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Carlos FuentesEl racista enmascarado

"
El mejor indio es el indio muerto". "El mejor negro es el esclavo negro". "La
amenaza amarilla". "La amenaza roja". El puritanismo que se encuentra en la base
de la cultura WASP (Blanca, Anglosajona y Protestante) de los Estados Unidos de
América se manifiesta de tarde en tarde con llamativos colores. A los que arriba
señalo, se añade ahora, con el vigor de las ideas simplistas que eximen de
pensar, "El Peligro Moreno".

Su proponente es el profesor Samuel P. Huntington, incansable voz de alarma
acerca de los peligros que "el otro" representa para el alma de fundación,
blanca, protestante y anglosajona, de los EE.UU. Que existía (y existe) una
"América" (pues Huntington identifica a los EE.UU. con el nombre de todo un
continente) indígena anterior a la colonización europea, no le preocupa. Que
además de Angloamérica exista una anterior "América" francesa (la Luisiana) y
hasta rusa (Alaska) no le interesa. La preocupación es la América Hispánica, la
de Rubén Darío, la que habla español y cree en Dios. Este es el peligro
indispensable para una nación que requiere, para ser, un peligro externo
identificable. Moby Dick, la ballena blanca, es el símbolo de esta actitud que,
por fortuna, no comparten todos los norteamericanos, incluyendo a John Quincy
Adams, sexto presidente de la nación norteamericana, quien advirtió a su país:
"No salgamos al mundo en busca de monstruos qué destruir".

Huntington, en su Choque de Civilizaciones, encontró su monstruo exterior
necesario (una vez desaparecida la URSS y "el peligro rojo") en un Islam
dispuesto a asaltar las fronteras de Occidente, rebasando las proezas de
Saladino el sultán que capturó Jerusalén en 1187 y superando él, Huntington, la
campaña cristiana de Ricardo Corazón de León en Tierra Santa cinco años más
tarde. La cruzada antiislámica de Huntington Corazón de León definió que ese
corazón era profundamente racista pero asimismo profundamente ignorante del
verdadero kulturkampf dentro del mundo islámico. Islam no se dispone a invadir
Occidente. Islam está viviendo, de Argelia a Irán, su propio combate cultural y
político entre conservadores y liberales islámicos. Es un combate vertical, en
hondura, no horizontal, en expansión.

El explotador mexicano. La nueva cruzada de Huntington va dirigida contra México
y los mexicanos que viven, trabajan y enriquecen a la nación del norte. Para
Huntington, los mexicanos no viven -invaden-; no trabajan -explotan-; y no
enriquecen -empobrecen porque la pobreza está en su naturaleza misma. Todo ello,
añadido al número de mexicanos y latinoamericanos en los EE.UU., constituiría
una amenaza para la cultura que para Huntington sí se atreve a decir su nombre:
la Angloamérica protestante y angloparlante de raza blanca.

¿Invaden los mexicanos a los EE.UU.? No: obedecen a las leyes del mercado de
trabajo. Hay oferta laboral mexicana porque hay demanda laboral norteamericana.
Si algún día existiese pleno empleo en México, los EE.UU. tendrían que encontrar
en otro país mano de obra barata para trabajos que los blancos, sajones y
protestantes, por llamarlos como Huntington, no desean cumplir, porque han
pasado a estadios superiores de empleo, porque envejecen, porque la economía de
los EE.UU. pasa de la era industrial a la post-industrial, tecnológica e
informativa.

¿Explotan los mexicanos a los EE.UU.? Según Huntington, explotando él mismo la
infame Proposición 187 de California que pretendía excluir a los hijos de
inmigrantes de la educación y a sus padres de todo beneficio médico o social,
los mexicanos constituyen una carga injusta para la economía del norte: reciben
más de lo que dan.

Esto es falso. California destina mil millones de dólares al año en educar a los
hijos de inmigrantes. Pero si no lo hiciese -atención, Schwarzenegger- el estado
perdería dieciséis mil millones al año en ayuda federal a la educación. Y el
trabajador migrante mexicano paga veintinueve mil millones de dólares más en
impuestos, cada año, de lo que recibe en servicios.

El inmigrante mexicano, lejos de ser el lastre empobrecedor que Huntington
asume, crea riqueza al nivel más bajo pero también al más alto. Al nivel laboral
más humilde, su expulsión supondría una ruina para los EE.UU. John Kenneth
Galbraith (el norteamericano que Huntington no puede ser) escribe: "Si todos los
indocumentados en los EE.UU. fuesen expulsados, el efecto sobre la economía
norteamericana... sería poco menos que desastroso... Frutas y legumbres en
Florida, Texas y California no serían cosechadas. Los alimentos subirían
espectacularmente de precio. Los mexicanos quieren venir a los EE.UU., son
necesarios y añaden visiblemente a nuestro bienestar" (La naturaleza de la
pobreza de masas).

En el nivel superior, el migrante hispano, nos dice Gregory Rodríguez de la
Universidad de Pepperdine, tiene el más alto número de asalariados por familia
de cualquier grupo étnico, así como la mayor cohesión familiar. El resultado es
que, aunque el padre llegue descalzo y mojado, el descendiente del migrante
alcanza niveles de ingreso comparables a los del trabajador asiático o
caucásico. En la segunda y tercera generación, los hispanos son, en un 55%,
dueños de sus propias casas, comparados con 71% de hogares blancos y 44% de
hogares negros.

Añado a los datos del profesor Rodríguez que sólo en el condado de Los Angeles,
el número de negocios creados por migrantes hispanos ha saltado de 57 mil en
1987 a 210 mil el año pasado. Que el poder adquisitivo de los hispanos ha
aumentado en un 65% desde 1990. Y que la economía hispanoamericana en los EE.UU.
genera casi cuatrocientos mil millones de dólares -más que el PIB de México.

¿Explotamos o contribuimos, señor Huntington?


El balcanizador mexicano. Según Huntington, el número y los hábitos del migrante
mexicano acabarán por balcanizar a los EE.UU. La unidad norteamericana ha
absorbido al inmigrante europeo (incluyendo a judíos y árabes, no mencionados
selectivamente por Huntington) porque el inmigrante de antaño, como Chaplin en
la película homónima, venía de Europa, cruzaba el mar y siendo blanco y
cristiano (¿y los judíos, y los árabes y ahora los vietnamitas, los coreanos,
los chinos, los japoneses?) se asimilaba en seguida a la cultura anglosajona y
olvidaba la lengua y las costumbres nativas, cosa que debe sorprender a los
italianos de El Padrino y a los centroeuropeos de The Deer Hunter.

No. Sólo los mexicanos y los hispanos en general somos los separatistas, los
conspiradores que queremos crear una nación hispanoparlante aparte, los soldados
de una reconquista de los territorios perdidos en la guerra de 1848.

Si diésemos vuelta a esta tortilla, nos encontraríamos con que la lengua
occidental más hablada es el inglés. ¿Considera Huntington que este hecho revela
una silenciosa invasión norteamericana del mundo entero? ¿Estaríamos
justificados mexicanos, chilenos, franceses, egipcios, japoneses e hindúes a
prohibir que se hablase inglés en nuestros respectivos países? Estigmatizar a la
lengua castellana como factor de división prácticamente subversiva revela, más
que cualquier otra cosa, el ánimo racista, éste sí divisor y provocativo, del
profesor Huntington.

Hablar una segunda (o tercera o cuarta lengua) es signo de cultura en todo el
mundo menos, al parecer, en el Edén Monolingüe que se ha inventado Huntington.
Establecer el requisito de la segunda lengua en los EE.UU. (como ocurre en
México o en Francia) le restaría los efectos satánicos que Huntington le
atribuye a la lengua de Cervantes. Los hispanoparlantes en los EE.UU. no forman
bloques impermeables ni agresivos. Se adaptan rápidamente al inglés y conservan,
a veces, el castellano, enriqueciendo el aceptado carácter multiétnico y
multicultural de los EE.UU. En todo caso, el monolingüismo es una enfermedad
curable. Muchísimos latinoamericanos hablamos inglés sin temor de contagio.
Huntington presenta a los EE.UU. como un gigante tembloroso ante el embate del
español. Es la táctica del miedo al otro, tan favorecida por las mentalidades
fascistas.

No: el mexicano y el hispano en general contribuyen a la riqueza de los EE.UU.,
dan más de lo que reciben, desean integrarse a la nación norteamericana, atenúan
el aislacionismo cultural que a tantos desastres internacionales conduce a los
gobiernos de Washington, proponen una diversificación política a la que han
contribuido y contribuyen afroamericanos, los "nativos" indígenas, irlandeses y
polacos, rusos e italianos, suecos y alemanes, árabes y judíos.

El peligro mexicano. Huntington pone al día un añejo racismo antimexicano que
conocí sobradamente de niño, estudiando en la capital norteamericana. The Volume
Library, una enciclopedia en un solo tomo publicada en 1928 en Nueva York, decía
textualmente: "Una de las razones de la pobreza en México es la predominancia de
una raza inferior". "No se admiten perros o mexicanos", proclamaban en sus
fachadas numerosos restoranes de Texas en los años treinta. Hoy, el elector
latino es seducido en español champurrado por muchos candidatos, entre ellos
Gore y Bush en la pasada elección. Es una táctica electorera (como la
proposición migratoria de Bush hace unas semanas).

Pero para nosotros, mexicanos, españoles e hispanoamericanos, la lengua es
factor de orgullo y de unidad, es cierto: la hablamos quinientos millones de
hombres y mujeres en todo el mundo. Pero no es factor de miedo o amenaza. Si
Huntington teme una balcanización hispánica de los EE.UU. y culpa a
Latinoamérica de escasas aptitudes para el gobierno democrático y el desarrollo
económico, nosotros hemos convivido sin separatismos nacionalistas desde el alba
de la Independencia.

Acaso nos une lo que Huntington cree que desune: la multiculturalidad de la
lengua castellana. Los hispanoamericanos somos, al mismo tiempo que
hispanoparlantes, indoeuropeos y afroamericanos. Y descendemos de una nación,
España, incomprensible sin su multiplicidad racial y lingüística celtíbera,
griega, fenicia, romana, árabe, judía y goda. Hablamos una lengua de raíz
celtíbera y enseguida latina, enriquecida por una gran porción de palabras
árabes y fijada por los judíos del siglo XIII en la corte de Alfonso el Sabio.

Con todo ello, ganamos, no perdimos. El que pierde es Huntington, aislado en su
parcela imaginaria de pureza racista angloparlante, blanca y protestante -aunque
su generosidad la extienda, graciosamente, al "cristianismo". Porque seguramente
Israel e Islam son peligros tan condenables como México, Hispanoamérica y, por
extensión, la propia España de hoy, culpable según Huntington de indeseables
incursiones en antiguos territorios de la Corona.

Pregunta ociosa: ¿Cuál será el siguiente Moby Dick del Capitán Ajab Huntington?



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