REPORTAJE: PETRÓLEO
¿Cuánto queda realmente?
LUIS MIGUEL ARIZA 01/06/2008
Más polémico y caro que nunca, el petróleo sigue llevando al mundo
contra las cuerdas. Un juego de medias verdades y mentiras. Poder y
dinero. Ni siquiera sabemos cuánto queda realmente. Su `chantaje'
continúa.
A más de 4.200 kilómetros al este de Florida, en el lecho del océano
Atlántico, los robots submarinos han descubierto una de las
formaciones más extrañas y enigmáticas que ha producido la
naturaleza, y a la que los científicos han bautizado como la Ciudad
Perdida. Se trata de gigantescas chimeneas de carbonato que se alzan
desde lo alto de una montaña a 800 metros de profundidad llamada
Atlantis, y en realidad evocan los edificios de un Nueva York
sumergido, alcanzando una altura de más de 30 metros. El agua mana
aquí a más de 90 grados centígrados en un ambiente frío y de altas
presiones, y bajo esas condiciones tan especiales arranca el carbono
de las rocas. De esta interacción surge un milagro: la creación de
hidrocarburos mediante una reacción llamada de Fischer-Tropsch, que
es "muy importante en la industria, ya que ofrece una fórmula de
conseguir diferentes tipos de combustible, como el gas natural y
distintos tipos de petróleo", explica Gioria Proskurowski, del
Instituto Oceanográfico Woods Hole en Massachusetts (EE UU). En otras
palabras, este hallazgo, descrito a principios de este año en la
revista Science, sugiere que el fondo del mar puede funcionar como
una enorme industria petroquímica, y ha hecho tambalear las ideas
preconcebidas que tenemos sobre el petróleo: sus componentes se
forman sin necesidad de acumulaciones de incontables cadáveres de
animales o plantas.
LA ECUACIÓN petróleo y vida pasada que nos han enseñado en las
escuelas se rompe en este reino submarino tan extraño. En la Ciudad
Perdida, sin embargo, no es probable que exista una gran acumulación
de crudo, dice Proskurowski. La culpa la tiene el agua circulante que
se infiltra por debajo de las rocas; probablemente está dispersando
los componentes del petróleo, que necesitan ser sedimentados,
acumulados y comprimidos para formar un yacimiento. Es posible que
estas moléculas sean un poco pegajosas y se adhieran a las rocas,
pero el hecho de su existencia abre una fascinante posibilidad: el
petróleo primordial, sugerido por el astrofísico Thomas Gold, que
descubrió la existencia de los púlsares, las estrellas de neutrones,
y anticipó que la Luna estaba cubierta de polvo antes de que llegasen
allí los astronautas. Tachado casi como un loco, Gold postuló que los
hidrocarburos, incluido el gas natural, el metano y los componentes
del crudo, se generan a entre 100 y 300 kilómetros de profundidad, y
posteriormente habrían ascendido hasta los niveles donde se
encuentran los yacimientos convencionales. Su formación sería incluso
anterior a las primeras formas de vida, las primeras bacterias
microscópicas. "La suposición de que el petróleo podría tener un
origen no biológico, enmascarado por procesos bacterianos,
definitivamente tiene ahora patas sobre las que sostenerse", dice
Proskurowski. Si Gold, que falleció en 2004, finalmente tuviera
razón, no sólo tendríamos que reescribir las teorías sobre el origen
de la vida en la Tierra. Viviríamos en un planeta que literalmente
está empapado de gas natural y de crudo, virtualmente inagotable. Las
grandes petroleras tendrían que cambiar su estrategia y derribar el
mito de que el petróleo se está acabando. De paso, seguramente
tendrían que revisar los precios que usted está pagando al llenar el
depósito de su automóvil.
Pero ¿qué ocurre con el petróleo convencional en la actualidad, ese
que ha superado los 125 dólares por barril y del que dependemos
todos? Aquí se nos abre un panorama apasionante de poder, dinero,
incógnitas, guerras y secretos, el mismo que ha inspirado películas
de leyenda como Gigante o la más reciente Pozos de ambición.
Viajemos a otro lugar tan sorprendente como la Ciudad Perdida. El
yacimiento de Ghawar, en Arabia Saudí, constituye el mayor depósito
de crudo jamás descubierto por el hombre. Se trata de una franja de
desierto que se extiende de norte a sur a lo largo de 280 kilómetros.
Los límites geológicos de este yacimiento dibujan un perfil que se
asemeja al de una larga pierna femenina. No se conocen reservas tan
descomunales en ningún otro lugar que resistan una comparación. Desde
hace más de medio siglo, los saudíes han extraído de las tripas de
este supergigante la impresionante cifra de 60.000 millones de
barriles. Ghawar suministra actualmente la mitad de la producción de
Arabia Saudí, estimada el año pasado en algo más de nueve millones de
barriles al día. Si tenemos en cuenta que la actual sed mundial de
petróleo se bebe unos 84 millones de barriles diarios, Ghawar es
quien aporta, cada 24 horas, el 6% de este oxígeno negro que necesita
nuestro mundo para funcionar. Durante todos estos años desde el
descubrimiento de este coloso, allá por 1948, las compañías de
exploración no han topado con nada semejante. El crudo de Ghawar data
de hace al menos 160 millones de años, cuando la Tierra estaba
dominada por los dinosaurios. No es de extrañar que los ojos del
mundo del petróleo estén puestos en este particular monstruo; los
analistas más pesimistas, que pronostican el final del combustible
barato, aseguran que cualquier cosa que ocurra en Ghawar –un
estornudo, una señal de fatiga en la producción o un atentado
terrorista– podría disparar el precio del crudo hasta niveles nunca
vistos, y provocar una crisis energética y una recesión económica sin
parangón.
A PRINCIPIOS DE ESTE SIGLO, el precio del barril no superaba los 30
dólares. ¿Nos estamos quedando sin crudo? Desde hace dos años
circulan noticias preocupantes sobre el gigante saudí. En 2007, por
ejemplo, su producción total decayó un 6% respecto a 2006. Analistas
como Mathew Simmons, un banquero que tiene una compañía de
asesoramiento energético en Tejas (EE UU), creen que 2006, año en el
que se extrajeron 84,8 millones de barriles al día de todos los
yacimientos explotables, marcó un punto de inflexión en la producción
mundial de petróleo. A partir de entonces, señala este experto, la
cantidad extraída no ha aumentado. Simmons piensa que hemos entrado
en los tiempos donde la escasez empezará inexorablemente a crecer. En
los años cincuenta, el geólogo Marion King Hubbert estableció una
regla de hierro para todo yacimiento de crudo, representada
gráficamente por una curva en forma de campana: al principio, el
rendimiento va en progresivo aumento hasta alcanzar un máximo; a
partir de ahí comienza su declive por una pendiente hasta morir, sin
importar los esfuerzos que se hagan para extraer más.
En mayo, el presidente estadounidense, George W. Bush, se reunió con
el ministro de Petróleo de Arabia Saudí, Ali Naimi, para pedir un
incremento en la producción, y por añadidura la de todos los países
de la OPEP. La respuesta fue concisa: los árabes sólo pondrán más
petróleo en el mercado cuando éste lo justifique. ¿Significa que no
quieren o simplemente que no pueden? O formulado de otra ma¬nera:
¿han alcanzado los árabes la parte alta de la campana de Hubbert y ya
no pueden producir más? "Si tuviera que hacer una apuesta con
alguien, apostaría cuatro contra uno a que están extrayendo cada
barril que son capaces de producir", ha comentado Simmons a la
revista Financial Sense Editorials.
LOS ÁRABES SON obviamente la mayor superpotencia petrolera debido a
las descomunales reservas que atesoran, estimadas en unos 232.000
millones de barriles. Pero la situación ahora es muy distinta a la
creada a principios de la década de los setenta, cuando los países de
la OPEP decidieron cortar el grifo para aumentar artificialmente el
precio del petróleo, a pesar de que nunca han tenido el monopolio (en
2007 esta organización produjo el 40% del crudo mundial). Por
entonces se comprobó la capacidad de Arabia Saudí para inundar
literalmente el mercado de crudo a golpe de muñeca. La creciente
demanda actual les ha puesto las cosas más difíciles, asegura Peter
Maas, que fue corresponsal de The Washington Post durante la guerra
de Bosnia y que ahora escribe para The New York Times. "Los saudíes
tienen que estar enormemente satisfechos con todo este montón de
dinero entrando en su tesoro. Pero una de las cosas con las que no
están contentos es que han perdido el control de los precios".
Maas está finalizando un libro sobre geopolítica y petróleo. Ambas
cosas se deslizan por una banda que presenta un equilibrio muy
sensible. Si el precio actual del barril significa que estamos ante
la primera indicación de una recesión económica a nivel mundial, en
el futuro podría "bajar de forma significativa". Un petróleo más caro
incita a los consumidores a ahorrar e invertir más dinero en energías
renovables, más ahora que el grave tema del cambio climático (causado
principalmente por la combustión de los hidrocarburos) está a diario
en los medios de comunicación. Todo esto, a la larga, no favorece a
los saudíes. "Ellos buscan estabilidad, ya sea el barril a 30, 85 o
105 dólares. No les gusta este tipo de precios a lo yoyó". Maas
concluye que los árabes ya no pueden inundar el mercado con crudo
como antes para abaratarlo. Han anunciado en repetidas ocasiones que
planean aumentar su capacidad hasta los 12 millones de barriles
diarios, pero ese plan se ha congelado por el momento. Maas está
convencido de que los árabes simplemente no disponen del petróleo
suficiente para cubrir la demanda actual.
Sobre el futuro suministro de petróleo se cierne también la sombra
del terrorismo internacional, aunque paradójicamente los grupos
extremistas han crecido gracias a los beneficios del oro negro saudí
en el pasado. En noviembre de 1979, grupos de radicales islámicos
tomaron la mezquita de La Meca, atrapando a más de 100.000 fieles. El
asedio duró dos semanas, con un trágico balance: cientos de muertos
inocentes. La familia real saudí reaccionó acercándose a estos
grupúsculos extremistas y colocando "una enorme cantidad de dinero en
manos de fundamentalistas", según Maas. Todo este dinero del petróleo
fluyó "desde Europa, América y los consumidores japoneses hasta el
sistema financiero saudí" para luego distribuirse a aquellos lugares
donde se encendía una llama de radicalismo islámico, tanto en Arabia
Saudí como en el resto del mundo; centros de cultivo que más
tarde "se convertirían en parte de la red terrorista".
LOS GRANDES YACIMIENTOS de petróleo, a menudo ofrecen una imagen
equivocada al público. Para empezar, no consisten en lagos
subterráneos de oro negro esperando a ser succionados a la
superficie. Por ello no se puede inventariar como la cantidad de
madera que hay en un bosque. Las estimaciones son sólo eso,
estimaciones de los científicos. Si la presión de la roca madre es lo
suficientemente alta, un pozo que la perfore lo llevará hasta la
superficie. Es una condición ideal y por ello no muy frecuente. En la
mayoría de los casos, los ingenieros tienen que inyectar agua,
dióxido de carbono y otros gases para hacer aflorar el crudo. A
veces, el yacimiento puede dañarse de una forma que hace muy difícil
la extracción del petróleo, aunque siga ahí. Si sumamos todas estas
incertidumbres al hecho de que los árabes no permiten auditorías en
lugares como Ghawar, resulta prácticamente imposible averiguar cuándo
el gigante empezará a dar señales de cansancio. Probablemente, si es
que alguien conoce sus reservas aproximadas, éste sea uno de los
secretos mejor guardados del mundo.
En realidad, esta situación se aplica con más o menos secretismo a la
mayoría de los países productores. "Mi suposición es que la
producción mundial de crudo aumentará hasta los 95 millones de
barriles diarios en los siguientes cinco o diez años", afirma Michael
Klare, profesor del programa Peace and World Security Studies en el
Hampshire College in Amherst, Massachusetts. Klare es autor del libro
Sangre y petróleo. Los peligros y consecuencias de la dependencia
creciente de América del petróleo importado. "Incluso Arabia Saudí,
el productor de petróleo más prolífico, experimentará un descenso en
la producción, aunque es imposible predecir exactamente cuándo
ocurrirá". Klare piensa que, hacia 2025, el mundo entrará en una
escasez extrema que afectará profundamente a los transportes, y por
añadidura a la economía de muchas sociedades. Dentro de esta visión
catastrofista, no hará falta esperar hasta la última gota para ser
testigo del resquebrajamiento del sistema. La crisis, brusca y
rápida, vendrá antes.
El papel emergente de China como segundo importador de crudo y la
India como un consumidor cada vez más ávido no puede ignorarse. La
población de China asciende a 1.300 millones de personas, y el país
más poblado de la Tierra está despegando a un ritmo de crecimiento
económico de entre el 8% y el 10% anual; la sed de crudo del gigante
chino crece al 7,5% anual, siete veces más rápido que Estados Unidos,
según el Instituto de Análisis de Seguridad Global, una organización
think-tank con sede en Washington. La causa fundamental, según esta
organización, es la transición desde las bicicletas hasta los
automóviles privados, ya que, hacia 2010, China tendrá 90 veces más
coches que en 1990. Durante la década de los setenta y ochenta, China
exportaba petróleo, pero ahora importa el 32% de lo que consume. La
fecha que manejan los analistas es 2030, cuando China tendrá más
coches que Estados Unidos.
India está cambiando también su apetito energético. De un paisaje en
el que las gasolineras eran una rareza se ha pasado a un escenario
típicamente occidental. En 2010, India tendrá 36 veces más coches que
en 1990. Pero Estados Unidos sigue siendo el bebedor de crudo número
uno, y Maas considera que es injusto "echarles la culpa" a chinos e
indios, a pesar de que hayan contribuido a este incremento de la sed
mundial. "Hemos llegado a esta situación porque Estados Unidos
consume demasiado petróleo y lo hace de forma muy ineficiente".
EL INCREMENTO DEL PRECIO del crudo por culpa de la entrada de China
en el grupo de los grandes consumidores no se sostiene, según el
especialista español Emilio Figueroa, que trabajó como director de
análisis energético y estadística en Repsol YPF y que ahora asesora
al Ministerio de Industria y Comercio. "China consume siete millones
de barriles al día y produce tres y medio". En cambio, el gigante
americano "consume más de 20 millones de barriles al día, mientras
que produce poco más de cinco. ¿Dónde está el responsable?". Para
Figueroa, los chinos han subido evidentemente su demanda de petróleo,
pero piensa que no van a fundamentar su desarrollo económico sólo
sobre el crudo. "No van a cambiar las bicicletas por seiscientos",
indica. Probablemente, de China surja una élite económica muy grande,
sugiere este experto, pero al mismo tiempo los transportes públicos
desempeñarán un papel esencial para la mayoría, con el consiguiente
ahorro.
EN FIN, ¿CUÁNTO PETRÓLEO nos queda?, ¿cuánto tiempo podrá el planeta
seguir manteniendo esta dependencia? Todo es un misterio. O un gran
secreto, por más que se abran resquicios de expertos y analistas. Se
sospecha que hay exageraciones, pero no se sabe en qué medida y si
son al alza o a la baja. Las reservas son una incógnita, la evolución
del consumo también, por no hablar de la viabilidad de otras fuentes
energéticas menos impactantes en el clima. Los analistas aseguran que
los países de la OPEP tienden a abultar sus estimaciones, ya que la
can¬ti¬dad de petróleo que cada miembro esté auto¬rizado a colocar en
el mercado depende de las reservas que admite en público. Los más
pesimistas argumentan que los productores tienen menos de lo que
dicen. "Sin embargo, yo creo que tienen mucho más de lo que dan a
entender", contradice Figueroa, autor de la obra El comportamiento
económico del mercado del petróleo. La OPEP no está interesada en
producir más, defiende este experto; la inversión en extracción y
exploración en el golfo Pérsico ha decaído sencillamente porque la
cantidad de crudo que se obtendría inundaría realmente el mercado y
su valor caería en picado. "En 1998, el precio del barril de crudo
cayó por debajo de los 12 dólares el barril", asegura Emilio
Figueroa. ¿La causa? Los países asiáticos entraron en crisis y
consumieron menos. Esta reducción su¬puso únicamente un sobrante de
dos millones de barriles en todo el mundo; una minucia, si se quiere,
pero bastó para lograr que "el precio se hundiera". En este mercado
tan sensible, afirma este experto, los productores "quieren mantener
el precio lo más alto posible".
Es un juego internacional de medias verdades o medias mentiras y de
un calado económico gigantesco. Evidentemente, el problema esencial
es que resulta imposible estimar las reservas reales de crudo a nivel
mundial, bien por las dificultades técnicas, bien porque esto también
cuesta dinero. "Las reservas se conocen sólo si inviertes", asegura
Figueroa. "Cuanto más gastes, mejor lo sabes". Las reservas de
Estados Unidos, en el pasado uno de los mayores productores mundiales
y ahora el devorador número uno del crudo, son bien conocidas debido
a los monumentales niveles de inversión allí realizados. En el resto
es un poco terra incognita. Los números pueden manipularse, pero no
lo que cuesta arrancar de las entrañas de la Tierra el crudo para
llenar un barril. "Es la llave para saber si un mercado es escaso; yo
lo considero un verdadero termómetro", afirma Figueroa. El oro negro
del Orinoco, por ejemplo, resulta caro. El pesado crudo venezolano no
tiene comparación con el de Oriente Próximo, muchísimo más fácil de
extraer. "En un mercado ideal, sólo extraeríamos crudo del golfo
Pérsico, donde los costes son más bajos. El precio de extracción de
un barril en Irak, por ejemplo, puede estar por debajo del
dólar". "Antes de la guerra", continúa Figueroa, "cuando trabajaba en
Repsol, tuve entre mis manos un documento, que ya habían recibido las
petroleras, en el que se explicaba que era muy conveniente entrar en
la guerra de Irak y tomar posesión de ese crudo". Decididamente, el
oro negro sigue determinando mucho de lo que pasa en el planeta,
desde las guerras hasta el clima.