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Artesanas de la salud las parteras zapotecas
Donde mi ombligo esté enterrado
Ayudan a parir los hijos y enseñan a las madres sobre la crianza
Algunos las asocian con pobreza e ignorancia
Sofía Olhovich Filonova
Ranchu Gubiña o Unión Hidalgo, es una gran comunidad indígena binnizá -zapoteca
del istmo-, ubicada a escasos 20 kilómetros de la ciudad más grande del istmo de
Oaxaca, Juchitán de las Flores, ciudad en la que, a pesar de recibir todas las
influencias y el desarrollo de un mundo occidental, perviven aún la comunalidad,
las costumbres y la cosmovisión indígenas.
Este pueblo se enfrentó y ha resistido al mundo occidental desde el inicio de la
conquista española en 1522, por lo que los binnizá desarrollaron formas
culturales propias, increíbles, de resistencia. Mientras que otros pueblos y
comunidades se refugiaban en las montañas, el pueblo binnizá, por ejemplo, se
mantuvo en posesión de la gran planicie costera del sur del istmo de
Tehuantepec; se especializó en el intercambio comercial entre comunidades e
incluso de larga distancia hasta Guatemala, fundamentalmente desarrollado por
mujeres; y desarrollaron fortísimas relaciones de todo tipo entre los pueblos de
la planicie, siendo las relaciones de parentesco las más importantes. De aquí
que los visitantes en la región se asombren al escuchar la lengua diidxazá
(zapoteco del istmo) en tan vasto territorio con tanto orgullo y que todas sus
comunidades se entiendan entre ellas perfectamente; lo que no sucede en las
comunidades de la sierra y la montaña oaxaqueñas debido, entre otras causas, a
la falta de caminos, las largas distancias y la orografía misma, que hicieron
que las comunidades desarrollaran dialectos que en la actualidad no les permiten
entenderse.
El uso de la lengua diidxazá ha sido, entonces, un acto declarado de
resistencia, es estrategia y es orgullo. Los binnizá han resistido a base de
construir no sólo una identidad comunitaria, sino sobre todo, una identidad
regional. Otra forma cultural de resistencia altamente desarrollada ha sido la
de expandirse en el territorio mediante la reproducción de sus familias y sus
redes de parentesco, las que conforman a su vez, no tan pequeñas comunidades
familiares, en las que se recrea la lengua y su poder comercial. De aquí que
existan hoy, no sólo pequeñas poblaciones campesinas o rurales, sino grandes
centros semiurbanos en los que destaca la actividad comercial; grandes
comunidades que tienen más de 10 mil habitantes como es el caso de Ranchu Gubiña
donde el 80 por ciento de la población habla el diidxazá y es bilingüe.
En estas grandes comunidades binnizá, la familia extensa y la figura materna
junto a sus hijos, tienen una valoración especial y juegan un papel primordial
en la recreación cultural, es decir, la persistencia de la comunalidad, la
lengua, las costumbres y la cosmovisión. Los binnizá valoran y anteponen la
unidad familiar, esta prioridad es sin duda un factor de cohesión social,
sustentada en la reciprocidad que se deben las mujeres. En la lógica cotidiana,
la reciprocidad entre mujeres se debe al sentimiento de solidaridad porque son
madres, porque a todas les duele parir y sufren por lo hijos.
Es así como introducimos a nuestras protagonistas: las parteras binnizá. Ellas
son mujeres fuertes, seguras de sí mismas, curanderas, artesanas de la salud,
comprensivas, cariñosas, mujeres que han sido madres y vuelven a ser madres.
Ellas ayudan no sólo a parir los hijos sino que enseñan a las madres sobre la
crianza, los cuidados y la ternura para con ellos desde su nacimiento. Una
expresión común es "las mujeres de antes, todas nacieron en manos de una
partera". En Ranchu Gubiña, hombres y mujeres adultos hablan con cariño y
admiración de su madre y de la fuerza que tuvo para educarlos y sacarlos
adelante a pesar de las adversidades, madre que, en aquel entonces, comúnmente
paría diez o más hijos acompañada siempre de la misma partera.
Aunque, en la actualidad, la avanzada modernidad ha inculcando en muchas
mujeres, sobre todo profesionistas, mentalidades que tienden a menospreciar el
trabajo de las parteras por asociarlas a formas anticuadas e incluso con la
pobreza, la que entienden como carencia de dinero e ignorancia. Aunque muchas
mujeres tratarán de evitar el "sufrimiento" acudiendo al centro de salud o a
clínicas privadas buscando una atención "especializada" con la obstetra. Por
otro lado, hay muchas mujeres que viven cotidianamente un contexto cultural
indígena y que acuden con la partera.
Las parteras son parte de la comunidad, parte de la familia comunitaria,
atienden en su casa y acuden a asistir a las casas en el momento del parto.
Na Chica, partera del barrio pescador desde hace 20 años
El vientre de Chayito está muy grande, le faltan dos meses. Desde los cuatro
meses de embarazo ha venido con su tía Chica, quien es partera, para que le de
una "sobada". Na Chica pasa a Chayito a un cuarto de baja luz, sin corrientes de
aire, la invita a acostarse y a descubrirse el vientre. Na Chica se unta en sus
manos un poquito de aceite preparado por ella y hace un masaje al vientre,
delicado pero firme a un lado y hacia el otro. Se siente el calor de sus manos.
Le comenta mientras tanto que la niña viene bien. Na Francisca explica que este
masaje debe hacerse cada dos meses para ver que la niña este bien acomodada pero
sobre todo para que los tejidos de la piel se hagan más flexibles y permitan que
el vientre crezca (sin estrías) y de espacio. Unos días antes del parto, en la
última sobada, Na Chica dirá si la puede atender durante el parto, pero en caso
de que venga atravesada le recomendará ir a la clínica.
Cuando el cuello uterino de la mujer se haya dilatado del tamaño de su puño es
el momento en que nacerá la niña. Si acaso ocurriera que Chayito no sienta los
dolores, en vez de una inyección para inducir el parto, Na Chica le dará un té
de pimienta gorda.
En los días siguientes al parto, platica, ni la madre ni la recién nacida podrán
bañarse porque el trabajo de parto es de mucho calor. En vez, les va a preparar
una lavativa con hierbas de alucema y romero, hierba de cáncer, pimienta gorda
machucada y anís estrella. Después del parto, la madre deberá permanecer en su
casa cuarenta días junto a su bebé, como es la costumbre, con algodón en los
oídos, amarrada su cabeza, amarrada su cadera con faja con un trapo en el
ombligo, amarrados los pies; esto evitará que le entre aire y ayudará a que los
huesos vuelvan a su posición original. El trapo simulará al niño y evitará la
depresión posparto. La madre evitará salir para que no le pegue el aire y se
cubrirá la espalda con una toalla para que no se le vaya la leche de los pechos.
En caso de que la recién nacida tenga "ferecilla", granos en la garganta, la
curará untándole un aceitito que prepara cociendo pimienta gorda machucada,
alucema, anís estrella y anís con nuez moscada, flor de tila, ruda, cebolla
morada, ajo, el aceite lo aplicará en el paladar hasta la garganta; con este
aceitito tres veces al día, explica, sacará los mocos y se salvará. A la niña
también se le puede "caer la mollera", en este caso la succionará con la boca y
después volteará a la niña dándole pequeñas sacudidas para que la mollera vuelva
a su lugar. Le va a dar a la niña su hierbabuena con la leche para que no le de
diarrea y no tenga cólicos. Le sobará su pancita para que no guarde los aires.
Le va a enseñar a la mamá cómo cuidar de la niña.
Na Chica acompañará a Chayito hasta que se le caiga el ombligo a la niña. El
ombligo junto con la placenta serán cuidadosamente depositados en una ollita de
barro y la taparán para después enterrarla al pie de la puerta de su casa o bien
al pie de un árbol. Esta es la costumbre y la creencia de los antiguos
zapotecas, dice María (hermana de Na Chica), y debes todos los días regarla con
agua, por eso la expresión "donde mi ombligo esté enterrado."
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Mar, 1 de Mayo, 2007 6:19 pm
"Juan Blanco" <juanblancop@...>
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