ENAMORADO DE MI MODEM JUVENIL
por Raúl Minchinela
nº 7
No voy a negarlo. Piqué como cualquier otro adolescente. Empiezas a
rebuscar en los primeros balbuceos de las cosas que te gustan y llegas al
principio del siglo veinte y te enganchas con los surrealistas -que por
alguna extraña razón, tal vez por puro extraños, son irresistibles a esa
edad para sumergirte en ellos- y te convencen de que es el subconsciente la
parte sobre la que trabajar porque es la común a todos los humanos, y te
presentan a Freud, el gran Freud, y acabas sin comerlo ni beberlo
acometiendo ese volumen enorme titulado La Interpretación de los Sueños.
De hecho, en mi opinión no es necesario acabarse el libro para tomar como
propia la apuesta de Freud. Y calcularía a ojo que el setenta por ciento de
la tinta corresponde a la presentación, desarrollo e interpretación de los
casos, y que sólo el treinta restante corresponde literalmente a la
formulación de las teorías. Tanto es así que recomendaría a los curiosos en
el tema que se sometan primero a Introducción al Sicoanálisis, una
recopilación de conferencias impartidas por Freud y recogidas en un volumen
considerablemente más delgado. Más aún, si nos limitamos a la
interpretación de los sueños librándonos de los otros dos grupos de
conferencias (los actos fallidos y las sicopatías) nos quedamos en unas
escasas y sabrosas cien páginas. Pero no está de más echar un ojo al
volumen original -hablo de la Interpretación- para ver que los casos en los
que se apoyó Freud están considerablemente bien identificados, y poder
hacer una extrapolación para poder sicoanalizarse a uno mismo, una práctica
que considero imprescindible para comprobar lo rastreros y repugnantes que
somos como individuos, convivamos con ello y no seamos más felices. Lo digo
en serio.
Saco a Freud a colación porque en la época en la que vivimos los siquiatras
se están haciendo de oro con los instintos reprimidos, que es una de las
directrices de nuestra sociedad. Evitamos, pese a que nos lo pida el
cuerpo, hablar solos, porque igual piensan que hemos perdido la cabeza.
Cuando vemos a los mendigos gritar a nadie en particular por la calle
pensamos que están locos, mientras que en los bufetes de analistas se
potencia la terapia del grito para liberar nuestras zonas más contritas,
eso sí, pasando por caja. Los mendigos -es lógico- están locos porque
gritan gratis.
Y Freud en particular es muy revelador por la fama que le persigue, y que
un buen número de ustedes han despertado con la sola mención de su nombre:
Freud es sexo, sexo, sexo. Que si cigarros, que si volar en sueños, todo es
un polvo o un falo o un oscuro fetichismo. ¿Cuántas veces han oído eso? ¿Se
lo han acabado creyendo? ¿Han leído sus textos sobre sicoanálisis y se lo
han creído? Sucede.
Lo que se nos escapa es el pequeño detalle de que la sociedad que rodeaba a
Freud era una sociedad represiva sobre el sexo, y que la gran mayoría -no
la totalidad- de los problemas que enfrentaba eran casos en los que el sexo
no expresado era la pieza crucial. En otras palabras, el sexo no es crucial
en la obra de Freud, es un accidente. Y si sabemos mirar más allá de ese
pequeño escollo podemos ver que la mayor parte de sus hipótesis son
aplicables a fecha de hoy si sustituimos la frustración sexual de la época
por la represión que nos afecta en cada época. En la nuestra, los más
suspicaces ya se han dado cuenta, es la que nos ha venido ocupando todo
este tiempo: la del único pensador en cuyo nombre levantan templos, que
hemos aplicado hasta más allá de lo necesario y que la película de Fincher
-el Club de la Lucha, para los recién llegados- propone como excesiva
(hasta el ecuador de la misma, momento en el que toma cuerpo otro
planteamiento igual de básico e interesante pero que comentaremos en el
futuro con ayuda de Grant Morrison): hay que reprimir los instintos.
Vivimos en una época de frustración -porque no hay ningún segmento que la
permita- de la violencia: violencia física, violencia sexual, violencia
sicológica... y terminamos con sicopatías -que las llamamos "comportamiento
normal" para no desentonar- idénticas a las descritas por Freud. El
autosicoanálisis nos demuestra que estamos llenos de basura, pero sólo es
basura bajo la luz de lo que nos han metido en la cabeza.
Así que esto es la civilización. Una estructura montada sobre una directriz
que es antinatural, que somos obligados a hacer nuestra hasta convencernos
de que es la natural. Un lugar en el que no somos lo que somos para no ser
hipócritas, curiosa paradoja, y en el que nos dedicamos a atacar a todo
aquello que nos indica que no es necesariamente imprescindible llevarlo
hasta sus últimas consecuencias.
Igual yo soy el único que se sorprende.
***
Raul Minchinela
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Thomas de Quincey, "Confesiones de un inglés comedor de opio"