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modem 075 - Cuatro postales - Frankfurt   Lista de mensajes  
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ENAMORADO DE MI MODEM JUVENIL

por Raúl Minchinela



nº 75 - Cuatro postales - Frankfurt
 
 

La chica era rubia, guapa, llevaba un vestido blanco muy ajustado y estaba tumbada sobre un lavabo de enormes dimensiones que tenía dos asas como los apoyaderos de un potro de gimnasia. Yo estaba enfrente preguntándome qué hacer, acelerado ante tantas posibilidades. El lugar era en museo Schirn, y el ambiente la exposición “Aus eigene Gefhar”.

“La exposición ‘Bajo su propio Riesgo’ ofrece experiencias que ilustran que cualquier acción implica un cierto riesgo. La muestra destaca una variante del arte que convierte al espectador en participante”. “Los visitantes actúan bajo su propio riesgo”. Me habían convencido para acudir estas frases del catálogo, y la borrosa descripción de un lugareño acerca de cierta exposición donde te tomabas pastillas e inhalabas gases y te metías por las tripas de un edificio en ruinas.

Y tenía delante una chica -que comenzaba justo ahora el turno de su performance- sobre la que aplicar esta filosofía. Tenía delante todas las elecciones imaginables. Podía besarla. Podía arrastrarla por el cabello. Podía pincharme y ofrecerle mi sangre. Podía rasgar su vestido. Podía desnudarme y meterme en el lavabo enorme y gesticular que había sido un niño malo. Podía rotularle el cuerpo con párrafos memorizados. Podía quedarme mirando y esperar que alguien hiciera algo.

Era el momento mágico del deseo al genio de la lámpara. En el que no tienes más límite que tu imaginación. Si es que estás dispuesto a correr el riesgo. Ten cuidado con lo que deseas, porque puedes conseguirlo.

Había pasado de largo un coche-instalación que presentaba dos grandes bombonas en la baca, y tubos que las conectaban con el interior del coche. Las bombonas debían contener gas de la risa, y el visitante debía introducirse en el vehículo para consumirlo, pero el gas de la risa está prohibido en Alemania. De las inhalaciones en el exterior de la estación Zoo de Berlín solo queda una estrofa de canción del grupo U2 (“estoy listo para el gas de la risa”) y una ley para que esos comportamientos no se repitan, especialmente en público. Algunos días después, en Stuttgart, aspiraba helio con unos amigos para hablar con voz de dibujo animado. De la bombona, comprada a y por alemanes, solo inhalamos los extranjeros. El resto se dedicaban a rellenar sus globos, de los que colgaban postales con sello, que al caer esperarían un alma caritativa que las metiera en un buzón. Celebrábamos la boda de Quique y Katarina llamando al papá pitufo con voces deformadas y enviábamos cartas al azar con dirección fija. Pero eso era más tarde.

De momento seguía delante de la chica. Me miraba con cierta cara de aburrimiento –con qué ocurrencia saldrán hoy-, convencida de que era yo –clavado con expresión acelerada- el que iba a inaugurar la actuación del día. Mantuve la mirada mientras cometía el error de preguntar a mis acompañantes qué era lo que consideraban que sucedía allí. Uno leyó en voz alta las instrucciones, que estaban colocados en mini vallas al estilo de las señales “cuidado suelo resbaladizo” que aparecen en los restaurantes de comida rápida recién fregados. Ni siquiera me había dado cuenta de que había instrucciones, con el nombre de la pieza y el nombre del autor.

Palabras que la chica de blanco no entendía me dijeron que debíamos beber champán, mediante las tetillas de goma que colgaban del lavabo gigante. Y si mi decepción fue grande, aumentó cuando, una vez colocados a lo Rómulo, la chica se bajó del lavabo y acudió a por una botella. Había comenzado su actuación sin traer nada para beber, señal de que lo normal era que nadie participase. Y tómenlo como una suposición fiable, porque en el resto de la exposición todo comportamiento extraño era cortado secamente por un “bitte” de los guardas. Maldita sea, hasta me obligaron a esterilizar la tetilla con alcohol antes de tocarla. “Bajo su propio riesgo”, decían.

Tiene su gracia que ciertos artistas o ciertos museos o ciertas tendencias quieran simular el riesgo, sintetizarlo, cuando para obtener el producto real nos baste con los balcones de casa y los puentes y los semáforos en rojo y los barrios conflictivos. Es triste que coloquen actividades que no se pueden realizar –el coche-, igual que lo sería organizar una exposición de cuadros tapados por telones. Una cosa es reflexionar sobre la respiración y otra es fingir que se respira; no es una posición que me vea capaz de defender.

Pero hay un lado positivo en las mentiras. El engaño de “bajo su propio riesgo”, me tuvo congelado mientras se me disparaban las ideas –puedes pensar muchas cosas en muy poco tiempo, es asombroso cómo el tiempo real y el interno se descompasan-. Y, aunque me enfriase mientras la chica se alejaba racaneando un champán que apenas nadie bebe, me dio una prohibición que disfruté más tarde. Era la prohibición que duplicaba la risa días después, mientras inhalaba voces, mientras helio envuelto para regalo enviaba cartas perdiéndose en lo azul.
 
 
 
 
 
 
 

Jue, 27 de Nov, 2003 5:28 pm

raulmodem
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Raul Minchinela
raulmodem
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5:23 pm
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