París no es una fiesta - Crónica de mi tercer viaje a México (III) Aquí estoy, en el Aeropuerto Charles de Gaulle, en la terminal E2, aguardando que
den las 12,45 del mediodía para embarcar rumbo a México en el avión y echar una
soberana siesta que tal y como ando de cansado va a durar casi todo el viaje.
Hoy no es que haya madrugado precisamente, sino simplemente que no he dormido
nada, para tomar el vuelo de las 6,50 que me condujera desde Vigo hasta este
sitio cuyo suelo está cubierto por completo con una alfombra o moqueta roja tan
brillante que quema los ojos. Esto parece los Champs-Élysées vestidos
para el día del triunfo y encerrados en un túnel como el de Guadarrama pero con
luz natural. He encontrado varias terminales con ordenadores pero te sangran, así que después
de probar en veinte mil enchufes he conseguido que me funcione el aparato, es
decir, la compu, que la próstata todavía sobrevive a los cincuenta años. Me
ilusioné cuando vi que el dispositivo inalámbrico reconocía una conexión no
segura pero era la del aeropuerto y, en cuanto entras, te pide la tajeta Visa
para sablearte. Así que, como estuve hasta las cuatro de la madrugada conectado
y tengo el correo bastante al día he decidido pasar de ellos y darle a la tecla
para continuar la crónica. Lo malo es que el teclado de esta vieja antigualla
de portátil que tengo padece una especie de baile de San Vito y salta de línea
él solo, repite las letras, cambia el orden de las palabras como si también le
afectara una extraña dislexia informática, lo que me obliga a estar corrigiendo
constantemente todo lo que escribo. A mí, particularmente, el aeropuerto que más me gusta es el de Oporto, en Portugal.
La conexión a Internet es libre, o eso reza allí, por lo menos, porque nunca he
coincidido llevando el ordenador, y hay garrafas de agua mineral y vasos para
darle gusto al riñón todo lo que se quiera sin pagar un chavo. Acostumbrado a
los demás aeropuertos en los que cuesta hasta dos euros un botellín de los más cutres, de los hechos como para vejiga liliputiense, cuando voy, me doy el gustazo de beberme
casi toda una garrafa entera. Me he medido la tensión con el tensiómetro de muñeca que he traído en el equipaje de
mano y la tengo disparada. La alta anda en 17 y la mínima casi en 11, claro
está que en unas condiciones de cansancio extremo y sin haber dormido. Dentro
de un rato tomaré la pastilla que la devolverá a la normalidad pues no conviene
que la mínima pase de nueve ya que entonces existe riesgo de un infarto
cerebral. Esto se cura, sobre todo, con agua y sueño, pero si me quedo dormido
en el asiento de la terminal me arriesgo a que me birlen el equipaje e,
incluso, hasta esta crónica. De madrugada, antes de salir del taller, donde hice guardia hasta que llegara la
hora de la partida, cayó una tronada fina y todo el agua que le dio la gana. A
chorro lloraban los angelitos mientras el viento jugaba a doblar las palmeras
delante del taller. Creí que era el diluvio universal y ya estaba dispuesto a
agarrar un par de remos que tengo despistados en una esquina, vaciar la maleta
para convertirla en una canoa y dejarme llevar por la corriente del
alcantarillado pluvial de superficie, cuando escampó un poco. Entonces llamé al
taxi, cuyo conductor fue bastante amable a pesar de que el anterior pasajero le
había dejado sin pagar la carrera. Ya en el vuelo, cuando iba a lograr conciliar una siestecilla, apareció la azafata
con un zumo, un bocata de jamón serrano, un bollo de leche y un yogur y no me
sentí con fuerzas de rechazar aquel tentempié, lo que espantó definitivamente a
Morfeo. Ahora estoy notando el agotamiento. El teclado se ha llenado de duendes que hacen lo
que les da la santa gana y bailan las letras como nunca me había sucedido. La
espalda se empieza a resentir de la postura en la que escribo así que me voy a
tomar un agua y continuaré ya desde México si los hados del destino me lo permiten. Si les llega esta crónica es porque ya habré logrado atravesar el océano. Fernando Luis Pérez Poza www.eltallerdelpoeta.com |