Así me miras
Y si a tus ojos viera, diría:
¡Más!...
Y si en la noche, como en un sueño,
cuando me miras con tu silencio
me das tus manos, yo exclamaría:
¡Más!...
Y al acercar tu boca junto a la mía
sabrás que hay algo que clama el mar:
¡Me basta un beso, no pido más!
Sé que me besas como la espuma.
Igual te beso como la mar.
Cuando te miro y tú me miras:
¡No pido más!
Cuando tu labio se prende al mío.
Cuando tu beso el acantilado lo prende
y el viento sucumbe como el rocío…
Así me miras… ¡No pido más!
Y si tu boca no se agotara, diría:
¡Más!...
Sabrás que siento con tu mirada
lo que la ola al muelle al rozar.
Bajo tus labios la arena eriza
mi cuerpo y siembra el aroma de tu mirar.
Así me miras… Así te miro…
Y si me besas… ¡No pido más!
Salvador Pliego
¡Eres admirable!
Fuiste creado a imagen y semejanza de Dios.
Dentro de ti hay posibilidades ilimitadas de bien, de crecimiento, de logro.
¡Eres admirable!
Tu mente es más potente que la más alta montaña,
más fuerte que la fuerza del viento, más poderosa que las corrientes de los mares.
¡Eres admirable!
Tu espíritu, que es tu verdadero "tu",
contiene semilla dormida de energía vital, creatividad, inspiración, potencialidad infinita
y dinámica inmortalidad.
¡Eres admirable!
Tienes una influencia hermosa, única y gozosa
que llega más allá de lo que tus más locos sueños puedan imaginar, bendiciendo la vida de los demás,
más allá de lo que tu imaginación alcance.
¡Eres admirable!
Eres un instrumento delicadamente afinado de amor,
salud, paz, armonía y generosidad.
El mundo espera de ti que pongas tu grandeza en acción y te eleves a nuevas alturas de
entusiasmo, servicio, logros, prosperidad y bienestar.
¡Eres admirable!
¡Comienza ahora a congregar el poder que hay dentro de ti y a ser aún más admirable!
Los Galenos
¡Hey, galenos!
Decía la abuela y empuñaba el cuchillo
que filoso y con punta
y a brazo extendido
mostraba sobre la cuesta.
¡Hey, muchachos!
Decía el abuelo y se esfumaba
como el lucero de la mañana.
¡Hey, muchachos!
Decía el abuelo
a aquel muchacho,
a aquel Jesús,
a aquella Brenda,
a aquel escuincle
de aquélla plaza
que por principio, norma y jactancia,
era Martínez de sangre y plasma.
A cual se le viera
era hijo de alguna dama
de rosa alcurnia que había sido,
por bella y preciosa, su enamorada.
Por cientos, aclamaban, en el pueblo a sus hijos se les contaba.
Allá en la loma, allá en el cerro,
eran Martínez por obra y gracia de Don Martínez.
Y era el presunto de tal gallardía,
que el día que el pueblo de gala vestía
hacía se le subiese a la palestra
y sobre su pecho izaran la insignia toda extendida.
¡Hey, galenos!
Decía la abuela con su cuchillo
cuando temprano, muy de mañana,
de madrugada,
llamaba al mozo para pedirle
le socorriera con el marrano.
Juntos y a mano limpia
torcían la porcina pata
para quitarle aquella parte
que el macho con mucho alarde presume y jacta,
y dejarle listo, engordando y limpio,
para la fiesta que se venía
de la patrona Santa María.
¡Hey, galenos!
Decía la abuela con su cuchillo.
Cuando se oía,
ya se sabía: era la pica,
era el machete,
era la muerte,
y corrían a guarecerse
pues seguro sería un marrano,
tal vez un cristiano,
quien pagaría el sangrado en la cirugía.
No fuera la abuela
con todo y hierro
a seguir cortando pellejo nuevo
y uno que otro indio del cerro
tan sólo por hombre o porque vistiese los pantalones.
¡Hey, muchachos!
Decía el abuelo
buscando nueva conquista,
buscando dama y enamorarla.
Un día en la carreta llegóse una bella dama
de lindos encantos, de falda escotada,
y el abuelo Martínez, más presto que siempre,
acudió de inmediato a cortejar a la hermosa arribada.
Días pasaron de luna y suspiros
hasta que en cierta ocasión
el abuelo fue a verla y entre mimos y besos
el rincón fue testigo de lo acontecido:
que al levantarle el vestido no era una ella
sino él en caireles y de falda entablada.
¡Hey, galenos!
Decía la abuela con su cuchillo.
Y aquel bello…
diría bella por respeto y clemencia,
corrió con la abuela maltrecha y herida
después de sufrir insana paliza.
De su aliento y habla todo lo supo la abuela:
los cientos de infantes en la aldea regados,
los miles de besos que sedujeron a las bellas damas,
las flores regadas en infinitas alcobas,
las lunas de plata y las horas al alba.
Alzóse la abuela, empuñóse el cuchillo
y sólo escuchóse del pecho su grito:
¡Hey, galenos!
Y corrióse a la aldea donde se decía
hasta el perro era Martínez
por derecho y presencia del abuelo Martínez.
¡Hey galenos!
Decía la abuela con su cuchillo.
Y contóse cuatrocientos veinte muchachos,
cuatrocientos veinte Martínez,
cuatrocientos veinte querubes.
Y por cada uno que enumeraba
más fuerte el grito se le escuchaba:
¡Hey, galenos!
¡Hey, muchachos!
Decía el abuelo
una vez escondido,
una vez esfumado,
una vez refugiado,
y dormía a pierna cruzada
por aquello de los cuchillos y los recuerdos,
y sólo dejaba se le acercase
su propia sombra bien alumbrada.
¡Hey, muchachos!
Por eso prefieran los chochos
y cualquier mata que sane o que cure.
Han de cuidarse de nobles galenos.
Vaya usted a saberlo:
un corte mal hecho que haga el novel cirujano
y pueda que pierda hasta el nombre
por falta de parte que es sólo del hombre.
No vaya a quedarse como aquel marranito:
sólo engorde y engorde.
¡Hey, galenos!
Salvador Pliego
El evento se celebraría en el salón de actos de un colegio. Al principio se había valorado la Biblioteca Pública, situado en el centro de Aprilia, pero el aforo era limitado, según me explicó después la anfitriona. Por la mañana, tomando café, supe que tampoco asistiría la argentina Cristina Valle. Se había marchado tras la participación en la inauguración de una feria de beneficencia y de haber donado un cuadro. No se encontraba bien y decidió regresar en coche hasta Milán,
donde vivía su familia. "Le entró la pájara", como diríamos por estas latitudes y, ante eso, sé por propia experiencia que no se puede hacer nada salvo escapar del foco depresivo, aunque, sin ánimo de recriminar nada, una llamadita a la organizadora no habría venido mal en lugar de un mensaje de disculpa dejado a toda prisa en el hotel.
El problema que se le planteó a Fiorella era morrocotudo, pues con motivo de la asistencia de Cristina había invitado a representantes diplomáticos de Argentina en Italia y una situación así para alguien que organiza una historia de este tipo es como encontrarse ante el altar compuesta y sin novio. A mí también me supuso un revés, pues con mi desconocimiento del idioma italiano y, sin nadie alrededor para hablar en español, me vi como el espermatozoide de color en medio de
varios miles de espermatozoides blancos preguntándose... ¿Qué hago yo aquí? ... que aparece en una película de Woody Allen, aunque aquí la discriminación fuera natural y por causa del idioma.
Cuando llegué al lugar de la celebración, saludé a Fiorella y la dejéa su aire. Hubo un tiempo en que me dedicaba a temas de protocolo y me tocó organizar actos conmemorativos, convenciones, congresos, reuniones de políticos, etc... e incluso una capea taurina junto a una bodega y un torneo medieval en la plaza de toros de León, por lo que nunca seré yo quien distraiga al organizador de un evento con mis problemas. Me senté donde me indicaron, encendí el chip cerebral que todos llevamos dentro si queremos disfrutar de las cosas buenas que nos rodean y me sumergí en los ensayos
de un ballet juvenil que, en honor de la invitada argentina, había preparado una magnífica escenificación de un tango. ¡Claro, a los españoles que nos den", pensé en broma.
Fiorella se movía de aquí para allá como una abeja laboriosa hasta que llegaron autoridades e invitados, comenzó el encuentro y pudo sentarse a descansar un poco. Aquello ya estaba en manos de los presentadores, un hombre y una mujer muy elegante llamada Liliana. El romano Lui también debía de andar por allí porque escuché que bastantes personas lo mencionaban, pero no acerté a ubicar su geografía física en el mapa del recinto.
Al primero que llamaron a la palestra, sin avisar,
fue a mí. Como siempre, ante estas ocasiones, un golpe de adrenalina me bateó el cerebro. Tranquilo, Fernando, dije para mis adentros. Me tocaba romper el hielo, con un poema en español ante un público italiano que no entendería ni papa de lo que recitaba. No me quedaba más remedio que recurrir a un arma letal, infalible: utilizar todos los registros de mi garganta y echarle sentimiento hasta que a mí mismo se me pusieran los pelos de punta. Primero las palabras consabidas de cortesía, de las que como pude comprobar más tarde solamente se percataron algunos argentinos que andaban repartidos por las butacas y la representación diplomática, una funcionaria de la oficina del Agregado Cultural en la Embajada Argentina. El resto ni se enteró de que uno de los motivos por los que había viajado a Aprilia era para promocionar mi editorial mediante la presentación no oficial del libro de Fiorella Giovannelli, "Chiaraluna. Se solo smettesse di piovere", aunque casi todos me llamaban
el "editore españolo". Al terminar de recitar en mi lengua, una argentina residente en la localidad, Mónica Retamozo, se encargó de leer la traducción de mi poema al italiano que habían realizado Gabriel Impaglione y Giovanna Mulas y que estaba dedicado a los emigrantes africanos que intentan arribar a Europa a través del océano.
che ancora non sono state capaci di rubare la fame,
e a nessuno risulta strano
la lunga digestione smemorata,
il suo disturbo di squalo cannibale,
il funebre operare del suo intestino
quando ritorna alla spiaggia
il residuo più muto del silenzio.
Chi chiuse con chiave l’orizzonte?
Chi tessette la forca delle onde?
Chi spinse al mare il kayuco o la patera?
Si beve l’oceano ai morti,
lo tritura con ferocità nel suo cuore di
sale,
li mastica con denti da gigante
e li insaliva in bile inumana
E nessuno dice niente.
E nessuno sa niente.
E nessuno sente niente.
E ciò che è peggio.
Nessuno fa niente.
Si beve l’oceano ai morti
E qui continuamo tutto,
impegnati
Nel cucire frontiere di filo metallico,
scavare tombe senza lapide
e negare il passo all’alba.
Trad. Giovanna Mulas- Gabriel Impaglione
Los colegas más próximos a mi butaca, me felicitaron. El representante diplomático argentino, que intervino a continuación, destacó la dureza de mi poema. El resto del tiempo fue un desfile de poetas italianos, además de una poeta belga, entre los que se intercalaban algunas actuaciones musicales y de ballet, incluida una soprano que me pareció muy buena y con la que disfruté una enormidad. Lo que más me sorprendió es que en Italia, al parecer, hay la costumbre de poner un actor a disposición de los autores para que sea él que recite. Ni que decir tiene el atracón dramático que se metió aquella tarde aquel esforzado Otelo, pues casi todo el mundo requirió sus servicios.
En varias ocasiones creí reconocer al romano Lui, pero fueron falsos espejimos, lo confundía con otros. Al excelso poeta, cuyo nombre estaba en boca de todos, se lo debía haber tragado la tierra, pues no compareció en el escenario. Extrañado de no haberlo conocido o de que no me lo hubieran presentado, al terminar el encuentro, me subí al coche del hijo de Fiorella, donde como pudimos nos acomodamos cuatro más además del conductor, dispuesto a disfrutar de la cena en el restaurante Il Nido. La organizadora se disculpó por el apretón en el asiento trasero al que me veía sometido, pero yo le dije que era un detalle que carecía de importancia, ante lo cual, el presentador, que también nos acompañaba, dijo como algo así: "Aquí el poeta españolo é tutto spírito".
Un temor me asaltó en ese
momento. Me había olvidado de advertirle a la organización que yo no comía carne. Si la ponían en el menú, estaba perdido, y además de no poder hablar con nadie, salvo en la jerga resultante de italianizar el español que empezaba a chapurrear, y alimentar así el intelecto, tampoco podría rellenar el estómago y dos noches sin cenar ya sería mucho, pues la anterior solamente me había ventilado en la habitación del albergue un diminuto bocadillo de jamón, más propio de unos pitufos que de mi nutrida hidalguía. No obstante, me armé de valor y me dispuse a enfocar el asunto con el mayor optimismo. Quien sabe si allí encontraría a Lui, pues si era tan importante y tan nombrado no cabe duda de que lo situarían en la mesa principal y tal vez tendría ocasión de departir un rato con él, y esos encuentros, con personajes importantes de la literatura, son los que poco a poco van creando leyenda.
La sangre no llegó al río. Cuando nos metimos en la autopista el fitipaldi aquél aprovechó el primer cartel que ponía Ciampino para bajar la baderita del taxímetro que empezó a correr a una velocidad mayor que la del avión que me había traído, mientras yo cruzaba los dedos y me encomendaba a San Cristobal. Le comenté que sabía la distancia, veintitrés kilómetros, pero el muy zulú que naranjas de la china, cuarenta y tres, le dije que sabía que el precio oscilaba entre treinta y cuarenta euros (bajé un poco por si acaso la estimación de Fiorella), y él que tu tía la de Katmandú, entre ochenta y noventa. Era festivo, la nocturnidad... Se excusó. Sí, la nocturnidad y la alevosía, agravantes de un atraco según el código penal, aunque se hiciera a golpe de taxímetro, pensé. Pulsó el navegador y cuarenta y tres kilómetros. Los noventa euros ya no me los
quitaba nadie, porque a mí desde luego no se me ocurriría nunca decirle de noche, en mitad de una calle vacía, en un país desconocido y a un tío de dos metros muy bien nutrido que no le pagaba. Al llegar, lo hice, le pagué y recurrí entonces al truco de la víctima: yo poeta, no mucho dinero, taxi muy caro, en lengua de película de apaches y funcionó, me rebajó tres euros, de los noventa y ocho a los que ascendía la receta final. Al gachó a un le quedaban unas hebras de corazoncito. Eso sí, le pedí el recibo para reclamar después y me dio una hoja de papel, bastante parecida a un ticket, con el trayecto y el importe, pero sin el número de taxi. Cuando le iba a exigir que pusiera la matrícula del vehículo, salió el dueño del hotel a recibirme y mientras yo le comentaba el asunto al recién llegado, el pájaro desapareció como por arte de magia, voló. El timo se había consumado.
El albergue, discreto, no estaba
mal. La habitación era buena, grande, cuidada, con armario, televisión y mando a distancia. La cama, perfecta, dura, como a mí me gustan, aunque lo que me llamó la atención es que en el cuarto de baño no había ni bañera ni plato de ducha. Pero yo no estaba para muchas investigaciones, así que me tomé una pastilla para dormir, después de esconder el poco dinero que me quedaba en la funda de la almohada, pues nunca se sabe, y cerré los ojos, no sin antes decirme: ¡Fernando, hay que ver las historias que te pasan!
En todos los viajes me sucede algún asunto del tipo tonto del bote, pero no me suelen atracar o timar. En Junio, cuando fui a México, me ocurrió con los cartelitos de Evacuación. En los bares y cafeterías, desde el primer día, comprobé que si seguía los rótulos que ponían "Evacuación" siempre llegaba al punto de destino deseado, que no era otro que aquél donde uno le concede licencia a los esfínteres
traseros y se deshace de la carga inútil que lleva dentro. Hasta que un día, siguiendo los carteles, después de atravesar cuatrocientas puertas y otros tropecientos almacenes, me encontré en la calle, sin haber topado en el camino el ansiado evacuatorio. Cuando retrocedí y se lo comenté a quienes me acompañaban las carcajadas debieron oírse en el otro extremo del D.F. Claro, aquél rótulo lo único que indicaba era la "ruta de evacuación" en caso de terremoto y yo, aunque se me estuviera removiendo todo dentro, no estaba inmerso en ninguno de tipo geológico que motivase el seguimiento de aquella ruta.. En otra ocasión, durante un viaje a Valladolid, vi un cartel luminoso, en lo alto, en mitad de la carretera, en el que ponía: "148 muertos en el puente" y me pasé casi todo el viaje pendiente de ver el fatídico puente, hasta que en las proximidades del destino le dije a la poeta que me acompañaba: ¿Te has fijado en el cartel que hemos encontrado varias veces en la
carretera? ¿Dónde estará ese maldito puente? Bueno. Mi acompañante, que además era la conductora, tuvo que parar el coche, abrir la ventanilla y pedir auxilio porque creyó que se moría de la risa y eso que era médico de urgencias. "Puente" es la denominación que en España se le da a los fines de semana largos, próximos a un día festivo, y a eso se refería el famoso cartelito. No sé, pero me imagino que quienes asisten a estos incidentes pensarán para sus adentros: "Este tipo hace realmente honor a los chistes de gallegos que circulan al otro lado del océano". Aunque el detalle más gracioso del viaje todavía estaba por llegar, la historia del romano Lui.
Por la mañana vino a buscarme al albergue Fiorella Giovannella, una excelente persona y anfitriona, y tomé con ella el primer capuchino. Digo el "primer" porque allí la costumbre es ir a tomar un capuchino como en España ir a tomar un vino. Son cafés muy buenos,
espesos, fuertes, que te ponen los nervios de punta y a mí hasta me erizarían el cabello si no fuera porque soy calvo. Me dije que si viviera en Italia tendría que andar con la caja de tranquilizantes en el bolsillo y utilizarlos en lugar de sacarina, porque aquél capuchino y los que le sucedieron me pusieron como una moto. Antes de bajar, me duché. Fue un asunto curiosísimo, porque en el cuarto de baño no había plato de ducha pero sí una ducha colgada de la pared. El desagüe estaba en el suelo, en el centro del pequeño habitáculo. Antes de abrir el grifo era conveniente sacar fuera el papel higiénico, las toallas y todo lo que fuera susceptible de morjarse. Incluso podías aprovechar y sentarte en la taza del wc y ducharte al mismo tiempo. Me recordó mucho al WC de un bar, en el pueblo orensano de Niñodaguía, donde el servicio era una habitación a puro cemento, con un agujero en el centro más bien tirando a estrecho y sin ningún tipo de desnivel, con lo cual había que
planear el bombardeo con una exactitud milimétrica so pena de poner el lugar hecho, nunca mejor dicho, una mierda.
Le entregué a Fiorella los primeros diez ejemplares de su libro "Chiaraluna. Se solo smettesse di piovere" y se le iluminó la cara de felicidad. Para mí siempre constituye una ceremonia muy especial la entrega de un libro a un autor. Es como si me conviertiera en la enfermera que le enseña el niño a una madre después del parto. Después la dejé libre, pues por propia experiencia sé lo ocupado que está el organizador de un evento el día del mismo, quedando con ella para las dos de la tarde, en el salón de actos donde se iba a celebrar el Encuentro Poético. Antes de marcharse mencionó por primera vez a Lui, es más repitió varias veces su nombre, aunque yo no entendiera muy bien a quien se refería. Debía ser un poeta muy conocido por aquellos territorios, pensé.
La noche, a pesar de la pastilla para dormir, no había sido demasiado apacible y decidí regresar al hotel, hasta la hora de comer, después de dar una vuelta por la plaza principal de Aprilia y cuatro calles adyacentes. Enchufé el ordenador y, todvía a la sombra de la pesadilla nocturna, en la que un enorme taxista italiano me cortaba en canal después de vaciarme la cuenta bancaria, escribí este poema:
A VECES ESCALAMOS LA NOCHE
A veces escalamos la noche sombra a sombra, la llenamos de orillas y recuerdos, de islas y
asteroides rotos. La envolvemos en el velo secreto de una luna nunca amanecida y la colmamos de lágrimas hasta inundar de enero el insomnio.
Subidos al último escalón de la torre, la vigilia se hace eterna y la memoria camina en círculo alrededor del abismo.
Sentimos la desnudez del arco sin flecha, el disturbio interior del hueso, el dolor astillado de la médula.
El alma es entonces un triste muro derribado, la soledad de un liquen que crece entre los restos de un naufragio.
Y cuando llega el alba y el calor del
sol nos pone de nuevo el chaleco salvavidas, nos aferramos al tiempo y nadamos sin tregua hacia la costa.
Satisfecha la inspiración, bajé de nuevo a la calle y me dispuse para la batalla idiomática en el restaurante de la esquina. Yo no como carne, desde que tenía seis años, pues me da asco, y, al no entender las cartas de menú, ya me tiene pasado en Francia pedir al tuntún y encontrarme con un filete de ternera o pollo con fideos y verme obligado a dejar todo en el plato, sin estrenar, y pagar y marcharme a otro sitio a tomar un bocadillo de queso, que eso lo entiendo en casi todos los idiomas. Pero en esta ocasión, no hubo problemas. Vi un par de platos cuyos nombres se parecían a sepia y a calamar y los pedí. Resultaron realmente exquisitos.
Al término de la comida me dirigí al Salón de Actos para participar en el encuentro. La primera vez que recitaría un poema ante un público italiano. Gabriel Impaglione y Giovanna Mulas no habían podido desplazarse y no asistirían, pero me habían enviado hacía tiempo la traducción al italiano de uno de mis poemas. "Se bebe el océano a los muertos", "Si beve l’oceano ai morti", magníficamente realizada por ellos, así que, en cierto modo, los sentiría también un poco allí. Y quizá también tendría ocasión de conocer al romano Lui, del que me había hablado Fiorella en el desayuno.
En el trayecto noté bastantes turbulencias, cuestión a la que encontré explicación cuando llegamos con cuarenta minutos de antelación a Roma habiendo despegado con veinte minutos de retraso. El piloto debía ser de los reciclados del Concorde, porque no cabe duda que pisó a fondo el acelerador. Delante mía una señora mayor que probablemente realizaba su primer vuelo se tabapa los ojos con la mano, en un intento de serenar su espíritu a la manera de los avestruces que ante las situaciones de peligro entierran la cabeza con la ilusión de hacer también así desaparecer la causa del desasosiego. En todos los aviones siempre me topo con un personaje así. A mí, en realidad, lo que me generaba cierta taquicardia era no haber concretado si definitivamente me iban a buscar al aeropuerto o debería tomar un taxi para viajar de Ciampino a Aprilia. El avión llegaba de noche, a las 23,50 horas y siempre es difícil
desenvolverse a esas horas en un habitat desconocido. No obstante, me tranquilicé a mí mismo, diciéndome que aquel aeropuerto sería como cualquier otro y habría una parada de taxis legales a la puerta. Aquello era Europa, no Latinoamérica, donde a veces te juegas la vida al escoger uno u otro, según sea de parada, legal o ilegal. Y yo había salido de peores situaciones, como cuando llegué de Zamora, Michoacán, a la estación de autobuses del D.F. a la cuatro y media de la madrugada y me tocó cruzar toda la ciudad en taxi sin saber demasiado bien a donde iba. Pero no. Cuando bajé la escalerilla, recogí el equipaje y salí por la puerta de llegadas interior del aeropuerto me encontré algo muy distinto a lo que esperaba. Aquello era como una pequeña habitación abarrotada de gente. Miré a diestro y siniestro, aunque todo me pareciera más siniestro que diestro, con la esperanza de encontrar un cartelito que pusiera Sr. Pérez, pero no. Allí no había nadie esperándome.
Intenté llamar a la organizadora desde el celular de contrato pero el condenado no estaba operativo, me había olvidado de darlo de alta en el rooming internacional. Probé con el celular de prepago... ¡Plash! Como una bofetada: No le había recargado el saldo. Busqué una cabina de teléfono... ¡Zas! Solamente quedaban los cables. Alguien se había llevado los aparatos para su casa, recaudación incluida. Con cierto temor, pues cuando las cosas empiezan a complicarse siempre suelen ir a peor, tal vez porque se pierde la objetividad y se toman decisiones erróneas, recorrí todos los garitos telefónicos hasta que al final localicé uno que funcionaba y llamé. Fiorella, la organizadora del evento, no se encontraba bien y no había podido hablar con un taxista amigo para que me recogiera, al menos eso le entendí a grandes rasgos en el cero patatero de italiano que yo sabía. Le dije que no se preocupara, que yo tomaría uno en la puerta del aeropuerto. Previamente había visto la
distancia de Ciampino a Aprilia en Internet: 23 kilómetros y la información que algún pirado colgó en una web sobre que un taxi para ese trayecto en Italia te cobra unos quince euros. A pesar de ello, por precaución, le pregunté orientativamente el coste a Fiorella y me dijo que sobre unos 40 o 50 euros, lo cual distaba mucho ya de la imagen idílica taxística italiana que me había forjado en mis lecturas cibernéticas. Por ese dinero tranquilamente podría haber tomado el autobús a Roma, dormido en un hotel o albergue discreto de la capital y, al día siguiente, viajar en tren a Aprilia. Pero ya reservada la habitación en el punto de destino y tomada la decisión, salí del hall dispuesto a buscar la parada de taxis más cercana, la que en todos los aeropuertos suele estar señalizada delante de la terminal de llegadas. Nada. Aquello era un inmenso galimatías. Una obra aquí, una verja allá y coches aparcados por todas partes. Cuando por fin vislumbré uno: carecía de conductor,
lo que me recordó la obra de Italo Calvino "El caballero inexistente". Así que me fui dando una vuelta, siguiendo la valla de las obras, hasta que vislumbré aparcados varios taxis tipo furgoneta que deduje funcionaban al estilo escoba, como en Grecia, recogiendo y compartiendo recorrido con otros viajeros, cosa totalmente impensable en España. Cuando al primero de la fila le mencioné Aprilia, se le encendieron los ojos de una manera que me debería haber hecho desconfiar. Después de eso ya fue imposible que volviera a entenderme con él. Se hizo el sueco. No era un ser de este mundo sino un paranoide raro que hablaba un lenguaje tan extraño que no se comprendía ni él mismo y yo, para añadirle sal y pimienta al momento, me había convertido en un auténtico zombie. Cargó el vehículo con un variopinto ejército de nativos y turistas y cuando yo ya estaba dispuesto a continuar la peregrinación en busca de transporte, me abrió la puerta delantera y me indicó
que me sentase en el asiento junto al conductor. Sería el último en salir y mejor que fuera allí para no tener que andar bajándome en cada parada con el fin de dejar salir a los demás, me expresó por señas. Intenté preguntarle cuanto me iba a cobrar, pero imposible. Aquél tío, tras aquel pequeño rasgo de lucidez, se volvió otra vez autista. Solamente entendía lo de Aprilia, lo cual en mi situación de incomunicación ya me pareció algo maravilloso. Eran las doce de la noche y me sentía como una cenicienta que acaba de perder el zapato al escapar del baile. A pesar de mi gorra de capitán Alberti, la camisa sin cuello y la perilla de inequívoco poeta, el mundo se desinflaba ante mis ojos y no podía hacer nada para ponerle un parche. Mis temporales compañeros de vehículo me miraban con ojos de quien está viendo a un extraterrestre, intuyendo quizá algo que el menda ya sabía con certeza: ¡Del clavo o el sablazo económico que aquel romano de dos metros,
excelentemente nutrido y pelo rizado me iba a dar al final del trayecto no me salvaba nadie! Menos mal que esto durará poco tiempo, pensé para mis adentros. ¿Dije poco tiempo? Craso error. Dimos más vueltas que un carrusel de feria el día de la fiesta principal. Uno a uno recorrimos todos los hoteles de la zona, a veces en dirección a Roma y a veces en dirección contraria y el taxímetro comenzaba a ponérmelos de corbata. De los veinte minutos que se tarda, según reza en los prospectos turísticos, llevábamos ya una hora de camino y a mí me daba la sensación de que todavía no habíamos salido de los alrededores del aeropuerto. Los carteles de destino me bailaban en los ojos y la noche se había convertido en un largo laberinto de rótulos que ponían hotel ante los cuales se detenía el vehículo y descargaba maletas y personal. ¿Se terminaría algún día aquel tour hostelero? ¿Lograría llegar a mi albergue de destino? Era la una y media de la madrugada y en el taxi ya
sólo nos habíamos quedado el conductor y yo, que empeza a dudar si saldría vivo de la aventura. Circulábamos por polígonos industriales, lugares sombríos y apartados del mundanal ruido, los suburbios de la gran ciudad. En todo ese tiempo, una sola alegría, el marcador como por arte de magia, a un toque del rizitos, se había puesto a cero cuando iba por setenta euros y en mi cartera comenzaba a peligrar la liquidez. Aunque una nueva sombra comenzó a rondarme el cerebro. ¿Tendría pensado atracarme y limpiarme el bolsillo de golpe y, por lo tanto, no necesitaba la feroz herramienta del taxímetro? Sí, realmente las cosas se me habían puesto difíciles y yo temía seriamente por mi integridad física. A mí mente fluyó el recuerdo de cuando con diecinueve años recorrí toda Francia en auto-stop y en Pau, a las tres o cuatro de la madrugada me paró un conductor y a los pocos kilómetros me dejó tirado en la carretera cuando le dije que o se la guardaba otra vez en los
pantalones o se la cortaba, disfrazando de navaja, bajo la tela, un abrelatas que llevaba en un bolsillo superior del anorak, cuestión que siempre pensé me salvó la vida.
Con esta frase que los galos Asterix y Obelix hicieron famosa, pronunciada en el tono más cariñoso que existe, definiría mi reciente viaje a Aprilia, una pequeña localidad de sesenta mil habitantes cercana a Roma, Italia, para participar en el V Encuentro de Invierno de Poetas que organizaba la Asociación Cultural La Nuova Musa, de aquella localidad. Hacía tiempo que había visto en internet la convocatoria y he de decir que siempre me ha dado un poco de miedo subir solo a un avión con el fin de trasladarme a otro país, a otra ciudad que desconozco. Si el contacto y la invitación la has recibido por Internet, todavía más, pues el mundo virtual puede conducirte a veces a un paraíso o a una pesadilla en función de la calidad humana de las personas que te encuentres de forma real al otro lado del hilo cibernético. En el anuncio se mencionaba que participarían Giovanna Mulas y Gabriel Impaglione y, desde
el primer momento, sentí la tentación de apuntarme. Hace años que tengo pendiente un vino con ellos y no todos los días se presenta la oportunidad de conocer personalmente a esta versión moderna de Romeo y Julieta, aunque en este caso por fin han logrado reunir sus vidas y en Cerdeña luchan porque la aventura definitivamente tenga un final feliz, historia de amor que he de reconocer envidio de una manera terriblemente sana. Gabriel, además, me parece uno de los pocos poetas de cierto calibre que en la actualidad están haciendo poesía social de calidad. Roma está a unas dos horas de avión de Pontevedra, es decir, algo así como a la misma distancia temporal en autobús que A Coruña y eso hacía atractiva la cuestión, pero no me inscribí. Los vuelos de bajo coste, aún con piloto estresado, guardan una buena relación calidad-precio, y hacen factible moverse por Europa con cierta alegría, pero no estaba demasiado motivado. Y digo lo de piloto estresado porque los de Ryanair
deben pasar más tiempo en el aire que cualquier pájaro un día de sol. Aterrizan, cargan a los pasajeros en cinco minutos y cuando hacen el anuncio del despegue te lo dicen más de carrerilla que el padre Barriga decía en el seminario los oficios de viernes santo por cuarta vez consecutiva. ¡Qué tíos! Además se nota que son nativos de habla inglesa, pues no hay quien les pille ni el yes de primero de parvulitos, lo cual tiene su ventaja porque si te avisan de que el avión se está cayendo y se va a estrellar, la palmarás como un angelito de lo más inocente, sin enterarte de nada. Agraciadamente son muchas las invitaciones que recibo y, desgraciadamente, pocas las que puedo aceptar, no ya por cuestión de recursos económicos, que no me sobran, sino porque cada día que paso fuera de la editorial me supone luego tener que cuadruplicar el esfuerzo para no desairar a mucha gente y mantener este tinglado controlado, con 163 libros ya publicados. No obstante, al final, la
argentina Marta Roldán, de residencia en Italia, de la cuadra de autores de El Taller del Poeta (y perdón por el término, también utilizado en su sentido más cariñoso), me lanzó una invitación unipersonal y decidí aceptarla. Participar en un encuentro poético siempre supone una promoción como autor y como editor que suele compensar con creces los gastos que todo movimiento genera, por mucho hotel y cenas que te paguen, y aquí presentía que se podría abrir una ventana al mercado italiano. Cuando a primera hora de la tarde del día 8 de diciembre, festivo, subí al autobús que me conducía al aeropuerto de Santiago de Compostela, desde donde volaba hasta Ciampino, el segundo aeropuerto de Roma, no imaginaba la intensidad de los momentos que iba a comenzar a vivir ese mismo día.
Que ese dolor irrepetible que desangra nuestros corazones, nos sensibilice para enfrentar de alguna forma - aunque sea desde nuestra reserva moral - esa guerra inútil (como todas las guerras, pero esa más), que destruye vidas sin que nadie se atreva a calificarla como producto de la barbarie más incompatible con nuestra esencia humana. Hagamos algo. Levantemos nuestros puños en señal de protesta, como lo reclaman voces universales como la del gran poeta Winston Orrillo. Como lo exigen las fuerzas de la verdad y la justicia. Digámosle no a la justificación de los poderosos, por que ahora mismo, sin que le duela a muchos, miles de niños, ancianos y jóvenes sucumben ante las balas homicidas de los instigadores de esa crueldad sin nombre.
Ieshua
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Al poeta mexicano Roberto Reséndiz, en las horas tristes que suceden a un naufragio.
Has probado el lecho de la hembra submarina, la picadura mortal de la sirena, sus cálidos senos, el almendrado vientre, ignorando el consejo de la divina Circe.
Has sentido su pisciforme atracción fatal, el néctar de su voz, la voz del agua, su canto lleno de promesas, y ahora estás herido de
ausencia, tritón irritado, neptúnico ulises, atado al mástil de tu propia vida, el mismo que tú plantaste en el jardín del tiempo.
Sabes con certeza que jamás volverás a oírla y la has visto alejarse, con paso tenue, a escama descubierta. Desconoces el nombre de la ínsula que habita esa hechicera que derribó los muros de tu sacra Babilonia.
Era la rueda encerrada en el círculo, el último delirio, el que jamás se olvida, el hada de terciopelo que decía Baudelaire o quizá, simplemente, una quimera
que te volvió realidad el corazón.
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Maravillas
Sobre tu cintura adornada
se crecen las maravillas.
Cascadas de aroma y alba
se prenden en gran mansalva:
unas se tejen de madrugada,
otras, a tus pupilas van esculpidas.
Granates en dijes de oro
relumbran sobre tu cuello,
y la luna medio escondida
se merma por aludida.
Belleza atezada de un ojo negro
que baña la playa como un espejo,
las cejas lindas le adornan
y pintan las chapas de fucsia y grana.
¡Ay de mis sueños de ave!.
Si tenerla pudiera en breve
y sentir su cintura que abre
lo que detenta belleza de gema y jade.
¡Preciosa!: así las flores tu nombre escriben.
El dulce eco que arrulla y gime
de blancas rosas habla y emerge
y sobre el rocío toca tu frente.
Guardián, el viento,
en ti se esculpe y adora en canto,
fulgura tenue junto a tu mano.
Cuentan los sueños que fuiste aurora,
y en mi ventana, muy de mañana,
del viento te desprendiste.
De tus caderas
se cuelgan las maravillas:
nardos de espuma, sutiles rimas,
rosas de aurora que lidian
con el semblante de las orquídeas;
Versos primaverales que en el otoño
buscaron nidos bajo tu hombro.
Si yo pudiera, si yo pudiera
llenar mis manos de maravillas:
como tus ojos, como mis sueños,
como un destello de golondrinas.
Si yo pudiese besarla toda
y llenar mis labios de maravillas…
Salvador Pliego
Nota:
Reitero la invitación a un evento (lectura) de poesía que voy a
realizar este viernes 12 a las 7:30 pm. La dirección es: Francisco
Sosa 202. Barrio de Santa Catarina, Coyoacán. En la casa de la
Cultura "Jesús Reyes Heroles". Ciudad de México, México.
Ya que no todos podemos ser
poetas
comprender lo sublime
o exaltar lo sencillo
hablemos francamente
confesemos nuestro fracaso
de hombres sin alas
de hojas muertas en el estío
nuestros empeños ciegos
sin metáforas vanas
nuestra identificación con todos
o con casi todos
y si alguien nos entiende
y fecunda nuestra impotencia
eso también es poesía
o por lo menos una gota
en la sed del infierno
cotidiano.
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Envía un email en blanco a: poesiaymaspoesia-alta@...
Puedes darte de baja cuando gustes,
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Tu labios
Pájaro de sales que picotearon la tierra
hasta cercenar en el silbido el canto de la vida.
El musgo del fruto saboreado y besado.
¿De donde emergieron los cantos y los trinos?
¿De donde las voces y los labios?
En la ola del mar busqué tu boca:
de cresta, de algas, de sedimento, de corales.
En el bosquejo de la flora sumí mis manos
buscando tus latidos.
De las alas desprendí la pluma,
cada vestigio de semilla,
la incógnita del astro,
la susurrante noche de los nidos.
Fui y vine por el tiempo
como ave migrante y sin retorno,
sin parar las alas,
sin parar el vuelo,
para encontrar los labios
de los sueños y los mares.
Para acercar mi boca a la nube y a la brisa.
Para saborear el canto junto al ave
y sentir el sabor que embriaga y paladea.
Esos labios que el monte bautizara
con sus cercas y su derramada ruta.
Esos labios que la luna
se comiera y mordisqueara
y dejara abanicando en la mañana.
Esos labios que nacieron solos
porque no hubo escultor o pintor
que los crease.
Pero fueron fruta, risco, nube, cedazo,
caña virgen, cepa y flora.
Esos labios de tu boca:
un arrullo y un silencio,
un mecerse entre gorriones,
un rozarse de guirnaldas.
Tanto así como una noche inesperada
que se cuelga de tus brazos
y se hace honda, profunda e infinita.
Esos labios de tu boca.
¡Qué placer hay en tus labios!
¡Qué belleza hay en tus labios!
Iluminan constelándose y vaciándose en el orbe.
Me permiten todo: hasta sentir tus pasos,
hasta sentir los girasoles
gorjeando entre arrozales.
Esos labios de tu boca.
¡Qué hermosura hay en tu boca!
Trino y vuelo solitario ante tus brazos
por sentir que tienes esos versos de tu boca.
¡Qué placer el de tus labios!
¡Qué hermosura de tu boca!
Salvador Pliego
Mujer
¡Ah casquivana!,
que rodaste como piedra
entre los brazos y los besos
y sedujiste a cuanto caballero
puso la mirada en tu silueta.
Ibas como el agua: apaciguando sed,
acariciando las gargantas,
cautivando a aquel que en tu hermosura
veía el aposento y la lujuria.
No dejaste agasajo sin rozar tu vientre,
ni púrpura mirada que no halagase
la provocadora sed de tu figura.
Te diste toda como la semilla
que brotaba de la tierra
y germinaba con la gota
de la intemperancia y desenfreno.
Recorriste todo con tus ansias.
Te ofreciste como aquella flor
que se corta y que luce su belleza,
y que muere y seca a falta de fragancia.
Te ufanabas del cuerpo
que indujo a aquel que te admiraba
y le dabas sólo gotas
cual pócima para que nunca te faltara.
Hoy que emergen los recuerdos
y el tiempo se marchita
mostrando en mis ojos las arrugas
como esquirlas rojas
que se abren paso por la vida,
fluyen nuevamente los olores
que del pecho en rosa virgen te brotaban.
Te imagino de nuevo como aquel clavel
de blanco que floreaba en los estuarios.
Como aquel rocío fresco que humeaba entre las manos.
Como aquella rosa perfumada que al olerla
levantaba mi pasión y me excitaba.
Eras tú la belleza del jazmín y la azucena.
El olor de fruta que en la uva se chupaba.
El tacto que en la noche, bajo sombras,
se escapaba y aromaba.
La Ninfa que en un vaso de agua me bebía,
tan desesperadamente, que no dejaba rastro
de tus muslos en mis manos.
Mujer: eras la Diosa que en los besos te esfumabas;
El suspiro puro que absorbí de un sólo sorbo;
La desbocada ansia de mis brazos;
El ritual eterno de arrumacos, delirios y delicias.
En ti fluyeron los versos como el río a las orillas.
A ti las aguas colorearon con la sal
para que al sentarte en las arenas
te besaran los pólipos y las mareas.
Eras tú la sed de viento, el despertar del fuego,
el mirar de los sonidos, la colosal y telúrica
rabia en que las bocas se prendían.
No entendí entonces que tú eras la fuerza
que éste cuerpo me pedía.
El néctar sabroso que a mis labios seducían.
Y dejé pasar tu aroma
como aquel que sin olfato perdió la herencia de la vida.
Déjame sentir de nuevo tu pecho en la franela de mis manos
y así de suaves, tersos, acariciarlos,
como el fino polen que se pule en el capullo.
Tocar tus manos de corola y refinado lino.
Rozar tus labios y llorar en ellos el dolor y mi castigo.
Déjame postrarme ante tus ojos
y doblar los míos con las lágrimas
que ruegan el perdón ante el olvido.
Y saber de nuevo, que algún día,
tendrás mi boca protegida.
Y llorar callado… en silencio…
perdonando mi descuido.
Salvador Pliego
Nota:
Quiero hacer una invitación para el próximo 12 de enero a una
presentación (lectura) de mi poética en la Casa de la Cultura "Jesús
Reyes Heroles", localizada en la plaza de Coyoacán, de la Ciudad de
México. El evento dará inicio a las 8 pm. Todos los que gusten
ir serán bien recibidos.
Esta tinta derramada en vuestra prensa es la sangre de mi país. Esta luz diluviada de vuestras pantallas es el brillo de los ojos en los niños de Basora. Éste que está sollozando en la oscuridad de su exilio soy yo; Huérfano después de que hayáis matado a mis padres: Tigris y Eufrates; Viudo después de que hubierais crucificado la pareja de mi alma: Irak Oh... por ti, tierra mía: crucificada de entre las regiones.
Ay... de vosotros, señores de la guerra Escuchadme: No a la fiesta de los ejércitos en el tejado de mi casa. No al verdugo que habéis plantado o al que vais a plantear. No a vuestra libertad caída sobre las cabezas de mi gente en bombas No a liberar Irak de mí o a mí de él. Yo soy Irak.
Mis hierbas son las letras y sé lo que quiero. Dejadme a mí mismo, a mi rabel y a vuestra ausencia. Volved a vuestras películas detrás del océano. Dejad para mí lo que queda de los minaretes, de los mausoleos de mis ancestros, de las tumbas de mi familia ... Y bebed de las copas del petróleo hasta que os saciéis.
Robad la miel del azufre y la arena del desierto. Llevad con vosotros vuestros clientes. Llevaos al dictador con cada parte de vosotros que ha comprado con mi sangre. Llevad lo que queráis y marchad, dejadme sólo con lo derribado de los sueños de mi hermana, con el incendio de las palmeras en las orillas de Mesopotamia, con los huesos de mi padre y el té de la merienda.
Dejadme sólo con las canciones tristes del sur, con la danza degollada del norte y con el pavo real de los Yasidíes. Dejadme sólo curando las heridas de mi tierra Irak Sólo... igual que María... sólo con mi solitario... Mi país: el crucificado de entre las regiones. Sabré cómo animar su resurrección.
Sabrá cómo renacer de su ceniza. ¿Acaso habéis olvidado que él es el creador del Fénix?
Ay, un infierno, para vosotros señores de la guerra Escuchadme: No asustéis a las nubes de Bagdad con vuestros aviones. No sembréis soldados en nuestro jardín. No quitéis la chilaba a mi madre. No. Grito no a liberar Irak de mí o a mí de él. Yo soy Irak. Las aldeas han florecido de mi abrigo, y sé lo que quiero. Dejadme a mí mismo, a mi familia y a vuestro olvido.
Lo que escribí en el vientre de mi madre
ante la luz desaparece.
El sueño de mi letra antigua
tatuado en espera del mundo
se borró a la crecida del tiempo.
Colores, tactos, huellas
cayeron bajo túmulos de nieve.
Sólo murmullos a deshora
afloran hoy del fondo,
visiones en eclipse, indescifrables
que envuelve el vaho de los espejos.
Los ojos buscan en el aire
el espacio donde el alma flotaba
y se pierden detrás de su senda.
Lo que escribí en el vientre de mi madre
quizás no fue sino una flor
porque más hiere cuando desvanece.
Una flor viva que no tiene recuerdo.
Ayer 20 de diciembre, Aurora Venturini y la Municipalidad de La Plata premiaron mi novela corta y erótica "Sus voces, mis voces" (en rigor de verdad se llama "Bernabella").
Aurora dijo en esa oportunidad:
"...Con que fuerza de aprehensión Ricardo Gustavo Creimer introduce al lector en una obra que no es otra
cosa que la espectacularidad ambiental en que nos vemos sumergidos. El escritor conoce a Freud, sus manes
y sus desmanes. Es innegable el airecillo ácido que le sopla Donatien Alfonse Francois Marquis de Sade. Si
Ricardo Gustavo Creimer publicara la novela, sería best seller...."
Como aprendl que el "fierro hay que machacarlo en caliente", hoy mismo salgo a pedir a mis amigos sugerencias en la busqueda de una Editorial recomendable para publicarla.
Kaixo,
una cosita del poeta peruano Manuel Scorza (1928) "... no
sabría decirte quién me pegó menos ... ¿tú me entiendes? me quedé con
los huesos saliéndoseme de la piel"
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El desterrado
Cuando éramos niños,
y los padres
nos negaban diez centavos de fulgor,
a nosotros
nos gustaba desterrarnos a los parques,
para que viéramos que hacíamos falta,
y caminaran tras su corazón
hasta volverse mas humildes y pequeños que nosotros
Entonces era hermoso regresar!
Pero un día
parten de verdad los barcos de juguete,
cruzamos corredores, verguenzas, años;
y son las tres de la tarde
y el sol no calienta la miseria.
Un impresor misterioso
pone la palabra tristeza
en la primera plana de todos los periódicos.
Ay, un día caminando comprendemos
que estamos en una carcel de muros que se alejan...
Kaixo,
Mi amiga Susana nos presenta al poeta gallego Xosé Luis Méndez Ferrín
(1938). Bienvenidos sean ambos.
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Hola,
me estreno en esta página con Ferrín, la ocasión no merece menos.
Para mí de los mejores poetas gallegos,
(http://gl.wikipedia.org/wiki/M%C3%A9ndez_Ferr%C3%ADn)
Esta es del libro "Con Pólvora e Magnolias"
(http://amediavoz.com/mendezferrin.htm), las traducciones siempre
pierden un poco, pero aún así a ver si os gusta. Abrazos:
Quiero que mis amigos de hierro y dinamita...
Quiero que mis amigos de hierro y dinamita,
no cogidos, que pierden los ojos y el pubis muchas noches,
detengan un instante paso y puño como mi señor confucio heráclito
atravesándose entre los dientes del Pastor del Este.
Mis amigos poseedores del hierro junto al pubis
detengan el valeroso puño como mi Señor Nadador
y digan, derramando los ojos en el Padre Miño:
"Así pasan todas las cosas". Y después
mis amigos con rostros y cuerpos afilados de hoz,
sobre los lentos ríos, pretendan acelerar mundo para nosotros
y vuelvan sobre su pecho y se concentren en núcleo oscuro y puño.
La determinación de llorar no impida la hoz
y el puño de mis amigos inclinados sobre los ríos
con los delgados cuerpos como hoces. Navíos sean ojos deslizantes
en el Padre Miño, que brilla confucio heráclito atravesado
jen los dientes del Pastor del Este y quiero que mis amigos
!De hierro no cogido disparen dinamita sobre el río
en una fiesta que celebre el paso dialéctico de todas las cosas del mundo
con el corazón del hombre, amigo mío, que contempla el río
sin fin y sin principio. Algunos, sin nombre, algunos o dinamita
pongan fe como hoces de Fonmiñá hasta A Guardia.
De "Con pólvora y magnolias"
Versión de Eloísa Otero y Manuel Outeiriño
El pesimista dice llorando:
"Soy el más desgraciado, pues no me queda
sino medio vaso de vino";
mientras que el optimista exclama:
"¡Soy un afortunado!
¡Todavía puedo disfrutar
de medio vaso de vino!"
Si decides hacer de tu
existencia un destierro desolado,
permanecerás descorazonado y abatido.
Mas, si determinas hacer de tu vida un paraíso,
no te quejarás de que los rosales
tengan espinas, sino que te admirarás
de que una planta con espinas
exhiba rosas fragantes, radiantes de belleza.
"Lo que le da belleza al desierto
es saber que existe un oasis
y que caminamos en direccion a él".
Hace muchísimos años, vivió en la India un sabio de quien se decía que guardaba en un cofre encantado un gran secreto que lo hacía ser un triunfador en todos los aspectos de su vida y que, por eso, se consideraba el hombre más feliz del mundo. Muchos reyes, envidiosos, le ofrecían poder y dinero, y hasta intentaron robarlo para obtener el cofre, pero todo era en vano. Mientras más lo intentaban, más infelices eran, pues la envidia no los dejaba vivir.
Así pasaban los años y el sabio era cada día más feliz. Un día llegó ante él un niño y le dijo:
"Señor, al igual que tú, también quiero ser inmensamente feliz. ¿Porqué no me enseñas que debo hacer para conseguirlo?"
El sabio, al ver la sencillez y la pureza del niño, le dijo:
"A ti te enseñaré el secreto para ser feliz. Ven conmigo y presta mucha atención. En realidad son dos cofres en donde guardo el secreto para ser feliz y éstos son mi mente y mi corazón y el gran secreto no es otro que una serie de pasos que debes seguir a lo largo de la vida."
"El primero es saber que existe la presencia de Dios en todas las cosas de la vida, y por lo tanto, debes amarlo y darle gracias por todas las cosas que tienes y por todas las cosas que te pasan."
"El segundo, es que debes quererte a ti mismo, y todos los días al levantarte y al acostarte, debes afirmar: Yo soy importante, yo valgo, soy capaz, soy inteligente, soy cariñoso, espero mucho de mí, no hay obstáculo que no pueda vencer. Este paso se llama autoestima alta."
"El tercer paso, es que debes poner en práctica todo lo que dices que eres, es decir, si piensas que eres inteligente, actúa inteligentemente; si piensas que eres capaz, haz lo que te propones; si piensas que eres cariñoso, expresa tu cariño; si piensas que no hay obstáculos que no puedas vencer, entonces proponte metas en tu vida y lucha por ellas hasta lograrlas. Este paso se llama motivación."
"El cuarto paso, es que no debes envidiar a nadie por lo que tiene o por lo que es, ellos alcanzaron su meta, logra tú las tuyas."
"El quinto paso es que no debes albergar en tú corazón rencor hacia nadie; ese sentimiento no te dejará ser feliz; deja que las leyes de Dios hagan justicia, y tú... Perdona y olvida."
"El sexto paso es que no debes tomar las cosas que no te pertenecen, recuerda que de acuerdo a las leyes de la naturaleza, mañana te quitarán algo de más valor."
"El séptimo paso, es que no debes maltratar a nadie; todos los seres del mundo tenemos derecho a que se nos respete y se nos quiera."
"Y por último, levántate siempre con una sonrisa en los labios, observa a tu alrededor y descubre en todas las cosas el lado bueno y bonito; piensa en lo afortunado que eres al tener todo lo que tienes; ayuda a los demás, sin pensar que vas a recibir nada a cambio; mira a las personas y descubre en ellas sus cualidades y dales también a ellos el secreto para ser triunfador y que de esta manera, puedan ser felices."
Y como pueden ver, lo que los reyes y poderosos ansiaban, lo tenían al alcance de su mano.
Como el arco y la flecha
sólo se rozan
nunca se encuentran.
Una en la otra cesa
como el dormido
en el que despierta.
Así las dos van y vienen
entre la piel colmada
y la piel sedienta.
Así cada una
lee las huellas
que la otra deja.
no se conocen
pero ambas se responden
al mismo nombre.
como la flecha y el arco
tienden al mismo blanco
tú y tu ausencia.
del poeta argentino Jorge Brega
(Buenos Aires 1949) y de su libro Poemas de Ausencia (1976-1983) con
ilustraciones de Manuel
Amigo
El ausente
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Ellos ignoran el sitio estrecho donde me hallo.
Aquí se me permite impunemente sentir frío,
colocar mi cuerpo de costado,
toser y cosas así.
(Quisiera que supiesen esto al menos.)
¡Ah el pensamiento!
Si lo escucharan tal como aquí retumba.
Si percibiesen este mensaje mínimo de mí
bajo la suave forma
de la brisa soplando en las celosías,
quizás me sintiera más a gusto.
Entretanto cómo no cantar:
mis hermanos, mis hemanos allí,
agitando banderas.
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En febrero de 2003 el
juez español Juan del Olmo ordenó el cierre
del periódico
Euskaldunon Egunkaria y la detención y el encarcelamiento de una decena
de personas. Casi todas estas personas fueron sorprendidas a la noche
antes de que se levantaran para ir a su trabajo,
sus casas fueron asaltadas por la Guardia Civil española, fueron
incomunicadas de 4 a 15 días en calabozos de muy mala fama, uno de los
hombres tuvo que ser hospitalizado algunos días y otros denunciaron
malos tratos e
incluso torturas, algunos fueron encarcelados durante meses.
Sus familias y amigos sintieron todas aquellas ausencias. Los ausentes
sufrieron mucho daño y mucho miedo.
Ahora, el fiscal de aquella causa no ve indicios de delito ni tan
siquiera como para que sean juzgados.
Vaya este poema en recuerdo de todas aquellas personas que nos ausentan
por la fuerza
del poder de los políticos y jueces cuyos antojos también gobiernan sin
tregua alguna estos estados predemocráticos.
Y vaya especialmente para los injustamente tratados.
Hola, amigos.
Mi nombre es Jaume y nací el 11/01/1967 en Barcelona (España). Vivo en
Vielha e Mijaran (Pirineo español). Estoy muy contento de haberos
encontrado. En estos momentos estoy preparando la edición de un libro
de poesía (La noche envuelta en papel de regalo) del cual os iré
enviando poemas para que me deis vuestra opinión. Igualmente me
gustaría recibir poemas vuestros. Gracias.
JAUME
Los Heraldos Blancos, de
Salvador Pliego(a Cesar Vallejo)
Los Heraldos blancos
(Al poeta de la masa y los Heraldos: Cesar Vallejo)
I Y si cae la tierra, y si cayese de las manos, si cayese hasta la zanja del dolor de los quebrantos, o se fuese entre los llantos sacudiendo las miradas, como un río en desconsuelo que en las rocas se santigua y flagela de por vida. Y si cayese boca arriba, de sus fauces, pecho arriba, ¿quién dará la mano que del suelo en agonía al hombre levantara? ¡Ay!. Si cayese toda, la madre tierra, la tierra toda, si se fuese toda, y la sangre en las rocas taladrara del grito que el valiente aclamara, entonces, a cerrar los puños, a cerrarlos todos, a doblarlos firmes, para retener el polvo con el que la nada nos forjara.
Y si hubiese un hombre, uno sólo, un sólo hombre en la entraña de la tierra que cerrase el puño, que
cerrase del vértigo la herida abierta, como Heraldo Blanco que dormita en los adentros, en lo profundo, allá en el alma, callaría el llanto e iría en las llanuras a galope vivo, de la crin del cieno, en el corcel de aire, a galope vivo, sin tener fronteras ni buscar destinos, en la paz del mirlo que nos dio el camino, a gritarle al mundo de las alas blancas que de un niño se abrazaban, a gritarlo al viento, a galope vivo, a galope vivo.
II Cabalga y cabalga, a galope y correa. Amarradme en el ala, a la crin y la cerda. Despuntad la lancera y empuñadla hacia enfrente y bregad los jinetes del confín y la muerte.
Cabalga jinete, cabalga en el alma y amarradme a las alas, a galope hasta el alba.
De los cuatro jinetes de gubia y de muerte trotando el Heraldo vencióles la suerte y la masa, de un ala, triunfante, a galope, alzóse en la furia
de brazos del hombre.
Cabalga jinete, cabalga hasta el alba, a galope, a galope, donde el viento encendióse. Cabalga jinete derrotando a la muerte, despierta de nuevo a la lid y al combate.
Dejadme en las alas, saleroso jinete, amarradme a la crin y trotad a capela y gritadles a todos: ¡He vencido a la muerte!.
Cabalga jinete, cabalga en el alma y amarradme a las alas, a galope, a galope, a galope, a la cumbre del alba.
Levanta jinete y agita tus alas.
Salvador Pliego
Publicado por clevane pessoa de araújo em 02/12/2006 às 13h17
Seguir cuando no puedes más,
seguir cuando parezcas acabado,
seguir cuando no dan nada por vos,
te hace ser mejor que el que ha ganado.
No te dejes vencer por nada.
Levántate y lucha como siempre
que todavía no ha sonado la campana.
Cuando se rían pensando que estás muerto,
que al final por fin te han derrotado,
abre los ojos y míralos de frente
que no está muerto aquel que está luchando.
Sabe que no es mirado como héroe
aquel que más batallas ha ganado,
sino aquel que en todas sus peleas
nadie jamás lo ha visto derrotado.
Si no llegas primero a la meta
no creas que por eso ha fracasado,
ya que se siente así el que en su vida,
pudiendo ser mejor..., no lo ha intentado.
Hola a todos acá publicando algo más después de algún tiempo...
EL BUFO
Las luces de la vida infernal y divina centellan escenarios por donde ella desfila misteriosa e implacable. A la espera del placebo están los espectadores, animales devoradores del morbo de la urbe. Tras bastidores, constreñido y asfixiado se halla el bufo, ceñido en trajes que retocan de alegría cuadros lúgubres y en postura fetal, desenterrando el seno de la madre protectora, que lo retraen a un mundo líquido donde el tedio reina y las risas se ahogan.
¡Oh solitario que aprende a vivir entre la muchedumbre! maniquí relleno de miradas que buscan alivio de sus agitadas vidas, una lágrima brota de sus ojos bruñidos, cual catarata demacrada en medio de paisajes encantadores. El retoque de su rostro es el retoque de su condena; sus ciclópeos zapatos reflejan la larga agonía de sus días y el corto pasar de su vida ante esperanzas en agonía.
Sale el bufo, guardándose la pena en sus magnos y coloridos bolsillos ¡su cuerpo repudia al gentío amotinado! divino misántropo, dibujas limbos en las nubes para espíritus celestes ¡su razón camina sobre las tablas dispuestas! infernal creador, compones melodías embusteras para ángeles caídos; del cielo o del infierno, tratas de salvar lo insalvable y cebas a tu paso el insaciable apetito de los hijos de la pesadez del tiempo.
¡Oh bufo criatura azul, gris, colorida! perfumas el camino con olor a flores de cementerio, desde tu morada al coliseo camino de cruces enquistadas fraguan la actuación de risa y burla, escape de tu realidad. Eres artificio conspirador del placentero dolor y arrancas carcajadas en medio de tus distintos funerales.
¡Se baja el telón, bufo condenado y doliente! tu alegría se eclipsa con el desmaquillar de tu careta, cual invierno feroz que devasta todas las flores de primavera; insensiblemente la muchedumbre va desapareciendo, esas esclavas del tedio y víctimas de los tiempos modernos.
Los escenarios se van tiñendo del azul tornasol de la soledad, sacas de tus magnos y coloridos bolsillos la pena guardada ¡bufo dibujante de mundos ilusorios en rostros acongojados! Dime, opio adorado del vulgo que te elevas al cielo profundo, ¿no es acaso tu sonrisa el aborto de un mundo miserable que nos ha tocado vivir?