revolvía el cuerpo por dentro y parecía que nunca llegaba a su fin. Era la etapa del amor generoso, dilapidador, del amor salido de una fuente que mana del mismo centro de la tierra. Era un tiempo en el que parecía como si una antorcha iluminara los momentos pasados junto a la amada y una tiniebla de silencio sembrara la tristeza en la espesura de la noche o los ratos en que permanecíamos separados. Era un ciclo en el que, espoleados por esa atracción hacia la belleza de la otra persona, por ese interés que ofrece todo lo nuevo, hacíamos de cada gesto, de cada palabra, un objetivo para no desilusionar al ser amado. Hoy publican en un periódico español una entrevista con el premio nobel de literatura José Saramago, en la que nos cuenta que en la casa de Lanzarote, donde vive, ha parado todos los relojes en las cuatro de la tarde, porque es a esa hora cuando conoció a su tercer y actual mujer. Lo he leído y sentido una pena enorme. No por él, que se manifiesta profundamente enamorado de ella, sino por mí, porque me he dado cuenta de que no puedo hacer lo mismo, de que no tengo a nadie por quien merezca la pena detener los relojes. Y de nuevo he vuelto a padecer esa horrible sensación de una mala digestión, como a los quince años, pero esta vez por el motivo contrario, y a mi mente afloraron aquellos versos de Manuel Antonio, el poeta gallego, en los que tan sabiamente dice: "El mar anda que desanda, / anda que desaparece, / quien tiene amores no duerme, / quien no los tiene adolece.
Enero 2001©Fernando Luis Pérez Poza |
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