REPORTAJE
Los extraterrestres ya no nos quieren
PABLO FRANCESCUTTI 30/09/2007
Se convirtieron en el tema estrella de debate entre políticos,
militares y científicos durante la guerra fría y deslumbraron a los
habitantes de nuestro planeta. Los ovnis vivieron una época de
esplendor a mediados del siglo pasado. ¿Por qué parecen haberse
apagado los misterios y destellos de sus naves seis décadas más tarde?
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En la guerra fría, las sospechas sobre los ovnis cayeron sobre los
soviéticos y las Fuerzas Armadas estadounidenses
La hipótesis extraterrestre resultó irresistible. Los comienzos de la
exploración espacial la pusieron de moda
Un periódico español publicó en los sesenta unas fotos de supuestos
ovnis montadas con un plato de plástico que colgaba de un hilo
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Los 'contactados' con los alienígenas pasaron a equipararse a los que
vieron al autoestopista fantasma o el 'Big Foot' estadounidense
Sesenta años atrás, en el verano de 1947, el piloto aficionado
Kenneth Arnold sobrevolaba con su avioneta el monte Ramier (noroeste
de EE UU) cuando se topó con siete extraños objetos que se
desplazaban por el cielo a velocidad supersónica, "como platos
rebotando sobre el agua", según comunicó a la prensa. El reportero de
Associated Press informó que había visto "platillos voladores", pese
a que Arnold dijo que los bólidos parecían más bien triangulares. No
importaba: a los medios de comunicación les gustó esa descripción y
la pusieron en circulación. La repercusión fue inmensa: en los meses
siguientes se comunicaron avistamientos similares en todo el país y
se habló de un platillo estrellado en Rosswell (Nuevo México), cerca
de la base de los bombarderos con armamento atómico. Había nacido el
fenómeno de los objetos voladores no identificados (más conocido por
las siglas OVNI).
El firmamento se colmó de platillos. Hubo oleadas memorables, como la
que en 1952 conmocionó la ciudad de Washington. Medio mundo había
visto un ovni o conocía a alguien que lo había avistado. Nadie podía
ignorarlos: políticos, militares y científicos se veían obligados a
discutir sobre su presunto origen alienígena. En aquellos años, negar
la posibilidad de vida inteligente en otros astros era el súmmum de
lo políticamente incorrecto.
Seis décadas más tarde, los avistamientos de platillos se han vuelto
esporádicos, y la prensa seria apenas les presta atención. Los
apocalípticos mensajes de sus presuntos tripulantes han caído en el
olvido; y las lucubraciones sobre la existencia de inteligencias
extraterrestres han perdido mucho de su atractivo. Quienes salen a
observar el cielo nocturno no van con la ilusión de divisar ovnis,
sino, a lo sumo, una lluvia de estrellas. ¿Cómo se desinfló tan
drásticamente el fenómeno quizá más enigmático del siglo XX?
Para responder convendría recordar que al principio nadie los
relacionó con seres del espacio. La guerra fría arreciaba y las
sospechas cayeron en los soviéticos y las Fuerzas Armadas
estadounidenses. El hermetismo que rodeó la creación de la bomba
atómica fijó la idea de que los militares ocultaban más de lo que
decían. Parecía lógico que Arnold hubiera presenciado ensayos ocultos
con misiles, explosivos y aviones espía. Así lo refleja la película
The Flying Saucer (EE UU, 1950), en la que un sabio ruso inventa un
platillo para vendérselo a unos estadounidenses convencidos de
que "parece diseñado con un único fin: transportar una bomba atómica".
Esa asociación con armas nucleares no se entiende sin la psicosis
atómica de la época. La bomba A, se decía, había abierto un estadio
superior: la era nuclear. La revista Life calificó la fisión del
átomo como "el mayor acontecimiento desde el nacimiento de Cristo".
Pero no todos compartían ese entusiasmo. "¡Hemos creado un
monstruo!", exclamó un locutor de la cadena NBC al oír de la
destrucción de Hiroshima. La volatilización de las ciudades japonesas
generó el temor a sufrir una tragedia similar. El sentimiento de
inseguridad afectó a Superman, el icono de la autoestima nacional. El
Hombre de Acero dejó de ser invulnerable. La culpa la tenía la
kryptonita, una sustancia radiactiva. No se podía simbolizar mejor la
angustia estadounidense de que el poder nuclear se transformase en su
talón de Aquiles.
La inquietud creada por los ovnis dio lugar a pesquisas oficiales.
Los expertos de la Fuerza Aérea estadounidense los desvincularon de
la URSS y los imputaron a fenómenos atmosféricos y percepciones
erróneas. Daba igual: ni los avistamientos ni el interés de la prensa
y el público por el tema decayeron. En 1950, una encuesta Gallup
indicó que todavía el 92% de los entrevistados creía que se trataba
de un secreto militar estadounidense.
Ese año, Donald Keyhoe, ex oficial de marines y autor de cuentos
fantásticos, proclamó que los ovnis eran naves venidas del espacio a
vigilar los avances atómicos. Los militares lo sabían, pero lo
ocultaban, acusó. No les tocaba a los testigos probar la veracidad de
sus palabras, sino al poder demostrar que no escondía datos. Su
declaración cayó en un terreno abonado por el pánico. El presidente
Harry Truman, al saber de la existencia de la bomba A soviética,
había ordenado fabricar un artefacto ultradestructivo, la bomba H, e
instado a la población a prepararse para un conflicto nuclear.
En 1952, otro escritor de ciencia-ficción, George Adamski, anunció su
encuentro con un venusino, quien le advirtió telepáticamente de los
riesgos de la carrera nuclear. Se convirtió en el primer contactado
de una larga lista.
Pocos repararon entonces en el parecido de las declaraciones de
Adamski con la película de Robert Wise estrenada el año anterior,
Ultimátum a la Tierra, donde el emisario de la confederación
galáctica baja con su platillo en Washington con un aviso para los
terrícolas: o terminan sus guerras o ellos impondrán la paz por la
fuerza. No menos sorprendentes eran las coincidencias entre los
relatos de los contactados y los cuentos sobre alienígenas de
revistas como Amazing Stories, cuyas portadas ilustradas con platos
voladores aparecieron mucho antes del episodio de Arnold. ¡El
repertorio de la ciencia-ficción estaba siendo saqueado por los
portavoces de los ovnis!
No importaba; la hipótesis extraterrestre resultó irresistible. A fin
de cuentas, la creencia en otros mundos habitados tenía una
acreditada solera; surgida en la antigüedad, cobró fuerza con el
avance astronómico de los siglos XVII y XIX. La Luna fue el primer
astro al que se asignaron habitantes; le siguió Marte con el
espejismo de los canales, y luego, Venus. Los comienzos de la
exploración espacial contribuyeron a ponerla de actualidad.
La bola de nieve siguió creciendo, imparable. En 1954, una ola de
avistamientos extendió a Europa lo que parecía una rareza de Estados
Unidos. Curiosamente, a medida que se difundía la creencia en su
naturaleza alienígena, las descripciones de los ovnis se modificaron:
en vez de discos chatos, ahora se avistaban platillos con una cúpula
luminosa: la cabina de sus tripulantes. Un dato revelador de lo
influenciables que eran las percepciones.
En lo sucesivo se verían platillos en distintas partes del mundo, si
bien su epicentro se mantuvo en Estados Unidos. Las apariciones
saltaron allí de las 46 mensuales registradas en 1955 a las 600 del
último trimestre de 1957 (los mismos meses del revuelo causado por el
Sputnik I), según el cómputo de Edward Condon, director del proyecto
OVNI de la Universidad de Colorado.
La sociedad pedía respuestas, los científicos exigían pruebas, y los
partidarios de la hipótesis extraterrestre sólo ofrecían testimonios
de contactados. Todo se reducía a creer o no a los testigos. Y en
Estados Unidos había muchos dispuestos a creer en la llegada de
alienígenas. Lo había demostrado Orson Welles en 1938, al asustar a
millones de neoyorquinos con un falso avance informativo de radio
sobre una invasión marciana en Nueva Jersey.
Los contactados se proclamaron los paladines de un mensaje pacifista
que una conjura de científicos, políticos y militares pretendía
silenciar. En sus filas no faltaban farsantes y delirantes; pese a
ello, sus acusaciones se vieron reforzadas por las evasivas de
organismos burocráticos acostumbrados a la opacidad. Sus quejas sobre
la hostilidad oficial también tenían una pizca de verdad: a los
Gobiernos embarcados en la construcción de arsenales atómicos no les
gustaba nada que agitasen sin cesar el espectro del holocausto
nuclear.
Las denuncias, amplificadas por la prensa, dieron lugar a sesiones
del Congreso de Estados Unidos sobre el asunto en 1966 y 1968, sin
que se sacase nada en claro. Entretanto, la expectativa de un
contacto inminente con los seres del espacio se intensificó. La NASA
incluyó entre sus metas la búsqueda de vida en otros planetas.
Recuerda Isaac Asimov que el director Stanley Kubrick contempló
asegurar contra tal eventualidad su película 2001, una odisea
espacial, pues temía que si se producía antes del estreno, nadie iría
a verla. Respetables científicos dieron por segura la existencia de
civilizaciones extraterrestres. El astrónomo Francis Drake cifró su
número en decenas de miles; el Proyecto SETI comenzó a sondear el
espectro cósmico en busca de mensajes radiales de otros mundos, y en
1972, el astrofísico Carl Sagan envió un saludo a los alienígenas a
bordo de la sonda Pioneer X.
El contacto no se produjo, pero las acusaciones de encubrimiento
continuaron. Su insistencia llevó al candidato a la presidencia Jimmy
Carter a prometer desclasificar los archivos públicos sobre ovnis si
ganaba. La Cámara de los Lores británica discutió en 1979 una moción
para que el Gobierno hiciera públicos sus datos al respecto, que
finalmente no prosperó.
En los años siguientes, el fenómeno perdió fuelle. Los datos enviados
por las sondas Mariner y Viking desde el planeta rojo derrumbaron las
esperanzas de encontrar vida inteligente ?"Marte está muerto",
anunció un desilusionado titular de US News and World Report?, al
igual que la información obtenida con la exploración de Venus y el
sistema solar. Los radiotelescopios no captaron ningún mensaje
alienígena; y las expectativas se rebajaron al nivel de encontrar
microbios. La hipótesis extraterrestre se debilitó, y los
avistamientos se hicieron menos frecuentes y menos espectaculares.
La apertura de los archivos clasificados al acabarse la guerra fría
no cambió las cosas. Los contactados se llevaron un chasco. Las
autoridades estadounidenses admitieron ocultamientos, pero no de los
platillos, sino de vuelos de aviones espías. La Fuerza Aérea confesó
que sus investigaciones sobre ovnis buscaban producir "declaraciones
públicas falsas y engañosas para acallar el miedo y proteger un
proyecto de seguridad nacional altamente sensible". Y los supuestos
cadáveres alienígenas ocultados por agentes federales en Rosswell
resultaron ser maniquíes empleados en un experimento secreto de
aviación. La hipótesis del arma secreta no era tan descabellada.
¿Cómo reaccionaron los contactados a tan demoledoras revelaciones?
Unos se replegaron en el misticismo: lo que se planteaba como un
problema que requería una respuesta colectiva ?la carrera
armamentista? derivó en asunto de salvación individual. Los
visitantes, explicaron a sus seguidores, venían para ayudar a los
elegidos a acceder a una nueva dimensión.
Otros se obsesionaron con las conspiraciones y abducciones. Los
secuestrados acusan a unos seres llamados grises de someterlos a
escalofriantes cirugías para quitarles semen u óvulos o injertarles
dispositivos de control. ¿Finalidad? Crear la raza que sustituirá al
Homo sapiens. Su gran enemigo es la CIA y sus "hombres de negro",
agentes dedicados a ocultar evidencias sobre los alienígenas por
orden de las grandes potencias, que esconden sus platillos y
abducidos a cambio de acceso a su tecnología.
¿Cómo no ver en esos relatos la influencia de viejas películas como
El pueblo de los malditos (Reino Unido, 1960), cuyas mujeres,
fecundadas de noche por seres de otro mundo, alumbran una raza de
niños sobrehumanos? ¿O del argumento de Invasores de Marte (EE UU,
1954), con sus abducidos controlados por implantes en la nuca; y del
complot de Quatermass II (Reino Unido, 1955), dirigido a esconder a
un peligroso extraterrestre en una base militar?
Otros devotos de los platillos, por último, se abocaron a buscar sus
huellas en el pasado y a imputarles desde el bombardeo atómico de
Sodoma y Gomorra, convertidas en las Hiroshima y Nagasaki de la
antigüedad, hasta la construcción de monumentos ciclópeos (el autor
de estas líneas constató en El Cairo la irritación de un guía
turístico ante los visitantes que por enésima vez le preguntaban si
las pirámides egipcias eran obra de los alienígenas).
Tales especulaciones dieron pie a una sonada broma a costa de los
crédulos: los círculos del maíz. Los misteriosos diseños aparecidos
en maizales de Inglaterra pasaron durante años por mensajes a los
extraterrestres o pistas de aterrizaje de platillos. Finalmente, los
ingleses Doug Bower y Dave Chorley confesaron haberlos realizados con
sogas y estacas. El juego del escondite de los ovnis comenzaba a ser
motivo de guasa.
En España no faltaron los avistamientos de luces extrañas ni los
hallazgos de humanoides; pero su principal aportación al fenómeno
ovni se produjo en 1966, al diluirse las esperanzas de vida en Marte.
En aquel año, los creyentes en los platillos encontraron un recambio
en el planeta Ummo. El contactado Fernando Sesma anunció haber
recibido mensajes del misterioso astro y aportó fotografías de una
nave avistada en el barrio madrileño de San José de Valderas. Las
fotos, publicadas por el diario Informaciones el 2 de junio de 1967,
resultaron ser un montaje hecho con un plato de plástico colgado de
un hilo por José Luis Jordán Peña, según confesó más tarde. "Lo más
increíble", declaró, es que "comencé a entrevistar gente que decía
haber visto el platillo".
El fiasco hizo surgir una camada de investigadores críticos que
buscaron una explicación natural a los avistamientos, sin abandonar
la hipótesis extraterrestre. Posteriormente aparecieron periodistas
que han hecho de lo misterioso una salida profesional, un periodismo
especializado ejercido en revistas y programas televisivos donde los
ovnis se codean con el santo sudario o el monstruo del lago Ness. "Ya
no se preocupan por aclarar los hechos; sólo buscan la explicación
paranormal", observa Luis Alberto Gámez, uno de nuestros mayores
expertos en platillos voladores.
Su empeño desmitificador le ha valido disgustos: recientemente, un
juez le condenó por tildar de "estafador" al periodista y escritor
Juan José Benítez. Gámez no sale de su asombro: "Creía que decir en
un documental de televisión que un poder mágico permitió transportar
las estatuas de la isla de Pascua, sentar a Jesús en el Coliseo
romano años antes de que el edificio existiera y sostener que los
astronautas del Apolo 11 encontraron ruinas extraterrestres en la
Luna era tergiversar la historia, mentir e intentar engañar al
público. Parece que estaba confundido".
¿Qué ha quedado del fenómeno ovni? La falta de pruebas ha impedido a
los científicos dilucidar el enigma, si bien el escepticismo es la
postura dominante. Ninguno de los numerosos contactados que afirmaron
haber subido a un platillo logró volver con un souvenir, un trozo de
metal ultraterreno o un lanzarrayos; en fin, algo que zanjase la
controversia de una vez por todas.
En definitivas cuentas, todo lo que resta son unas fotografías más o
menos borrosas, unos cuantos libros y una montaña de recortes de
diarios y revistas, pues el papel jugado por los medios de
comunicación en su difusión ha sido enorme (no parece un detalle
secundario el hecho de que los platillos se dieron a conocer en
verano, una temporada de sequía informativa).
Para la psicología y la antropología sí existen documentos
analizables: las declaraciones de los testigos. Éstas les han
permitido clasificar los ovnis dentro de las leyendas urbanas, esas
creencias extraordinarias que se transmiten como rumores y se repiten
de un país a otro con ligeras modificaciones. De ese modo, los
contactados pasaron a engrosar el variopinto colectivo de los que
dicen haber visto al autoestopista fantasma, al motorista solidario y
al monstruoso Big Foot de los bosques estadounidenses.
El semiólogo Roland Barthes lo tenía claro: los platillos son una
fantasía colectiva nacida como reacción a la carrera armamentista; un
mito celestial, porque "en el cielo es donde aparece la muerte
atómica". En los años cincuenta y sesenta, de arriba podían llover
misiles; hoy, del cielo no esperamos nada bueno ni malo. Ante la
indiferencia, los ovnis se esfuman como un sueño.
Ahondando esa línea de interpretación, Dominique Caudron, experto
francés en ovnis, recuerda que los extraños objetos voladores, lejos
de ser privativos de la era nuclear, se remontan a la Francia de
finales del siglo XVIII, poco después de los vuelos de
Montgolfier. "La psicosis de las aeronaves fantasmas se inició a
continuación de las experiencias que introdujeron el aerostato, la
primera máquina voladora, en el imaginario de la época", sostiene.
Las visiones de globos desconocidos siguieron en el siglo XIX,
destacando el avistamiento en Francia de un inmenso globo rojo en
1873 y de un aerostato provisto de un poderoso reflector en 1884.
Dichos objetos cambian de forma en sintonía con la evolución de la
aeronáutica. Con los zepelines aparecen extraños cigarros voladores;
con la aviación, aeroplanos misteriosos (en 1910, los neoyorquinos
avistan un avión negro; en 1933, Escandinavia sufre una invasión de
aeronaves fantasmas; e igual ocurre en Austria e Inglaterra en 1937).
Tras la última guerra mundial, y fresco el recuerdo de los cohetes V-
1 y V-2 lanzados por Hitler contra Londres, vuelven a proliferar los
cigarros voladores.
Caudron vincula esos 'dobles fan- tasmales' al paso de las
concepciones místicas a la visión laica de la astronomía. La
imaginación colectiva reaccionó poniendo aeronaves sofisticadas y
enigmáticas donde antes creía ver espíritus y dragones, y depositó en
ellas sus terrores y esperanzas. Los platillos representan la última
etapa de la serie, cuando del cielo surcado por satélites y misiles
bajan alienígenas angelicales a salvarnos del apocalipsis atómico.
No es casual, por otra parte, que el fenómeno ovni surgiese en un
país a la vanguardia del avance científico y a la vez intensamente
religioso; una nación donde el contencioso entre la ciencia y la fe
dista de haberse resuelto, como indica la controversia sobre la
enseñanza en las escuelas de la teoría de la evolución; un medio
donde se producen peculiares mezclas de elementos científicos y
religiosos, visibles en la creencia de adventistas, mormones y
evangelistas en la existencia de extraterrestres inteligentes; o en
la Iglesia de la Cienciología, cuyo fundador, el escritor de ciencia-
ficción Ron Hubbard, combinó creencias gnósticas con la idea de que
unos alienígenas inmateriales y bondadosos, los thetans, fueron
confinados en la Tierra por un déspota galáctico hace 75 millones de
años. Los humanos, precisa, estamos "ocupados" por los thetans, el
sustrato de nuestra condición inteligente. La nebulosa ovni, por
último, con sus contactados que evocan las apariciones marianas y su
fascinación por la alta tecnología (extraterrestre), subraya la
dificultad de separar ciencia y religión en ese entorno cultural.
Ese cúmulo de circunstancias habría llevado a tantas personas a creer
de buena fe en lo que en muchas ocasiones era una puesta en escena de
tópicos de la ciencia-ficción. El caso extremo lo representan los
abducidos. Si los ovnis, como apunta el antropólogo Bernard Meheust,
nos recuerdan que el hombre contemporáneo mantiene viva su facultad
de fabulación mítica, las abducciones sugieren que además conserva el
don de entrar en estados de trance, aunque no para comunicarse con el
Más Allá como antaño, sino para expresar temores a los avances en
medicina reproductiva.
Hoy, los ovnis han salido de los ti- tulares de prensa para
incrustarse profundamente en la cultura de masas. Lo prueba el éxito
de la serie televisiva Expediente X, un hábil reciclado de relatos de
contactados. Las máscaras de los grises se han vuelto habituales en
las fiestas de disfraces. Y los platillos revolotean a sus anchas en
películas como Independence Day.
"Se han vuelto parte del acervo de creencias populares", señala
Javier Armentia, director de la Sociedad para el Avance del
Pensamiento Crítico, dedicada desde hace más de veinte años a luchar
contra las seudociencias. Lo que a él le preocupa es su legado de
desconfianza en las instituciones públicas (según la última encuesta
Gallup, el 76% de los estadounidenses cree que las autoridades
ocultan información sobre los ovnis). "El recelo indiscriminado
alimenta un escepticismo radical, responsable de que muchos piensen
que la llegada del hombre a la Luna fue un montaje de la NASA",
opina. "Eso revela una incapacidad crítica de la sociedad, que puede
servir de base a toda clase de teorías conspirativas".
Para saber más: 'Mitologías', de R. Barthes (Siglo XXI, México,
1981). P 'Le Baron Noir et ses ancêtres', de D. Caudron
('Communications' nº 52, 1990). P 'El Escéptico Digital', boletín de
la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico (en:
http://digital.el-esceptico.org). P 'La pantalla profética', de P.
Francescutti (Cátedra, Madrid, 2004). P 'La conexión cósmica', de C.
Sagan (Orbis, Barcelona, 1987). P 'Para entender a los
extraterrestres', de W. Stockzkowski (Acento, Madrid, 2001). P 'El
fin del tiempo', de D. Thompson (Taurus, Madrid, 1998