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SON LAS SIETE Y TREINTA Y SEIS
He aquí un hombre perdido en el norte de un cielo incoloro, una luz que no sabe
si es abril u otoño, noviembre o primavera, porque está en dos partes del
mundo al mismo tiempo. Un fugaz sueño luce sobre el tejado del alba, sobre el
techo de paja de un nuevo día, en la cama solitaria del presente y del futuro.
Por las rendijas del cosmos repta ya la jornada, que se anuncia sin árboles,
asomada a la ventana de un gran territorio mudo.
Es la hora indecisa de levantarse o quedarse acostado, relamiendo nuevas y
viejas heridas en el vapor de la somnolencia. Hölderling estrena la memoria con
un verso vestido de infancia. Soy un niño en paz, en suspenso, esperando a que
ocurra la inmensidad de un momento al otro lado del túnel.
Tranquilo, me baño en el río de la esperanza, recorro sus orillas alfombradas
de nadie e intento dibujar las olas en el agua con un atisbo de horizonte. Pero
hay hendiduras que interrumpen el ángulo, bordes bermejos de barranco que secan
la leña.
Todo sería sueño si cerrara otra vez los ojos y me volviera ciego para no ver
el traspiés del tiempo, el rostro ebrio y grotesco del nunca insertado en el
mañana como una raíz del siempre. Pero es de día y reconozco que he ponerme
en pie si todavía quiero exhibir el zoo de mis sentimientos en el circo del
papel en blanco.
Y me decido: Habrá función, pero también me haré mendigo para pedir que me
otorgues una dulce y compasiva limosna de letras.
2009©Fernando Luis Pérez Poza
Del libro "El latido de las horas"
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