Los muertos, probablemente, lo saben todo, pero tienen el buen gusto de
no decir nada. Cuando lo hacen (sea a través de ouijas y psicofonías o
de demagogos que se pretenden en trance) rara vez se les oye nada que no
tengamos ya muy oído del interesado que los conjura. Tan humildes son
los muertos que soportan con estoicismo que la gente cite sus agudezas
para abaratarlas o se pretenda heredero de sus gestas y cuitas. Como nos
enseñó Larra en su día, habría mucho que aprender de ellos. Por
desgracia, más tarde o más temprano, lo haremos.