ACTO I, ESCENA I
¿Cuántas palabras no escritas esconde el aire? Se amontonan, perdidas, en
vagones de humo, en un tren de color que desnuca el llanto y amasa bolas de
caramelo. ¿Hacia donde viaja el eco cuando no se oye? ¿Con qué alas vuela el
trueno? ¿De qué boca hurtó la sonrisa el viento?
Recuerdo que escribía cartas y la voz era tinta transparente, éter en celo.
Llovía paisaje en los ojos y el botín de la tierra trepanaba el cráneo del
universo. Así eran las rejas. Tan inmóviles que se movían al compás del reo,
como un cadalso de burbujas secas.
Ella era flor submarina, prisionera del agua que la mantenía viva. Sueño
destilado de amargura muerta, luna clueca de rostro destronado. Mis dedos,
distancia inabarcable, sombras sin cuerpo que mutilaban el instante.
La muerte esperaba al otro lado del espejo, en la vitrina del olvido. La
oscuridad era luz negra subida a un eclipse de silencio. Estaba allí, aunque él
no la comprendiera. Allí, como una escalera larga de caracol orientada hacia el
abismo, como un vasto pasillo de infinito llamándolo a gritos: -¡Eh! ¡Eh!- Y
solamente a ella le hacía caso, sin saber qué era aquello a lo que respondía.
Diciembre 2008©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España
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