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Fw: modem 077 - Cuatro postales - Oporto   Lista de mensajes  
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ENAMORADO DE MI MODEM JUVENIL

por Raúl Minchinela



nº 77 - Cuatro postales - Oporto
 
 

El coche en el que viajábamos se quedó muerto en la autovía de Lisboa a Gaia. A escasos cien metros de una gasolinera y a muy pocos kilómetros de Oporto, donde nos esperaba Luiz, nuestro anfitrión. En el tiempo que tardó la grúa en aparecer, Luiz llegó en su coche y nos llevó a su casa. Salimos inmediatamente de la autovía y recorrimos un trayecto retorcido y aparentemente aleatorio. Tras el recorrido, vimos que su casa estaba al lado de la autovía. A escasos cien metros de la gasolinera. Justo al otro lado de la barrera del lugar en el que se había detenido el coche. Era como si el vehículo supiera dónde debíamos quedarnos. Como casualidad, lo encuentro bastante inquietante.

 

Luiz tenía una agenda bastante ocupada, con un congreso de internautas que se reunían para ver proyecciones digitales, fardar de decoración del ordenador –cada uno se traía el suyo de casa- e intercambiar cedés como si no hubiera mañana. La mayoría se alimentaba de comida rápida y dormía en el suelo con un saco de dormir, al lado de su computadora. En el nuevo milenio, el apaciguante sonido de las olas bien podría ser sustituido por las nanas de los procesadores.

 

Dadas las circunstancias, nuestros planes “guiados” en Oporto podían ser 1) el congreso de Luiz, 2) una gira por las actividades adolescentes con la hermana de Luiz o 3) un recorrido por las actividades para cuarentañeros casados. Daba la casualidad de que había la misma diferencia de edad entre Luiz  -y su hermana- y nosotros, que entre nosotros y los padres de Luiz. Así que había que elegir: botellón adolescente en la plaza mayor o sardinas a la brasa junto al puerto. Elegimos lo segundo. Si se quiere evitar el ridículo, no hay que retar el aguante de los quinceañeros.

 

Mientras decidíamos que hacer, la comida familiar sacaba una y otra vez como tema de conversación la revolución de los claveles, que a efectos de marco temporal viene a ser como la muerte de Franco. Lo curioso es que toda la familia participaba en el tema; lejos del adolescente harto de batallitas, los chavales de la casa comentaban la situación y demostraban que se sabían de memoria la canción "Grandola, Vila Morena" que se radió como consigna del final de la dictadura. “El dictador sólo permitía emitir música clásica”- me contaban. “Hay quien lo propone ahora, hablando de la telebasura”- les respondí.

 

La comida familiar me mostró que en Oporto el movimiento “progre” -sin matices, puro y duro- sigue con perfecta salud. Y esa misma tarde lo confirmé cuando nos llevaron a un cumpleaños, en casa de unos amigos de la familia, donde me encontré de bruces con la estantería básica del progre: el capital, el libro rojo, Lenin obras completas,... Era increíble. Incluso había un busto de Mao de escayola. Los señores de la casa –a sus ojos era un chaval- miraban encantados mientras repasaba boquiabierto su estantería. Increíble. Sin máquina del tiempo, me había trasladado a finales de los setenta.

 

Entre los invitados al cumpleaños se encontraba Antonio, que había regresado a Portugal tras bastantes años en el extranjero. Antonio me servía como referencia porque era el escéptico, el que no compartía el espíritu progre que destilaba el resto del elenco. Cada vez que alguien se levantaba a recitar un poema, o a encorajinar al resto para corear una canción miraba a Antonio, que confirmaba con muy pocos gestos que era parte del ritual –o sea, que se repetía bastante a menudo, que no era una improvisación momentánea- y que se sentía algo avergonzado de todo ello. Recuerdo en particular un diálogo que tuvimos durante un recitado. “¿Entiendes lo que dice?” “No”. “Tienes suerte”.

 

La culminación de la ceremonia, a mis ojos, fue el momento en el que todo el grupo entonó el cumpleaños feliz. No lo hicieron con la melodía del “Happy Birthday” o con la del “Feliz en tu día” del payaso Fofó, sino con una melodía que tardé un rato en reconocer. Recuerdo mirar a Antonio y después a mis compañeros de viaje. Estaban cantando feliz cumpleaños con la melodía de la Internacional.

 

Era tan abrumador que acababas por no creértelo. Hasta que al día siguiente desayunamos con Luiz y le preguntamos por el cumpleaños con la internacional. Luiz (como Antonio, ambos portugueses que habían vivido fuera del país largo tiempo) se lo tomaba poco en serio. Se sentó al piano y nos interpretó cumpleaños feliz con la melodía del himno nacional de Estados Unidos. Mejor dicho, comenzó. Su hermana, a golpes, le impidió terminar.

 

Toda la aventura de Portugal  era como un reflejo lejano del pasado. De mi pasado.  Una familia que no tiene inconveniente en que cuatro amigos de su hijo obliguen a la hija a abandonar su habitación, lugareños que dan la mano a todos los pasajeros del coche después de preguntarle por una calle. Todo como en mi infancia, cuando las casas de los pueblos nunca cerraban la puerta de la calle, cuando tenías desayunos sorpresa en casas de desconocidos. La aparente ingenuidad política del Portugal progre está en paralelo con una confianza sobre el vecino. Una predisposición que los ingresos nos han hecho perder. El Portugal del dos mil me recuerda mucho a la España de los ochenta que miraba con ojos de niño. Lo que no significa necesariamente que sea un retraso. Lo que me temo es que dejarán de abrir sus casas y de dar la mano a todo el coche antes de abandonar el rollo progre.

 

Tal vez me equivoque y abandonen antes el busto de escayola que el felpudo de bienvenida. Tal vez, como los misterios de los coches en sus autopistas, sepan de antemano el lugar en el que hay que plantarse. El lugar donde somos bienvenidos.
 
 
 
 
 
 
 


Lun, 5 de Ene, 2004 2:35 pm

raulmodem
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Raul Minchinela
raulmodem
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5 de Ene, 2004
2:27 pm
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