Me parece perfecta la sugerencia de Ángel. De todas formas, sí querría
hacer dos observaciones (una de cal y otra de arena). Una, que estos
argumentos los han encontrado convincentes personas que yo aprecio y
respeto sobremanera, como Tolkien, C. S. Lewis y René Girard, todos
ellos convencidos de que algo tan original y a priori 'invendible' como
el cristianismo no tiene más remedio que ser genuino.
La segunda es que a mí, sin embargo, me parece que no vienen sino a
corroborar una fe o voluntad de creer previas, y que en ausencia de ese
ingrediente no es ya que no convenzan, sino que hasta se dejan leer al
revés. Una revolución espiritual siempre comienza con un paso
imprevisible, y sólo triunfa si aporta algo a la vez necesario y
ausente. Es decir, esos son los verdaderos requisitos de marketing (por
utilizar tan fea palabra) de un nuevo movimiento religioso, y que el
cristianismo los tenga (en medida, por otra parte, relativa, no
absoluta) sólo revela que era una propuesta 'competitiva', si se quiere
de ésas que, por su radicalismo (inicial) sólo pueden o quedarse en
minoritarias o triunfar al precio de aguarse. Dos cosas, por lo demás,
complementarias: un elemento duro, radical o esotérico que se niega a
toda componenda con el poder imperial (mina de heresiarcas y santos) y
otro acomodaticio y oportunista que reaprovecha lo que puede del Imperio
y encuentra exégesis varias para lidiar con los aspectos realmente
revolucionarios de la letra evangélica y dejarlas en papel mojado.