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Crónica de un viaje a la Argentina (VII) - El tango   Lista de mensajes  
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Crónica de un viaje a la Argentina (VII)

EL TANGO

Es difícil expresar lo que uno siente cuando se acomoda en un teatro de la
Avenida de Corrientes, dispuesto a disfrutar al máximo de un espectáculo de
tango.
La zona de butacas probablemente había sido cubierta con una tarima, pues se
notaba que estaba a ras del escenario. Y sobre esa superficie se habían
dispuesto un sinfín de pequeñas mesas redondas con una pequeña lámpara de noche
encendida sobre cada una de ellas.
Con el teatro en penumbra, ese ciento largo de luces parecía una manifestación
de luciérnagas. Los palcos se descolgaban por las parees luciendo un sencillo
pero dorado artesonado y vestían todavía más el patio de butacas.
Día de semana, miércoles para ser más exactos, pero lleno a rebosar. Y es que el
espectáculo lo merecía. La compañía Tango x 2, encabezada por Miguel Ángel
Zotto, escenificaba a lo largo de casi hora y media la historia del tango y, con
ello, en cierto modo, la de Buenos Aires, o también para no entrar en disputa
con los uruguayos, la de Montevideo, a lo largo del siglo XX, que no serían muy
distintas.
Desde 1905 hasta la vanguardia actual. Veintiuna personas sobre el escenario y
me imagino que muchas otras más entre bastidores para que todo saliera perfecto.
La ambientación visual, con proyectores de imágenes en los que predominaba el
obelisco al fondo, pero que se iban adaptando como un guante a las épocas
representadas.
El recorrido completo comenzaba en la memoria legendaria de la pareja "El Cívico
y la Moreira", pasaje en el que la compañía entera recreaba a través de tango,
milongas y zamba, los bailes primitivos, mostrando el estilo como se bailaban
los primeros tangos, taconeados y canyengues.
El baile y el teatro se enlazaron a la hora de escenificar el prostíbulo,
ambientado en el Buenos Aires de los años veinte "una ciudad que recibía miles
de inmigrantes, generalmente hombres solos, que arribaban de todas partes de
Europa, así como centenares de jovencitas que llegaban engañadas y serían
regenteadas por madamas y cajetillas en los típicos prostíbulos de la ciudad".
La década de los cuarenta vestía el escenario de Avenida de Corrientes de cafés,
orquestas, teatros, dancing club que la compañía recreaba convirtiéndola en "la
calle que nunca duerme" y en el epicentro del tango.
El café Mazotto, la plaza típica, el atardecer donde se entremezclan el vals
cruzado y una milonga al borde del escenario.
El segundo acto incluía el desarrollo del tango danza, el baile entre hombres y
un homenaje a Eduardo Areolas.
Picadas con los pies, coreografía de piernas, saltos acrobáticos, vertiginosos
descensos por unas escaleras ubicadas en el escenario y que no dieron lugar ni a
un solo traspiés. Los pasos más difíciles eran saludados por el público con
largas ovaciones espontáneas.
El tango es un poema en el que se emplea el cuerpo como herramienta. Los ojos de
los bailarines no se extraviaban sino que se miraban fijamente mientras los pies
evolucionaban, encajando unos con otros como si fueran el engranaje perfecto de
un mecano diseñado a puro sentimiento.
Rojo y violeta, terciopelo negro, satén blanco vestían de tango los sueños.
Finos encajes de una lencería mágica moviéndose al ritmo de una magnífica
orquesta compuesta de violines, bandoneones, piano y contrabajo.
Los pies de los espectadores zapateaban al compás de la música adquiriendo
autonomía sobre sus propietarios.
Los bailarines se desplegaban por el escenario con la misma armonía que el
fuelle de un bandoneón, abriéndose y cerrándose, como un certero mecanismo de
relojería, sincronizados con la partitura sin una milésima de segundo de
retraso.
Y yo sentí que Buenos Aires se me metía dentro y comenzaba a ocupar por completo
cada rincón de mi corazón.

Mayo 2008 © Fernando Luis Pérez Poza
Buenos Aires. Argentina.


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