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modem 076 - Cuatro postales - Cáceres   Lista de mensajes  
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ENAMORADO DE MI MODEM JUVENIL

por Raúl Minchinela



nº 76 - Cuatro postales - Cáceres
 
 

Es el clásico relato de miedo. Llegas a una población, con un castillo o un edificio antiguo alrededor del cual pasan cosas extrañas. Lo que sucede lo conocen todos los habitantes, y lo descubres cuando uno de ellos lo deja caer mientras invitas a bebidas a los lugareños. Al principio tu reacción es de incredulidad, pese a que, todos aquellos con los que compartes la información, te la confirman con disgusto. Y, por supuesto, lo descubres al caer la noche.

Todo esto les suena. Pero una cosa es consumir ficción y otra es vivirla.

El suceso tuvo lugar en la Plaza mayor de Cáceres, un lugar que tiene dos atractivos principales. El primero es su espectacular casco antiguo, que nos decidió la pensión por proximidad. El segundo es la asombrosa masa humana que se reúne allí en fin de semana y que pasa, en el tiempo que tardan tres personas en deshacer las maletas, de dos docenas de individuos a una multitud que no permite ver el suelo. “Y esto no es nada”-decían-; “la mayoría de la gente se ha ido de vacaciones. Teníais que ver esto lleno”. Era mi primera experiencia multitudinaria con el luego tan traído “botellón”. El botellón y el casco antiguo han tenido épocas conflictivas, pero la juventud local me contaba que ya se había concienciado para no orinar en la parte vieja, porque “dicen que esto vale un potosí, y vienen alemanes y todo”.

Como llegar a la parte antigua estaba difícil -las escaleras estaban aún más ocupadas que el suelo, que ya es decir- nos dedicamos a familiarizarnos con los locales. Durante la espera, mis interlocutores me daban conversación y combinados, particularmente güisquis con cola, que corrían de su cuenta, o mejor dicho, de su bolsa. En el botellón cacereño era difícil estar con las manos vacías y callado. Eso es hospitalidad. En las historias que comentaba al principio es siempre el protagonista el que paga las bebidas, tal vez porque en la época victoriana no se llevaba el consumo en plaza pública y estaba poco controlada la conservación del hielo.

En la plaza, todas las conversaciones comenzaban con la misma secuencia de contenidos: 1) Sí, somos de fuera; 2) enumeración de los lugares de origen; 3) No, no conocemos a nadie de aquí; 4) Sólo nos quedamos esta noche; 5) dormimos aquí detrás; 6) cara de terror del local con el que conversas en el momento. Las dos primeras veces no das crédito, y al final lo repites con gente al azar para ver si es una broma de unos pocos. Basta decir el lugar de nuestra pensión para ver caras de preocupación y recibir avisos insistentes. Todo el mundo coincide: estamos en la peor parte de Cáceres. A unos ridículos treinta metros del espacio más poblado de la provincia, está el lugar del peligro. Venga, hombre, que venimos de allí y no hemos visto nada. No será para tanto.

No sé ustedes, pero para que el testimonio de varios individuos que coinciden en decir que estoy bajo peligro inmediato me erice el pelo de la nuca basta medio centenar de personas.

Según fue transcurriendo la noche, la escalera de acceso a la parte vieja fue perdiendo habitantes, y decidimos dar un paseo por la parte medieval. Mientras caminábamos por calles antiguas completamente vacías, exceptuando a unos novios que se hacían fotos de boda, comentábamos los rumores sobre la calle donde estaba nuestra pensión. A eso de las cuatro decidimos volver a dormir. Por el camino no nos encontramos nada particularmente alarmante, y terminamos por bromear sobre el concepto de mala zona que se tenía en Cáceres. Hasta que diez minutos después oímos gritar a un caballero –entiéndase como sexo-  mientras arrancaba chispas del suelo con un par de machetes. Cada uno tan grande como su antebrazo.

Durante unos minutos, el individuo en cuestión retaba a la gente a que se acercase –intercálese en cada frase un barrido con chispas- , y decía con poca sutileza como les iba a dejar las vísceras a la vista. La retahíla duró hasta que acudió corriendo no menos de una docena de personas empuñando botellas vacías. El de los cuchillos, en cuanto vio el panorama, echó a correr en dirección contraria. El grupo lo siguió unos diez metros, y aquí viene lo curioso, se detuvo en cuanto terminó la calle.

En cuanto terminó la calle.

Resumiendo, en Cáceres hay un espacio de treinta metros cuadrados en el que puede pasar cualquier cosa; cosas que se disuelven en cuando abandonan el perímetro. Es, en términos matemáticos, una singularidad. Como en la ciencia ficción, hay una especie de calle de las Bermudas que concentra toda actividad extraña y poco recomendable. No hay pequeñas porciones móviles: no hay individuos que arrastren las malas vibraciones con su contorno corporal. Si algo raro sucede, sucede allí. Todos los locales lo saben. Al menos los que mezclan refrescos con licores.

Horas más tarde, me encontraba en medio del desierto de Los Batuecos, buscando el museo del miembro Fluxus Wolf Vostell, -su dirección, Carretera de Los Batuecos, sin número, da pocas pistas-. En algún lugar de la nada, apareció un chalet repleto de piezas de interés. Sería, por cuestiones del azar, el primer museo cuyo suelo iba a perforar a pierna viva. Cáceres me pidió sangre, y al final la tuvo.

 

 



Mié, 3 de Dic, 2003 2:51 pm

raulmodem
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Raul Minchinela
raulmodem
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3 de Dic, 2003
2:46 pm
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