Guerras de religión ANTONIO MUÑOZ MOLINA
En un país tan religioso como los Estados Unidos, uno de los éxitos
literarios de la temporada viene siendo The God Delusion, de Richard
Dawkins, una apología pasional del ateísmo y de la racionalidad que
es también una denuncia del estatuto privilegiado que otorgan a la
religión las sociedades laicas. Dawkins es probablemente el
divulgador científico más riguroso y con más talento literario que
escribe ahora mismo en la lengua inglesa. El atractivo de su
escritura procede tanto de la claridad con que explica las
indagaciones y descubrimientos de la biología evolutiva como de su
ímpetu de polemista empeñado en la defensa del legado de Darwin, a la
que dedicó entero uno de sus mejores libros, The Blind Watchmaker,
título que sin duda habría merecido la aprobación de Borges.
Dawkins es un científico volcado al proselitismo en una época
paradójica en la que el progreso de la ciencia y los logros de la
tecnología son extrañamente compatibles con la popularidad abrumadora
de los fanatismos religiosos y de las más frívolas creencias en las
baratijas de lo sobrenatural. Hubo tiempos más inocentes en los que
se imaginó que según fueran avanzando las explicaciones racionales de
la naturaleza se aliviaría el peso de la superstición, y que el
desarrollo económico y el bienestar irían disolviendo formas de
integrismo nacidas de la ignorancia y alimentadas por la pobreza.
Pero ahora hemos visto que, igual que el siglo XX empezó en realidad
en 1914 con las primeras carnicerías industriales de la Gran Guerra,
el comienzo del siglo XXI tuvo lugar en Nueva York el 11 de
septiembre de 2001 con una proclamación de furia religiosa que
irrumpió con toda la eficacia destructiva de la tecnología moderna y
a la vez con toda la vehemencia sanguinaria de las matanzas
medievales de infieles.
El 11 de septiembre está en el origen del alegato ateo y racionalista
de Richard Dawkins: también es la sombra que se proyecta sobre cada
página de otro libro publicado un par de años antes, The End of
Faith, de Sam Harris, que este otoño ha continuado alimentando el
debate con una Letter to a Christian nation. Si Dawkins se empeña en
una refutación detallada -y a mi juicio en gran medida innecesaria-
de las diversas demostraciones de la existencia de Dios urdidas a lo
largo de los siglos, Harris concentra su esfuerzo dialéctico en
recapitular algunas de las catástrofes que las religiones organizadas
vienen desatando sobre el mundo desde los tiempos en que se
redactaron los códigos feroces del Antiguo Testamento. Que Dios
exista o no es al fin y al cabo un enigma lejano que le importa mucho
menos que el efecto inmediato y material de la obcecación de muchas
personas convencidas no sólo de su existencia, sino también de su
participación minuciosa en los asuntos humanos, y de su propensión al
parecer inveterada a proveer de legitimidad celestial a los mayores
absurdos y las más cruentas salvajadas cometidas en su nombre.
Dawkins es británico, y Harris norteamericano: el uno vive en un país
en el que la religión establecida se ha vuelto más bien irrelevante,
mientras que el otro presencia a diario en el suyo la pavorosa
influencia que el integrismo cristiano tiene en las vidas de decenas
de millones de sus compatriotas, entre ellos su presidente y algunos
de sus consejeros más cercanos.
Ya es grave -y con frecuencia letal- que una parte enorme de la
humanidad considere que unos libros originados en el Medio Oriente
neolítico o entre los nómadas de los desiertos de Arabia en el siglo
VII ofrecen una explicación completa y satisfactoria del origen del
mundo, así como un manual para la convivencia política y la conducta
personal, incluidas las aficiones sexuales. Pero más grave aún,
sugieren Dawkins y Harris, es que en nombre de la tolerancia y del
multiculturalismo las religiones gocen en las sociedades liberales de
un respeto unánime que las mantiene a salvo de cualquier crítica y
les concede privilegios que no se reconocen a ninguna idea ni
comportamiento no legitimados por ellas. Estamos dispuestos a
discutir cualquier opinión sobre economía o sobre el servicio militar
o sobre la educación de los hijos: pero ante los más disparatados
dogmas religiosos la posición más común entre personas progresistas y
no creyentes es un educado silencio, cuando no una activa muestra de
simpatía hacia el ejercicio de quién sabe qué enriquecedora costumbre
en la que muy fácilmente encontraremos una muestra de diversidad
cultural. El mismo espectáculo lamentable al que asistió Europa con
motivo de la condena a muerte contra Salman Rushdie en 1989 con
motivo de sus Versos Satánicos se repitió el año pasado con las
caricaturas escandinavas de Mahoma: en vez de salir incondicional y
gallardamente en defensa de la libertad de expresión, escritores,
periodistas y medios públicos que viven de ella prefirieron lamentar
con una mezcla de hipocresía y de papanatismo que se hubiera ofendido
la sensibilidad musulmana.
La otra forma de ceguera intelectual frente a la religión que irrita
por igual a Richard Dawkins y a Sam Harris consiste en rebajar o
incluso en negar del todo su verdadera responsabilidad en los
desastres relacionados con ella. Se califica de limpieza étnica la
emprendida tan sanguinariamente en Yugoslavia a principios de los
años noventa, escondiendo el hecho de que las diferencias entre
croatas, serbios y bosnios no eran étnicas, sino religiosas. Todos
los verdugos y todas las víctimas hablaban el mismo idioma y tenían
el mismo aspecto físico: lo que los impulsaba a matar o los destinaba
a morir era que fuesen católicos, ortodoxos o musulmanes. El credo de
cada uno determinaba su pertenencia ciega a una variedad homicida de
nacionalismo. Musulmanes fanáticos eran Muhammad Atta y los 18
secuaces que le acompañaban en el secuestro de los aviones y el
ataque a las Torres Gemelas en la mañana del 11 de septiembre, pero
la ortodoxia progresista no considera que la religión tuviera una
influencia decisiva en aquella masacre: la culpa es de la pobreza, o
de la humillación imperialista a la que está sometido el mundo árabe,
o de la desgracia del pueblo palestino.
Hay un matiz peculiar que se observa en España, y no sé si también en
América Latina: personas que se escandalizarían ante cualquier
tentativa de limitar el derecho a la sátira de las creencias o de la
Iglesia católica tienden al mismo tiempo a considerar ilegítimo que
se satirice al islam.
Pero lo que está en juego es algo más que el ejercicio libre de la
crítica, ganado a pulso a lo largo de siglos en Europa y América, en
una perpetua rebeldía contra las diversas formas de tiranía política
y ortodoxia eclesiástica, con frecuencia aliadas entre sí. El peligro
de la autocensura y del sometimiento personal al miedo es tan
evidente como el precio que pagaron algunos editores y traductores de
Salman Rushdie, y el asesinato de Theo van Gogh o el doble exilio de
Ayaan Hirsi Ali contienen mensajes muy explícitos que nadie está en
condiciones de ignorar. La amenaza es mucho más aterradora, y afecta
a la supervivencia misma del mundo tal como lo conocemos: "No podemos
seguir ignorando el hecho", escribe Sam Harris, "de que miles de
millones de nuestros semejantes creen en la metafísica del martirio,
o en la verdad literal del libro del Apocalipsis, o en cualquiera de
las demás fantásticas nociones que han rondado durante milenios en
las mentes de los fieles, porque esos semejantes poseen ahora armas
químicas, biológicas y nucleares". Gracias a millones de votantes
intoxicados por un cristianismo cavernario George W. Bush llegó a la
presidencia de los Estados Unidos, y su convicción expresa de
encontrarse en contacto personal con Dios no fue sin duda ajena a la
calamidad de la invasión de Irak; la India y Pakistán, países que
existen por separado tan sólo en virtud de sus distintas religiones,
se desafían mutuamente con el despliegue de sus armas nucleares, y no
existe ninguna seguridad de que Pakistán no vaya a sucumbir cualquier
día a un golpe integrista. Los fanáticos que gobiernan Irán no parece
que vayan a tardar mucho en poseer una bomba atómica: pero da más
miedo todavía imaginar la relativa facilidad con que podría obtenerla
un grupo terrorista inflamado por visiones de martirio apocalíptico.
Estas cavilaciones tenebrosas me traen el recuerdo de una de las
novelas más desoladoras que he leído hace mucho tiempo, y que
apareció en los Estados Unidos en las mismas fechas que el libro de
Richard Dawkins. Se trata de The Road, de Cormac McCarthy. Leí los
dos libros ansiosamente a la vez, un poco antes de que cayera en mis
manos el de Sam Harris, pero sólo ahora caigo en la cuenta de la
conexión entre ellos. The Road tiene un aire ligeramente anacrónico,
porque pertenece a un género literario que fue muy popular en los
años peores de la Guerra Fría, el de las novelas que retratan el
mundo posterior a un holocausto nuclear. Un hombre de unos cuarenta
años y su hijo de diez viajan hacia el sur atravesando un paisaje de
destrucción absoluta, en el que el fuego ha calcinado bosques y
arrasado ciudades, y por el que deambulan unos pocos seres humanos
enloquecidos por el hambre, reducidos a la barbarie y al canibalismo.
Los ríos están envenenados y la tierra entera yace bajo las nubes
tóxicas de un invierno perpetuo: el hombre y el niño huyen en busca
de la incierta posibilidad de un mundo menos inhabitable a la orilla
del mar.
The Road está escrito en un tono de parábola o de profecía, aunque en
ningún momento se revela la causa de tanta destrucción. Hubo una luz
cegadora y todos los relojes se pararon diez años atrás. La prosa de
McCarthy -tan barroca otras veces- aquí es de una sequedad tan árida
que parece que araña. Tiene una precisión alucinatoria, que puede
saltar en una sola línea de la pura exactitud poética a los detalles
de la crueldad más obscena. Es casi tan sofocante como el aire
envenenado de ceniza que los personajes sólo pueden respirar filtrado
por los pañuelos con los que se cubren la cara.
Tuve esa sensación de respirar ceniza en la mañana del 12 de
septiembre de 2001, cuando intentaba acercarme lo más posible al bajo
Manhattan. En las novelas apocalípticas que uno leía en su lejana
adolescencia estaba siempre muy clara la razón del desastre que casi
había aniquilado la vida sobre la Tierra. Ahora sabemos lo cerca que
estuvo el mundo del cumplimiento de aquellas profecías durante la
crisis de los misiles de 1962, pero quizás nos faltan lucidez o
coraje para mirar de frente las señales de peligro que apuntan en sus
libros Richard Dawkins y Sam Harris, o para resolver el enigma
implícito en la novela magnífica y perturbadora de Cormac McCarthy.
Quién sabe si Jruschov y Kennedy se habrían vuelto atrás casi en el
último momento en el caso de que cualquiera de los dos hubiera estado
convencido de que la voluntad de Dios inspiraba sus actos.