El cáncer que ha supuesto la frustrada experiencia del
Estado de las Autonomías ha alcanzado en su letal efecto al conjunto de la vida
política española. Esa fragmentación suicida, llevada hasta el límite de la
descomposición del cuerpo de la nación en las diecisiete taifas autonómicas, ha
alcanzado en su grado de metástasis a los propios partidos políticos que se decían
de ámbito nacional. Sólo así puede entenderse la brutal crisis que está
sacudiendo al Partido Popular, carente ahora además, a diferencia del PSOE, de
las defensas – o anticuerpos, en este caso – que proporciona el
ejercicio del poder. La terrible enfermedad no es, en realidad otra cosa, que
la degradación que produce el mortífero virus de la ambición de poder –
de todo tipo de poder – que, olvidado el principio del bien común,
postergado todo propósito de salvaguarda del interés general sobre los
intereses particulares, de territorios o de grupos, termina por corroer
cualquier resistencia de vida que es propia de los cuerpos sociales sanos. El juicio
crítico que puede plantearse ya hoy al malhadado Título VIII de la Constitución de 1978,
que se pretendió hacer creer como uno de los grandes logros de la transición de
un sistema autoritario a un sistema democrático, permite incluso asegurar que
si ese era el test de prueba de la validez de un sistema político sobre otro,
deberán buscarse otros argumentos a favor del sistema democrático, pero no,
desde luego, el basado en la pretendida excelencia del reparto del poder político
que suponía el nuevo Estado autonómico. Muy por el contrario, ese reparto del
poder no ha venido a terminar en otra cosa que en la formación endogámica, y
según se está viendo, en muchas ocasiones corrupta, (recientes “descubrimientos”
en las altas esferas políticas de la Generalidad catalana del pujolismo), de unas
castas dirigentes locales, con asentamiento vitalicio en sus cargos y
prebendas, condicionadas en todo por el cortoplacismo
electoral, alejadas en su visión política de cualquier principio de solidaridad
interterritorial, (véase, como ejemplo muy representativo, el reparto de los
recursos hidráulicos y el dinamitado Plan Hidrológico Nacional), ajenas a
cualquier visión de futuro incardinada en un proyecto nacional de bienestar común
y refugiadas, al fin, en las más íntimas entretelas de la estructura de los
partidos políticos, inmersos también ellos en luchas internas intestinas, como síntoma
de evidente descomposición y de extensión irremediable de la metástasis del
canceroso mal del propio sistema en su conjunto. Para colmo de males, o en
definitiva como lógico fruto del mismo cáncer, muy lejos de que el sistema
sirviera para atenuar o equilibrar las pretensiones separatistas de los nacionalismos
periféricos, éstos no han hecho otra cosa que hacer gala – y gala agresiva,
casi siempre, hasta el punto de lindar en sus planteamientos con el mundo
siniestro del terrorismo – de su deslealtad al proyecto conjunto de la
nación, aumentar su virulencia y alejarse cada vez más de cualquier
planteamiento de convivencia racional, sin importarles para ello proceder a
burdas falsificaciones de presunta legitimidad histórica. En estas Comunidades
periféricas, muy en particular en Cataluña, en las provincias vascongadas y en
Galicia, más de treinta años de machacona insistencia en mitos de presunta
identidad nacional han sido suficientes como para que, en una monumental
transgresión de la verdad histórica, bien orquestada en escuelas y centros de
influencia educativa pública, se fuesen fraguando en el conjunto social, sobre
todo entre las generaciones más jóvenes y más sometidas a este bombardeo, por
un lado, una visión victimista de su supuesta personalidad histórica, y por
otro, consecuencia de lo anterior, un odio casi irracional a todo lo que
supusiera España y lo español.
¿Cabe ante este estado de cosas cruzarse de brazos o
resignarse a la pasividad del “delenda est España”?. Se admiten
respuestas. La mía particular la aplazo a otra intervención en este foro.
LA METASTASIS. El cáncer que ha supuesto la frustrada experiencia del Estado de las AutonomÃas ha alcanzado en su letal efecto al conjunto de la vida...
Qué triste saber que, efectivamente, el cáncer existe, la enfermedad avanza, y la metástasis es imparable. Lo peor, es que, conociendo el diagnóstico,...
El MCRC (Movimiento de ciudadanos hacia la República Constitucional) se plantea desde su nacimiento la solución de la revolución pacífica. Instrumentos: 1...
Estimado Carlos, Lamentablemente, creo que el paso 2 es inútil. Véase el ejemplo del Estatuto catalán. Me alegro de que el paso 3 lo hayáis contemplado....
El caso del referendum del Estatuto catalán no es ejemplo de nada, al menos no lo es en cuanto a que la abstención no es abstención activa. Los electores...
Estoy de acuerdo con el punto de vista de nohedecallarpormasque. De hecho creo que la única opción para que PP y PSOE empiecen a "perder poder" es el voto...