Grégor:
¡Gracias por unirte a memoria! Espero que tengamos pronto ocasión de
dialogar.
Un saludo,
Alejandro González
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«A partir del momento en que los dioses abandonaron el mundo, el árbol
de la ciencia ocultó para siempre al árbol de la vida» (León Chestov).
Maravillas y espantos:
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http://encina.pntic.mec.es/~agonza59/index.html
Crecer y no crecer:
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estimados Raul Erenesto y los demas
Estoy preparando un material completo sobre el siviqacuy y algunos otros
aspectos del matrinomio Quechua. Les aseguro que no pasa de esta semana
el envio del mensaje.
Mientras tanto los invito a todos pasar por la dioreccon
http://www.lostiempos.com/vyf.htm
En el encontraran algunos datos de un espectro eu en estos dias ha
estado espantandoa la ciudad de Potosi en Bolivia.
Una abrazo para todos:
Joaquin.
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Joaquín:
He estado en la dirección que das, pero no encuentro por ningún lado la
información. ¿Podrías mandar la información, o confirmar la dirección?
(en línea está la edición del sábado 1 de agosto).
Un saludo,
Alejandro González
--
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Alejandro Rivero escribió:
>
> Por cierto, no ha notado el From: de la pregunta del Delfin?
>
> Su amada Tebas, ni mas ni menos
>
> Alejandro RI
Mi estimado don Alejandro Ri, claro que he dejado volar mi imaginación
al ver citada mi adorada Ciudad de los Amantes. Y por cierto que la Voz
del ciudadano suena generosa y conocedora; cabe, pues, esperar que el
Espíritu inmortal de Cadmo la haga suya y nos cante con ella las
heroicas aventuras que le encumbraron hasta el tálamo mismo de la
Harmonía de las Esferas.
Un muy cordial saludo
Tiresias
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A todos los miembros de "memoria" les cuento que se han incluído en la
página cocoweb una serie de leyendas sobre Seres Fantásticos de las
comunidades indígenas emberá Catía, que habitan en el occidente de
Antioquia, departamento de Colombia.
Se espera su visita
Saludos para todos
Argemiro
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Joaquín y todos:
¡Soy un impaciente! Ya apareció en línea la historia de la novia sin
cabeza, que es del mayor interés. Me gustaría incluirla en la sección de
neoespantos y leyendas urbanas de la Cocoweb: ¿tú sabes si habría algún
problema de derechos? —por supuesto, indicaríamos el autor y el lugar de
publicación original—.
Si alguien llega tarde para ver el texto en la página del diario,
tendré mucho gusto en mandarle una copia.
Un abrazo,
Alejandro González
--
«A partir del momento en que los dioses abandonaron el mundo, el árbol
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Maravillas y espantos:
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Alejandro:
Me gustaría recibir una copia, ya que no tuve acceso al artículo del que
hablas. Gracias.
Ric.
At 02:27 AM 3/08/98 +0200, you wrote:
>Joaquín y todos:
>
> ¡Soy un impaciente! Ya apareció en línea la historia de la novia sin
>cabeza, que es del mayor interés. Me gustaría incluirla en la sección de
>neoespantos y leyendas urbanas de la Cocoweb: ¿tú sabes si habría algún
>problema de derechos? —por supuesto, indicaríamos el autor y el lugar de
>publicación original—.
>
> Si alguien llega tarde para ver el texto en la página del diario,
>tendré mucho gusto en mandarle una copia.
>
> Un abrazo,
>
> Alejandro González
>
>--
>«A partir del momento en que los dioses abandonaron el mundo, el árbol
>de la ciencia ocultó para siempre al árbol de la vida» (León Chestov).
>
>Maravillas y espantos:
>
>(¡¡¡NUEVO!!!) COCOWEB. El Hombre de la Bolsa y mil espantos tremebundos
> http://encina.pntic.mec.es/~agonza59/index.html
>
>Crecer y no crecer:
> http://www.iponet.es/casinada/16crecer.htm
>
>
>
>
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---Alejandro Gonzalez <agonza59@...>
wrote:
>
> Joaquín y todos:
>
> ¡Soy un impaciente! Ya apareció en línea la
historia de la novia sin
> cabeza, que es del mayor interés. Me gustaría
incluirla en la sección de
> neoespantos y leyendas urbanas de la Cocoweb: ¿tú
sabes si habría algún
> problema de derechos? —por supuesto, indicaríamos
el autor y el lugar de
> publicación original—.
>
> Si alguien llega tarde para ver el texto en la
página del diario,
> tendré mucho gusto en mandarle una copia.
>
> Un abrazo,
>
> Alejandro González
Alejandro, ¿todavía tengo que pedirte este tipo de
cosas? ;-) Ya sabemos que siempre llego tarde, así
que me encantaría que me lo mandes.
Besos, Yael
_________________________________________________________
DO YOU YAHOO!?
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Ale, aquí hay una que cuando no encontró el relato de la Novia sin cabeza y
creyendo que la dirección era de otra cosa -porque lee rápido y como "sin
cabeza"-
tiró el mensaje o lo guardó pero no lo encuentra(?)
Dale, por favor, una copia!
Saludos para todos
Verónica
PD: En tren de pedir agradezco cualquier aporte acerca de *las musas*
(?)Decías:
> ¡Soy un impaciente! Ya apareció en línea la historia de la novia sin
>cabeza, que es del mayor interés. Me gustaría incluirla en la sección de
>neoespantos y leyendas urbanas de la Cocoweb: ¿tú sabes si habría algún
>problema de derechos? —por supuesto, indicaríamos el autor y el lugar de
>publicación original—.
>
> Si alguien llega tarde para ver el texto en la página del diario,
>tendré mucho gusto en mandarle una copia.
>
> Un abrazo,
>
> Alejandro González
>
>--
>«A partir del momento en que los dioses abandonaron el mundo, el árbol
>de la ciencia ocultó para siempre al árbol de la vida» (León Chestov).
>
>Maravillas y espantos:
>
>(¡¡¡NUEVO!!!) COCOWEB. El Hombre de la Bolsa y mil espantos tremebundos
> http://encina.pntic.mec.es/~agonza59/index.html
>
>Crecer y no crecer:
> http://www.iponet.es/casinada/16crecer.htm
>
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---eduardo busacca <ebusacca@...> wrote:
>
> > «Al pasar la barca
> > me dijo el barquero
> > las niñas bonitas
> > no pagan dinero
> >
> > Yo no soy bonita
> > ni lo quiero ser;
> > ****************»
> >
> sabes? me trae un recuerdo hiperinfantil, alguien
en mi casa cantaba alguna cancion asi, creo que la
primera estrofa era igual pero despues seguia:
>
> yo no soy buena moza
> ni lo quiero ser
> porque las buenas mozas
> se echan a perder
>
Toda la semana exprimiendome y el resultado fue un
recuerdo parcial de la canción, que a mí me enseño mi
abuela Lalá. Todas las estrofas se cantan dos veces:
Una linda mañana
en el mes de abril
encontré a mamita
regando el jardín.
Yo le dije a mamita
si quería venir
a comprarme unas botas
al señor Joaquín (no estoy segura de ésta)
(Aquí estoy casi convencida de que olvidé una estrofa)
Yo no soy buena moza
Ni lo quiero ser
Porque las buenas mozas
Se echan a perder.
Besos, Yael
P.D.: encontré la versión larga del Romance del Conde
Olinos, que resultó llamarse Romance del Enamorado:
¿la mando?
_________________________________________________________
DO YOU YAHOO!?
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perdon Alejandro ahora si pudes entrar y ver a la novia, la direccion es
http://www.lostiempos.com/vyf.htm, lo que pasa es que no actualizaron la pagina
a
tiempo.
Saludos a todos
Joaquin.
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Alejandro Gonzalez escribis:
> Joaqumn y todos:
>
> !Soy un impaciente! Ya aparecis en lmnea la historia de la novia sin
> cabeza, que es del mayor interis. Me gustarma incluirla en la seccisn de
> neoespantos y leyendas urbanas de la Cocoweb: ?tz sabes si habrma algzn
> problema de derechos? por supuesto, indicarmamos el autor y el lugar de
> publicacisn original.
Por supuesto que no habria ningun problema, al contrario seria para la redaccisn
de Los Tiempos un verdadero placer.
Saludos
Joaquin.
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Como han sido numerosas las demandas en ese sentido, reenvío el reenvío
que a su vez me hizo, gentilmente, Argemiro, del texto sobre La novia
acéfala.
Un abrazo,
Alejandro
Alejandro: por si no has encontrado aún "La novia sin cabeza", te la
envío a continuación junto con la "foto".
Un abrazo
Argemiro
-----------------------
Eran jóvenes. Se amaron y se separaron
El regreso de "la novia"
14 años después, la historia de amor vuelve a palpitar en
Potosí. El gentío no aguantó y destruyó el ventanal donde vivía la
leyenda
Por Juan José Toro Montoya
I El descubrimiento
¿Quién se atrevería a desafiar el frío que se apodera de las calles
potosinas en las noches de invierno? Las bajas temperaturas recluyen a
las personas en sus viviendas mientras el "chirihuayrita" se pasea
impune por callejuelas y recovecos. De cuando en cuando, el viento
aumenta su velocidad y agita los faroles coloniales que se mecen entre
chirridos mientras algún cable de electricidad chisporrotea más allá,
sumándose al concierto nocturno.
En el barrio minero de San Benito, los chispazos del deficiente
tendido eléctrico son como relámpagos que iluminan ocasionalmente las
callejas que no tienen alumbrado público. Cuando la portera de la
escuela Cleto Loayza dejó su cuartucho y se dirigió hasta los baños, un
lejano chisporroteo la detuvo provocándole un estremecimiento que nada
tenía que ver con el frío.
-¡Este "chirihuayrita"!- dijo maldiciendo al viento frío de la puna-
aurita lo va a hacer cortar la luz.
Fue entonces cuando vio el reflejo en la ventana. Ella estaba ahí,
inmóvil, quieta pese a la insistencia del viento y nítida en su manchada
blancura.
-Es la novia -reconoció la portera- ¡es la novia! Y su alarido de terror
se sumó al frío concierto de las noches potosinas.
II Amor de lejos...
María y Rufino no podían ser felices. Hacia 1983, la sequía
había castigado duramente a Potosí y lo que menos había era trabajo.
-Tendré que irme a la Argentina -dijo él una mañana- allí voy a
encontrar trabajo y te voy a mandar plata.
A ella no le gustó nada la idea pero sabía que no había más remedio.
Aunque aún no tenían hijos, la falta de dinero era tan desesperante que,
en ocasiones, pasaban hasta tres días sin probar bocado.
La despedida fue cruel. Entre besos y lágrimas, los jóvenes esposos
reiteraron sus promesas de amor eterno y, finalmente, se separaron. Pero
la separación no fue tan dura como la ausencia.
Mirando las cañahuecas del techo, María se acostumbró a contar
las horas en sus largas noches de soledad.
Las horas eran largas, los días tediosos, las semanas dolorosas y los
meses parecían infinitos.
Del ausente no había noticias. Ni una carta...ni un centavo.
III ...Amor de tontos
Gustavo insistía demasiado.
-Cásate conmigo -le había dicho varias veces- yo te amo y nunca te
abandonaré.
La insistencia del hombre comenzó a tornarse en obsesión. Gustavo la
seguía a todas partes y, cuando María se encerraba en su cuartucho,
luego de darle con la puerta en las narices, él seguía proclamando su
amor desde la ventana.
Poco a poco, la idea dejó de parecerle descabellada. Después de todo, no
tenía dinero y Gustavo le ofrecía la seguridad que ella jamás conoció.
La seriedad de su propuesta llevó a la pobre mujer hasta la sala de una
casa donde se fijó la fecha de la boda.
-Tiene que ser una fiesta sonada -dijo la madre de Gustavo-
contrataremos el salón del Unificada y la misa será en la Catedral.
El enamorado pretendiente conocía muy bien la situación de María, pero
ambos convinieron en guardar el secreto con el convencimiento de que,
por el silencio demostrado, Rufino ya había cambiado de vida en la
Argentina.
IV Bodas de sangre
Cuando vio la Basílica llena de gente, María terminó de convencerse cuán
sola estaba en el mundo.
Casi todos los participantes en la ceremonia eran parientes o amistades
de Gustvo. Salvo una o dos amigas, ella no tenía a nadie más.
La sensación de soledad le acompañó durante toda la misa. Parecía casi
atontada cuando respondió "sí, quiero" al sacerdote. Ni siquiera el
tañido de las campanas consiguió sacarla de su ensimismamiento.
Sólo reaccionó cuando, al salir del templo del brazo de su nuevo esposo,
vio a Rufino ahí, al pie de la escalinata.
Se quedó muda, inmóvil y asustada y no dijo nada cuando su primer marido
se le aproximó con una serenidad asombrosa.
-Felicidades -le dijo secamente mientras le abrazaba- Parece que
encontraste la solución a tus problemas.
Y entonces sucedió.
Nadie pudo hacer nada cuando el sol se reflejó en la hoja de un puñal
que Rufino levantó tan alto como pudo.
El griterío de los invitados apagó el alarido que María debió proferir
cuando el puñal se enterró en su pecho, tiñendo de sangre su vestido
blanco.
-!Desgraciado!, !desgraciado! -maldecía Gustavo mientras golpeaba al
homicida que no hizo nada para defenderse- Tú te habías ido...te habías
perdido.
Rufino fue a parar a la cárcel pero su puñalada fue certera. La vida de
María terminó y sus sueños se secaron como la sangre que manchó las
escalinatas de la Catedral potosina.
V La partida
La desventurada novia fue sepultada provisionalmente en un nicho
cualquiera ya que nadie reclamó sus restos.
En medio de un escándalo que alimentó los noticiosos durante días,
Gustavo prefirió marcharse de Potosí en busca de algún remedio para sus
penas.
Y mientras la gente comenzaba a olvidar el suceso, el administrador del
cementerio sentía crecer su preocupación por el destino del cadáver.
-Sáquenla -ordenó un día- que esté en el crematorio y, si nadie lo
reclama, incineren el cadáver.
Los despojos de la novia estuvieron a la vista de todos los que, como el
que escribe estas líneas, se asomaban hasta la chimenea del viejo
crematorio para satisfacer su morbosa curiosidad.
Vestida de blanco y con los brazos cruzados, la novia parecía mirar
desde el fondo de sus cuencas, mientras el "bouquet" no alcanzaba a
cubrir el rojizo hoyo en el pecho. Durante algún tiempo, nadie más habló
de la novia hasta que el administrador del cementerio elevó un reporte
oral: -El cadáver ha desaparecido. No sabemos dónde está.
VI Astuto recurso
El rumor crecía como el miedo de los supersticiosos.
-La novia está penando -decían con toda la seriedad del mundo- aparece
por las noches para pedir perdón por sus pecados.
Los testimonios eran numerosos y las más afectadas eran las tenderas.
-Apareció anoche en mi tienda -dijo llorando una de ellas- le he visto
clarito...era una calavera...era la novia.
Las versiones eran tantas que la policía decidió reforzar su labor de
vigilancia y, finalmente, presentó públicamente sus resultados.
Un grupo de antisociales se había aprovechado de la historia de María
para cometer sus fechorías impunemente.
Uno de ellos se vestía de novia y, usando una máscara de calavera,
asustaba a las vendedoras mientras sus cómplices se dedicaban a
desvalijar la tienda. El informe policial tuvo la virtud de silenciar la
leyenda...por lo menos por unos años.
VII El reflejo
-¡La novia aparece cada noche en la escuela Cleto Loayza! La noticia
hizo que todos pierdan el respeto al frío.
Cada noche, grandes cantidades de personas se aglomeraban frente al
ventanal para mirar con asombro la imagen de la novia que, esta vez,
aparecía sin cabeza. Una vez más, la policía tuvo que intervenir.
-No hay nada de qué alarmarse -declaró el comandante- es sólo el reflejo
de la cruz del Cerro Pary Orcko, cuyas luces se encienden por las
noches.
Pero la gente no creía el desmentido y continuaba acudiendo hasta la
escuela para observar el prodigio.
Aunque los incrédulos también abundaban, la mayoría de la gente creía
que la novia había vuelto, casi al terminar el siglo, para llorar sus
penas.
Y quizás las cosas hubieran seguido así si es que el propio gentío no
provococaba que el vidrio se rompa y la imagen desaparezca.
VIII Epílogo
Catorce años después del público asesinato, las cosas han vuelto a la
calma en Potosí. Nadie más acude a la escuela Cleto Loayza, del barrio
minero de San Benito, para ver la imagen de la novia en el ventanal. La
supuesta aparición motivó que la trágica muerte de María retorne a las
páginas de los periódicos y a los noticiosos de radio y televisión. Y
mientras todos recuerdan la historia de la novia, los menos ratifican
que Potosí es, aún hoy en día, una ciudad de tradiciones y leyendas que
circulan por sus calles coloniales acompañando al inclemente
"chirihuayrita".
Los nombres utilizados en esta crónica son ficticios.
Pido disculpas por el silencio pero estoy preparando algo de los sin
cabezas, que no es el caso de la novia sino del FUTRE, famoso asusta
hombres, asustagrandes es este, al parecer un pagador del ferrocarril andino
(cuando era ingles) al que le aventaron los pensamientos.
Tengo una consulta domestica y es que necesito para una amiga el texto en
internet si existiera de un cuento antiguo el de LOS ZAPATITOS DE BAILE o
LOS ZAPATITOS ROJOS con el tema de la joven que no puede dejar de bailar por
la magia de esos calzados.
Si saben algo agradeceremos.
AH! Recibi confirmacion de que VASIJA DE BARRO es ANONIMO POPULAR de
ECUADOR. No creo para nada que sea de Neruda meos del libro que indico
Alejandro.
Ruben Dario ROMANI
museologo
www.geocities.com/Athens/Ithaca/1380
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Alejandro:
Me gustaría recibir una copia de la novia sin cabeza
Sol
mailto: starres@...
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> ---Alejandro Gonzalez <agonza59@...>
> wrote:
> >
> > Joaquín y todos:
> >
> > ¡Soy un impaciente! Ya apareció en línea la
> historia de la novia sin
> > cabeza, que es del mayor interés. Me gustaría
> incluirla en la sección de
> > neoespantos y leyendas urbanas de la Cocoweb: ¿tú
> sabes si habría algún
> > problema de derechos? —por supuesto, indicaríamos
> el autor y el lugar de
> > publicación original—.
> >
> > Si alguien llega tarde para ver el texto en la
> página del diario,
> > tendré mucho gusto en mandarle una copia.
> >
> > Un abrazo,
> >
> > Alejandro González
>
>
> Alejandro, ¿todavía tengo que pedirte este tipo de
> cosas? ;-) Ya sabemos que siempre llego tarde, así
> que me encantaría que me lo mandes.
>
> Besos, Yael
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No sé si les conté que acostumbro guardar papeles de
toda laya y que estos se van acumulando en pilas
indomables que desbordan mis cajas, estantes,
bibliotecas y roperos.
De vez en cuando, me ataca un arrebato ordenador y
desparramo todas mis cosas en la alfombra, tratando
de clasificar, reordenar y de paso, recordar qué
tengo y, a veces (pocas) tirar algo definitivamente
inservible.
Bien. Uno de esos ataques atacó en las vacaciones y
apareció el texto que les mando: una fotocopia
borrosa y ajada que "traduje" a procesador de texto.
Hay muchos localismos, algunos no los conozco pero,
en todo caso, pregunten.
Alejandro, lamento decirte que no tengo más datos que
el autor. Si te parece bien, se puede incluir en la
Cocoweb (aunque sea como referencia) y en ese caso te
la puedo mandar en formato RTF.
Que la disfruten,
Besos, Yael
-----------------
El yaciyateré (por Horacio Quiroga)
Cuando uno ha visto a un chiquilin reírse a las
dos de la mañana como un loco, con una fiebre de
cuarenta y dos grados, mientras afuera ronda un
yaciyateré, se adquiere de golpe sobre las
supersticiones ideas que van hasta el fondo de los
nervios.
Se trata aquí de una simple superstición. La
gente del sur dice que el yaciyateré es un pajarraco
desgarbado que canta de noche. Yo no lo he visto,
pero lo he oído mil veces. El cantito es muy fino y
melancólico. Repetido y obsediante, como el que más.
Pero en el norte, el yaciyateré‚ es otra cosa.
Una tarde. en Misiones, fuimos un amigo y yo a
probar una vela nueva en el Paraná, pues la latina no
nos había dado resultado con un río de corriente
feroz y en una canoa que rasaba el agua. La canoa era
también obra nuestra, construida en la bizarra
proporción de 1:8. Poco estable, como se ve, pero
capaz de filar como una torpedera.
Salimos a las cinco de la tarde, en verano. Desde
la mañana no había viento. Se aprontaba una magnifica
tormenta, y el calor pasaba de lo soportable. El río
corría untuoso bajo el cielo blanco. No podíamos
quitarnos un instante los anteojos amarillos, pues la
doble reverberación de cielo y agua enceguecía.
Además, principio de jaqueca en mi compañero. Y ni el
más leve soplo de aire.
Pero una tarde así en Misiones, con una atmósfera
de ésas tras cinco días de viento norte, no indica
nada bueno para el sujeto que está derivando por el
Paraná en canoa de carrera. Nada más difícil, por
otro lado, que remar en ese ambiente.
Seguimos a la deriva, atentos al horizonte del
sur, hasta llegar al Teyucuaré. La tormenta venía.
Estos cerros de Teyucuaré, tronchados a pico
sobre el río en enormes cantiles de asperón rosado,
por los que se descuelgan las lianas del bosque,
entran profundamente en el Paraná formando hacia San
Ignacio una honda ensenada, a perfecto resguardo del
viento sur. Grandes bloques de piedra desprendidos
del acantilado erizan el litoral, contra el cual el
Paraná entero tropieza, remolinea y se escapa por fin
aguas abajo, en rápidos agujereados de remolinos.
Pero desde el cabo final, y contra la costa misma, el
agua remansa lamiendo lentamente el Teyucuaré hasta
el fondo del golfo.
En dicho cabo, y a resguardo de un inmenso bloque
para evitar las sorpresas del viento, encallamos la
canoa y nos sentamos a esperar. Pero las piedras
barnizadas quemaban literalmente, aunque no había
sol, y bajamos a aguardar en cuclillas a orillas del
agua.
El sur, sin embargo, había cambiado de aspecto.
Sobre el monte lejano, un blanco rollo de viento
ascendía en curva, arrastrando tras él un toldo azul
de lluvia. El río, súbitamente opaco, se había rizado.
Todo esto es rápido. Alzamos la vela, empujamos
la canoa, y bruscamente, tras el negro bloque, el
viento pasó rapando el agua. Fue una sola sacudida de
cinco segundos; y ya había olas. Remamos hacia la
punta de la restinga, pues tras el parapeto del
acantilado no se movía aún una hoja. De pronto
cruzamos la línea --imaginaria, si se quiere, pero
perfectamente definida--, y el viento nos cogió.
Véase ahora: nuestra vela tenía tres metros
cuadrados, lo que es bien poco, y entramos con 35
grados en el viento. Pues bien; la vela voló,
arrancada como un simple pañuelo y sin que la canoa
hubiera tenido tiempo de sentir la sacudida.
Instantáneamente el viento nos arrastró. No mordía
sino en nuestros cuerpos: poca vela, como se ve, pero
era bastante para contrarrestar remos, timón, todo lo
que hiciéramos. Y ni siquiera de popa; nos llevaba de
costado, borda tumbada como una cosa náufraga.
Viento y agua, ahora. Todo el río, sobre la
cresta de las olas, estaba blanco por el chal de
lluvia que el viento llevaba de una ola a otra, rompía
y anudaba en bruscas sacudidas convulsivas. Luego, la
fulminante rapidez con que se forman las olas a
contracorriente en un río que no da fondo allí a
sesenta brazas. En un solo minuto el Paraná se había
transformado en un mar huracanado, y nosotros, en dos
náufragos, íbamos siempre empujados de costado,
tumbados, cargando veinte litros de agua a cada golpe
de ola, ciegos de agua, con la
cara dolorida por los latigazos de la lluvia y
temblando de frío.
En Misiones, con una tempestad de verano, se pasa
muy fácilmente de cuarenta grados a quince, y en un
solo cuarto de hora. No se enferma nadie, porque el
país es así, pero se muere uno de frío.
Plena mar, en fín. Nuestra única esperanza era la
playa de Blosset --playa de arcilla, felizmente--,
contra la cual nos precipitábamos; No sé si la canoa
hubiera resistido a flote un golpe de agua más; pero
cuando una ola nos lanzó a cinco metros dentro de
tierra, nos consideramos bien felices. Aun así
tuvimos que salvar la canoa, que bajaba y subía al
pajonal como un corcho, mientras nos hundíamos en la
arcilla podrida y la lluvia nos golpeaba como piedras.
Salimos de allí; pero a las cinco cuadras
estábamos muertos de fatiga --bien calientes esta
vez--. ¿Continuar por la playa? Imposible. Y cortar
el monte en una noche de tinta, aunque se tenga un
Collins en la mano, es cosa de locos.
Esto hicimos, no obstante. Alguien ladró de
pronto --o, mejor, aulló; porque los perros de monte
sólo aúllan--, y tropezamos con un rancho. En el
rancho habría, no muy visibles a la llama del fogón,
un peón, su mujer y tres chiquilines. Además, una
arpillera tendida como hamaca, dentro de la cual una
criatura se moría con un ataque cerebral.
--¿Qué tiene? --preguntamos.
--Es un daño --respondieron los padres, después
de volver un instante la cabeza a la arpillera.
Estaban sentados, indiferentes. Los chicos, en
cambio, eran todo ojos hacia afuera. En ese momento,
lejos, cantó el yaciyateré. Instantaneamente los
muchachos se taparon cara y cabeza con los brazos.
--¡Ah! El yaciyateré --pensamos--. Viene a buscar
al chiquilín. Por lo menos lo dejará loco.
El viento y el agua habían pasado, pero la
atmósfera estaba muy fría. Un rato después, pero
mucho más cerca, el yaciyateré cantó de nuevo. El
chico enfermo se agitó en la hamaca. Los padres
miraban. siempre el fogón, indiferentes. Les hablamos
de paños de agua fría en la cabeza. No nos entendían,
ni valía la pena, por lo demás. ¿Qué iba a hacer eso
contra el yaciyateré?
Creo que mi compañero había notado, como yo, la
agitación del chico al acercarse el pájaro.
Proseguimos tomando mate, desnudos de cintura arriba,
mientras nuestras camisas humeaban secándose contra
el fuego. No hablábamos; pero en el rincón lóbrego se
velan muy bien los ojos espantados de los muchachos.
Afuera, el monte goteaba aún. De pronto, a media
cuadra escasa, el yaciyateré cantó. La criatura
enferma respondió con una carcajada.
Bueno. El chico volaba de fiebre porque tenía una
meningitis y respondía con una carcajada al llamado
del yaciyateré.
Nosotros tomábamos mate. Nuestras camisas se
secaban. La criatura estaba ahora inmóvil. Sólo de
vez en cuando roncaba, con un sacudón de cabeza hacia
atrás.
Afuera, en el bananal esta vez, el yaciyateré
cantó. La criatura respondió en seguida con otra
carcajada. Los muchachos dieron un grito y la llama
del fogón se apagó.
A nosotros, un escalofrío nos corrió de arriba
abajo. Alguien, que cantaba afuera, se iba acercando,
y de esto no había duda. Un pájaro; muy bien y
nosotros lo sabíamos. Y a ese pájaro que venía a
robar o enloquecer a la criatura, la criatura misma
respondía con una carcajada a cuarenta y dos grados.
La leña húmeda llameaba de nuevo, y los inmensos
ojos de los chicos. lucían otra vez. Salimos un
instante afuera. La noche había aclarado, y podríamos
encontrar la picada. Algo de humo había todavía en
nuestras camisas; pero cualquier cosa antes que
aquella risa de meningitis...
Llegamos a las tres de la mañana a casa. Días
después pasó el padre por allí, y me dijo que el
chico seguía bien, y que se levantaba ya. Sano, en
suma.
Cuatro años después de esto, estando yo allá,
debí contribuir a levantar el censo de 1914,
correspondiéndome el sector Yabebiri-Teyucuaré. Fui
por agua, en la misma canoa, pero esta vez a simple
remo. Era también de tarde.
Pasé por el rancho en cuestión y no hallé a
nadie. De vuelta, y ya al crepúsculo, tampoco vi a
nadie. Pero veinte metros más adelante, parado en el
ribazo del arroyo y contra el bananal oscuro, estaba
un muchacho desnudo, de siete a ocho años. Tenía las
piernas sumamente flacas --los muslos más aún que las
pantorrillas-- y el vientre enorme. Llevaba una vara
de pescar en la mano derecha, y en la izquierda
sujetaba una banana a medio comer. Me miraba inmóvil,
sin decidirse a comer ni a bajar del todo el brazo.
Le hablé, inútilmente. Insistí aún,
preguntándole por los habitantes del rancho. Echó,
por fin, a reír, mientras le caía un espeso hilo de
baba hasta el vientre. Era el muchacho de la
meningitis.
Salí de la ensenada: el chico me había seguido
furtivamente hasta la playa, admirando con abiertos
ojos mi canoa. Tiré los remos y me dejé llevar por el
remanso, a la vista siempre del idiota crepuscular,
que no se decidía a concluir su banana por admirar la
canoa blanca.
FIN--------------
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Hola!
El que les voy a contar es un caso curioso que tal vez Daniel tenga a bien
ampliar. Es la historia de Sarah Hellen.
La ciudad de Pisco queda a unos 240 km al sur de Lima, a orillas del mar y
colindante con Paracas (reserva nacional quizá más conocida, pues tiene un
importante flujo turístico). Pisco ha sido zona algodonera y un puerto
pesquero artesanal durante décadas y sólo últimamente se ha convertido en una
zona industrial.
Corría el año de 1993 y yo viajaba muy a menudo hacia el sur. Alguien había
descubierto en el viejísimo cementerio de Pisco una tumba con la inscripción
"Sarah Hellen" - parece que una señora inglesa que vivió en Pisco el siglo
pasado y que murió y fue enterrada allí - y cuyo centenario de fallecimiento se
iba a cumplir por esos días.
No sé cómo es que comenzó a correr el rumor de que Sarah Hellen era una
vampiresa y que la noche del centenario de su fallecimiento resucitaría y
saldría de su tumba para sembrar el terror. Lo que parecía anecdótico al
principio, fue tomando ribetes inesperados: los medios de comunicación se
referían cada vez más y más, conforme se acercaba la tenebrosa fecha (creo
que fue Febrero), al presunto fenómeno. La población de Pisco comenzó a
aterrorizarse pensando en la llegada de la medianoche de la nefasta fecha,
aparecieron brujos y chamanes que conjurarían la aparición, los portavoces de
la iglesia calificaban el asunto de herético y las autoridades "tomarían las
precauciones del caso, aunque no había nada que temer". Los canales de
televisión enviaron a corresponsales especiales y vampirólogos, demonólogos,
psiquiatras, políticos, sacerdotes encontraban siempre un lugar para expresar
sus opiniones al respecto.
Y la noche llegó. Supe por los periódicos del día siguiente que Pisco
parecía una ciudad muerta. Por esas casualidades de la vida, aquella noche,
justamente a medianoche, yo viajaba en un omnibus interprovincial que pasaba
por Pisco. Pude comprobar que los pasajeros, la mayoría gente humilde, estaban
aterrorizados pensando que Sarah Hellen podía aparecer en cualquier momento.
Muchos rezaban.
Naturalmente que Sarah Hellen no resucitó. Lo curioso es que en 1998, 5 años
después del asunto que les conté, ha surgido un nuevo culto: el culto de Sarah
Hellen. Es ahora ella una santa popular, no reconocida por la iglesia, pero
que tiene seguidores, a la que se le atribuyen milagros y cuya fe está
creciendo día a día.
¿Santa o demonia?... ¡quien sabe!... Doña Sarah quizá nunca en su vida imaginó
que a los 100 años de su muerte iba a ser tan conocida.
Saludos desde el Perú!
Angel Moyano
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No sé si les conté que acostumbro guardar papeles de
toda laya y que estos se van acumulando en pilas
indomables que desbordan mis cajas, estantes,
bibliotecas y roperos.
De vez en cuando, me ataca un arrebato ordenador y
desparramo todas mis cosas en la alfombra, tratando
de clasificar, reordenar y de paso, recordar qué
tengo y, a veces (pocas) tirar algo definitivamente
inservible.
Bien. Uno de esos ataques atacó en las vacaciones y
apareció el texto que les mando: una fotocopia
borrosa y ajada que "traduje" a procesador de texto.
Hay muchos localismos, algunos no los conozco pero,
en todo caso, pregunten.
Alejandro, lamento decirte que no tengo más datos que
el autor. Si te parece bien, se puede incluir en la
Cocoweb (aunque sea como referencia) y en ese caso te
la puedo mandar en formato RTF.
Que la disfruten,
Besos, Yael
-----------------
El yaciyateré (por Horacio Quiroga)
Cuando uno ha visto a un chiquilin reírse a las
dos de la mañana como un loco, con una fiebre de
cuarenta y dos grados, mientras afuera ronda un
yaciyateré, se adquiere de golpe sobre las
supersticiones ideas que van hasta el fondo de los
nervios.
Se trata aquí de una simple superstición. La
gente del sur dice que el yaciyateré es un pajarraco
desgarbado que canta de noche. Yo no lo he visto,
pero lo he oído mil veces. El cantito es muy fino y
melancólico. Repetido y obsediante, como el que más.
Pero en el norte, el yaciyateré‚ es otra cosa.
Una tarde. en Misiones, fuimos un amigo y yo a
probar una vela nueva en el Paraná, pues la latina no
nos había dado resultado con un río de corriente
feroz y en una canoa que rasaba el agua. La canoa era
también obra nuestra, construida en la bizarra
proporción de 1:8. Poco estable, como se ve, pero
capaz de filar como una torpedera.
Salimos a las cinco de la tarde, en verano. Desde
la mañana no había viento. Se aprontaba una magnifica
tormenta, y el calor pasaba de lo soportable. El río
corría untuoso bajo el cielo blanco. No podíamos
quitarnos un instante los anteojos amarillos, pues la
doble reverberación de cielo y agua enceguecía.
Además, principio de jaqueca en mi compañero. Y ni el
más leve soplo de aire.
Pero una tarde así en Misiones, con una atmósfera
de ésas tras cinco días de viento norte, no indica
nada bueno para el sujeto que está derivando por el
Paraná en canoa de carrera. Nada más difícil, por
otro lado, que remar en ese ambiente.
Seguimos a la deriva, atentos al horizonte del
sur, hasta llegar al Teyucuaré. La tormenta venía.
Estos cerros de Teyucuaré, tronchados a pico
sobre el río en enormes cantiles de asperón rosado,
por los que se descuelgan las lianas del bosque,
entran profundamente en el Paraná formando hacia San
Ignacio una honda ensenada, a perfecto resguardo del
viento sur. Grandes bloques de piedra desprendidos
del acantilado erizan el litoral, contra el cual el
Paraná entero tropieza, remolinea y se escapa por fin
aguas abajo, en rápidos agujereados de remolinos.
Pero desde el cabo final, y contra la costa misma, el
agua remansa lamiendo lentamente el Teyucuaré hasta
el fondo del golfo.
En dicho cabo, y a resguardo de un inmenso bloque
para evitar las sorpresas del viento, encallamos la
canoa y nos sentamos a esperar. Pero las piedras
barnizadas quemaban literalmente, aunque no había
sol, y bajamos a aguardar en cuclillas a orillas del
agua.
El sur, sin embargo, había cambiado de aspecto.
Sobre el monte lejano, un blanco rollo de viento
ascendía en curva, arrastrando tras él un toldo azul
de lluvia. El río, súbitamente opaco, se había rizado.
Todo esto es rápido. Alzamos la vela, empujamos
la canoa, y bruscamente, tras el negro bloque, el
viento pasó rapando el agua. Fue una sola sacudida de
cinco segundos; y ya había olas. Remamos hacia la
punta de la restinga, pues tras el parapeto del
acantilado no se movía aún una hoja. De pronto
cruzamos la línea --imaginaria, si se quiere, pero
perfectamente definida--, y el viento nos cogió.
Véase ahora: nuestra vela tenía tres metros
cuadrados, lo que es bien poco, y entramos con 35
grados en el viento. Pues bien; la vela voló,
arrancada como un simple pañuelo y sin que la canoa
hubiera tenido tiempo de sentir la sacudida.
Instantáneamente el viento nos arrastró. No mordía
sino en nuestros cuerpos: poca vela, como se ve, pero
era bastante para contrarrestar remos, timón, todo lo
que hiciéramos. Y ni siquiera de popa; nos llevaba de
costado, borda tumbada como una cosa náufraga.
Viento y agua, ahora. Todo el río, sobre la
cresta de las olas, estaba blanco por el chal de
lluvia que el viento llevaba de una ola a otra, rompía
y anudaba en bruscas sacudidas convulsivas. Luego, la
fulminante rapidez con que se forman las olas a
contracorriente en un río que no da fondo allí a
sesenta brazas. En un solo minuto el Paraná se había
transformado en un mar huracanado, y nosotros, en dos
náufragos, íbamos siempre empujados de costado,
tumbados, cargando veinte litros de agua a cada golpe
de ola, ciegos de agua, con la
cara dolorida por los latigazos de la lluvia y
temblando de frío.
En Misiones, con una tempestad de verano, se pasa
muy fácilmente de cuarenta grados a quince, y en un
solo cuarto de hora. No se enferma nadie, porque el
país es así, pero se muere uno de frío.
Plena mar, en fín. Nuestra única esperanza era la
playa de Blosset --playa de arcilla, felizmente--,
contra la cual nos precipitábamos; No sé si la canoa
hubiera resistido a flote un golpe de agua más; pero
cuando una ola nos lanzó a cinco metros dentro de
tierra, nos consideramos bien felices. Aun así
tuvimos que salvar la canoa, que bajaba y subía al
pajonal como un corcho, mientras nos hundíamos en la
arcilla podrida y la lluvia nos golpeaba como piedras.
Salimos de allí; pero a las cinco cuadras
estábamos muertos de fatiga --bien calientes esta
vez--. ¿Continuar por la playa? Imposible. Y cortar
el monte en una noche de tinta, aunque se tenga un
Collins en la mano, es cosa de locos.
Esto hicimos, no obstante. Alguien ladró de
pronto --o, mejor, aulló; porque los perros de monte
sólo aúllan--, y tropezamos con un rancho. En el
rancho habría, no muy visibles a la llama del fogón,
un peón, su mujer y tres chiquilines. Además, una
arpillera tendida como hamaca, dentro de la cual una
criatura se moría con un ataque cerebral.
--¿Qué tiene? --preguntamos.
--Es un daño --respondieron los padres, después
de volver un instante la cabeza a la arpillera.
Estaban sentados, indiferentes. Los chicos, en
cambio, eran todo ojos hacia afuera. En ese momento,
lejos, cantó el yaciyateré. Instantaneamente los
muchachos se taparon cara y cabeza con los brazos.
--¡Ah! El yaciyateré --pensamos--. Viene a buscar
al chiquilín. Por lo menos lo dejará loco.
El viento y el agua habían pasado, pero la
atmósfera estaba muy fría. Un rato después, pero
mucho más cerca, el yaciyateré cantó de nuevo. El
chico enfermo se agitó en la hamaca. Los padres
miraban. siempre el fogón, indiferentes. Les hablamos
de paños de agua fría en la cabeza. No nos entendían,
ni valía la pena, por lo demás. ¿Qué iba a hacer eso
contra el yaciyateré?
Creo que mi compañero había notado, como yo, la
agitación del chico al acercarse el pájaro.
Proseguimos tomando mate, desnudos de cintura arriba,
mientras nuestras camisas humeaban secándose contra
el fuego. No hablábamos; pero en el rincón lóbrego se
velan muy bien los ojos espantados de los muchachos.
Afuera, el monte goteaba aún. De pronto, a media
cuadra escasa, el yaciyateré cantó. La criatura
enferma respondió con una carcajada.
Bueno. El chico volaba de fiebre porque tenía una
meningitis y respondía con una carcajada al llamado
del yaciyateré.
Nosotros tomábamos mate. Nuestras camisas se
secaban. La criatura estaba ahora inmóvil. Sólo de
vez en cuando roncaba, con un sacudón de cabeza hacia
atrás.
Afuera, en el bananal esta vez, el yaciyateré
cantó. La criatura respondió en seguida con otra
carcajada. Los muchachos dieron un grito y la llama
del fogón se apagó.
A nosotros, un escalofrío nos corrió de arriba
abajo. Alguien, que cantaba afuera, se iba acercando,
y de esto no había duda. Un pájaro; muy bien y
nosotros lo sabíamos. Y a ese pájaro que venía a
robar o enloquecer a la criatura, la criatura misma
respondía con una carcajada a cuarenta y dos grados.
La leña húmeda llameaba de nuevo, y los inmensos
ojos de los chicos. lucían otra vez. Salimos un
instante afuera. La noche había aclarado, y podríamos
encontrar la picada. Algo de humo había todavía en
nuestras camisas; pero cualquier cosa antes que
aquella risa de meningitis...
Llegamos a las tres de la mañana a casa. Días
después pasó el padre por allí, y me dijo que el
chico seguía bien, y que se levantaba ya. Sano, en
suma.
Cuatro años después de esto, estando yo allá,
debí contribuir a levantar el censo de 1914,
correspondiéndome el sector Yabebiri-Teyucuaré. Fui
por agua, en la misma canoa, pero esta vez a simple
remo. Era también de tarde.
Pasé por el rancho en cuestión y no hallé a
nadie. De vuelta, y ya al crepúsculo, tampoco vi a
nadie. Pero veinte metros más adelante, parado en el
ribazo del arroyo y contra el bananal oscuro, estaba
un muchacho desnudo, de siete a ocho años. Tenía las
piernas sumamente flacas --los muslos más aún que las
pantorrillas-- y el vientre enorme. Llevaba una vara
de pescar en la mano derecha, y en la izquierda
sujetaba una banana a medio comer. Me miraba inmóvil,
sin decidirse a comer ni a bajar del todo el brazo.
Le hablé, inútilmente. Insistí aún,
preguntándole por los habitantes del rancho. Echó,
por fin, a reír, mientras le caía un espeso hilo de
baba hasta el vientre. Era el muchacho de la
meningitis.
Salí de la ensenada: el chico me había seguido
furtivamente hasta la playa, admirando con abiertos
ojos mi canoa. Tiré los remos y me dejé llevar por el
remanso, a la vista siempre del idiota crepuscular,
que no se decidía a concluir su banana por admirar la
canoa blanca.
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Hablando de bufeos COCOWEB dice:
>> Pero este último es mucho más activo. Las mujeres no sólo no deben
>> viajar solas en canoa, sino que ni siquiera fuera del agua estan a
>> salvo.
>
Inaki comenta:
>Tabu sexista.
>
Y yo agrego:
Pero, no sera que las mujeres son siempre agradables mientras habemos
hombres que parecemos salidos del COCOWEB? Felizmente no me han visto
ustedes todavía la cara
Dani
>
>----
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Yael:
Encantado de encontrar a Quiroga entre nosotros. No lo conoces? Ya te
mandare información. Tu ya sabes lo que es estar unos días ausente asi que
permiteme ser lector por el momento, Pero es un pata bien bacan como decimos
por aca.
Daniel
-----Original Message-----
De: Yael Rosenfeld <yaelita@...>
Para: agonza59@... <agonza59@...>;
memoria@... <memoria@...>
Fecha: Martes 4 de Agosto de 1998 11:19 AM
Asunto: [memoria] El yaciyareté, por Horacio Quiroga
>No sé si les conté que acostumbro guardar papeles de
>toda laya y que estos se van acumulando en pilas
>indomables que desbordan mis cajas, estantes,
>bibliotecas y roperos.
>
>De vez en cuando, me ataca un arrebato ordenador y
>desparramo todas mis cosas en la alfombra, tratando
>de clasificar, reordenar y de paso, recordar qué
>tengo y, a veces (pocas) tirar algo definitivamente
>inservible.
>
>Bien. Uno de esos ataques atacó en las vacaciones y
>apareció el texto que les mando: una fotocopia
>borrosa y ajada que "traduje" a procesador de texto.
>Hay muchos localismos, algunos no los conozco pero,
>en todo caso, pregunten.
>
>Alejandro, lamento decirte que no tengo más datos que
>el autor. Si te parece bien, se puede incluir en la
>Cocoweb (aunque sea como referencia) y en ese caso te
>la puedo mandar en formato RTF.
>
>Que la disfruten,
>
>Besos, Yael
>
>-----------------
>
>El yaciyateré (por Horacio Quiroga)
>
> Cuando uno ha visto a un chiquilin reírse a las
>dos de la mañana como un loco, con una fiebre de
>cuarenta y dos grados, mientras afuera ronda un
>yaciyateré, se adquiere de golpe sobre las
>supersticiones ideas que van hasta el fondo de los
>nervios.
> Se trata aquí de una simple superstición. La
>gente del sur dice que el yaciyateré es un pajarraco
>desgarbado que canta de noche. Yo no lo he visto,
>pero lo he oído mil veces. El cantito es muy fino y
>melancólico. Repetido y obsediante, como el que más.
>Pero en el norte, el yaciyateré‚ es otra cosa.
> Una tarde. en Misiones, fuimos un amigo y yo a
>probar una vela nueva en el Paraná, pues la latina no
>nos había dado resultado con un río de corriente
>feroz y en una canoa que rasaba el agua. La canoa era
>también obra nuestra, construida en la bizarra
>proporción de 1:8. Poco estable, como se ve, pero
>capaz de filar como una torpedera.
> Salimos a las cinco de la tarde, en verano. Desde
>la mañana no había viento. Se aprontaba una magnifica
>tormenta, y el calor pasaba de lo soportable. El río
>corría untuoso bajo el cielo blanco. No podíamos
>quitarnos un instante los anteojos amarillos, pues la
>doble reverberación de cielo y agua enceguecía.
>Además, principio de jaqueca en mi compañero. Y ni el
>más leve soplo de aire.
> Pero una tarde así en Misiones, con una atmósfera
>de ésas tras cinco días de viento norte, no indica
>nada bueno para el sujeto que está derivando por el
>Paraná en canoa de carrera. Nada más difícil, por
>otro lado, que remar en ese ambiente.
> Seguimos a la deriva, atentos al horizonte del
>sur, hasta llegar al Teyucuaré. La tormenta venía.
> Estos cerros de Teyucuaré, tronchados a pico
>sobre el río en enormes cantiles de asperón rosado,
>por los que se descuelgan las lianas del bosque,
>entran profundamente en el Paraná formando hacia San
>Ignacio una honda ensenada, a perfecto resguardo del
>viento sur. Grandes bloques de piedra desprendidos
>del acantilado erizan el litoral, contra el cual el
>Paraná entero tropieza, remolinea y se escapa por fin
>aguas abajo, en rápidos agujereados de remolinos.
>Pero desde el cabo final, y contra la costa misma, el
>agua remansa lamiendo lentamente el Teyucuaré hasta
>el fondo del golfo.
> En dicho cabo, y a resguardo de un inmenso bloque
>para evitar las sorpresas del viento, encallamos la
>canoa y nos sentamos a esperar. Pero las piedras
>barnizadas quemaban literalmente, aunque no había
>sol, y bajamos a aguardar en cuclillas a orillas del
>agua.
> El sur, sin embargo, había cambiado de aspecto.
>Sobre el monte lejano, un blanco rollo de viento
>ascendía en curva, arrastrando tras él un toldo azul
>de lluvia. El río, súbitamente opaco, se había rizado.
> Todo esto es rápido. Alzamos la vela, empujamos
>la canoa, y bruscamente, tras el negro bloque, el
>viento pasó rapando el agua. Fue una sola sacudida de
>cinco segundos; y ya había olas. Remamos hacia la
>punta de la restinga, pues tras el parapeto del
>acantilado no se movía aún una hoja. De pronto
>cruzamos la línea --imaginaria, si se quiere, pero
>perfectamente definida--, y el viento nos cogió.
> Véase ahora: nuestra vela tenía tres metros
>cuadrados, lo que es bien poco, y entramos con 35
>grados en el viento. Pues bien; la vela voló,
>arrancada como un simple pañuelo y sin que la canoa
>hubiera tenido tiempo de sentir la sacudida.
>Instantáneamente el viento nos arrastró. No mordía
>sino en nuestros cuerpos: poca vela, como se ve, pero
>era bastante para contrarrestar remos, timón, todo lo
>que hiciéramos. Y ni siquiera de popa; nos llevaba de
>costado, borda tumbada como una cosa náufraga.
> Viento y agua, ahora. Todo el río, sobre la
>cresta de las olas, estaba blanco por el chal de
>lluvia que el viento llevaba de una ola a otra, rompía
>y anudaba en bruscas sacudidas convulsivas. Luego, la
>fulminante rapidez con que se forman las olas a
>contracorriente en un río que no da fondo allí a
>sesenta brazas. En un solo minuto el Paraná se había
>transformado en un mar huracanado, y nosotros, en dos
>náufragos, íbamos siempre empujados de costado,
>tumbados, cargando veinte litros de agua a cada golpe
>de ola, ciegos de agua, con la
>cara dolorida por los latigazos de la lluvia y
>temblando de frío.
> En Misiones, con una tempestad de verano, se pasa
>muy fácilmente de cuarenta grados a quince, y en un
>solo cuarto de hora. No se enferma nadie, porque el
>país es así, pero se muere uno de frío.
> Plena mar, en fín. Nuestra única esperanza era la
>playa de Blosset --playa de arcilla, felizmente--,
>contra la cual nos precipitábamos; No sé si la canoa
>hubiera resistido a flote un golpe de agua más; pero
>cuando una ola nos lanzó a cinco metros dentro de
>tierra, nos consideramos bien felices. Aun así
>tuvimos que salvar la canoa, que bajaba y subía al
>pajonal como un corcho, mientras nos hundíamos en la
>arcilla podrida y la lluvia nos golpeaba como piedras.
> Salimos de allí; pero a las cinco cuadras
>estábamos muertos de fatiga --bien calientes esta
>vez--. ¿Continuar por la playa? Imposible. Y cortar
>el monte en una noche de tinta, aunque se tenga un
>Collins en la mano, es cosa de locos.
> Esto hicimos, no obstante. Alguien ladró de
>pronto --o, mejor, aulló; porque los perros de monte
>sólo aúllan--, y tropezamos con un rancho. En el
>rancho habría, no muy visibles a la llama del fogón,
>un peón, su mujer y tres chiquilines. Además, una
>arpillera tendida como hamaca, dentro de la cual una
>criatura se moría con un ataque cerebral.
> --¿Qué tiene? --preguntamos.
> --Es un daño --respondieron los padres, después
>de volver un instante la cabeza a la arpillera.
> Estaban sentados, indiferentes. Los chicos, en
>cambio, eran todo ojos hacia afuera. En ese momento,
>lejos, cantó el yaciyateré. Instantaneamente los
>muchachos se taparon cara y cabeza con los brazos.
> --¡Ah! El yaciyateré --pensamos--. Viene a buscar
>al chiquilín. Por lo menos lo dejará loco.
> El viento y el agua habían pasado, pero la
>atmósfera estaba muy fría. Un rato después, pero
>mucho más cerca, el yaciyateré cantó de nuevo. El
>chico enfermo se agitó en la hamaca. Los padres
>miraban. siempre el fogón, indiferentes. Les hablamos
>de paños de agua fría en la cabeza. No nos entendían,
>ni valía la pena, por lo demás. ¿Qué iba a hacer eso
>contra el yaciyateré?
> Creo que mi compañero había notado, como yo, la
>agitación del chico al acercarse el pájaro.
>Proseguimos tomando mate, desnudos de cintura arriba,
>mientras nuestras camisas humeaban secándose contra
>el fuego. No hablábamos; pero en el rincón lóbrego se
>velan muy bien los ojos espantados de los muchachos.
> Afuera, el monte goteaba aún. De pronto, a media
>cuadra escasa, el yaciyateré cantó. La criatura
>enferma respondió con una carcajada.
> Bueno. El chico volaba de fiebre porque tenía una
>meningitis y respondía con una carcajada al llamado
>del yaciyateré.
> Nosotros tomábamos mate. Nuestras camisas se
>secaban. La criatura estaba ahora inmóvil. Sólo de
>vez en cuando roncaba, con un sacudón de cabeza hacia
>atrás.
> Afuera, en el bananal esta vez, el yaciyateré
>cantó. La criatura respondió en seguida con otra
>carcajada. Los muchachos dieron un grito y la llama
>del fogón se apagó.
> A nosotros, un escalofrío nos corrió de arriba
>abajo. Alguien, que cantaba afuera, se iba acercando,
>y de esto no había duda. Un pájaro; muy bien y
>nosotros lo sabíamos. Y a ese pájaro que venía a
>robar o enloquecer a la criatura, la criatura misma
>respondía con una carcajada a cuarenta y dos grados.
> La leña húmeda llameaba de nuevo, y los inmensos
>ojos de los chicos. lucían otra vez. Salimos un
>instante afuera. La noche había aclarado, y podríamos
>encontrar la picada. Algo de humo había todavía en
>nuestras camisas; pero cualquier cosa antes que
>aquella risa de meningitis...
> Llegamos a las tres de la mañana a casa. Días
>después pasó el padre por allí, y me dijo que el
>chico seguía bien, y que se levantaba ya. Sano, en
>suma.
> Cuatro años después de esto, estando yo allá,
>debí contribuir a levantar el censo de 1914,
>correspondiéndome el sector Yabebiri-Teyucuaré. Fui
>por agua, en la misma canoa, pero esta vez a simple
>remo. Era también de tarde.
> Pasé por el rancho en cuestión y no hallé a
>nadie. De vuelta, y ya al crepúsculo, tampoco vi a
>nadie. Pero veinte metros más adelante, parado en el
>ribazo del arroyo y contra el bananal oscuro, estaba
>un muchacho desnudo, de siete a ocho años. Tenía las
>piernas sumamente flacas --los muslos más aún que las
>pantorrillas-- y el vientre enorme. Llevaba una vara
>de pescar en la mano derecha, y en la izquierda
>sujetaba una banana a medio comer. Me miraba inmóvil,
>sin decidirse a comer ni a bajar del todo el brazo.
> Le hablé, inútilmente. Insistí aún,
>preguntándole por los habitantes del rancho. Echó,
>por fin, a reír, mientras le caía un espeso hilo de
>baba hasta el vientre. Era el muchacho de la
>meningitis.
> Salí de la ensenada: el chico me había seguido
>furtivamente hasta la playa, admirando con abiertos
>ojos mi canoa. Tiré los remos y me dejé llevar por el
>remanso, a la vista siempre del idiota crepuscular,
>que no se decidía a concluir su banana por admirar la
>canoa blanca.
>
>FIN--------------
>_________________________________________________________
>DO YOU YAHOO!?
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Buena Angel, no me acordaba. Creo que los peruanos vamos a tener la
exclusiva de los espantos modernos. Es que no hay creatividad demoniaca por
otros lados? Bueno. Viva el Perú y todos sus demonios (incluyendonos por
cierto). \
Daniel
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Aunque el pedido es para Joaquín meto mi cuchara. Raul Ernesto pregunta
1)Tenes alguna noticia sobre el alcance del ¨matrimonio a prueba¨
(sirviñacu) entre los pueblos indígenas de Bolivia ? Al parecer es una
institución que llega hasta la Argentina, por lo que sospecho que
pertenece a los Kollas o a los Aymara.
Y yo le cuento que la cosa es quechua. Aqui (Perú) se sigue practicando. Hay
un libro de Ortiz Rescaniere sobre el eros andino donde habla mucho de esto.
2) Primero Alejandro, y ahora Alejandro y yo, estamos buscando la letra
completa de ¨Vasija de Barro¨, una canción que supo cantar Julia Elena
Dávalos (estaba en su disco ¨Dulzura¨). Me acuerdo (de memoria) del
verso ¨yo quiero que a mi me entierren/como a mis antepasados/en el
vientre oscuro y fresco / de una vasija de barro¨. Yo tenía los autores,
se los pasé a Alejandro y los volví a perder... Alguna idea ?
Te la consigo para mañana o pasado. La canción es Ayacuchana.
Daniel Mathews, que por cierto volvio antes de lo esperado.
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Alejandro dixit:
> Incluso en el mejor de los casos (que el estudioso del folklore
>trabajara por amor al arte, auxiliado por alguna partida presupuestaria
>despistada de los gastos de muerte tecnológica habituales), la
>comunicación del folklore fuera de su 'nicho' inmediato tenía lugar a
>través de libros y artículos en revistas especializadas que, por su
>misma naturaleza paradójicamente impopular (impopular en el sentido en
>el que son 'populares' los bestselleres de médicos impávidos y espías
>siempretiesos: o sea, buena mercancía para la compraventa compulsiva de
>material desechable) solían ser difíciles de encontrar
Y yo, que tengo un par de colaboraciones en revistas y un libro buscando
editor me siento tocado. Lo cierto es que quienes nos metemos a trabajar las
culturas de la resistencia (no me gusta llamarles folklore por las
connotaciones peyorativas con que a veces se usa el termino)
gastamos más de lo que ganamos y a veces lo que ganamos es el desprecio de
los detentadores del poder cultural. Pero en eso estamos, que si uno apoya
la resistencia lo hace a sabiendas de que se situa al otro lado del poder.
Por lo menos en el Ande.
Daniel
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Queridos memoriosos:
Creo que he añadido a la Cocoweb casi todos los tesoros que se han
acumulado vertiginosamente en los últimos días: nuevos dibujos aportados
por Yael para la Galería de espantos, dos nuevas neoleyendas (la Novia
sin cabeza y Sarah Hellen), un relato de Quiroga sobre el Yasy-Yateré.
Les invito a darse el gusto, detectar fallos si los hubiera, y sugerir
las oportunas enmiendas.
Muchos abrazos (¡uno en especial al regresado Daniel!),
Alejandro
-
«El amor es como un caminante charlatán. Si nadie le hace caso, no se
detiene» (Javier Bergia).
Maravillas y espantos:
(¡¡¡NUEVO!!!) COCOWEB. El Hombre de la Bolsa y mil espantos tremebundos
http://encina.pntic.mec.es/~agonza59/index.html
Crecer y no crecer:
http://www.iponet.es/casinada/16crecer.htm
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Yael añade:
> P.D.: encontré la versión larga del Romance del Conde
> Olinos, que resultó llamarse Romance del Enamorado:
> ¿la mando?
No se hable más. La esperamos.
Un abrazo,
Alejandro
--
«El amor es como un caminante charlatán. Si nadie le hace caso, no se
detiene» (Javier Bergia).
Maravillas y espantos:
(¡¡¡NUEVO!!!) COCOWEB. El Hombre de la Bolsa y mil espantos tremebundos
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Crecer y no crecer:
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"Este libro es la versión resumida de _A Dictionary of Fairies_.
Contiene menos personajes que aquél, pero algunos apartados son más
largos, porque tienen más anécdotas y cuentos.
(...)
Espero que usted disfrute del libro. Tal vez se convierta en folclorista
y se dedique a recopilar cuentos y a contárselos a otra gente"
Así principia y así termina la introducción al libro:
Quién es quién en el mundo mágico
Hadas, duendes y otras criaturas sobrenaturales
de Katharin Briggs
con ilustraciones de Yvone Gilbert
colección Alejandría, José J. de Olañeta, Editor, Barcelona, 1997
ISBN: 84-7651-640-1
Saludos
Argemiro
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Reorganizando mi biblioteca, he encontrado:
Frederik Koning: Incubos y súcubos. El diablo y el sexo. Barcelona:
Plaza y Janés, 1981.
René-Lucien Rousseau: La otra cara de los cuentos. Valor simbólico de
los cuentos de hadas. Gerona: Tikal, 1994.
Javier Tafur: La función reguladora del lenguaje en la narrativa
popular. Cali: La Sílaba, 1991.
Cordialmente,
Eduardo
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Recientes exhumaciones:
Dennis Boyes: Initiation et sagesse des contes des fées. Paris: Albin
Michel, 1988.
Anthony Masters: Historia natural de los vampiros. Barcelona: Bruguera,
1974.
Cordialmente,
Eduardo
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Lobo se encuentra con Caperucita en el bosque y le pregunta:
—¿Vas para donde tu abuela?
—No, ¿por qué?
Lobo la mira desconcertado::
—No, por nada... Bueno, suerte, Caperucita. Chao.
Lobo camina al azar por el bosque. Finalmente decide ir en busca de los
tres cerditos: tal vez ellos sí se apeguen al guión.
No he resistido la tentación de enviarles estos juegos:
Lobo se encuentra con Caperucita en el bosque y le pregunta:
—¿Vas para donde tu abuela?
Caperucita lo mira con severidad:
—Te advierto, Lobo, que he leído a Perrault y a los Hermanos Grimm.
Lobo se sonroja:
—Ah, qué bien, la cultura nunca está de más. Bueno, Caperucita, voy a
ver si me encuentro con los tres cerditos. Chao.
No se ha alejado cinco pasos cuando oye que Caperucita le grita:
—¡Ellos también!
Lobo se encuentra con Caperucita en el bosque y le pregunta:
—¿Vas para donde tu abuela?
Caperucita se queda mirándolo y, muy seria, le dice:
—Tu pregunta, Lobo, presupone varias cosas. Por ejemplo, que voy, que
tengo abuela, que voy para donde mi supuesta abuela, que soy Caperucita.
¿Por qué no discutimos uno a uno estos supuestos con la finalidad de
aclarar si tu pregunta está fundada?
Lobo se queda pasmado. Finalmente dice:
—Muy interesante tu propuesta, Caperu... Pero es
que ahora no tengo tiempo, pues voy donde los Cerditos. Chao.
No se ha alejado tres pasos cuando oye que Caperucita le dice:
—¿Qué entiendes por tiempo? ¿Tiene realidad objetiva o es sólo una
construcción mental entre otras? ¿Depende de ciertas configuraciones
discursivas heredadas de la tradición greco-judeo-cristianas?
Lobo hace como si no hubiera escuchado.
Lobo se encuentra con Caperucita en el bosque y pasa de largo,
fingiendo que no la ha visto.
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Daniel :
Tambien conozco al sirviñacu (no se si lo escribí correctamente) a
traves de una canción de la Davalos. Es hija y nieta de poetas salteños,
y supo hacer bastante por intercalar autenticos temas folkloricos en el
guiso abolerado que tratan de vendernos como si fuese folklore. La
cancion decía: ¨Te propongo sirviñacu/si tus tatas dan lugar/ pa´la
alzada del tabaco/ vamonos a [acollarar ?] .....¨ (perdón, todo de
memoria).
Lastima que no haya ecuatorianos por aquí: escuchñé que todavía hay allí
comunidades que están de duelo por Atahualpa.
Saludos !!
On Sun, 2 Aug 1998 09:58:35 -0500
"Msc. Hugo Trigoso Avilés" <trigoso@...> wrote:
> Aunque el pedido es para Joaquín meto mi cuchara. Raul Ernesto pregunta
> 1)Tenes alguna noticia sobre el alcance del ¨matrimonio a prueba¨
> (sirviñacu) entre los pueblos indígenas de Bolivia ? Al parecer es una
> institución que llega hasta la Argentina, por lo que sospecho que
> pertenece a los Kollas o a los Aymara.
>
> Y yo le cuento que la cosa es quechua. Aqui (Perú) se sigue practicando. Hay
> un libro de Ortiz Rescaniere sobre el eros andino donde habla mucho de esto.
>
> 2) Primero Alejandro, y ahora Alejandro y yo, estamos buscando la letra
> completa de ¨Vasija de Barro¨, una canción que supo cantar Julia Elena
> Dávalos (estaba en su disco ¨Dulzura¨). Me acuerdo (de memoria) del
> verso ¨yo quiero que a mi me entierren/como a mis antepasados/en el
> vientre oscuro y fresco / de una vasija de barro¨. Yo tenía los autores,
> se los pasé a Alejandro y los volví a perder... Alguna idea ?
>
> Te la consigo para mañana o pasado. La canción es Ayacuchana.
>
> Daniel Mathews, que por cierto volvio antes de lo esperado.
>
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Raúl Ernesto Ajman
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