Crónica de un viaje a Argentina (I)
A PUNTO DE DESPEGAR
Aquí estoy. A unas horas tan sólo de tomar el avión que me llevará primero de
Oporto a Madrid y de Madrid a Buenos Aires. Agotado. Tremendamente cansado.
Para los que vivimos haciendo equilibrios poéticos sobre el alambre económico,
veinte días fuera, sin ejercer la actividad que nos proporciona el ir tirando,
nos exige un esfuerzo infrahumano anterior. Yo no sé si he batido todos los
records de fabricación de libros en estos últimos días, lo que sí estoy seguro
es que he trabajado más que cualquier esclavo atrapado en la peor de las
esclavitudes, aunque tengo claro que la peor esclavitud es la que uno se impone
uno mismo y, en eso, yo soy un verdadero especialista, pero no me arrepiento
porque eso luego le da a uno libertad de movimientos.
Me apetece, por lo tanto, sentarme en el avión. Saber que voy a estar casi
dieciséis horas en un sillón sin hacer nada me parece en estos momentos lo más
parecido al séptimo cielo e, incluso, sólo de pensarlo, llego a empatizar con
los políticos, para los cuales esa faceta, la de estar en un sillón sin hacer
nada, resulta prácticamente un hábito.
Han sido varios días de quince horas de trabajo, comiendo lo imprescindible, sin
cenar, bebiendo a morro un cartón de leche a las cinco de la mañana, cuando
subía a casa porque ya no podía más, con el fin de mantener nutridos los huesos,
pero me siento satisfecho. Creo que he organizado un calendario del que
cualquier poeta se sentiría orgulloso.
Es justo reconocer que no ha sido un esfuerzo en solitario. Mi especial
reconocimiento a Ana Guillot, Gabriela Delgado, María Cristina Pizarro, Graciela
Welcenblat, Cristina Villanueva, Graciela Pucci, Fanny Garbini y Lucas Debonnet,
por el apoyo prestado desde el principio a ese almanaque de recitales y
presentaciones que de forma permanentemente y actualizado figura en mi web
http://www.eltallerdelpoeta.com/viajeargentina.htm , y a todas las personas que,
a través de ellas han intervenido, y que nombrarlas convertiría esto en una
especie de padrón literario, lo cual no es mi intención, aunque en posteriores
entregas iré dando cuenta de ellas.
Voy con el corazón en la mano para tratar de conocer al mayor número de personas
interesadas en la literatura. Ni me considero un gran poeta, ni una gran persona
e, incluso, en lo físico podría decir que me aproximo a la canción del Calamaro,
sexy, calvo y barrigón, sino fuera por la carencia de lo de sexy, aunque
reconozco que esto último es un poco exagerado o un simple y sano ejercicio de
un deporte que todos deberíamos practicar de vez en cuando y que consiste en
reírnos un poco de nosotros mismos, desdramatizando así la vida y el catecismo
con el que nos adoctrinaron en la infancia.
No hay nada mejor que plantearse la vida como un vehículo para cumplir los
sueños y Argentina era uno de ellos, de esos sueños que toman posesión de uno
desde la infancia, por eso voy dispuesto a poner toda la carne en el asador en
este viaje. Tal vez nunca aprenda a bailar el tango, porque para esas cuestiones
soy un poco patoso, pero me imagino que verlo bailar en directo debe ser ya toda
una experiencia, un diálogo entre la mujer y el hombre, un lenguaje expresado en
danza poética, en definitiva, poesía expresada con el cuerpo y el movimiento.
En estos días de intensos preparativos he recibido todo tipo de consejos.
Intentaré seguirlos todos menos el de que no lleve calzoncillos verdes que, al
parecer, según me han contado, espantarían a más de una. No es mi intención ir
mostrando los calzoncillos por doquier. No es mi estilo. Si suenan las doce
campanadas en el reloj de la torre y cenicienta decide no perder su zapato de
regreso a su casa y me considera el príncipe afortunado y yo a ella una
princesa, bueno, serán cosas del destino. Si el reloj decide pararse en una hora
para siempre, como le sucedió a Saramago cuando conoció a su tercera mujer,
también será una cosa del destino. Yo ni le pongo ni le quito cortinas al
futuro, que el sol salga por donde quiera, aunque la luna también me parece
realmente maravillosa y me siento bastante feliz en ella.
Un reconocimiento también especial a la poeta marplatense María Gabriela Abeal
por su apoyo en estos días difíciles, de tanto trabajo, y por el evento que ha
logrado organizar en su ciudad, Mar del Plata. Ella fue la que le puso el título
a mi libro, Origami, al escribirme: "Te imagino en tu mundo artesanal, con una
luz tenue y rodeado de duendes convertidos en papel como el origami". Espero
tener la oportunidad de conocer muy pronto tanto a ella, como a su marido, como
a su hija Ágata, un verdadero duende de seis años con el que hablo a veces por
el Messenger, duende que ha prometido que me regalará los tres libros que ha
escrito en un cuaderno, lo que no cabe duda le augura un gran futuro como
escritora.
En fin, las nubes se despejan, comienzo a meter cosas en las maletas y a sentir
ya el abrazo de mis primos Pablo y Francisco que me irán a buscar al aeropuerto
el próximo lunes. ¡Qué vayan preparando el mate!
Mayo 2008©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España
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