Los extraños lobos de El Cabaco
Un niño de cinco años pasó toda una noche de invierno con uno de
estos animales salvajes después de haberse perdido
Los animales salvajes siempre han producido un temor especial a los
habitantes del medio rural, un miedo directamente proporcional a la
situación aislada y boscosa de un pueblo. De entre todos los seres
que campan por la provincia salmantina, el lobo es el más temido.
Raúl Martín Este mamífero carnicero, salvaje y dañino para el ganado,
hoy día es una especie protegida, sobre todo al sur del río Duero,
pero no hace mucho tiempo era fácil escuchar sus aullidos nocturnos,
espeluznantes ecos que resonaban por la Sierra en noches de luna
llena. Tal era el efecto que genera en la conciencia humana, que
muchas historias transmitidas oralmente de padres a hijos se centran
en este mítico animal. Es el caso de los extraños lobos de El Cabaco,
protagonistas del relato de hoy en la serie dominical `Mitos y
leyendas de Salamanca'. Cuenta la leyenda que una familia de este
municipio a las puertas de la Peña de Francia tenía un niño de cinco
años que era muy despierto, tanto que cada día su madre le encargaba
llevar la comida a su padre en el lugar donde se encontrara
trabajando en ese momento. No era precisamente una labor de
permanecer en el pueblo, pues este hombre se dedicaba a fabricar
cisco y carbón de brezo, por lo que empleaba gran parte de su tiempo
en el monte. Un día, como de costumbre, el niño, llamado Pedro,
recibió la cesta de su madre. Sin embargo, ese día su padre
desempeñaba su trabajo en una parte del monte muy cerrada. Aunque el
infante era demasiado listo e iba marcando el camino para su regreso,
cual pulgarcito serrano, poco a poco la senda se estrechaba. Al
final, como no conocía bien la parte final del camino, se perdió. El
padre regresó a casa de trabajar y, preguntado por la madre, aseguró
no haber visto al niño. Como Pedro no llegaba, rápidamente se
alarmaron, saliendo en su busca y avisando de forma célere a todo el
pueblo para que se unieran en el rastreo. Durante horas caminaron sin
parar. Otearon todo el monte, pero ni rastro del niño. Sólo quedaba
rezar y las mujeres más ancianas pedían a San Antonio que candara los
dientes al lobo, pues abundaban por estos parajes. La noche se tornó
cerrada y la desilusión se apoderó de todos los habitantes de El
Cabaco. Se temían lo peor. Con los primeros rayos de luz, sin apenas
haber descansado, los padres del avispado Pedro salieron de nuevo
raudos en su busca. De repente, al llegar a un chozo que los pastores
habían construido para guarecerse del frío, allí estaba, sano y
salvo. No podían creerlo. El niño tenía buen aspecto a pesar de haber
pasado toda la noche a la intemperie. Presa de la curiosidad, el
padre le preguntó si había pasado miedo, pero con total tranquilidad
le respondió que no, que había estado con un coco (un lobo) y cuando
cerraba los ojos le decía: "Coco no te duermas, que te duermes". A
partir de entonces, al monte se le conoce por el nombre de Pedro
Lobo. No es ésta la única leyenda de El Cabaco relacionada con tan
singulares animales. Cuentan los más viejos del lugar que había un
pastor de cabras del que se decía era muy `ajustao', pues solía dejar
solo al ganado mientras se iba a otro sitio a trabajar en el campo.
Pero en una ocasión, fuera mala suerte o un escarmiento del destino,
apareció una manada de lobos y mató al centenar de cabras que tenía
al cargo este pastor. Al enterarse los amos, lo denunciaron sin
dilación. Llegó el día del juicio. El cabrero de El Cabaco, que era
muy astuto, aseguró ante todos los presentes que estaba cuidando el
ganado, pero entonces llegaron 101 lobos, cien para cada una de las
cabras y el último, el más grande y feroz de todos, para él. Por este
motivo, no pudo hacer nada para evitar que mataran a las cabras,
porque él estaba luchando contra el líder de la manada. Como no hubo
testigos de lo contrario, el pastor de cabras salió indemne del
juicio.
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