LEYENDAS EN LA COCINA
Bernardo Echeverry
Acordate Javier, que en la cocina
-altar de desayunos y meriendas-
también se cocinaban las leyendas
a la par de condumio y golosina.
Unas veces llegaba una vecina
que hablaba de un jinete sin cabeza,
mientras bebíamos la sobremesa
a sorbos de pavor y santiguadas
y en hirviente sartén las empanadas
eran como almas fritas de tristeza.
Otras, un tío que venía del monte
oliendo a cafetal bien florecido,
afirmaba haber visto, estremecido,
el cuerpo hirsuto de la Madremonte
y escapando detrás del horizonte
un duende cojo y una Pata Sola;
mientras al fondo de una cacerola,
un huevo frito simulaba una
fantasmagórica imagen de la luna
y un perro negro se mordía la cola.
Y nadie se movía de la mesa,
después de que brujas y mohanes
habían desfilado por zaguanes,
dejando olor a azufre y a maleza,
no fuera a ser que en nuestra propia pieza
donde el lecho esperaba nuestro sueño,
el mismísimo diablo fuera el dueño
de cobijas, almohadas y colchones,
en tanto que con tinto y chicharrones
buscábamos efectos de beleño.
Y en tal chisporroteo de fogones,
a la luz de una vela o de la luna,
mito y leyenda se fundían en una
letanía de miedos y emociones.
Y aunque antes de dormir, sus bendiciones
repartían la madre y los abuelos,
nadie quería natilla ni buñuelos:
sólo ansiaba llegar hasta la cama,
de la mano de alguien y en piyama
y entrar en el reino de los cielos.
ALMAS FRITAS
Javier Navarro
Éramos "almas fritas" de pavura,
mi querido Bernardo memorioso,
y aunque miedo en verdad, era sabroso
el tener en la boca la asadura.
Cocina maternal, pura mixtura
de la miel, de la leche y de la estrella,
con grandes chicharrones en la empella,
para alumbrar los platos de frisoles
con garra o con pezuña o sólo coles
que amainaban el miedo que desuella.
Niños de tres a ocho, rodeados
de tíos querendones y de tías
que antes de oscurecer, todos los días,
o bien por la merienda, retrasados,
oían al tintómano alelados
que hablaba de Cosiaca o de Marañas
o del Muán o del rey de las Españas,
mientras la arepa se iba abriendo rico
pa' untarle mantequilla callandico
con el cuchillo puesto en sus entrañas.
¿Quién dijo que a dormir? !Ah, qué maluco¡
Si va a empezar el cuento 'e La Llorona
en esa voz potente y socarrona
y risa de metralla y de trabuco.
"¡Que no, mamá, no quiero el mameluco!
Quiero oír más de mulas de tres patas
y del Verraco 'e Guaca en alpargatas.
Y quiero repetir con chocolate
ese queso de aquel escaparate
y otro poquito 'e dulce de batatas".
Cuando al fin nos metían en la cama
con los ojos pesados y chiquitos,
no nos dejaban conciliar los gritos
de El Bracamonte que en la tarde brama
y al ganado asustado desparrama.
Y cubierto de musgos y hoja seca
mientras monta a su madre, mula enteca,
va Hojarasquín del Monte, en pesadilla
maldiciendo en las noches de Sevilla
la luna que en su sombra se desfleca.
Bernardo y Javier nacieron y crecieron en Sevilla, un pueblo de la zona
cafetera del norte del departamento del Valle del Cauca, en Colombia.
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